Romanos 16:17
«Mas os ruego, hermanos, que os fijéis en los que causan divisiones y tropiezos en contra de la doctrina que vosotros habéis aprendido, y que os apartéis de ellos.» (Romanos 16:17, RVR60)
Introducción: La exhortación final de un padre espiritual
Hay palabras que pesan más cuando sabemos quién las pronuncia y en qué momento las pronuncia. Romanos 16 es el capítulo final de la carta más teológica, más sistemática y más profunda que Pablo jamás escribió. Después de once capítulos de doctrina sublime —la justificación por la fe, la soberanía de Dios, la elección de Israel, la misericordia de Dios— y cinco capítulos de aplicación práctica —la vida en el Espíritu, el amor fraternal, la sumisión a las autoridades, el uso de la libertad cristiana—, Pablo llega al cierre. Y lo que encontramos al final es revelador.
El capítulo 16 comienza con una recomendación personal de Febe, una diaconisa de la iglesia en Cencrea. Luego siguen veinticuatro saludos dirigidos a personas concretas: Priscila y Aquila, Epéneto, María, Andrónico y Junias, Amplias, Urbano, Estaquis, Apeles, la casa de Aristóbulo, Herodión, los de la casa de Narciso, Trifena y Trifosa, Pérsida, Rufo y su madre, Asíncrito, Flegonte, Hermas, Patrobas, Hermes, Filólogo, Julia, Nereo y Olimpas. Es una ventana hermosa al corazón pastoral de Pablo: conocía a las personas por nombre, recordaba sus historias, valoraba sus servicios, amaba a su gente.
Pero en medio de ese torrente de afecto y gratitud, en el versículo 17, hay un cambio abrupto de tono. Pablo interrumpe la lista de saludos para insertar una advertencia solemne. Es como si, antes de cerrar la carta, el apóstol dejara escapar una preocupación que le quemaba por dentro. No puede despedirse sin advertir. No puede decir «adiós» sin decir «cuidado».
Es significativo que la última instrucción doctrinal de Romanos —la última enseñanza explícita antes de la doxología final— sea precisamente esta: la necesidad de identificar y apartarse de los falsos maestros que causan divisiones y tropiezos.
Pablo sabía lo que estaba en juego. Conocía las iglesias que había fundado. Sabía cómo los judaizantes habían seguido sus pasos en Galacia, tratando de añadir la circuncisión y la ley al evangelio de la gracia. Sabía cómo los gnósticos incipientes estaban infiltrándose en las congregaciones con enseñanzas sobre «conocimientos superiores». Sabía que el error doctrinal no es una opinión inofensiva, sino un veneno que se sirve en copas de oro. Sabía que el lobo no siempre entra con colmillos visibles; a veces entra con piel de oveja, con voz suave, con vocabulario cristiano.
Y así, con la autoridad de un apóstol y la ternura de un padre, escribe: «Mas os ruego, hermanos...». La palabra griega es parakalō, la misma que usa para describir al Espíritu Santo como «Consolador». No es un mandato militar, es una súplica entrañable. Pablo no está dando una orden fría; está rogando, está implorando, está apelando al amor de los hermanos.
Este devocional quiere explorar cuatro dimensiones de este versículo: la vigilancia que nos pide («os fijéis»), el peligro que señala (los que causan divisiones y tropiezos), el estándar que establece (la doctrina que habéis aprendido) y la acción que demanda («apartaos de ellos»). Y terminará con una oración, porque solo la oración puede hacernos fieles a esta verdad sin volvernos duros, sectarios o amargados.
1. «Que os fijéis» — La vigilancia amorosa
El primer verbo que Pablo usa es skopeō (σκοπέω), que se traduce como «fijarse en», «observar», «vigilar». Es la raíz de nuestra palabra «escopeta» y de «obispo» (epískopos), el que vigila sobre el rebaño. La imagen es la del centinela en la muralla, la del pastor que cuenta las ovejas, la del marinero que escudriña el horizonte.
Es importante notar que este verbo no describe sospecha paranoica. No dice «buscad herejes por todas partes», ni «sospechad de todos», ni «vivid con miedo». Dice «fijaos», con atención sobria, con discernimiento, con los ojos abiertos. Es la misma actitud que Jesús pidió a sus discípulos: «Velad, estad firmes en la fe» (1 Corintios 16:13). Es la misma que Pedro exhorta: «Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar» (1 Pedro 5:8).
La vigilancia cristiana no es sospecha de los hermanos; es atención al enemigo. No es desconfianza del cuerpo de Cristo; es prudencia ante quien quiere dañarlo. No es cerrar el corazón; es abrir los ojos.
Y hay una razón por la que Pablo comienza con «fijaos» y no directamente con «apartaos». Porque la separación sin discernimiento es sectarismo; pero el discernimiento sin separación es complicidad. Primero hay que ver con claridad; luego hay que actuar con valentía. La vigilancia es el primer paso de la obediencia.
El creyente moderno necesita recuperar esta disciplina. Vivimos en una era de sobrecarga informativa, donde cada voz reclama autoridad, donde cada predicador tiene un podcast, donde cada libro cristiano promete revelación fresca. Pero no todo lo que suena espiritual es verdadero, y no todo lo que cita la Biblia la interpreta correctamente. El cristiano debe ser como los bereanos: «escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así» (Hechos 17:11). Esa es la vigilancia que Pablo pide.
2. «Los que causan divisiones y tropiezos» — El retrato del falso maestro
Pablo describe a estas personas con dos palabras griegas que pintan un retrato inquietante.
Primera: «divisiones» (dichostasías). Esta palabra solo aparece aquí en todo el Nuevo Testamento, y es aún más significativa por eso. Proviene de dichō (dos) y stásis (posición, facción). Describe a alguien que crea bandos, que divide en dos lo que estaba unido, que siembra cizaña donde había trigo. Es la persona que llega a la iglesia y empieza a formar un «nosotros» y un «ellos» dentro del mismo cuerpo. La persona que convierte la congregación en facciones, que agrupa a su alrededor a un grupo selecto, que hace de la iglesia un campo de batalla.
Pablo ya había advertido sobre esto a los corintios: «Porque he sido informado acerca de vosotros, hermanos míos, por los de Cloé, que hay entre vosotros contiendas. Quiero decir, que cada uno de vosotros dice: Yo soy de Pablo; y yo de Apolos; y yo de Cefas; y yo de Cristo» (1 Corintios 1:11-12). Las divisiones son la obra más característica del enemigo, porque dividen aquello por lo que Cristo murió: su cuerpo, la iglesia.
Segunda: «tropiezos» (skándala). Esta palabra da origen a nuestra palabra «escándalo», pero su significado original es mucho más gráfico. Skándalon era el palo o la piedra que se colocaba en una trampa para hacer caer al animal. Era la carnada que ocultaba la red. Es la piedra con la que alguien tropieza y cae sin verla.
El falso maestro no solo divide; también hace caer. Y aquí está lo especialmente perverso: muchos de los que tropiezan no son los que causan el tropiezo. Son los débiles, los nuevos en la fe, los que recién comienzan a caminar con Cristo. Jesús lo dijo con una severidad estremecedora: «Cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar» (Mateo 18:6).
El falso maestro no siempre ataca frontalmente. A veces no niega a Cristo abiertamente; solo lo desplaza. No niega la Biblia; solo la reinterpreta. No destruye la iglesia; solo la divide. No enseña el error abiertamente; solo mezcla una pequeña porción de veneno en la comida sana. Y los débiles, los nuevos, los que no están firmes, tropiezan y caen.
Por eso Pablo no dice «fijaos en los que niegan a Cristo», porque ese sería un blanco fácil. Dice «fijaos en los que causan divisiones y tropiezos». El criterio no es solo la doctrina explícita, sino el efecto real en el cuerpo. Si alguien está dividiendo la iglesia y haciendo tropezar a los hermanos, ahí hay una señal de alerta.
3. «En contra de la doctrina que vosotros habéis aprendido» — El estándar inamovible
Pablo especifica que estos falsos maestros actúan «en contra de la doctrina que vosotros habéis aprendido». La palabra griega es didachē, que significa enseñanza, instrucción, doctrina. Es la misma palabra que se usa en Hechos 2:42 para describir la perseverancia de la iglesia primitiva: «Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles».
Este es el punto decisivo. El cristiano no tiene derecho a inventar su propia doctrina. No es el dueño de la verdad; es su mayordomo. La fe cristiana no es una construcción personal, sino una entrega recibida. Como escribió Judas: «amados, por la gran solicitud que tenía de escribiros acerca de nuestra común salvación, me ha sido necesario escribiros exhortándoos que contendáis ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos» (Judas 3). La fe fue dada. Fue entregada. Fue confiada. No la creamos; la recibimos.
Pablo mismo había sido cuidadoso en esto. Cuando escribió a los gálatas, se asombró de que se apartaran tan pronto del evangelio: «Estoy maravillado de que tan pronto os hayáis alejado del que os llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente. No que haya otro, sino que hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo» (Gálatas 1:6-7). Y luego añadió la advertencia más severa del Nuevo Testamento sobre este tema: «Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema» (Gálatas 1:8).
Aquí está el fundamento de toda la advertencia de Romanos 16:17. El evangelio tiene un contenido definido. No es una experiencia vaga ni un sentimiento religioso difuso. Tiene doctrina: la Trinidad, la deidad de Cristo, la encarnación, la muerte sustitutiva, la resurrección corporal, la justificación por la fe sola, la autoridad de las Escrituras, la segunda venida, la resurrección de los muertos, el juicio final. Estas verdades no son opiniones negociables; son el fundamento sobre el que se edifica la iglesia.
Cuando alguien se aparta de esas verdades, no está «aportando una perspectiva fresca»; está minando el fundamento. Y un edificio sin fundamento no puede sostenerse.
Es importante notar la frase «que vosotros habéis aprendido». Pablo apela a la memoria corporativa de la iglesia. Los romanos habían recibido la enseñanza apostólica; la conocían; la habían abrazado. Por eso podían reconocer el error cuando lo escucharan. Y aquí hay una lección crucial: el mejor antídoto contra el error es conocer bien la verdad. El creyente que ha estudiado las Escrituras, que conoce las doctrinas fundamentales, que está arraigado en la enseñanza sana, no será fácilmente engañado. Es como el que conoce bien el sonido de una moneda genuina y por eso detecta inmediatamente la falsa.
Jesús dijo: «Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» (Juan 8:32). La verdad no solo nos libera del pecado; también nos libera del error. Y el conocimiento de la verdad es una defensa, un escudo, una espada.
4. «Y que os apartéis de ellos» — La acción valiente
Llegamos a la parte más difícil de este versículo: «que os apartéis de ellos». En griego, el verbo es ekklínō (ἐκκλίνω), que significa literalmente «inclinarse hacia fuera», «desviarse», «apartarse». Es la acción de alejarse, de tomar distancia, de romper el contacto.
Esta es la instrucción que más incomoda al cristiano moderno. Nos han enseñado que debemos ser tolerantes, inclusivos, abiertos, amables. Nos han dicho que la separación es sectarismo, que la firmeza doctrinal es rigidez, que la verdad es relativa y la unidad lo es todo. Y de repente Pablo dice: «Apartaos».
Pero notemos con cuidado lo que Pablo no dice. No dice «odiaos de ellos». No dice «hablad mal de ellos». No dice «perseguidlos». No dice «orquestad campañas contra ellos». No dice «divulgad sus nombres por las redes sociales». No dice «alimentad vuestro resentimiento contra ellos». Dice simplemente: apartaos.
Es la misma actitud que Pablo recomendó a Tito: «Al hombre que cause divisiones, después de una y otra amonestación deséchalo» (Tito 3:10). Y la misma que Juan escribió: «Si alguno viene a vosotros, y no trae esta doctrina, no lo recibáis en casa, ni le digáis: ¡Bienvenido! Porque el que le dice: ¡Bienvenido! participa en sus malas obras» (2 Juan 10-11). Y la misma que Jesús practicó cuando dijo a los fariseos: «Dejadlos; son ciegos guías de ciegos; y si el ciego guiare al ciego, ambos caerán en el hoyo» (Mateo 15:14).
La separación bíblica no es desamor; es obediencia. No es soberbia; es humildad. No es exclusión de personas; es separación de enseñanzas. No significa que dejemos de amar a los que yerran —debemos orar por ellos, desear su arrepentimiento, estar dispuestos a recibirlos si se corrigen—; significa que dejamos de recibirlos como maestros, dejamos de sentarnos a su mesa, dejamos de exponernos a su influencia.
Hay una razón práctica para esto: la doctrina se contagia. Así como la levadura leuda toda la masa (1 Corintios 5:6; Gálatas 5:9), así el error se propaga. No basta con no creerlo; hay que alejarse de su influencia. No basta con no predicarlo; hay que no exponerse a él. El error doctrinal no es un simple desacuerdo intelectual que se resuelve con un debate; es un veneno que se absorbe por ósmosis, por contacto prolongado, por familiaridad progresiva.
Muchos creyentes han caído no porque hayan sido convencidos por un argumento, sino porque, poco a poco, se fueron acostumbrando a la presencia del error. Lo escucharon tantas veces que dejó de parecer error. Lo toleraron tanto tiempo que dejó de parecer peligro. Y al final, lo abrazaron no porque lo creyeran, sino porque ya no recordaban por qué lo rechazaban.
La separación es una forma de proteger la propia alma. Es como alejarse de un edificio en llamas: no es falta de amor a los que están dentro, sino cuidado de uno mismo. Es como cerrar la puerta a un virus: no es enemistad contra el enfermo, sino protección de la salud.
Y aquí hay algo que el creyente debe recordar siempre: la separación no es el fin; es el medio para la preservación de la unidad verdadera. Pablo no está dividiendo la iglesia; está protegiendo su unidad. Porque la unidad que la Biblia ordena no es la unidad en torno a cualquier cosa, sino la unidad en torno a la verdad. «Solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz» (Efesios 4:3). Pero esa unidad presupone «un Señor, una fe, un bautismo» (Efesios 4:5). Sin verdad, la unidad es una farsa.
5. El peligro de los falsos maestros: Un retrato bíblico
Pablo no se detiene en el versículo 17. Los versículos 18 y 19 completan su advertencia con un retrato aterrador de estos falsos maestros:
«Porque tales personas no sirven a nuestro Señor Jesucristo, sino a sus propios vientres, y con suaves palabras y lisonjas engañan los corazones de los ingenuos. Porque vuestra obediencia ha venido a ser notoria a todos, así que me gozo de vosotros; pero quiero que seáis sabios para el bien, e ingenuos para el mal.» (Romanos 16:18-19)
Primero, su motivación es el egoísmo. «No sirven a nuestro Señor Jesucristo, sino a sus propios vientres». Esto significa que sirven a sus apetitos, a sus intereses, a sus ambiciones. Puede ser dinero, puede ser fama, puede ser poder, puede ser la adulación de un grupo. En cualquier caso, el móvil no es la gloria de Cristo, sino la satisfacción propia.
Segundo, su método es el engaño. «Con suaves palabras y lisonjas engañan los corazones de los ingenuos». No llegan con gritos ni con condenas; llegan con suavidad, con halagos, con promesas. Su lenguaje no es de confrontación sino de seducción. Dicen lo que la gente quiere oír. «Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias» (2 Timoteo 4:3).
Tercero, su víctima es el ingenuo. «Engañan los corazones de los ingenuos». La palabra griega es ákakos, que significa «sin malicia», «sin experiencia», «simple». No son los malos, sino los buenos; no son los rebeldes, sino los confiados; no son los cínicos, sino los que creen en la bondad de todos. El falso maestro no ataca a los fuertes; ataca a los débiles, a los nuevos, a los que aún no están arraigados.
Y por eso Pablo añade en el versículo 19: «Quiero que seáis sabios para el bien, e ingenuos para el mal». La palabra traducida «sabios» es sophós, que significa hábil, experto, conocedor. Pablo no está pidiendo una inocencia tonta que cierra los ojos ante el peligro; está pidiendo una sabiduría que conoce el bien tan profundamente que pueda detectar el mal con rapidez. Es la sabiduría de la serpiente y la sencillez de la paloma que Jesús recomendó a sus discípulos (Mateo 10:16).
6. Aplicación práctica: Cómo discernir y actuar hoy
La advertencia de Pablo no es solo para la iglesia del primer siglo. Es para la iglesia de todos los tiempos. Y en nuestro tiempo, cuando más voces compiten por nuestra atención, se vuelve aún más urgente. ¿Cómo aplicamos Romanos 16:17 hoy?
1. Aprende la doctrina sana. No puedes detectar la falsificación si no conoces el original. Lee la Biblia completa, no solo versículos aislados. Estudia los credos históricos de la iglesia. Aprende los fundamentos. Asiste a una iglesia que enseñe la sana doctrina y sométete a ella.
2. Examina todo con las Escrituras. Los bereanos son el modelo: «escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así» (Hechos 17:11). No importa cuán famoso sea el predicador, cuán popular sea el libro, cuán viral sea el video. La pregunta no es «¿quién lo dice?», sino «¿lo dice la Biblia?».
3. Evalúa el fruto, no solo el estilo. Jesús dijo: «Por sus frutos los conoceréis» (Mateo 7:16). ¿Esta enseñanza produce unidad o división? ¿Santidad o permisividad? ¿Humildad o soberbia? ¿Amor a Cristo o amor al yo? El fruto revela la raíz.
4. No confundas el amor con la complicidad. Amar a los que yerran no significa recibirlos como maestros. Podemos orar por ellos, desear su bien, hablarles con respeto, pero no podemos darles plataforma, autoridad o influencia sobre nosotros o sobre los nuestros. El amor verdadero no permite que el veneno se sirva en la mesa de los hijos.
5. Sé valiente para apartarte. Esto es lo más difícil. Apartarse puede costar amistades, reputación, comodidad. Puede significar dejar una iglesia, salir de un grupo, cancelar una suscripción, romper una relación. Pero la fidelidad a Cristo siempre cuesta algo. Y el que está dispuesto a perderlo todo por Cristo, lo gana todo.
6. Ora por los que yerran. La separación no elimina el amor. Ora por ellos con sinceridad. Pide que Dios les conceda arrepentimiento, que abran los ojos, que vuelvan a la verdad. Como dice Pablo: «Dios les conceda arrepentimiento para conocer la verdad, y vuelvan en sí, y escapen del lazo del diablo» (2 Timoteo 2:25-26).
7. Cuida tu corazón de la amargura. Es fácil pasar del discernimiento a la dureza, de la firmeza a la amargura. Que nunca nos encontremos hablando del error con más pasión que del evangelio. Que nunca nos vuelvamos jueces fríos que se deleitan en condenar. La separación debe hacerse con lágrimas, no con carcajadas.
Conclusión: Firmeza con ternura
Romanos 16:17 es uno de esos pasajes que nos recuerdan que la vida cristiana requiere equilibrio. Por un lado, el amor al prójimo, la unidad de la iglesia, la mansedumbre hacia todos. Por otro lado, la firmeza doctrinal, la vigilancia ante el error, la valentía de separarse cuando es necesario.
La tentación del creyente es elegir uno de los dos extremos. Algunos se vuelven tan «amorosos» que toleran cualquier enseñanza, cualquier práctica, cualquier error, y terminan destruyendo la fe que dicen amar. Otros se vuelven tan «firmes» que pierden el amor, se vuelven jueces implacables, dividen por todo, y terminan ellos mismos causando las divisiones que dicen combatir.
La sabiduría bíblica mantiene ambos: firmeza en la verdad, ternura en el trato. Como el mismo Cristo, que podía decir «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!» y al mismo tiempo llorar sobre Jerusalén: «¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas...! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!» (Mateo 23:37).
Pablo, que escribió «apartaos de ellos», también escribió el capítulo 13 de 1 Corintios sobre el amor. No son contradictorios. El mismo apóstol, el mismo Espíritu, la misma fe. La firmeza sin amor es fanatismo; el amor sin firmeza es complicidad. La verdad sin gracia es cruel; la gracia sin verdad es traición.
Que Dios nos dé la sabiduría para discernir, el valor para apartarnos cuando sea necesario, y el amor para llorar por los que se pierden. Que no seamos ingenuos que todo lo creen, ni cínicos que nada creen. Que seamos, como Pablo, sabios para el bien e ingenuos para el mal. Que amemos la verdad lo suficiente como para defenderla, y amemos a las personas lo suficiente como para no permitir que el error las destruya.
Porque el mismo Señor que nos llama a la santidad, nos llama también a la verdad. Y la verdad, en amor, es la única forma de edificar la iglesia que permanece.
Oración final
Padre celestial, Señor de la verdad y de la gracia, venimos ante Ti con corazones que quieren amarte con sinceridad. Tú conoces nuestras debilidades, nuestras confusiones, nuestras vacilaciones. Tú sabes cuántas veces hemos sido ingenuos ante el error, y cuántas otras hemos sido duros sin amor.
Te pedimos, primero, que nos des amor por Tu verdad. Que no nos contentemos con una fe superficial, sino que anhelemos conocer las Escrituras profundamente. Que estudiemos, que meditemos, que memoricemos, que nos sometamos a la sana doctrina. Que la verdad de Tu Palabra sea el fundamento firme sobre el que construimos nuestra vida.
Te pedimos, segundo, que nos des discernimiento. Que no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, sino que crezcamos en todo hacia Cristo, que es la cabeza (Efesios 4:14-15). Danos ojos que vean, oídos que escuchen, mentes que disciernan. Ayúdanos a reconocer el error cuando se presenta con vestido de verdad, y a rechazar el veneno cuando se sirve en copa de oro.
Te pedimos, tercero, que nos des valentía. Que cuando sea necesario apartarnos, tengamos la fuerza para hacerlo. Que no nos dejemos mover por la popularidad, la conveniencia, la presión social, el miedo al rechazo. Que seamos fieles a Cristo por encima de todo. Que no seamos cómplices del error por cobardía ni por pereza.
Te pedimos, cuarto, que nos des amor. Amor por los que yerran, para orar por ellos y desear su arrepentimiento. Amor por los débiles, para protegerlos de los lobos. Amor por la iglesia, para guardar su unidad y su pureza. Amor por Tu nombre, para no permitir que sea mancillado por enseñanzas falsas.
Te pedimos por nuestra iglesia, Señor. Guárdala de los falsos maestros. Guárdala de los que causan divisiones y tropiezos. Levántala sobre el fundamento de los apóstoles y los profetas, siendo Cristo Jesús mismo la piedra angular (Efesios 2:20). Da a nuestros pastores y maestros fidelidad a Tu Palabra, valor para defenderla, y amor para proclamarla sin comprometerla.
Te pedimos por aquellos que hoy están siendo engañados. Abre sus ojos, Señor. Que vean la verdad. Que sean liberados del lazo del enemigo. Que vuelvan al camino de la sana doctrina. Que no se pierdan, sino que sean restaurados.
Y te pedimos por nosotros mismos, Señor. Que seamos sabios para el bien e ingenuos para el mal. Que no seamos cínicos que dudan de todo, ni crédulos que creen cualquier cosa. Que nuestra fe sea informada, nuestra doctrina sólida, nuestro amor sincero, nuestra valentía humilde.
Que cuando lleguemos al final de nuestra vida, podamos decir como Pablo: «He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe» (2 Timoteo 4:7). Que Tu verdad haya sido guardada en nosotros, y que nosotros hayamos sido guardados en ella.
En el nombre de Jesucristo, que es el Camino, la Verdad y la Vida, y fuera del cual no hay salvación ni conocimiento verdadero del Padre.
Amén.
«Mas os ruego, hermanos, que os fijéis en los que causan divisiones y tropiezos en contra de la doctrina que vosotros habéis aprendido, y que os apartéis de ellos.»
Que esta palabra te dé valor para vigilar, sabiduría para discernir, y amor para apartarte cuando sea necesario —no de las personas, sino del error que las esclaviza— para que la iglesia de Cristo permanezca pura, unida y fiel hasta el día en que Él venga.