"El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él."
Juan 3:36 (RVR60)
Este versículo, colocado al final del diálogo de Jesús con Nicodemo, no es una mera declaración teológica, sino el eco solemne de la voz del Hijo de Dios resonando a través de las palabras del apóstol Juan. Es una afirmación que corta limpiamente toda ambigüedad y nos coloca ante la decisión más crucial de nuestra existencia. No hay término medio, no hay zona gris: creer o rehusar. La vida eterna o la ira de Dios. La sentencia es clara y su peso, eterno.
En la primera parte, "El que cree en el Hijo tiene vida eterna", encontramos una promesa de posesión presente. No dice "tendrá", sino "tiene". La vida eterna no es un premio distante, un billete para el cielo que cobramos al morir. Es una realidad presente, una calidad de existencia que comienza en el instante mismo de la fe genuina. Creer en el Hijo es más que asentir intelectual a datos históricos; es confiar, adherirse, depender completamente de la persona y la obra de Jesucristo. Es abandonar toda confianza en los méritos propios y aferrarse a la cruz como única esperanza. Quien hace esto, tiene ya, aquí y ahora, la vida de Dios morando en él. Es una vida liberada del poder del pecado, reconciliada con el Padre, y orientada hacia la eternidad. Es la vida que es "eterna" no solo en duración, sino en naturaleza: la vida misma de Dios impartida al creyente.
La segunda parte del versículo es tan solemne como la primera es gloriosa: "pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él". La palabra "rehúsa" es activa y deliberada. No habla de ignorancia pasiva, sino de un rechazo voluntario ante la oferta clara de la gracia. Es dar la espalda a la única fuente de agua viva. La consecuencia es doble: una privación y una posición. "No verá la vida": quedará para siempre excluido de la realidad más profunda y satisfactoria del universo: la comunión con Dios. Su existencia, aunque perpetua, será una perpetua carencia, una "muerte" en esencia.
Y luego, las palabras más graves: "la ira de Dios está sobre él". No es solo que sufra las consecuencias naturales del pecado, sino que está bajo el juicio santo, justo y personal del Dios contra quien ha pecado. La ira de Dios no es un arranque de furia irracional; es la respuesta necesaria y justa de un Dios perfectamente santo ante el mal y la rebelión. Y el versículo enfatiza que esta ira ya está sobre quien no cree. No es solo una amenaza futura para el día del juicio; es una condición presente, un estado de condenación del cual solo la fe en el Hijo puede liberar. Es la terrible realidad de la que Jesús vino a salvarnos.
Este versículo nos llama, por tanto, a un examen urgente. ¿En qué lado de esta gran división nos encontramos? No podemos ser neutrales respecto a Jesucristo. La indiferencia es, en sí misma, una forma de rechazo. La promesa es demasiado gloriosa para ignorarla, y la advertencia, demasiado terrible para desestimarla.
Hoy, la misericordia de Dios en Cristo aún nos ofrece el cruce del abismo. La fe es el puente. Creer es pasar de muerte a vida, de condenación a gracia, de tener la ira sobre nosotros a ser amados hijos para siempre.
Oración
Padre Santo y Justo,
Ante la verdad solemne de Tu Palabra, me presento hoy. Agradezco con el alma quebrantada que, por Tu gracia, me has concedido creer en Tu Hijo, Jesucristo. Gracias porque, por la fe en Él, tengo vida eterna, no como un sueño lejano, sino como una posesión segura y presente. Reconozco que esta fe es un don tuyo, no un mérito mío.
Pero te ruego, Señor, por todos aquellos que aún rehúsan creer. Que tu Espíritu Santo quebrante la dureza de sus corazones, ilumine sus mentes para ver la gloria de Cristo en el evangelio, y los convenza de su necesidad desesperada de Él. Libéralos de estar bajo tu ira justa.
Fortalece mi fe, ayúdame a creer de manera más profunda y confiada cada día. Y usa mi vida, mis palabras y mi amor, para ser un reflejo de la vida eterna que ahora tengo, y un testimonio fiel de que en tu Hijo está la única salvación.
En el nombre poderoso y precioso de Jesús, el Hijo, en quien creo y a quien confío mi eternidad, Amén.