EL DÍA DEL BIEN Y EL DÍA DEL MAL

"En el día del bien goza del bien; y en el día de la adversidad considera. Dios hizo tanto lo uno como lo otro, a fin de que el hombre no halle nada después de él." (Eclesiastés 7:14 RVR60)

Introducción: La danza de los contrastes
La vida es una sucesión ininterrumpida de días pintados con distintos colores. Hay amaneceres que nos reciben con luz cálida, noticias que alegran el corazón, puertas que se abren inesperadamente, salud que fluye, relaciones que florecen. Pero también hay atardeceres grises, silencios que pesan, proyectos que fracasan, ausencias que duelen, y preguntas que parecen no tener respuesta. El sabio predicador de Eclesiastés no evade esta realidad; la enfrenta con una honestidad que resulta profundamente liberadora. No nos promete una vida de días siempre buenos, sino que nos enseña el arte divino de vivir tanto los días de bien como los días de adversidad.

I. "En el día del bien goza del bien"
El primer mandato de este versículo es sorprendente en su sencillez: cuando las cosas van bien, disfruta. No analices demasiado, no esperes el siguiente tropiezo, no te sientas culpable por la alegría. Goza. El hebreo usa la palabra ṭôb (bien) repetida: en el día del bien, sé bueno contigo mismo, permite que el bien te penetre, alégrate sin reservas.

¡Cuántos cristianos hemos aprendido mal la lección de la modestia espiritual! Creemos que disfrutar de un día bueno es pecado, que debemos estar siempre en guardia, que la verdadera espiritualidad se demuestra en el lamento constante. Pero el Eclesiastés nos corrige: el día del bien es un regalo de Dios, y rechazarlo es despreciar al Dador. Cuando comes un banquete con amigos y ríes hasta que te duele el vientre, cuando abrazas a tu hijo y sientes que el corazón se te derrite, cuando logras esa meta que parecía imposible y una oleada de satisfacción te inunda... eso es el día del bien. Y Dios dice: goza. No mañana. No cuando termines tus obligaciones. Ahora.

El gozo no es opcional en la vida del creyente; es un mandato contextual. No un gozo forzado que niega el dolor, sino un gozo que sabe reconocer la estación. Hay tiempo para cada cosa bajo el cielo (Eclesiastés 3), y el tiempo de gozar es tan santo como el tiempo de llorar.

II. "Y en el día de la adversidad considera"
Llega el otro día. No sabemos cuándo, pero sabemos que llegará. El sol se oculta tras nubes espesas, y lo que ayer era certeza hoy se ha vuelto arena entre los dedos. El verbo que usa el texto es clave: "considera". En hebreo, rā'â, que significa mirar, ver, percibir, reflexionar. No dice "soporta estoicamente", ni "sonríe como si nada pasara", ni "niega tu dolor". Dice: considera. Es decir, detente, observa, aprende, reflexiona.

La adversidad tiene una voz, aunque hable en susurros entre el ruido del sufrimiento. Nos enseña lo que los días de bien nunca podrían mostrarnos: nuestra fragilidad, nuestra dependencia de Dios, la vacuidad de los ídolos que construimos, la profundidad de nuestro carácter, la fidelidad de Aquel que nunca nos abandona. El apóstol Pablo entendió esto cuando escribió que las tribulaciones producen paciencia, y paciencia, carácter, y carácter, esperanza (Romanos 5:3-4). No porque el sufrimiento sea bueno en sí mismo, sino porque el Dios que lo permite sabe usarlo como un crisol.

Considerar en el día malo no es masoquismo espiritual. Es abrir los ojos de la fe para ver la mano de Dios incluso cuando todo parece desmoronarse. Es recordar que el mismo Dios que estuvo presente en el monte de la transfiguración también estuvo presente en Getsemaní.

III. "Dios hizo tanto lo uno como lo otro"
Esta es la afirmación que puede incomodarnos. ¿Dios hace los días malos? ¿Es él el autor del dolor? Cuidado: el texto no dice que Dios sea el origen del pecado o del mal moral. Pero sí afirma su soberanía absoluta sobre las circunstancias de nuestra vida. No hay un solo día, bueno o malo, que escape a su gobierno providencial. Como dijo Job después de perderlo todo: "Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito" (Job 1:21). Job no acusó a Dios de injusticia; reconoció que incluso aquello que el maligno había tramado para mal, Dios lo permitía con un propósito superior.

El Dios de la Biblia no es un espectador distante que observa cómo nos va. Él es el Creador que sostiene todas las cosas, el Rey que reina sobre la historia, el Padre que dispone cada día con sabiduría perfecta. Eso no significa que todo lo que ocurre sea directamente su voluntad deseada, pero sí significa que nada ocurre fuera de su control y que, en su soberanía, él hace que tanto los días buenos como los malos sirvan a un diseño más grande.

El teólogo puritano Thomas Watson escribió: "Dios mezcla la aflicción con la prosperidad, para que la prosperidad no nos envanezca, y la aflicción no nos desespere". Exactamente. El día del bien nos recuerda su bondad; el día del mal nos recuerda nuestra necesidad de él.

IV. "A fin de que el hombre no halle nada después de él"
La frase final es enigmática y profunda. ¿Qué significa que Dios hizo ambos días "para que el hombre no halle nada después de él"? La interpretación más plausible es esta: al alternar los días buenos y los malos, Dios impide que el ser humano pueda predecir o controlar su futuro. No sabemos qué nos deparará mañana. No podemos hacer planes con absoluta certeza. Esta incertidumbre nos mantiene dependientes de Dios, nos arranca la ilusión de autosuficiencia.

Si todos los días fueran buenos, el hombre olvidaría a Dios y pensaría que él es el dueño de su destino. Si todos fueran malos, caería en la desesperación y el abandono. La sabia alternancia de ambos lo mantiene en el justo equilibrio: agradecido en la abundancia, humilde en la escasez, siempre mirando al Dador.

Además, esta estructura de la vida nos señala hacia algo más allá de este mundo. Los días buenos son promesas anticipadas del cielo; los días malos son recordatorios de que esta no es nuestra casa definitiva. En ambos casos, somos impulsados a buscar lo que trasciende este presente fugaz. Como escribió C.S. Lewis: "Si encuentro en mí un deseo que ninguna experiencia en este mundo puede satisfacer, la explicación más probable es que fui hecho para otro mundo".

Aplicación práctica
¿Cómo vivir este versículo en el día a día?

Primero, cultiva la gratitud en los días buenos. Lleva un diario de bendiciones. Cuando te vaya bien, detente a saborearlo y a dar gracias. No des nada por sentado.

Segundo, aprende el arte de la reflexión en los días malos. Cuando llegue la adversidad (no si llega, sino cuando), no reacciones solo con queja o desesperación. Pregúntate: ¿Qué quiere enseñarme Dios aquí? ¿De qué necesito arrepentirme? ¿Dónde está su mano escondida?

Tercero, confía en la soberanía de Dios sobre el calendario de tu vida. No necesitas entender por qué cada cosa sucede como sucede. Necesitas confiar en que Aquel que hizo tanto el día bueno como el malo es bueno, y que su propósito final es tu santificación y gozo eterno.

Cuarto, vive con los brazos abiertos al futuro. No sabes qué día traerá mañana. Y eso está bien. Tu seguridad no está en tus circunstancias, sino en el Dios que nunca cambia, el mismo ayer, hoy y por los siglos.

Conclusión
Eclesiastés 7:14 no es un manual de autoayuda positiva que niega el dolor, ni un tratado de estoicismo que anula la emoción. Es un llamado a la sabiduría viva que reconoce a Dios como el soberano de cada instante. Es una invitación a bailar la danza de los contrastes: gozar sin reservas cuando hay motivos, y reflexionar sin desesperación cuando no los hay. Porque detrás de ambos días está el mismo Dios, y delante de ambos días está la misma promesa: que él está obrando todo según el designio de su voluntad (Efesios 1:11), y que todas las cosas (sí, incluso los días malos) cooperan para el bien de quienes lo aman (Romanos 8:28).

Hoy, sea cual sea tu día, recuerda: el bien es para gozarlo, el mal es para considerarlo, y Dios es para confiar en él.

Oración
Padre soberano y misericordioso,

Te damos gracias porque tú eres el Dueño de todos nuestros días. Cuando amanece el día del bien, con su luz cálida y sus alegrías inesperadas, concédenos la gracia de gozar sin reservas, de saborear cada regalo sin culpa, y de bendecir tu nombre por tu bondad tan tangible.

Pero también, Señor, cuando la noche de la adversidad cubra nuestro camino, danos ojos para considerar, oídos para escuchar tu voz en medio del silencio, y corazones que confíen aunque no entiendan. Enséñanos que el día malo no es un accidente en tu agenda, sino una estación con propósito en tu jardín de gracia.

Ayúdanos a vivir con las manos abiertas: para recibir los días buenos como dones inmerecidos, y para aceptar los días malos como herramientas de tu amor transformador. Que nunca busquemos en este mundo lo que solo tú puedes dar: seguridad absoluta y felicidad completa.

Y cuando miremos hacia el futuro incierto, que no temamos, porque tú vas delante. Sostenidos por tu soberanía y envueltos en tu amor, queremos vivir cada día, bueno o malo, para tu gloria y nuestro bien eterno.

En el nombre de Jesucristo, que conoció el día más oscuro de la cruz y el día más glorioso de la resurrección, y que ahora vive para interceder por nosotros.

Amén.

EL ARTE DE ESTAR CONTENTOS CON LO SUFICIENTE

1 Timoteo 6:7-8 (RVR60)
"Porque nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podemos sacar. Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto."

Introducción: La lección más difícil de aprender
Vivimos en una época que nos grita constantemente: «Necesitas más». Más dinero, más espacio, más ropa, más tecnología, más experiencias, más seguidores, más reconocimiento. La publicidad, las redes sociales y a menudo nuestras propias amistades nos bombardean con el mensaje de que lo que tenemos nunca es suficiente. Y en ese torbellino de insatisfacción, el apóstol Pablo irrumpe con dos versículos que parecen venir de otro mundo. No nos dice cómo ganar más, cómo invertir mejor o cómo asegurar nuestro futuro. Nos recuerda algo tan básico que solemos olvidarlo: vinimos con las manos vacías y nos iremos igual.

Este devocional no es una invitación a la pobreza ni a la mediocridad. Es una invitación a la libertad. La libertad de quien descubre que su valor no está en su cartera, sino en su Creador. La libertad de quien puede mirar lo que tiene —por poco que sea— y decir: «Esto es suficiente, porque Cristo lo es».

Contexto: Una carta a un joven pastor en una ciudad materialista
Pablo escribe a Timoteo, su «verdadero hijo en la fe», que pastoreaba la iglesia en Éfeso. Éfeso no era un pueblito cualquiera: era una de las ciudades más prósperas del Imperio Romano, centro comercial, religioso y cultural. Allí se adoraba a Artemisa en un templo considerado una de las maravillas del mundo. El dinero fluía, el lujo era visible y la presión por acumular riquezas era inmensa.

Pero Pablo no solo se preocupa por los ricos de Éfeso. Lo que le quema el corazón son los falsos maestros que enseñaban que la piedad era un medio para hacerse ricos (1 Timoteo 6:5). Estos hombres usaban la religión como negocio. Y en medio de esa distorsión, Pablo recuerda a Timoteo la verdad más fundamental: la vida no se trata de acumular, sino de aprender a estar contento.

El capítulo 6 de 1 Timoteo es un tratado sobre el amor al dinero. Allí leemos la famosa frase: «raíz de todos los males es el amor al dinero» (versículo 10). Pero antes de llegar a esa conclusión, Pablo planta dos versículos que son como dos columnas sobre las que se sostiene la verdadera mayordomía cristiana: la realidad de nuestra entrada y salida del mundo, y la suficiencia de lo básico.

Exposición versículo por versículo
«Porque nada hemos traído a este mundo...»
Ningún bebé nace con una maleta llena de oro. No importa cuán rica sea su familia, él mismo llega desnudo, frágil y vacío. Esa imagen es humillante, pero también liberadora. Si nada trajimos, entonces todo lo que hoy poseemos es prestado. No es nuestro. Es un regalo de Dios, un recurso que se nos confía por un tiempo. El salmista lo expresó así: «De Jehová es la tierra y su plenitud» (Salmo 24:1).

Pablo no está diciendo que sea malo tener cosas. Está diciendo que es una locura aferrarse a ellas como si fueran la fuente de nuestra identidad o seguridad. Job, después de perderlo todo, entendió esto: «Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá» (Job 1:21). ¿Notas la similitud? Pablo probablemente tenía este pasaje en mente.

Cuando comprendemos que nada trajimos, dejamos de comparar lo que tenemos con lo que tienen otros. Porque en realidad, nadie trajo nada. El punto de partida de toda vida humana es el mismo: cero. Cero propiedades, cero títulos, cero cuentas bancarias. Todo lo demás es gracia añadida.

«...y sin duda nada podemos sacar.»
Esta segunda parte es aún más contundente. No solo llegamos sin nada, sino que nos iremos sin nada. El ataúd no tiene bolsillos. Ninguna mudanza nos permite llevarnos los muebles. El filósofo griego Epicuro decía: «Cuando existes, la muerte no está; cuando la muerte está, tú no existes». Pero Pablo va más allá: no es que la muerte nos quite las cosas; es que las cosas nunca fueron nuestras para llevárnoslas.

¿Cuántas personas conoces que hayan pasado sus últimos días preocupadas por el saldo de su cuenta bancaria? Quizá algunas. Pero la mayoría, en el lecho de muerte, se aferra a lo único que realmente puede cruzar al otro lado: el amor de los suyos, la paz con Dios, la esperanza de la resurrección. Todo lo demás queda aquí. Las joyas, las casas, los carros, los títulos profesionales, los premios, los seguidores en redes... todo se queda.

Esto no es pesimismo; es realismo bíblico. Jesús lo dijo con una parábola inolvidable: el hombre que construyó graneros más grandes para almacenar su cosecha, y esa misma noche Dios le reclamó su alma. «Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será?» (Lucas 12:20). La pregunta nos sigue persiguiendo: ¿de quién será todo lo que tanto te costó acumular?

«Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto.»
Aquí viene la conclusión práctica. Pablo no dice que tengamos que vivir en la miseria. Dice «sustento» (comida) y «abrigo» (literalmente, «con qué cubrirse», que incluye vestido y techo). Son las necesidades básicas de supervivencia. Y la actitud que debemos cultivar no es resignación, sino contentamiento.

El contentamiento es una de las palabras más revolucionarias del Nuevo Testamento. En griego es autarkeia, que los estoicos usaban para describir al sabiente que se basta a sí mismo. Pero Pablo le da un giro cristiano: el contentamiento no viene de dentro de nosotros, sino de Cristo que nos fortalece (Filipenses 4:11-13). Es la convicción de que Dios es suficiente, y que si Él nos da lo básico, ya nos ha dado todo lo que realmente necesitamos.

El apóstol no está idealizando la pobreza. Él mismo pasó hambre y también abundancia (Filipenses 4:12). Lo que combate es la esclavitud del deseo. El que nunca está contento con lo que tiene, nunca tendrá suficiente, porque el vacío que intenta llenar con cosas es espiritual, no material. Agustín de Hipona lo expresó magistralmente: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».

Aplicaciones para la vida diaria
1. Hacer un inventario de gratitud
Toma un momento para escribir diez cosas básicas que tienes hoy y que das por sentadas: agua potable, una cama, una comida caliente, un abrigo, alguien que te saluda. Eso que muchos consideran «poco», para millones en el mundo es un lujo. El contentamiento empieza cuando dejamos de mirar lo que nos falta y empezamos a agradecer lo que tenemos.

2. Diferenciar necesidades de deseos
La publicidad ha logrado que confundamos necesidades con deseos. Necesito comer; no necesito el restaurante más caro. Necesito abrigo; no necesito el último modelo de zapatos. Haz una lista honesta. Pregúntate: «Si perdiera todo excepto sustento y abrigo, ¿seguiría siendo feliz?». Si la respuesta es no, entonces algo está mal en tu corazón.

3. Practicar la generosidad como antídoto al apego
Nada mata el amor al dinero más rápido que darlo. Cuando damos, declaramos que el dinero no nos controla. Cuando damos, nos parecemos más a Dios, que da sin pedir nada a cambio. Busca una oportunidad esta semana de dar algo que te cueste un poco. No solo sobrantes. Dale con alegría, y verás cómo se afloja la garra del materialismo en tu alma.

4. Recordar tu muerte
Suena macabro, pero es bíblico. «Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría» (Salmo 90:12). Visitar mentalmente tu propio funeral te ayuda a poner las cosas en perspectiva. ¿De qué hablarán allí? ¿De tus bienes o de tu fe? ¿De tus cuentas o de tu amor? Vive hoy de manera que tu partida no sea un drama por lo que dejas, sino una celebración por lo que llevas: una vida entregada a Cristo.

5. Encontrar tu identidad en Cristo, no en posesiones
Eres más que lo que tienes. Mucho más. Si pierdes tu trabajo, tu casa o tu salud, sigues siendo hijo o hija de Dios. La misma sangre de Cristo te compró, y eso no tiene precio. Cuando tu identidad está anclada en el Evangelio, puedes perderlo todo sin perderte a ti mismo. Porque tu verdadero tesoro está en el cielo, donde ni la polilla ni el óxido destruyen (Mateo 6:20).

Reflexión final: La paradoja del contentamiento
El mundo nos dice: «Serás feliz cuando tengas más». La Palabra nos dice: «Puedes ser feliz con lo que ya tienes, si aprendes a ver a Dios en ello». El contentamiento no es una meta a alcanzar después de cierto nivel de ingresos. Es una decisión que se toma hoy, con lo que hoy tienes. Es la confianza de que el mismo Dios que alimenta a las aves y viste los lirios del campo, también cuida de ti (Mateo 6:25-34).

Pablo no escribió esto desde una mansión. Lo escribió desde una prisión, probablemente encadenado, sin saber si al día siguiente tendría pan o sería ejecutado. Y sin embargo, era un hombre contento. No porque tuviera mucho, sino porque tenía a Aquel que es suficiente. Y esa es la gran lección de 1 Timoteo 6:7-8: el contentamiento no depende de la cantidad de lo que posees, sino de la calidad de tu relación con el Proveedor.

¿Has estado ansioso por algo que crees necesitar? ¿Te has comparado con otros y has sentido que tu vida es pequeña? Vuelve al principio. Viniste sin nada. Te irás sin nada. Y entre el principio y el fin, Dios te ha dado sustento y abrigo. Con eso, dice Pablo, «estemos contentos». No es resignación, es adoración. Es mirar tus manos vacías y ver que en Cristo lo tienes todo.

Oración final
Padre Santo, Señor de todo lo que existe,

Hoy quiero detenerme ante Tu presencia con las manos abiertas, reconociendo que nada traje a este mundo y nada me llevaré. Perdóname por las incontables veces que he vivido como si el dinero, las posesiones o el estatus fueran mi seguridad. Perdóname por la ansiedad de querer más, por la ingratitud de no valorar lo que ya me has dado.

Gracias por el sustento de cada día: por el pan en mi mesa, por el agua que bebo, por la ropa que me cubre y por el techo que me resguarda. Muchos en este mundo no tienen ni siquiera eso, y sin embargo yo he recibido abundancia. Enséñame a no confundir mis caprichos con necesidades. Dame un corazón que sepa decir «es suficiente» cuando tengo lo básico, y que sepa compartir generosamente cuando tengo más.

Ayúdame a recordar que mi verdadera riqueza no está en mi cuenta bancaria, sino en mi identidad como Tu hijo. Jesucristo, siendo rico, se hizo pobre por mí, para que yo por Su pobreza fuese enriquecido. Que esa riqueza eterna sea suficiente para mi alma.

Cuando la codicia quiera seducirme, recuérdame el ataúd sin bolsillos. Cuando la comparación quiera amargarme, recuérdame que Tú eres mi porción. Y cuando el miedo al futuro quiera robarme la paz, recuérdame que Tú eres el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios que nunca falla.

Te pido también por aquellos que hoy no tienen sustento ni abrigo. Usa mis manos y mi bolsillo para bendecirlos. Que mi contentamiento no me vuelva indiferente, sino generoso. Que al estar satisfecho en Ti, pueda ser canal de Tu provisión para otros.

Y cuando llegue mi último día, que no me encuentres aferrado a cosas que se quedan, sino con las manos levantadas en adoración, vacías de orgullo pero llenas de Tu gracia.

En el nombre de Jesús, el Tesoro que nunca se acaba, amén.

CUANDO SE ACABAN LAS FUERZAS: EL SUFICIENTE "YO SOY"

"Mi carne y mi corazón desfallecen; Mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre." (Salmo 73:26, RVR60)

Introducción: El desierto de la fragilidad

Hay momentos en la vida en que el suelo parece hundirse bajo nuestros pies. No se trata solo de un mal día o de una pequeña decepción; hablamos de esa crisis profunda donde el cuerpo se rinde y el alma se agota al mismo tiempo. El salmista Asaf conocía este terreno. El Salmo 73 es el relato de un hombre que estuvo a punto de resbalar, que miró a los malvados prosperar y sintió que servir a Dios era en vano. Pero el versículo 26 es su aterrizaje de emergencia, su declaración de guerra contra la desesperanza, y es una promesa anclada en la eternidad.

Exposición: El colapso total ("Mi carne y mi corazón desfallecen")

Observemos la honestidad brutal de la Escritura. Asaf no dice "a veces me siento un poco débil". Usa una palabra que implica un fracaso total: desfallecen. En hebreo, la palabra sugiere consumirse, acabarse, terminar.

"Mi carne" representa nuestra fortaleza física: la salud que se quiebra, el insomnio que no cede, la fatiga crónica que convierte lo cotidiano en una montaña.

"Mi corazón" representa nuestras emociones, nuestra voluntad y nuestro entendimiento. Es el asiento de la esperanza, y cuando este desfallece, sentimos el colapso psicológico y espiritual: la ansiedad que paraliza, la tristeza que ahoga, la duda que corroe la fe.

Asaf admite lo que muchos cristianos temen confesar: Llegué a mi límite. No puedo más. Ni mi cuerpo ni mi espíritu responden. En una cultura que glorifica la autosuficiencia, este es un versículo incómodamente liberador. Dios no nos llama a fingir fortaleza; nos llama a rendir nuestra debilidad.

El punto de inflexión: La roca y la porción

La conjunción "Mas" es la palabra más hermosa del idioma. En medio del derrumbe, Asaf no mira hacia dentro (allí solo hay ruinas), mira hacia arriba. Y encuentra dos descripciones asombrosas de Dios:

"La roca de mi corazón" : En la Biblia, la roca es símbolo de estabilidad, refugio y agua en el desierto. Pero Asaf va más allá: no dice que Dios es como una roca, dice que es la roca de su corazón. Cuando nuestro propio corazón es frágil como la arcilla, Dios mismo se ofrece como el sustrato firme sobre el cual reconstruir nuestra identidad. Un corazón edificado sobre la Roca (Cristo) no se rompe, aunque todo a su alrededor se agriete.

"Mi porción" : Esta es una palabra legal y emocional. En el Antiguo Testamento, la porción era la herencia que recibía una tribu (los levitas no recibieron tierra, su porción era Dios mismo). Significa que Asaf declara: No necesito entender por qué los malvados prosperan, no necesito salud perfecta ni emociones estables. Si tengo a Dios, lo tengo todo. Él es mi salario, mi herencia, mi premio. Cuando Dios es tu porción, no puedes quebrarte, porque tu tesoro está en un lugar seguro.

La perspectiva eterna: "Para siempre"

La frase final es la clave de bóveda. Si nuestra esperanza estuviera solo en esta vida, el desfallecimiento sería una tragedia sin solución. Pero Asaf ve más allá. El "para siempre" nos recuerda que el desfallecimiento es temporal. La carne se renovará en la resurrección (1 Corintios 15:53). El corazón hallará descanso absoluto en la presencia de Dios. Lo que hoy es un gemido, mañana será gloria.

Aplicación práctica: ¿Qué hacemos cuando desfallecemos?

Este versículo no es un conjuro mágico para evitar el dolor, sino un ancla para la tormenta.

Reconoce tu desfallecimiento sin vergüenza: Dile a Dios: "Señor, mi carne está rota y mi corazón está vacío". Él ya lo sabe y no te rechaza por ello.

Deja de buscar fuerzas en ti mismo: La cultura te dice "sé resiliente". La Biblia te dice "sé dependiente". Tu fortaleza no es tuya; es Cristo en ti.

Proclama la verdad sobre Dios, no sobre tu circunstancia: Di en voz alta: "Tú eres mi Roca, aunque tiemblen mis pies. Tú eres mi Porción, aunque mi cuenta bancaria se agote y mi salud fallezca".

Aférrate al "para siempre": Cuando el presente es insoportable, vive en la esperanza del futuro. Un día, este desfallecimiento será solo un recuerdo lejano en la luz de la eternidad.

Conclusión: La gracia suficiente

El Salmo 73:26 no es un verso para los fuertes; es un verso para los quebrados. Es el suspiro de un hombre que deja de luchar y comienza a confiar. La buena noticia es que no necesitas escalar hasta Dios; Él es tu Roca, y ha descendido para sostenerte. Cuando la carne y el corazón digan "basta", Dios dirá "Yo soy suficiente".

Oración

Padre Santo, Roca eterna y Porción inagotable de mi alma, vengo ante Ti con las manos vacías y las fuerzas agotadas. Reconozco que mi carne se rinde y que mi corazón está en sombras. Pero gracias porque no me pides que sea fuerte, sino que venga a la Roca que es más alta que yo.

Señor, en este momento clamo: sé Tú la estabilidad cuando todo tiembla a mi alrededor. Cuando la enfermedad toque mi cuerpo, recuérdame que Tú eres mi sanador. Cuando la ansiedad o la tristeza nublen mi mente, siembra en mí la certeza de que Tú eres mi gozo y mi paz. No me desprecies en mi fragilidad; más bien, úsala para mostrar que Tu poder se perfecciona en mi debilidad.

Ayúdame a vivir con la vista en el "para siempre". Hoy no entiendo mis pruebas, pero confío en mi Porción. Sostén mi corazón desfallecido con Tu mano derecha, y que mi única declaración sea: Tengo a Dios, y eso me basta. En el nombre de Jesús, cuya fuerza se hizo perfecta en la cruz, amén.

LA BIENAVENTURANZA DE SER INSULTA DOS POR CRISTO

«Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo.» (Mateo 5:11, RVR60)

Introducción: Una bienaventuranza contracultural
Cuando Jesús ascendió a aquel monte y comenzó a enseñar a sus discípulos, pronunció palabras que rompían con todo el pensamiento humano. En un mundo que busca honor, reconocimiento y buena reputación, el Maestro declaró bienaventurados —dichosos, felices, privilegiados— a aquellos que son insultados, perseguidos y calumniados. No por cualquier causa, sino «por mi causa». Esta declaración no es un masoquismo espiritual ni una búsqueda enfermiza del sufrimiento; es una realidad profunda que distingue al ciudadano del reino de los cielos de aquel que vive conforme a los valores de este mundo caído.

El contexto: Las bienaventuranzas como carta de identidad del creyente
Las bienaventuranzas (Mateo 5:3-12) describen el carácter del verdadero discípulo de Cristo. No son órdenes que debamos cumplir para ser salvos, sino retratos de lo que Dios produce en aquellos que han nacido de nuevo. Desde la pobreza de espíritu hasta la mansedumbre, desde el hambre de justicia hasta la misericordia, Jesús va esculpiendo el perfil del ciudadano del reino. Y llega a esta última bienaventuranza, que en realidad es un desarrollo y una aplicación concreta de la anterior: «Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia» (v. 10). Pero en el versículo 11, Jesús personaliza aún más: «cuando por mi causa os vituperen».

No es solo por causa de la justicia en abstracto, sino por causa de Él mismo. Por llevar su nombre, por vivir conforme a sus enseñanzas, por testificar de su evangelio, por negarse a transigir con el pecado y el mundo. Es Cristo la piedra de tropiezo (1 Pedro 2:8), y quien se identifica con Él hereda también la oposición que Él sufrió.

Vituperio, persecución y calumnia: Tres formas del rechazo
Jesús utiliza tres términos que abarcan el espectro del sufrimiento por su nombre:

Vituperar: Significa insultar, ultrajar, tratar con desprecio. Son las burlas, los apodos despectivos, las bromas hirientes en el trabajo o en la familia. Ese compañero que llama «fanático» o «hipócrita» al creyente que no participa de ciertas conversaciones o prácticas. Es el familiar que se burla porque vas a la iglesia en lugar de ir a la fiesta.

Perseguir: Va más allá de las palabras. Es buscar activamente hacer daño, excluir, marginar, discriminar. En algunos países es encarcelamiento, tortura o muerte. En contextos más «tolerantes» puede ser perder un empleo, ser rechazado en un círculo académico, ser excluido de redes sociales o familiares. Persecución es cuando tu fe tiene consecuencias prácticas negativas en tu vida social, laboral o incluso legal.

Decir toda clase de mal contra vosotros, mintiendo: Esta es la calumnia. No solo te insultan, sino que inventan mentiras sobre ti. Te acusan de cosas que no has hecho: de ser intolerante, de odiar a ciertos grupos, de lavar cerebros a tus hijos, de ser un peligro para la sociedad. La mentira es el arma favorita del diablo (Juan 8:44), y quien vive para Cristo se convierte en blanco de sus calumnias.

Jesús no promete que esto sea opcional. Lo presenta como parte del paquete de seguirlo. El apóstol Pablo lo experimentó plenamente: «somos considerados como ovejas de matadero» (Romanos 8:36), y sin embargo escribió: «Porque a vosotros os es concedido a causa de Cristo, no sólo que creáis en él, sino también que padezcáis por él» (Filipenses 1:29). El sufrimiento por Cristo es un don, una gracia especial.

¿Por qué el mundo nos odia?
Jesús mismo explicó la razón: «Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros» (Juan 15:18). El mundo —el sistema de valores opuesto a Dios— ama lo suyo. Pero los creyentes han sido sacados del mundo (Juan 15:19), y esa diferencia provoca rechazo. La luz expone las tinieblas, y las tinieblas odian la luz (Juan 3:20). No es porque seamos perfectos, sino porque el nombre de Cristo y su verdad son ofensivos para el orgullo humano.

Además, el mundo percibe que nuestra lealtad última no es a sus sistemas, ideologías o líderes. Cuando obedecemos a Dios antes que a los hombres (Hechos 5:29), el mundo se siente desafiado. Cuando defendemos la vida del no nacido, la santidad del matrimonio, la verdad del evangelio exclusivo, estamos yendo contracorriente. Y la corriente siempre golpea al que nada en dirección opuesta.

La bienaventuranza: ¿Cómo podemos ser dichosos en medio del insulto?
Aquí está la paradoja que solo el Espíritu Santo puede obrar. Jesús no dice «aguanten con estoicismo» ni «finjan que no les duele». Dice «bienaventurados sois». ¿Cómo es posible?

Porque es señal de que pertenecemos a Cristo. Cuando el mundo nos insulta por su nombre, es una confirmación de que llevamos ese nombre. Pedro escribió: «Si sois vituperados por el nombre de Cristo, sois bienaventurados, porque el glorioso Espíritu de Dios reposa sobre vosotros» (1 Pedro 4:14). El insulto es como la sombra que sigue al cuerpo: donde está Cristo, está la cruz; donde está el discípulo, está el vituperio.

Porque nos unimos a los profetas y apóstoles. Jesús añade en el versículo siguiente: «Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; que así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros» (v. 12). Sufrir por justicia nos coloca en una noble línea de testigos: Isaías, Jeremías, Daniel, Juan el Bautista, Esteban, Pablo. No somos los primeros, y no seremos los últimos. Hay una comunión en el sufrimiento que atraviesa los siglos.

Porque nuestro galardón es grande en los cielos. Jesús no promete una recompensa terrenal. De hecho, advierte que en el mundo tendremos aflicción (Juan 16:33). Pero el galardón celestial es «grande». No sabemos todos los detalles, pero sabemos que un día Él limpiará nuestro nombre, enjugará nuestras lágrimas y dirá delante de los ángeles: «Bien, buen siervo y fiel». El peso eterno de gloria sobrepasa cualquier leve momento de tribulación (2 Corintios 4:17).

Porque el Espíritu de gloria reposa sobre nosotros. La presencia del Espíritu Santo se hace más perceptible en medio del sufrimiento por Cristo. Los mártires han cantado en las llamas, los confesores han tenido gozo en las cárceles. No es un gozo psicológico, es sobrenatural. Es la unción del Consolador que se derrama sobre los que son dignos de padecer por el Nombre (Hechos 5:41).

Aplicaciones prácticas: Cómo responder al vituperio
La bienaventuranza no es pasiva. Nos llama a una respuesta activa y llena de gracia:

No devolver mal por mal. Cuando nos insultan, no responder con insultos. Al contrario, bendecir (1 Pedro 3:9). Nuestra defensa no es la agresividad verbal, sino una conciencia limpia y una conducta excelente.

Alegrarnos, no solo resignarnos. Jesús dice «gozaos y alegraos». Es una orden. Podemos pedir al Espíritu que ponga ese gozo sobrenatural, que no niega el dolor pero lo trasciende con la esperanza.

Orar por los perseguidores. Así como Jesús oró por sus verdugos en la cruz (Lucas 23:34). La oración por quienes nos maltratan es la evidencia más clara de que hemos entendido el evangelio.

No buscar el sufrimiento, pero no huir de él cuando viene por Cristo. No debemos provocar persecución con actitudes ofensivas o imprudentes. Pero tampoco debemos negar a Cristo para evitar el conflicto. «Al que me niegue delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre» (Mateo 10:33).

Examinar el motivo. ¿Nos insultan por ser necios o entrometidos? (1 Pedro 4:15). Que el sufrimiento sea realmente por causa de Cristo, no por nuestra falta de sabiduría o mal carácter.

Testigos a través de los siglos
La historia de la iglesia está llena de quienes entendieron esta bienaventuranza. Polícarpo, obispo de Esmirna, enfrentó la hoguera diciendo: «Ochenta y seis años he servido a Cristo, y nunca me ha hecho mal. ¿Cómo puedo blasfemar a mi Rey que me salvó?» En la hoguera, oró dando gracias. Los reformadores, los misioneros, los hermanos en países donde hoy la iglesia sangra, todos han bebido de esta copa. Y han testimoniado que, en medio del vituperio, hay una alegría inexplicable.

Quizás tú hoy no enfrentas prisión o muerte, pero sí burlas en la escuela, comentarios sarcásticos en la oficina, exclusión en tu familia por tu fe, o mentiras que circulan sobre ti en redes sociales. Eso es precisamente de lo que habla Jesús. No lo minimices. Él lo llama bienaventuranza.

Conclusión: El nombre que vale más que toda la honra del mundo
Moisés prefirió ser maltratado con el pueblo de Dios antes que gozar de los placeres temporales del pecado, «teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de Egipto» (Hebreos 11:26). ¿Qué es el insulto de unos hombres mortales comparado con la aprobación del Rey del universo? ¿Qué es la pérdida de una reputación terrenal frente al honor de llevar el nombre de Cristo?

Un día, todo se aclarará. Las mentiras serán desenmascaradas, los vituperios serán silenciados, y los perseguidores enfrentarán el juicio justo. Pero para aquellos que sufrieron por Él, vendrá la palabra final: «Bien, buen siervo y fiel; entra en el gozo de tu señor». Ese gozo ya comienza aquí, en medio de las afrentas, porque sabemos que el sufrimiento presente no es digno de compararse con la gloria que nos será revelada (Romanos 8:18).

Oración 
Padre Santo, Señor de los ejércitos, Dios de toda consolación:

Te damos gracias porque en tu Hijo Jesucristo nos has llamado no solo a creer en Él, sino también a padecer por su causa. Perdónanos porque muchas veces hemos buscado el favor del mundo y hemos temido el vituperio más que honrarte a ti.

Confesamos que nuestras fuerzas son insuficientes para alegrarnos cuando nos insultan por tu nombre. Por eso clamamos al Espíritu de gloria, que reposó sobre los mártires y los confesores, para que derrame en nuestros corazones ese gozo sobrenatural que no depende de las circunstancias.

Ayúdanos a no devolver insulto por insulto, sino a bendecir a quienes nos persiguen. Danos sabiduría para distinguir cuándo el sufrimiento es realmente por causa de Cristo y cuándo es por nuestra necedad. Fortalece nuestra fe para que no neguemos tu nombre ante el temor al rechazo.

Te pedimos por nuestros hermanos en el mundo que hoy son encarcelados, golpeados, desposeídos o asesinados por confesar a Cristo. Sosténlos con tu diestra poderosa. Haz que sientan tu presencia cercana en el horno de aflicción.

Y a nosotros, que vivimos en contextos de relativa libertad, no permitas que nos avergoncemos de tu evangelio. Que cada burla, cada comentario sarcástico, cada mentira dicha contra nosotros por tu causa, nos lleve a mirar hacia el cielo, donde nuestro galardón es grande.

Por Jesucristo nuestro Señor, que soportó la cruz menospreciando la vergüenza, y está sentado a tu diestra. Amén.

EL VALOR DE UNA VIDA ESCONDIDA EN ÉL

Lucas 12:6-7 (RVR60)
“¿No se venden cinco pajarillos por dos cuartos? Sin embargo, ninguno de ellos está olvidado delante de Dios. Pues aun los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis, pues; más valéis vosotros que muchos pajarillos.”

Introducción: En un mundo que no mira con detalle
Vivimos en una época donde la atención es la moneda más escasa. Las noticias pasan rápido, las relaciones se vuelven líquidas y a menudo nos sentimos como un número más en una planilla, un rostro sin nombre en medio de la multitud. Jesús, sin embargo, irrumpe en esa ansiedad con una imagen pequeña, casi insignificante a los ojos del mundo, pero cargada de una verdad transformadora: los pajarillos y los cabellos.

1. El valor de lo que parece sin valor
En la época de Jesús, los “dos cuartos” (un as o assarion, una moneda romana de poco valor) alcanzaban para comprar cinco gorriones. Eran aves tan comunes y baratas que a menudo se regalaban o se usaban como comida para los pobres. Sin embargo, el Señor dice que “ninguno de ellos está olvidado delante de Dios”. No dice que Dios los ama por su utilidad o su belleza, sino simplemente porque Él los hizo. Si Dios no olvida ni al más pequeño de los gorriones, ¿cómo podría olvidarse de ti, que fuiste formado a Su imagen y por quien Cristo murió?

Este es el primer consuelo: tu valor no viene de lo que produces, sino de Quien te creó y te sostiene. Aunque el mundo te descarte como “barato” o “reemplazable”, para Dios eres una obra única, irrepetible y permanentemente presente en Su memoria.

2. Los cabellos contados: una intimidad asombrosa
Jesús lleva la ilustración más lejos: “aun los cabellos de vuestra cabeza están todos contados”. Para una persona común, contar los cabellos sería una tarea absurda e imposible. Pero para Dios, que es infinito en conocimiento y amor, ese detalle minucioso no es un esfuerzo, sino la expresión de una intimidad total.

Piénsalo: Dios sabe cuándo se te cae un cabello. Conoce los cambios diminutos en tu cuerpo, las preocupaciones que nadie escucha, las lágrimas que derramas en secreto, las batallas internas que no compartes con nadie. No hay un solo rincón de tu vida que esté fuera de Su atención. No eres un expediente más en el cielo; eres Su hijo, Su hija, grabado en la palma de Sus manos (Isaías 49:16).

3. “No temáis”: el mandamiento que brota de la confianza
Tres veces en este breve pasaje (y a lo largo del capítulo 12 de Lucas), Jesús dice: “No temáis”. El miedo es la respuesta natural a sentirnos insignificantes, vulnerables y olvidables. Pero si Dios se ocupa de los gorriones y de tus cabellos, entonces el temor pierde su fundamento.

No es que no haya peligros, pruebas o incertidumbres. Las habrá. Pero el fundamento de tu paz no es la ausencia de problemas, sino la certeza de que el Dios del universo te tiene presente en cada segundo. El mismo Dios que viste los lirios y alimenta las aves, te dice a ti: “Más valéis vosotros”. No es un valor comparativo para hacerte sentir superior a otras criaturas, sino una declaración de que Su amor por ti es personal, activo y eterno.

4. Aplicación práctica: vivir como alguien recordado
¿Cómo cambia esto tu día a día?

Cuando te sientas invisible en el trabajo, en tu familia o en la iglesia, recuerda: Dios te ve. No necesitas la aprobación de todos porque ya tienes la mirada atenta de tu Padre.

Cuando el miedo al futuro te paralice (salud, dinero, soledad), dile a tu alma: “¿Acaso el que cuenta mis cabellos no tiene un plan para mis días?”.

Cuando la oración te parezca inútil, habla con la confianza de quien es escuchado no por sus palabras elocuentes, sino por el amor inagotable de Quien ya te tenía presente antes de que abrieras la boca.

Conclusión: Eres más valioso que muchos pajarillos
El evangelio no solo nos dice que Dios existe, sino que Dios se acuerda. En una cultura obsesionada con la productividad, la imagen y el rendimiento, Jesús nos libera con esta verdad simple y poderosa: tú importas porque Él te hizo y te redimió. No porque seas perfecto, ni porque hayas logrado algo grandioso, sino porque Él es fiel para recordar incluso lo que el mundo desecha.

Así que hoy, deja el temor. Suelta la ansiedad por ser olvidado. Descansa en esta certeza: el Creador de las estrellas, que sostiene el universo con Su palabra, tiene contados hasta los cabellos de tu cabeza. No eres un accidente, ni un extra, ni un borrador. Eres una historia que Él escribe con paciencia y amor.

Oración
Padre Santo y amoroso, gracias porque Tú no olvidas ni al más pequeño de los gorriones. Perdóname por las veces que he vivido con miedo, creyendo que mi vida pasaba desapercibida ante Tus ojos. Hoy quiero descansar en esta verdad asombrosa: Tú has contado mis cabellos, conoces mis lágrimas, escuchas mis silencios. Ayúdame a vivir cada día con la confianza de quien es profundamente amado y recordado por Ti. Cuando el miedo quiera robarme la paz, recuérdame que valgo más que muchos pajarillos. En el nombre de Jesús, que entregó Su vida para demostrar cuánto valgo. Amén.

LA PAZ DE LO POCO JUSTO VS. LA TORMENTA DE LO MUCHO INJUSTO

"Mejor es lo poco con justicia, que la multiplicación de frutos sin derecho." (Proverbios 16:8, RVR60)

Introducción: La obsesión por la cantidad

Vivimos en una cultura obsesionada con la multiplicación. Nos enseñan que más es sinónimo de mejor: más dinero, más bienes, más seguidores, más logros. Medimos el éxito por el tamaño de nuestra cuenta bancaria, la amplitud de nuestra casa o la cantidad de ceros en nuestro salario. Sin embargo, en medio de este bullicio por acumular, Dios lanza una bomba de silencio y sabiduría a través de Salomón. Nos dice que la ecuación humana "más = mejor" no siempre funciona en el reino de Dios. De hecho, nos revela que un poco, bendecido con justicia, vale infinitamente más que mucho, manchado por la injusticia.

I. El espejismo de la "multiplicación sin derecho"

¿Qué significa "frutos sin derecho"? Se refiere a aquellas ganancias obtenidas por medios cuestionables: la mentira en los negocios, la explotación de los empleados, el soborno, la usura, la deshonestidad en pequeños o grandes tratos, o simplemente la codicia que prioriza el tener por encima del ser.

En apariencia, estos "frutos" son atractivos. Se ven como árboles cargados de manzanas doradas. La persona que los posee puede vivir en una mansión, conducir el auto más nuevo y ser envidiada por muchos. Pero hay un detalle crucial que la Biblia no pasa por alto: esos frutos no tienen "derecho", es decir, no tienen bendición legal (legal en el sentido divino). No están arraigados en la justicia de Dios.

Jesús mismo advirtió: "Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?" (Mateo 16:26). La multiplicación sin derecho es un negocio ruinoso a largo plazo. Es como construir un castillo de naipes sobre un pantano: se ve imponente, pero cualquier tormenta lo derribará. Las ganancias mal habidas traen consigo ansiedad, desconfianza, miedo a ser descubierto y, lo peor de todo, distancia de Dios.

II. La belleza escondida de "lo poco con justicia"

Ahora, consideremos "lo poco con justicia". Esto no es una glorificación de la pobreza, sino una redefinición de la riqueza. Se refiere a aquel ingreso, por pequeño que sea, que ha sido obtenido con honradez, esfuerzo legítimo y temor de Dios. Es el salario del obrero que trabaja con integridad, la ganancia del pequeño comerciante que no miente en el peso, la herencia modesta de quien vive sin codicia.

Este "poco" tiene características que lo hacen superior:

Tiene paz: No hay temor a la auditoría divina ni a la exposición humana. Se puede dormir tranquilo.

Tiene propósito: Al ser justo, puede ser compartido y usado para bendecir a otros, porque no está manchado por el remordimiento.

Tiene presencia de Dios: La justicia atrae la comunión con el Señor. Proverbios 15:16 dice: "Mejor es lo poco con el temor de Jehová, que el gran tesoro donde hay turbación".

Imagina dos mesas: en una hay un banquete enorme, pero cada plato ha sido robado o adquirido con engaño. En la otra hay pan, aceite y vino simples, pero cada bocado ha sido ganado con manos limpias y un corazón recto. ¿En cuál mesa quisieras cenar cada noche? ¿Cuál mesa tiene el aroma de la bendición? La respuesta es obvia para quien tiene ojos espirituales.

III. La justicia como inversión eterna

El versículo no solo compara cantidades; compara frutos. Los frutos de la injusticia son efímeros, como la hierba que se seca (Salmos 37:2). Los frutos de la justicia, aunque pequeños en apariencia, son semillas para la eternidad. Jesús dijo: "Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas" (Mateo 6:33). Cuando priorizamos la justicia, Dios mismo se compromete a proveer. Puede que no nos haga millonarios según el mundo, pero nos asegura que nunca nos faltará lo necesario, y que nuestro tesoro en el cielo crecerá.

Un hombre justo con una billetera delgada es infinitamente más rico que un injusto con una bóveda llena. Porque el primero tiene lo que el dinero no puede comprar y lo que la injusticia no puede simular: la sonrisa de aprobación de Dios.

IV. Aplicación personal: Examen de conciencia

Hoy te invito a hacer tres preguntas frente a este proverbio:

¿Cómo obtengo mis ingresos? ¿Hay algún área "gris" en mis finanzas donde estoy aceptando "frutos sin derecho"? Quizá un pequeño fraude en impuestos, una mentira en una venta, o aprovecharme del desconocido.

¿Valoro más la paz que la abundancia? ¿Estaría dispuesto a reducir mi nivel de vida con tal de vivir en completa integridad?

¿Confío en que Dios es suficiente? Si perdiera todo lo que gané injustamente, ¿creería que Dios puede sostenerme con "lo poco justo"?

Conclusión: La balanza de Dios

No juzgues tu vida por la cantidad de bienes que acumulas, sino por la calidad de justicia con la que los obtienes y administras. Es mejor tener una casa pequeña donde reine la verdad, que un palacio edificado sobre mentiras. Es mejor un plato de arroz con la bendición de Dios, que un festín con la maldición del remordimiento.

Recuerda: La multiplicación sin derecho es una tormenta que pronto pasa. Lo poco con justicia es un manantial que fluye para vida eterna.

Oración

Señor Dios, Justo y Verdadero, venimos ante Ti reconociendo nuestra tendencia humana a codiciar la multiplicación, incluso a costa de la rectitud. Perdónanos por las veces que hemos valorado más el "tener" que el "ser", y por los momentos en que hemos cerrado los ojos ante pequeñas injusticias con tal de obtener ganancias. Señor, danos el valor de preferir lo poco justo antes que lo mucho injusto. Ayúdanos a encontrar nuestra seguridad, no en el grosor de nuestra billetera, sino en la fidelidad de Tu provisión. Que nuestras manos trabajen con honradez, que nuestras cuentas sean limpias, y que nuestro corazón descanse en la paz que solo la justicia trae. Te pedimos no riquezas sin Ti, sino lo suficiente con Tu presencia. En el nombre de Jesucristo, que se hizo pobre para hacernos ricos en justicia. Amén.

Aclaración

Este Blog no tiene fines de lucro, ni propósitos comerciales, el único interés es compartir los gustos y las preferencias de su autor, con personas afines. Julio Carreto. Predicador