Marcos 10:27 (RVR60)
“Al mirarlos Jesús, les dijo: Para los hombres es imposible, mas para Dios, no; porque todas las cosas son posibles para Dios.”
Este versículo surge en un contexto revelador. Un hombre rico acaba de irse entristecido porque Jesús le pidió vender todo lo que tenía y dar a los pobres para luego seguirle. Los discípulos, asombrados ante la exigencia, se preguntan quién podría entonces salvarse, pues en su mentalidad la riqueza era señal del favor divino. Jesús entonces pronuncia estas palabras eternas, que traspasan esa situación particular para hablarnos de una verdad universal sobre la naturaleza de Dios y nuestra relación con Él.
Primero, Jesús mira a sus discípulos. No es una respuesta fría o teórica. Su mirada está llena de comprensión ante su perplejidad. Reconoce nuestra limitada perspectiva humana. Nosotros vemos barreras, callejones sin salida, recursos finitos y corazones endurecidos. Calculamos probabilidades y, con frecuencia, llegamos a la conclusión de que ciertas cosas —ciertos cambios, ciertas salvaciones, ciertas restauraciones— son simplemente imposibles. ¿Cuántas veces hemos pronunciado esa palabra sobre una relación rota, un hábito arraigado, una circunstancia económica o la conversión de un ser querido? “Es imposible”, decimos. Y, en un sentido, tenemos razón: “Para los hombres es imposible”. Jesús valida nuestra experiencia de impotencia. No nos reprimenda por reconocer nuestros límites; más bien, parte de ahí.
Pero Él gira el eje de la realidad con un “mas para Dios, no”. Aquí está el gran quiebre. Lo que define a Dios no es que pueda hacer algunas cosas difíciles, sino que “todas las cosas son posibles para Dios”. Esta es una declaración absoluta sobre Su soberanía, poder y naturaleza. No hay contingencia fuera de Su alcance, no hay corazón demasiado duro para Su gracia, no hay nudo demasiado complicado para Sus manos, no hay pasado demasiado lejano para Su redención, ni futuro demasiado incierto para Su providencia.
La salvación, el tema inmediato del versículo, es el ejemplo supremo. ¿Cómo puede un ser humano, esclavo del pecado, nacer de nuevo? ¿Cómo puede un corazón egoísta transformarse en uno amoroso? Humanamente, es imposible. No hay terapia, disciplina o religión que pueda generar vida espiritual donde no la hay. Pero Dios lo hace posible mediante la obra de Cristo en la cruz. Él hace lo que ninguna religión puede: crea fe donde había incredulidad, da vida donde había muerte espiritual.
Aplicación para nosotros hoy: Este versículo no es una varita mágica para conseguir deseos egoístas. Es un faro de esperanza en nuestras genuinas imposibilidades. ¿Qué es eso que hoy te parece un muro infranqueable?
Tal vez sea una debilidad personal que llevas años arrastrando y que te hace sentir derrotado.
Quizás sea una situación familiar que parece no tener solución, llena de dolor y silencios.
Puede ser un llamado que Dios te ha hecho que sobrepasa por completo tus capacidades y recursos.
O la salvación de alguien que amas, pero que parece cada vez más lejos de Dios.
Jesús nos invita a llevar esa “imposibilidad” y colocarla delante del Dios para quien todas las cosas son posibles. Esto requiere un traslado de nuestra confianza: dejar de depender de nuestra fuerza, ingenio o recursos, y descansar en Su poder. No es pasividad; es una acción activa de la fe que clama: “Señor, yo no puedo, pero Tú sí. Yo me rindo a mi impotencia para aferrarme a Tu omnipotencia”.
La fe que nace de este versículo es una fe audaz, que ora expectante, que actúa obediente aun cuando no ve el cómo, confiando en el Quién. Nos libera de la ansiedad que genera el querer controlar lo incontrolable y nos ubica en el lugar de dependencia serena y gozosa.
Que hoy puedas dejar tu “imposible” a los pies del trono de gracia. El mismo Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos —el mayor imposible vencido— está vivo y activo en tu situación. Su poder no ha disminuido, Su amor no se ha agotado, y Sus posibilidades no se han reducido.
Oración
Padre Dios, Santo y Todopoderoso,
Frente a Ti traigo hoy todas aquellas cosas que en mi corazón he etiquetado como “imposibles”. Reconozco con humildad mi limitación, mi impotencia y mis recursos finitos. Pero Te miro a Ti, para quien no hay imposibles.
Donde hay corazones endureidos, suavízalos con Tu gracia. Donde hay relaciones rotas, restáuralas con Tu amor sanador. Donde hay recursos escasos, provee con Tu riqueza infinita. Donde hay pecado que me ata, libérame con Tu poder redentor. Donde hay un camino cerrado, abre puertas que solo Tú puedes abrir.
Aumenta mi fe para creer, no en las probabilidades humanas, sino en Tu soberanía amorosa. Enséñame a descansar no en lo que yo puedo hacer, sino en lo que Tú ya has hecho y harás. Que mi vida sea un testimonio de que contigo, lo imposible se vuelve posible, para Tu gloria y honra.
En el nombre poderoso de Jesús, el que hace posible mi salvación y todas las cosas, Amén.
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