Versículo clave: "De Jehová es la tierra y su plenitud; El mundo, y los que en él habitan." (Salmo 24:1, RVR60)
Introducción: La Pregunta que lo Cambia Todo
Vivimos en una cultura que nos empuja constantemente a poseer. Desde pequeños, aprendemos a decir "mío". Mi ropa, mi casa, mi carro, mi dinero, mi tiempo, mi vida. Esta posesividad, que parece tan natural, construye a nuestro alrededor una fortaleza de auto-suficiencia donde nos sentimos seguros y en control.
Pero entonces, llegamos a este verso del salmista David, y como un viento poderoso, sacude los cimientos de esa fortaleza. Con una declaración solemne y majestuosa, la Palabra de Dios nos invita a levantar la vista y contemplar la verdadera escritura de propiedad del universo: "De Jehová es la tierra y su plenitud".
Este versículo no es solo un dato teológico; es una revelación que, si la internalizamos, tiene el poder de transformar radicalmente nuestra relación con todo lo que nos rodea, desde nuestras posesiones más preciadas hasta las personas que amamos.
El Primer Artículo de la Fe: Dios es el Propietario
El Salmo 24 comienza con una declaración de soberanía universal. No hay ningún lugar en la tierra, ningún rincón del cosmos, ni un solo átomo que esté fuera de la jurisdicción de Dios. La palabra hebrea para "tierra" (erets) y "mundo" (tebel) abarca todo lo creado: los continentes, los mares, los recursos naturales, los ecosistemas.
Y luego, David añade algo profundamente personal: "y los que en él habitan". Esto nos incluye a ti y a mí. Nuestro ser, nuestra existencia, nuestra identidad, no son el resultado de un accidente cósmico ni una conquista personal. Somos parte de esa "plenitud" que pertenece al Señor.
El versículo 2 nos da la razón de esta propiedad absoluta: "Porque él la fundó sobre los mares, y la afirmó sobre los ríos". Dios no es un conquistador que tomó posesión de algo que ya existía. Él es el Creador, el Arquitecto y Constructor. En el mundo antiguo, los mares y los ríos representaban el caos y lo inestable. El salmista declara que, sobre esa base de caos, Dios estableció un mundo ordenado y firme. Él lo hizo, por lo tanto, Él es el único y legítimo Dueño.
La Raíz de Nuestros Conflictos: El Problema de la "Plenitud"
Si Dios es el dueño, ¿qué somos nosotros? La respuesta bíblica es clara: somos administradores. Esta es una de las verdades más liberadoras y, a la vez, más desafiantes de la fe.
Cuando olvidamos que somos administradores, caemos en la trampa de la idolatría. Comenzamos a aferrarnos a las cosas, a las relaciones, a nuestras habilidades, como si fueran nuestra fuente de seguridad y felicidad. El "mío" se convierte en un ídolo que nos esclaviza al miedo a perder, a la ansiedad por acumular y a la envidia por lo que otros tienen.
El problema de la "plenitud" es que a menudo queremos acapararla. Guardamos nuestro tiempo, nuestro dinero, nuestro afecto, nuestras palabras de aliento. Construimos graneros para nosotros mismos, como el hombre rico de la parábola (Lucas 12), pensando que la abundancia de bienes nos dará paz, sin darnos cuenta de que esa misma noche nuestra alma puede ser requerida.
Viviendo como Mayordomos Fieles: La Verdadera Libertad
Aceptar que "de Jehová es la tierra y su plenitud" nos libera de la pesada carga de ser dueños. Cuando reconocemos a Dios como el propietario, cada aspecto de nuestra vida se convierte en un acto de mayordomía:
Nuestras Finanzas y Posesiones: Dejamos de preguntar "¿Cuánto debo darle a Dios?" y comenzamos a preguntar "¿Cómo quiere el verdadero Dueño que administre el 100% de lo que me ha confiado?". El diezmo y la ofrenda dejan de ser una transacción religiosa y se convierten en un acto de adoración y reconocimiento de Su señorío. Nuestras posesiones son herramientas para bendecir, no tesoros para atesorar.
Nuestro Cuerpo y Talentos: Nuestro cuerpo no es una posesión personal para usar como nos plazca. Es un templo del Espíritu Santo (1 Corintios 6:19-20), una herramienta en las manos del Alfarero. Nuestras habilidades, nuestra inteligencia y nuestra creatividad no son para nuestra propia gloria, sino para edificar Su reino y servir a los demás.
Nuestras Relaciones: Las personas en nuestra vida—cónyuge, hijos, amigos, compañeros de trabajo—son un regalo sagrado que Dios nos ha confiado para amar, cuidar y guiar hacia Él. No las poseemos; tenemos el privilegio de caminar a su lado por un tiempo. Esto nos lleva a amarlas de manera más pura, sin intentar controlarlas o manipularlas.
Nuestro Tiempo: El tiempo es uno de los recursos más preciados de la "plenitud" de Dios. Cada minuto es un regalo. La mayordomía del tiempo nos llama a vivir con propósito, invirtiendo nuestras horas en lo que tiene valor eterno, en lugar de desperdiciarlas en lo que no edifica.
La Conexión con Cristo: El Administrador Perfecto
Esta verdad encuentra su máximo exponente en Jesucristo. Él, siendo el Dueño y Creador de todas las cosas (Juan 1:3; Colosenses 1:16), no estimó el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse (Filipenses 2:6). En un acto de mayordomía suprema, se despojó a sí mismo, administró su divinidad con humildad y se entregó como siervo para redimir a la "plenitud" que se había perdido: la humanidad.
Jesús vino a restaurar la relación rota entre el Creador y sus criaturas. A través de su muerte y resurrección, nos reconcilia con el verdadero Dueño, para que ya no vivamos como esclavos de las cosas, sino como hijos en la casa del Padre.
Conclusión: El Gozo de la Confianza
Cuando realmente entendemos que "de Jehová es la tierra y su plenitud", la vida se convierte en una aventura de confianza. Dejamos de vivir con los puños cerrados, aferrados a lo que consideramos nuestro, y aprendemos a vivir con las manos abiertas, recibiendo y dando bajo la dirección del Dueño.
Esto no nos hace irresponsables, todo lo contrario. Un mayordomo fiel es más cuidadoso, más diligente y más agradecido que un dueño egoísta. Sabe que un día dará cuentas, pero también sabe que el Dueño es bueno, generoso y tiene un plan perfecto para toda su creación.
Hoy, ¿estás viviendo como un dueño ansioso o como un mayordomo agradecido? ¿Te aferras a la "plenitud" de tu vida, o se la confías gozosamente a Aquel a quien realmente pertenece?
Oración
Amado Padre Celestial, Dueño y Señor de todo lo que existe,
Hoy vengo delante de Ti con un corazón humilde, reconociendo que nada de lo que me rodea, y ni siquiera yo mismo, me pertenezco. Tú fundaste la tierra, Tú creaste los mares, y en Tus manos está el destino de todo ser viviente.
Perdóname, Señor, por las veces que he actuado como si fuera el dueño de mi vida, de mi tiempo y de mis posesiones. Perdóname por la ansiedad de querer controlarlo todo, por la avaricia de acumular, y por la ceguera de no ver que todo es un regalo de Tu gracia.
Te entrego hoy todo lo que soy y todo lo que tengo. Toma mis talentos, úsalos para Tu gloria. Toma mis finanzas, hazme un administrador sabio y generoso. Toma mis relaciones, ayúdame a amar a las personas sin querer poseerlas, guiándolas siempre hacia Ti. Toma mi tiempo, enséñame a invertirlo en lo que realmente importa para Tu reino.
Gracias porque al reconocerte como el Dueño, me liberas de la carga de tener que serlo. Gracias porque en Tus manos, mi vida está más segura que en las mías. Ayúdame a vivir cada día con las manos abiertas, confiando en Tu provisión y celebrando Tu bondad.
Enséñame a ser un mayordomo fiel de la "plenitud" que has puesto en mis manos, esperando con gozo el día en que pueda verte cara a cara y escuchar de Tus labios: "Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor".
Te lo pido en el nombre de Jesús, el Hijo amado, por quien y para quien todas las cosas fueron creadas.
Amén.