EL SEÑOR HA RESUCITADO verdaderamente

“que decían: Ha resucitado el Señor verdaderamente, y ha aparecido a Simón.” (Lucas 24:34, RVR60)

Introducción: El eco de una noticia imposible

Imagina por un momento que eres uno de los once discípulos. Han pasado tres días desde el horror más absoluto. Viste a tu Maestro, a quien creías el Mesías, ser arrestado, azotado y clavado en una cruz. Has visto morir la esperanza. Ahora estás en una habitación cerrada, con las puertas atrancadas por miedo a los judíos. El fracaso y la tristeza son un manto pesado sobre tus hombros. De repente, llegan dos amigos, Cleofás y su compañero, con el rostro encendido, casi irreconocibles. Vienen corriendo desde Emaús. Jadeantes, irrumpen con una noticia que suena a herejía: “¡Hemos visto al Señor! ¡Caminó con nosotros, partió el pan y lo reconocimos!”.

Pero antes de que puedan procesar aquello, otro rumor corre por la estancia. Alguien susurra: “Pedro también lo vio”. Y entonces, el versículo 34 condensa la reacción inmediata de la comunidad: “Ha resucitado el Señor verdaderamente, y ha aparecido a Simón”.

Este versículo, corto en palabras pero infinito en significado, contiene el corazón de la fe cristiana y una lección profundamente personal para cada uno de nosotros.

I. «Verdaderamente»: La certeza contra la duda

La palabra “verdaderamente” es un ancla en medio del naufragio de la incredulidad. Los discípulos no estaban esperando una resurrección. Al igual que nosotros, eran escépticos prácticos. Cuando las mujeres llegaron con el primer anuncio, Lucas nos dice que sus palabras les parecían “locura” (Lucas 24:11). Sin embargo, ahora la evidencia es abrumadora: no es un fantasma, no es una ilusión, no es un sueño. Es verdad. El Señor ha resucitado.

Aplicación: ¿Cuántas veces el desánimo, el fracaso o el dolor te han hecho dudar de que Dios puede traer vida a lo que está muerto? Tal vez has enterrado un sueño, una relación, un ministerio o tu propia reputación. La resurrección no es una metáfora poética de la primavera; es un evento histórico que declara que el Dios que sacó a Jesús del sepulcro es el mismo que puede sacarte a ti del hoyo. La palabra “verdaderamente” es para tus momentos de escepticismo. Dios no solo puede, quiere resucitar lo que parece irreversible.

II. «El Señor»: La identidad del Resucitado

Nota que no dicen “Jesús ha resucitado”, aunque es cierto. Dicen “El Señor ha resucitado”. Ese título es crucial. Después de la cruz, todo parecía haber desmentido su señorío. ¿Cómo podía ser Señor alguien que murió como un criminal? Pero la resurrección es la carta de presentación definitiva de su divinidad. Jesús no es solo un maestro moral muerto; es el Señor vivo que tiene toda potestad en el cielo y en la tierra (Mateo 28:18).

Aplicación: ¿A quién le entregas tu lealtad? ¿Al miedo, al qué dirán, a tus emociones cambiantes o al Señor resucitado? Confesar que “el Señor resucitó” es declarar que tu jefe, tu enfermedad, tu crisis económica o tu pasado no tienen la última palabra. Él es el Señor sobre el cáncer, sobre la soledad y sobre la muerte. Cuando dices “el Señor”, estás poniendo tu vida bajo una autoridad que venció al sepulcro.

III. «Y ha aparecido a Simón»: La gracia personal en la restauración

Este es el detalle más conmovedor y quizás el menos esperado del versículo. El ángel en el sepulcro había dado instrucciones para ir a los discípulos “y a Pedro” (Marcos 16:7). Y aquí, antes de que los discípulos compartan sus propias experiencias, ya tienen una noticia: “Ha aparecido a Simón”.

¿Quién es Simón? Es Pedro, el negador. El hombre que, apenas días antes, había jurado con lágrimas que no conocía a Jesús. Era un hombre avergonzado, derrotado por su propio pecado. Probablemente, Pedro ni siquiera se sentía digno de estar en esa habitación. Pero Jesús no se aparece primero a los valientes Juan o a los fieles; se aparece a Simón, el que falló miserablemente.

Esto es el evangelio puro. La resurrección no es solo un triunfo teológico; es una restauración personal. Jesús va a buscar al que se esconde en su fracaso. No lo llama por su nuevo nombre (“Pedro”, la roca), sino por su viejo nombre (“Simón”), recordándole quién era antes de la gracia, para mostrarle que lo ama incluso en su deshonra.

Aplicación: Tal vez hoy te sientes como Simón. Has negado a Cristo con tus acciones, con tus silencios, con tus malas decisiones. Crees que has quemado tus naves y que Dios está decepcionado o lejano. Pero la buena noticia es que el primer testigo ocular de la resurrección (según 1 Corintios 15:5) no fue un santo intachable, sino un pecador arrepentido. Jesús resucitado va directo a tu “Simón” interior. Te busca para restaurarte, no para humillarte. Su mensaje es: “Te vi fallar, pero te busqué para levantarte”.

Conclusión: De la noticia a la experiencia

La declaración de Lucas 24:34 es el puente entre la incredulidad y la adoración. Estos discípulos pasaron de estar encerrados por miedo a ser testigos audaces que cambiaron el mundo. ¿Por qué? Porque ya no hablaban de una teoría, sino de un encuentro. “¡El Señor ha resucitado verdaderamente!” no era un eslogan, era el eco de una transformación personal.

Hoy, el mismo Jesús resucitado quiere aparecerse a tu Simón interior. No necesita que limpies tu vida primero; Él viene a ti en medio de tu encierro, tus dudas y tu fracaso, para decirte: “La muerte no venció, el pecado no retiene, el miedo no gobierna. Yo he vencido”.

Oración

Señor Jesús, Señor Resucitado, venimos a ti con la honestidad de los discípulos en aquel aposento alto: llenos de dudas, cansados de batallar y, a veces, sintiéndonos como Simón Pedro, avergonzados por nuestras negaciones y fracasos.

Gracias porque tu resurrección no es un mito, sino una verdad histórica y personal. Gracias porque no te apareciste solo a los perfectos, sino que buscaste a Simón para restaurarlo. Hoy te pedimos: aparezca a nuestro Simón interior. Entra en la habitación cerrada de nuestro corazón, donde el miedo y la culpa nos paralizan.

Danos la certeza de que tú eres el Señor, que verdaderamente has vencido a la muerte. Que esa seguridad transforme nuestro lamento en alabanza, nuestro encierro en misión, y nuestra vergüenza en valentía. Queremos ser como aquellos discípulos, que no podían callar lo que habían visto y oído.

Por tu nombre, Jesús resucitado, Amén.

EL DIOS DE PAZ APLASTARÁ A SATANÁS

Romanos 16:20 (RVR60)
"Y el Dios de paz aplastará en breve a Satanás bajo vuestros pies".

Introducción: Una promesa en medio de la lucha
La carta a los Romanos es considerada por muchos como la cumbre teológica del apóstol Pablo. En sus dieciséis capítulos, el apóstol despliega con majestuosidad el evangelio de la gracia: la justicia de Dios revelada de fe en fe, la universalidad del pecado, la redención en Cristo, la vida en el Espíritu, y los propósitos soberanos de Dios con Israel y con la iglesia.

Pero al llegar al capítulo 16, Pablo cambia el tono. Deja las grandes disquisiciones teológicas y entra en un terreno más personal: saludos, recomendaciones, advertencias y bendiciones. Es en este contexto, casi como un paréntesis antes de la doxología final, que encontramos una de las promesas más contundentes de toda la Escritura: el Dios de paz aplastará en breve a Satanás bajo vuestros pies.

No es un versículo menor. Es un faro de esperanza para todo creyente que ha sentido el peso de la lucha espiritual. Es una declaración de guerra y de victoria al mismo tiempo.

1. El Dios de paz: paradoja del guerrero divino
Lo primero que nos sorprende es que Pablo no dice "el Dios de guerra" o "el Dios de venganza", sino el Dios de paz. ¿Cómo puede el mismo Dios que aplasta a Satanás ser llamado "Dios de paz"?

La respuesta es que la paz de Dios no es ausencia de conflicto, sino el resultado de la victoria definitiva sobre todo aquello que destruye la paz. La paz verdadera no se logra mediante tratados frágiles con el mal, sino mediante la derrota total del maligno.

En el Antiguo Testamento, Yahvé es presentado como "Jehová de paz" (Jueces 6:24) precisamente después de que un ángel ha traído un mensaje de guerra contra los madianitas. Gedeón, el guerrero tímido, construye un altar y lo llama así. La paz de Dios no es pasividad; es una paz armada, una paz que ha vencido.

Dios es paz en su esencia, pero su amor por la paz lo lleva a destruir a aquel que siembra la guerra, la mentira y la muerte. El Dios de paz es el único que puede garantizar una paz duradera, porque es el único que puede aplastar al agresor original.

2. El verbo que cambia todo: "aplastará"
Pablo utiliza un verbo griego de gran fuerza: syntríbo, que significa "aplastar", "romper en pedazos", "triturar", "hacer añicos". No es un simple "derrotar" o "vencer". Es una acción violenta, definitiva, que deja al enemigo completamente inutilizado.

La imagen es casi brutal: Dios pondrá a Satanás bajo los pies del creyente y lo aplastará. Es la misma imagen que se encuentra en Salmo 110:1: "Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies".

El aplastamiento no es parcial ni temporal. No se trata de una tregua o de un encierro temporal (como el milenio de Apocalipsis 20, que también termina con una liberación final y una derrota definitiva). Aquí Pablo parece mirar más allá, hacia la consumación final donde Satanás será destruido por completo. La promesa es que ese aplastamiento es en breve —no necesariamente en horas o días, pero sí con certeza y sin demora desde la perspectiva divina.

3. Bajo vuestros pies: la posición del creyente
La frase "bajo vuestros pies" es extraordinaria. No dice "bajo los pies de Dios" (aunque ciertamente lo estará), sino bajo vuestros pies. Dios aplasta a Satanás, pero lo hace bajo los pies de los creyentes.

Esto nos recuerda la profecía original de Génesis 3:15: "La simiente de la mujer te aplastará la cabeza, y tú le herirás en el calcañar". Allí el sujeto del aplastamiento es la simiente de la mujer —Cristo primordialmente, pero también, por extensión, los que están en Cristo.

Pablo está diciendo: lo que Cristo hizo en la cruz (la victoria definitiva) se aplica a ustedes. La cabeza de la serpiente ya fue herida de muerte en el Calvario, pero esa victoria se manifiesta progresivamente en la vida de los creyentes. Y un día, de manera final, el creyente pondrá su pie sobre el cuello del enemigo derrotado.

Es la misma imagen que encontramos en Josué 10:24, cuando los jefes de Israel ponen sus pies sobre el cuello de los reyes cananeos. No es crueldad; es la declaración de que el enemigo que esclavizó al pueblo de Dios ha sido completamente sometido.

4. En breve: la inminencia de la victoria
Pablo añade una palabra que enciende la esperanza: en breve. Desde nuestra perspectiva temporal, han pasado casi dos mil años desde que Pablo escribió estas palabras. ¿Podemos seguir hablando de "breve"?

La clave está en la perspectiva bíblica del tiempo. Pedro nos recuerda: "No ignoréis esto: que para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día" (2 Pedro 3:8). Dios no está sujeto a nuestros relojes. Pero además, Pablo está hablando a una iglesia que sufría persecución, que enfrentaba conflictos internos y la astucia del enemigo. Para ellos, la promesa de un "breve" aplastamiento era un bálsamo para el alma.

Y para nosotros también: la historia tiene un final escrito. El tiempo de la opresión del maligno tiene un límite. No durará para siempre. Cada día que pasa nos acerca más al día en que pondremos nuestro pie sobre la cabeza de la serpiente.

5. El contexto inmediato: la advertencia contra los divisores
Es crucial notar que este versículo no aparece en el aire. Pablo lo escribe inmediatamente después de una severa advertencia contra aquellos que causan divisiones y escándalos, "sirviendo no a nuestro Señor Jesucristo, sino a sus propios vientres, y con suaves palabras y lisonjas engañan los corazones de los ingenuos" (Romanos 16:17-18).

Pablo está conectando la obra de Satanás con la actividad de los falsos maestros y los divisores. Satanás no siempre se presenta como un monstruo con cuernos; a menudo trabaja a través de personas carismáticas, persuasivas, que desvían a los creyentes de la sana doctrina y rompen la unidad de la iglesia.

Por eso, antes de prometer el aplastamiento de Satanás, Pablo llama a los romanos a la obediencia y a la sencillez en el bien: "Porque vuestra obediencia ha llegado a ser conocida por todos" (16:19). La victoria sobre Satanás no es automática ni mágica; está ligada a la fidelidad del pueblo de Dios.

6. La paz que ya tenemos y la paz que esperamos
El creyente vive en una tensión saludable: ya tenemos paz con Dios mediante nuestro Señor Jesucristo (Romanos 5:1), pero aún esperamos la paz perfecta del Reino donde el maligno no tendrá ya ningún poder.

Nuestros pies ya están sobre la cabeza de la serpiente en el sentido posicional (Efesios 2:6: "nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús"), pero aún experimentamos sus zarpazos, sus engaños, sus acusaciones.

La promesa de Romanos 16:20 es que esta tensión no durará para siempre. Habrá un día en que el aplastamiento será completo. El Dios de paz pondrá fin al príncipe de este mundo. La paz no será solo un estatus legal (justificación), sino una realidad cósmica y experiencial plena.

7. Aplicaciones para nuestra vida diaria
¿Cómo vivimos a la luz de esta promesa?

a) No temer al enemigo. Un enemigo que será aplastado bajo tus pies no merece tu terror. Respeta su poder (porque es real), pero no lo temas. El león ruge, pero sus colmillos están quebrados.

b) Resistir al diablo con autoridad. Santiago 4:7 nos dice: "Someteos a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros". La promesa de Romanos 16:20 es el fundamento de esa resistencia. No resistes para vencer; vences porque Cristo ya venció.

c) Mantener la unidad de la iglesia. Puesto que Satanás ataca a través de la división, nuestra defensa y nuestro contraataque es la unidad en la verdad y el amor. Cada vez que perdonas, cada vez que buscas la reconciliación, estás poniendo tu pie sobre la cabeza de la serpiente.

d) Vivir en obediencia sencilla. Pablo conecta la victoria sobre Satanás con la obediencia. No hay victoria espiritual sin obediencia. No hay aplastamiento del enemigo mientras jugamos en su territorio con el pecado.

e) Alimentar la esperanza escatológica. Cuando estés cansado de la lucha, recuerda: "en breve". No es un "quizás" ni un "algún día lejano". Es una promesa sellada por la sangre de Cristo y confirmada por la resurrección.

8. El eco de esta promesa en el resto del Nuevo Testamento
Esta no es una promesa aislada. Todo el Nuevo Testamento resuena con ella:

Juan 12:31: "Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera."

Colosenses 2:15: "Despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz."

Hebreos 2:14: "Para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo."

1 Juan 3:8: "Para esto se manifestó el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo."

Apocalipsis 20:10: "El diablo que los engañaba fue lanzado en el lago de fuego y azufre... y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos."

La promesa se cumple en etapas: comenzó en la cruz, se aplica en la vida de la iglesia, y se consumará en la segunda venida de Cristo.

Conclusión: Una invitación a levantar el pie
El Dios de paz no te ha dejado indefenso en un campo de batalla interminable. Te ha dado su Espíritu, su Palabra, su iglesia, y sobre todo, su promesa. Satanás es un enemigo derrotado. Su cabeza está quebrada. Lo que queda es el estertor de una serpiente moribunda.

Pablo no dice "Dios aplastará a Satanás por vosotros", sino "bajo vuestros pies". Es decir, tú tienes un rol. Tú pones el pie. La victoria es de Dios, pero la pisada es tuya.

¿Has estado viviendo como quien huye del enemigo? ¿O como quien ya sabe que el enemigo está bajo sus pies? No se trata de arrogancia, sino de fe en una promesa cumplida.

El día viene, y quizá más pronto de lo que imaginamos, cuando no habrá más tentación, más acusación, más engaño, más división, más oscuridad. El Dios de paz pondrá fin a la pesadilla. Y tú, redimido por la sangre del Cordero, pondrás tu pie sobre la cabeza del dragón.

Oración final
Padre Santo, Dios de paz verdadera,

Te alabamos porque no eres un Dios indiferente ante el mal. No has dejado a tu iglesia huérfana ni indefensa en medio del combate espiritual. Gracias porque en Cristo Jesús, la cabeza de la antigua serpiente fue quebrantada para siempre.

Señor, confesamos que a menudo hemos vivido con temor, como si el enemigo aún tuviera la victoria. Perdona nuestra incredulidad. Ayúdanos a levantar el pie de la fe y pisar sobre la cabeza del acusador, no por nuestra fuerza, sino por la victoria que ya nos has dado.

Te pedimos por tu iglesia en estos días difíciles. Donde hay división, trae unidad. Donde hay engaño, trae verdad. Donde hay apatía, trae fuego. Acelera, oh Dios, el día en que Satanás sea aplastado por completo bajo nuestros pies.

Mientras esperamos ese día, danos valor para resistir, sabiduría para discernir, y amor para mantenernos firmes en la verdad. Que nuestra obediencia sea conocida por todos, no para nuestra gloria, sino para la tuya.

Y que la gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con cada uno de nosotros. Amén.

Para memorizar: "Y el Dios de paz aplastará en breve a Satanás bajo vuestros pies. La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con vosotros." (Romanos 16:20 RVR60)

«CONSUMADO ES: EL GRITO DE VICTORIA QUE CAMBIÓ LA ETERNIDAD »

Juan 19:30 (RVR60)
"Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: Consumado es. Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu."

Introducción: Un momento eterno en tres palabras
El Calvario. Un monte desolado. Tres cruces alzadas contra un cielo que se oscurece como un presagio. En medio de dos ladrones, el cuerpo desgarrado de Jesús, desfigurado por los azotes, coronado de espinas y clavado a un madero de ignominia. Los soldados romanos echan suertes sobre sus vestiduras. Los líderes religiosos se burlan. La multitud, que días atrás lo aclamaba, ahora lo insulta. María, su madre, llora al pie de la cruz junto a Juan, el discípulo amado. Parece el momento más oscuro de la historia.

Sin embargo, en medio de esa aparente derrota, Jesús pronuncia una sola palabra en griego: Teteléstai. La versión Reina-Valera la traduce como "Consumado es". Pero esa traducción, aunque precisa, apenas rasguña la superficie de un vocablo que encierra el eco de la eternidad. Porque no es el suspiro de un derrotado que se rinde; es el rugido del León de Judá que declara victoria.

El peso de una palabra: Teteléstai
Para entender la profundidad de esta declaración, debemos sumergirnos en el mundo del primer siglo. Teteléstai era una palabra cotidiana en el mundo grecorromano, cargada de significados que resonarían instantáneamente en los oídos de quienes la escuchaban.

Un siervo que termina su labor: Cuando un siervo completaba la tarea que su señor le había encomendado, decía: Teteléstai. Jesús, el Siervo Sufriente de Isaías 53, acababa de cumplir cada profecía, cada tipo, cada sombra del Antiguo Testamento. Desde el anuncio del Protoevangelio en Génesis 3:15 ("la simiente de la mujer aplastará la cabeza de la serpiente") hasta el cordero pascual cuyo sacrificio prefiguraba al Cordero de Dios, Jesús completó cada detalle del plan redentor.

Un artista que termina su obra maestra: Cuando un pintor daba la última pincelada o un escultor el último golpe de cincel, exclamaba Teteléstai. La creación estaba terminada. Pero aquí, en la cruz, no se trataba de la creación del universo físico, sino de una nueva creación: la reconciliación entre Dios y la humanidad. Como Pablo escribiría más tarde: "De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas" (2 Corintios 5:17).

Un comerciante que paga una deuda: En los papiros comerciales de la época, Teteléstai se escribía sobre un recibo cuando la deuda quedaba totalmente pagada. "Pagado en su totalidad". La deuda que la humanidad había contraído con Dios —una deuda infinita acumulada por siglos de pecado— quedaba cancelada para siempre. La ley, con sus mandamientos que nos acusaban, quedaba satisfecha. El precio estaba pagado.

Un sacerdote que presenta el sacrificio: En el templo, cuando el cordero pascual era inmolado y el sacrificio quedaba consumado sobre el altar, el sacerdote pronunciaba palabras equivalentes a Teteléstai. Jesús, siendo a la vez el Sumo Sacerdote y la Víctima perfecta, no ofrecía sangre de toros y machos cabríos, sino su propia sangre, "la cual purifica vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo" (Hebreos 9:14).

Lo que fue consumado en la cruz
Cuando Jesús declara "Consumado es", no se refiere solo a su vida terrenal o a sus sufrimientos. La declaración es cósmica, eterna y profundamente personal.

Fue consumada la justicia de Dios: El pecado no quedó sin castigo. La santidad divina, ofendida por la rebelión humana, recibió plena satisfacción. En la cruz, el amor y la justicia se besaron. Dios pudo ser justo y a la vez el justificador del que cree en Jesús (Romanos 3:26).

Fue consumada la redención: La esclavitud del pecado, que mantenía cautiva a la humanidad desde Adán, fue quebrada. El rescate fue pagado, y la puerta de la prisión fue abierta de par en par. "Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos" (Marcos 10:45).

Fue consumada la reconciliación: El muro de separación que impedía el acceso a Dios —ese velo del templo que se rasgó en dos exactamente en ese momento— fue derribado. El camino al Lugar Santísimo, al trono de la gracia, quedó expedito para todo aquel que se acerca por la sangre de Cristo.

Fue consumada la derrota del enemigo: La cabeza de la serpiente fue aplastada. El poder del diablo, que tenía el imperio de la muerte, fue aniquilado. Como Pablo canta triunfante: "¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?" (1 Corintios 15:55).

No fue un final, sino un cumplimiento
Es crucial entender que Jesús no dijo "Estoy acabado" o "Todo terminó" en el sentido de fracaso. Dijo "Consumado es" —Teteléstai— en el sentido de cumplimiento perfecto. Era el grito del vencedor, no del vencido.

Por eso Juan, el evangelista que presencia esta escena, registra estas palabras con especial énfasis. Mientras que Mateo, Marcos y Lucas nos hablan del grito angustiado "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" (el salmo 22 en su primera parte), Juan nos da la última palabra: "Consumado es". El abandono ya pasó. La ira de Dios contra el pecado ha sido apaciguada. El precio está pagado.

Lo que falta a tu sufrimiento
Quizás hoy estés atravesando tu propio Calvario. Una enfermedad que no cede. Una relación rota. Una deuda que te ahoga. Un pecado que te avergüenza. Un sueño que murió. Y en medio de tu cruz personal, Satanás susurra: "Todo está perdido. Estás acabado. No hay esperanza".

Pero el grito del Gólgota responde: No, no estás acabado. Lo que está acabado es el poder del pecado sobre ti. Lo que está consumado es la obra de redención. Lo que está terminado es el dominio de la muerte. Tu sufrimiento, por más real que sea, ya no tiene la última palabra. La última palabra es "Consumado es".

Eso no significa que no habrá lágrimas o pruebas. Significa que en medio de ellas, hay una victoria ya ganada. Significa que puedes clamar como Pablo: "En todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó" (Romanos 8:37).

Una invitación a descansar
Hay algo profundamente liberador en escuchar a Jesús decir "Consumado es". Porque nos revela que la salvación no depende de nuestros esfuerzos. No es "tú tienes que hacer esto y aquello para que Dios te acepte". No es "esfuérzate más, ora más, da más". Es "Consumado es". Cristo lo hizo todo.

El filósofo y teólogo Soren Kierkegaard contaba la parábola de un rey que se enamoró de una humilde doncella. Para conquistarla, el rey no podía simplemente descender en toda su gloria, porque eso la aterraría. Tampoco podía elevarla a su nivel sin destruir su identidad. Así que el rey renunció a su trono, se vistió como un siervo y fue a vivir entre los campesinos para ganar el corazón de la doncella en igualdad de condiciones. Eso es la encarnación. Pero la cruz va más allá: el Rey no solo se hace siervo, sino que carga con la deuda de la doncella, paga su rescate y la hace reina.

Eso es el evangelio. No hay nada que añadir. Solo hay algo que recibir.

Consumado es en tu vida hoy
Quiero que medites en esto: Cuando Jesús dijo "Consumado es", no solo hablaba de un evento histórico. Hablaba de tu perdón personal. Hablaba de tu liberación personal. Hablaba de tu adopción como hijo de Dios. Tu nombre estaba en su mente cuando clavaron sus manos. Tu deuda estaba en su corazón cuando exhaló su último aliento.

Por eso, el cristianismo no es una religión de "hacer", sino de "hecho". No es un escalar hacia Dios, sino un descansar en lo que Dios ha hecho. Como escribió el himno:

"Consumado es, gloriosa obra,
por mí Jesús la realizó;
su gran amor me libertó,
por siempre vivo en gratitud."

Conclusión: La cabeza inclinada
Y entonces, después de pronunciar esa palabra que selló la historia, Juan nos dice: "Habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu". Nadie le quitó la vida; él la entregó voluntariamente. No fue una muerte pasiva; fue un acto de soberana autoridad. Inclinó su cabeza no como un moribundo que se desploma, sino como un rey que descansa en su trono después de la batalla ganada.

La obra estaba consumada. El Redentor podía descansar. Y al tercer día, ese mismo cuerpo que descansaba en el sepulcro se levantaría en gloria. Pero esa es otra historia, o mejor dicho, el mismo capítulo de la misma victoria.

Hoy, el "Consumado es" resuena a través de los siglos. Es la base de nuestra esperanza. Es la certeza de nuestra salvación. Es la fuente de nuestra paz. Ya no hay condenación para los que están en Cristo Jesús. La deuda está pagada. El sacrificio está aceptado. La obra está consumada.

Oración
Padre Santo, Justo y Misericordioso,

Me acerco a tu presencia no con mis méritos —que son como trapos de inmundicia— sino con los méritos de tu Hijo amado, Jesucristo.

Hoy, al pie de la cruz, escucho de nuevo tu voz resonando a través de los siglos: "Consumado es". Y mi alma se rinde en adoración.

Señor, reconozco que por mí mismo no puedo añadir nada a esa obra perfecta. No puedo ganar tu favor con mis esfuerzos. No puedo pagar mi deuda con mis lágrimas. Solo puedo recibir, con manos vacías, el regalo inmerecido de la salvación.

Gracias porque en la cruz, tu justicia fue satisfecha y tu amor fue revelado. Gracias porque ya no hay separación entre tú y yo. Gracias porque el velo fue rasgado y puedo entrar confiadamente a tu trono de gracia.

Perdona mis intentos de "ayudarte" con mi justicia propia. Perdona mis momentos de duda, cuando actúo como si tu obra no fuera suficiente. Ayúdame a descansar en el "Consumado es" de Cristo.

Hoy declaro sobre mi vida: La deuda del pecado está pagada. La sentencia de muerte está anulada. El poder del enemigo está quebrantado. Soy más que vencedor por la sangre del Cordero.

Y cuando la tormenta arrecie, cuando las dudas me asalten, cuando el enemigo me acuse, pondré mi mirada en el Calvario y recordaré tus palabras: "Consumado es".

En el nombre victorioso de Jesucristo, que vive y reina contigo y el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos.

Amén.

EL SIERVO SUFRIENTE QUE CARGÓ CON NUESTRO DOLORES

“Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido.” (Isaías 53:4, RVR60)

Hay versículos que, al leerlos, nos detienen en seco. Nos obligan a mirar más allá de lo evidente, a dejar que la verdad penetre no solo en nuestra mente sino en lo más hondo de nuestra alma. Isaías 53:4 es uno de esos pasajes. En pocas palabras, el profeta resume una realidad que trastoca nuestra comprensión del dolor, la justicia divina y el amor redentor. Nos presenta a un hombre, el Siervo del Señor, cuya identidad descubrimos plenamente en Jesús de Nazaret, cargando con aquello que nosotros debíamos llevar.

El versículo comienza con una afirmación contundente: “Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores”. La palabra hebrea traducida como “llevó” (nasa) implica cargar con un peso, tomar sobre sí algo que pertenece a otro. No se trata de una mera empatía o de una comprensión distante; es una sustitución real. Isaías declara que el Siervo asumió nuestras dolencias y nuestros sufrimientos. Cuando el profeta habla de “enfermedades” y “dolores”, no se refiere únicamente a afecciones físicas, sino a toda la fragilidad, miseria y angustia que nos aquejan como seres humanos caídos. Es la carga completa de nuestra condición quebrantada.

Sin embargo, hay una segunda parte del versículo que nos revela nuestra trágica miopía: “y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido”. Quienes presenciaron al Siervo en su sufrimiento no entendieron lo que realmente sucedía. Al verlo golpeado, torturado y finalmente ejecutado de la manera más vergonzosa, asumieron que aquel hombre estaba bajo el castigo divino. Pensaron que Dios lo estaba juzgando por sus propios pecados o que simplemente había caído en desgracia ante el Altísimo. Esa es la conclusión humana natural: cuando alguien sufre intensamente, tendemos a buscar una causa directa en su propia vida, a señalar un juicio merecido.

Pero aquí está la paradoja que transforma la historia: el sufrimiento del Siervo no era suyo. Los azotes que recibió eran nuestros, las heridas eran la consecuencia de nuestra rebelión, el abatimiento era el peso de nuestra iniquidad. Mateo capturó esta verdad cuando, al describir los ministerios de sanidad de Jesús, citó precisamente este versículo: “Para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo: Él mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias” (Mateo 8:17). Lo que los espectadores del primer siglo malinterpretaron como un juicio sobre Jesús, en realidad era el acto más sublime de justicia y misericordia: Dios cargando sobre su propio Hijo el juicio que merecíamos nosotros.

Este versículo nos enfrenta a dos perspectivas opuestas. La perspectiva humana mira el sufrimiento y lo juzga por las apariencias: “seguro que Dios lo ha abandonado”, “algo habrá hecho para merecer esto”. Pero la perspectiva divina revela que en medio de ese sufrimiento se está gestando la más grande sustitución. El justo padece por los injustos; el sano lleva la enfermedad de los enfermos; el que no conoció pecado se convierte en pecado por nosotros (2 Corintios 5:21). Lo que nosotros interpretamos como abandono, era el acto de abrazo más profundo de Dios hacia la humanidad.

Aplicar esto a nuestra vida cotidiana es revolucionario. En primer lugar, nos da la certeza de que nuestro Dios no es ajeno al dolor. Cuando sufrimos, no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado (Hebreos 4:15). Isaías 53:4 nos asegura que Jesús no solo entendió el sufrimiento como idea, sino que literalmente lo cargó. La angustia que hoy te embarga, la enfermedad que desgasta tu cuerpo, el dolor que parece no tener consuelo, todo eso fue puesto sobre Él. No de manera simbólica, sino real. Él experimentó en su propia carne el peso de un mundo quebrantado.

En segundo lugar, este versículo nos libera de la falsa culpa que a menudo asociamos con el sufrimiento. Cuántas veces, al atravesar dificultades, la voz acusadora susurra: “Dios te está castigando”, “algo hiciste mal”, “no eres digno de su favor”. Isaías 53:4 nos recuerda que el juicio que merecía nuestro pecado ya cayó sobre Jesús. Los azotes que deberían haber sido nuestros, ya fueron dados en su espalda. La herida de Dios que nosotros merecíamos, Él la recibió en la cruz. Por lo tanto, si estás en Cristo, el sufrimiento que experimentas ya no es un castigo penal; es, en la misteriosa soberanía de Dios, un medio de conformación a la imagen de Cristo, pero nunca una condena. “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Romanos 8:1).

Además, este pasaje nos invita a revisar cómo miramos el sufrimiento ajeno. La multitud que vio a Jesús en la cruz juzgó por las apariencias. Nosotros podemos caer en lo mismo cuando vemos a un hermano o hermana en medio de pruebas profundas. Tendemos a teorizar sobre las causas, a señalar presuntos pecados ocultos, a distanciarnos con teologías simplistas. Pero Isaías 53:4 nos enseña a mirar con otros ojos: quizás ese hermano que sufre está participando de una forma del sufrimiento de Cristo; quizás en medio de su dolor, Dios está haciendo una obra de redención que trasciende nuestra comprensión inmediata. Nuestra llamada no es a juzgar, sino a acompañar, a ser instrumentos del consuelo que nosotros mismos hemos recibido.

Finalmente, este versículo nos impulsa a la esperanza. El Siervo no solo cargó con nuestras enfermedades y dolores, sino que los venció. Su resurrección es la garantía de que el sufrimiento no tiene la última palabra. Cada vez que nos acercamos a la cruz, vemos que el mal fue vencido por el bien, que la injusticia fue respondida con un amor que entrega la propia vida, que el dolor más agudo se convirtió en el umbral de la gloria. Nuestras enfermedades físicas, emocionales y espirituales encontraron en Él un portador que las despojó de su poder definitivo.

Hoy, al meditar en Isaías 53:4, deja que la verdad penetre profundamente en tu corazón. Él llevó tus enfermedades. Él sufrió tus dolores. Cuando otros te malinterpreten, cuando tú mismo no entiendas tu propio camino, recuerda que el Siervo ya pasó por eso. Y lo hizo por ti. No para dejarte en el sufrimiento, sino para llevarte a través de él hacia la plenitud de la redención.

Oración

Señor Jesús, Siervo sufriente y Redentor mío, me postro ante Ti con asombro y gratitud. Reconozco que mis enfermedades, mis dolores y toda la carga de mi quebranto fueron puestos sobre Tus hombros. Tú llevaste lo que yo no podía llevar; sufriste el azote que yo merecía. Perdóname por las veces que he mirado mi sufrimiento con ojos de duda, pensando que estabas lejos o que me castigabas. Enséñame a confiar en que Tu obra fue perfecta y suficiente.

Ayúdame a no juzgar a los demás cuando sufren, sino a extender la misma compasión que Tú me has mostrado. Que mi vida refleje la seguridad de que ya no hay condenación para los que estamos en Ti. Y cuando el dolor toque mi puerta, recuérdame que Tú ya has vencido, y que caminas conmigo en medio de la prueba.

Te entrego hoy mis cargas, mis temores y mi quebranto. Gracias porque no solo entendiste mi dolor, sino que lo cargaste en Tu propio cuerpo. En Tu nombre, Amén.

DE LA CONDENA A LA JUSTICIA DE CRISTO

«Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.» (2 Corintios 5:21, RVR60)

En el corazón del evangelio, lejos de las complejidades teológicas que a veces lo nublan, late una verdad tan sencilla como deslumbrante: un intercambio. La carta del apóstol Pablo a los corintios no esconde este misterio bajo un velo de rituales o filosofías humanas; lo expone con una claridad quirúrgica en un solo versículo. Este texto es el epicentro del cristianismo, el punto de inflexión donde la desesperanza humana se encuentra con el amor incontenible de Dios.

Para comprender la magnitud de 2 Corintios 5:21, debemos detenernos en tres pilares que sostienen esta verdad: el Sujeto, el Acto y el Resultado.

1. El Sujeto: «Al que no conoció pecado»
La descripción que Pablo hace de Cristo es absoluta. No dice que Jesús "evitó" el pecado, que "resistió" el pecado o que "minimizó" el pecado. Dice que no conoció el pecado. La palabra griega utilizada implica no solo una falta de experiencia práctica, sino una total ausencia de relación o familiaridad con él. Él es el Santo por excelencia, el Inocente, el Único cuya naturaleza es completamente ajena a la rebeldía, la mentira y la corrupción que define la nuestra.

Mientras reflexionas, considera la distancia infinita entre tu naturaleza y la suya. Nosotros nacemos respirando un aire contaminado por el egoísmo; él, desde la eternidad, habita en la luz pura de la comunión trinitaria. Él es el Cordero "sin mancha y sin contaminación" (1 Pedro 1:19). No hay en él un átomo de pecado. Este es el punto de partida: el valor infinito del Dador. Solo Alguien tan infinitamente puro podía pagar una deuda tan infinitamente grande.

2. El Acto: «Por nosotros lo hizo pecado»
Aquí yace el misterio que hace temblar los cielos. El texto no dice que Dios hizo a Jesús "pecador", sino que lo hizo pecado. La implicación es profunda y poderosa. En la cruz, Cristo no solo cargó con las consecuencias del pecado (el dolor, el abandono, la muerte física), sino que fue identificado con la esencia de la maldición que el pecado representa. Él se convirtió en el lugar donde la ira santa de Dios contra el pecado se concentró y se agotó.

Dios Padre, en un acto de amor incomprensible y justicia perfecta, trató a Jesús como si él fuera el pecado mismo que nosotros habíamos cometido. El grito desgarrador en la cruz: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" (Mateo 27:46), no fue solo un momento de dolor físico, sino el vértigo espiritual de Aquel que por primera y única vez en la eternidad experimentó la separación de la comunión con el Padre, porque cargaba sobre sí nuestra identidad pecaminosa.

Imagina el peso: tu orgullo, tu mentira, tu lujuria, tu amargura, tu incredulidad, tu indiferencia... cada pecado, por más secreto o "pequeño" que te parezca, fue imputado a Cristo. La culpa que te hundía fue puesta sobre sus hombros. No fue un acto de simpatía; fue un acto de sustitución legal, real y completa. Él ocupó tu lugar en el banquillo de los acusados para que tú pudieras ocupar el suyo en la mesa de los hijos.

3. El Resultado: «Para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él»
Este es el otro lado del intercambio. Así como tu pecado fue transferido a Cristo, la justicia de Cristo es transferida a ti. La palabra "justicia" aquí no se refiere a una mera mejora moral o a un esfuerzo humano por "portarse bien". Se refiere a un estatus. Somos hechos "justicia de Dios". Es decir, Dios nos mira a través de Cristo y nos ve con la misma aceptación, el mismo favor y la misma perfección con la que ve a su Hijo.

No es que Dios te haga "justo" gradualmente (eso es la santificación), sino que te declara justo (eso es la justificación). Es un acto judicial y definitivo. Cuando pones tu fe en Cristo, Dios pone un manto de justicia sobre ti. Sucede lo que los teólogos llaman "doble imputación": tu pecado va a Él, y Su justicia viene a ti. Es un trueque celestial en el que tú entregas ruinas y recibes un reino; entregas deudas y recibes una herencia.

Una Reflexión Personal
¿Qué significa esto para tu vida cotidiana? Significa que tu identidad ya no está definida por tu desempeño, sino por Su obra. Cuando el acusador (Satanás) o tu propia conciencia herida te susurran: "Mira lo que hiciste, eres un fracaso, eres impuro, eres indigno", la respuesta no es esconderte, como Adán en el huerto, sino levantar la vista a la cruz y decir: "Cierto, eso hice, pero ya no es mío. Cristo cargó con eso. Y ahora, en Cristo, soy la justicia de Dios."

Esto no te da licencia para pecar (Pablo rechaza esa idea enfáticamente en Romanos 6), sino que te da el poder para vivir en libertad. Sirves a Dios no por miedo al castigo, sino por gratitud por un amor que pagó lo que tú no podías pagar. Dejas de buscar tu valor en tus logros o en la opinión de los demás, porque tu valor ya no es tuyo: es el de Cristo, y es perfecto.

La cruz no es solo un símbolo religioso; es el lugar donde se firmó el decreto de tu libertad. En ese madero, Dios resolvió el problema más insoluble del universo: cómo seguir siendo justo y, al mismo tiempo, justificar al pecador. La respuesta es Cristo. Él es el fin de tu condena y el principio de tu justicia.

Oración
Padre Santo y Justo,
Hoy me postro ante la grandeza de este misterio: que Aquel que no conoció pecado, fuera hecho pecado por mí. Señor Jesús, tú que habitabas en la luz inaccesible, entraste en la oscuridad de mi condena. Tú que eras la Vida, probaste la muerte. Tú que eras el abrazo eterno del Padre, soportaste el abandono.

Te confieso que he tratado de construir mi propia justicia con escombros de orgullo y esfuerzos vanos. Hoy renuncio a ello. Reconozco que mi única esperanza no está en lo que hago por ti, sino en lo que tú hiciste por mí en la cruz. Gracias porque en ese intercambio, mi culpa se agotó en tu cuerpo y tu perfección me fue acreditada a mí.

Ayúdame a vivir no como un esclavo que huye del látigo, sino como un hijo que corre hacia su Padre. Que la libertad de saber que soy tu justicia en Cristo me impulse a amar, a servir y a perdonar con la misma generosidad con la que fui perdonado.

Cuando el enemigo intente hacerme dudar de mi identidad, recuérdame que ya no soy definido por mi pasado, sino por tu presencia. Porque vivo, ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí.

Con el corazón rendido y lleno de gratitud, te lo pido en el nombre de Jesús, quien fue mi condena para ser mi justicia.
Amén.

DE LA GLORIA AL SERVICIO

"Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos." (Marcos 10:45, RVR60)

Introducción: El Gran Malentendido

En el contexto de este poderoso versículo, encontramos a Santiago y Juan, los "hijos del trueno", pidiendo los puestos más altos en el reino de Cristo. Querían gloria, poder y posiciones de honor. Los otros diez discípulos, al oír esto, se indignaron, no porque la petición fuera egoísta, sino porque ellos también querían esos lugares. En medio de esta lucha carnal por el estatus, Jesús hace una declaración revolucionaria que cambiaría para siempre la definición de grandeza.

Jesús no solo corrige su teología; la dinamita. Les dice: "Entre vosotros no será así". El mundo busca ser servido; en el Reino de Dios, la moneda de cambio es el servicio. Y para mostrarles el ejemplo supremo, se señala a sí mismo como el modelo perfecto.

Desarrollo: El Corazón del Evangelio en una Oración

Este versículo es, quizás, el resumen más perfecto de la misión de Cristo en toda la Escritura. Desglosémoslo en tres partes que transforman nuestra vida diaria.

1. "El Hijo del Hombre no vino para ser servido" (La Renuncia Voluntaria)

Jesús usó el título "Hijo del Hombre", una expresión que conecta con la profecía de Daniel 7, donde se le da dominio, gloria y reino. Él tenía todo el derecho de ser servido por legiones de ángeles. Él era el dueño del universo, el arquitecto de la galaxias. Sin embargo, voluntariamente puso a un lado su gloria (Filipenses 2:6-7).

Imagina la escena: El Creador del agua lavando pies de barro. El Juez de todos siendo juzgado por un sumo sacerdote corrupto. El Rey de reyes naciendo en un pesebre prestado. Jesús vino a invertir la lógica del pecado. El pecado nos enseñó a preguntar: "¿Qué van a hacer por mí?"; Jesús vino a preguntar: "¿Qué puedo hacer por otros?".

Reflexión: ¿En qué áreas de tu vida estás exigiendo ser servido? ¿En tu hogar, esperando que tu cónyuge o hijos te atiendan? ¿En tu trabajo, sintiendo que los demás deberían reconocerte? Jesús te llama hoy a renunciar a tu "trono" imaginario.

2. "Sino para servir" (La Identidad del Creyente)

El servicio no es una actividad que Jesús hacía en su tiempo libre; era su identidad. Él no era un Rey que ocasionalmente servía; era un Siervo que resultaba ser el Rey. Por eso, cuando tomó una toalla y lavó los pies de los discípulos (Juan 13), estaba actuando según su naturaleza.

Servir en el Reino de Dios no es degradarse; es elevarse a la posición más parecida a Cristo. Cuando tú sirves al necesitado, al difícil, al que no te puede devolver el favor, estás pisando el suelo sagrado del ministerio de Jesús. El servicio mata el orgullo, aplasta la soberbia y vacía nuestro corazón de "yo" para llenarlo de amor.

Reflexión: Servir es incómodo. Significa interrumpir tu agenda, gastar tus recursos y ensuciarte las manos. Pero es el único camino hacia la verdadera grandeza en el cielo.

3. "Para dar su vida en rescate por muchos" (El Propósito Supremo)

Aquí está el clímax del evangelio. Jesús no solo vino a servir dando comida o sanando enfermos (aunque eso era parte de su ministerio). Su servicio culminó en la cruz. La palabra "rescate" (lutron en griego) es un término del mercado de esclavos. Era el precio que se pagaba para liberar a un cautivo.

La realidad es que todos estábamos en un mercado de esclavitud: esclavos del pecado, de la muerte, de la culpa y de la condenación. No podíamos pagar ese precio porque nuestra moneda (obras muertas) era insuficiente. Entonces Jesús, el único inocente, el único rico, pagó el rescate. Su sangre fue el precio. Y ahora, por fe, somos liberados.

Observa la palabra "muchos". No significa que su muerte fuera limitada, sino que fue abundante, suficiente para todos los que acudan a Él. Ese "muchos" te incluye a ti hoy.

Aplicación: ¿Cómo vivimos este versículo hoy?

Vivir Marcos 10:45 significa abrazar la paradoja del evangelio: Para ser grande, hazte pequeño. Para vivir, muere a ti mismo. Para ser libre, reconócete comprado por Cristo.

En tus relaciones: Deja de llevar la cuenta de quién hizo qué. Toma la toalla y sirve primero.

En tu trabajo: Haz tu labor como para el Señor, no para los hombres, buscando el beneficio de los demás.

En tu iglesia: No busques un título; busca una necesidad que llenar.

En tu corazón: Recuerda cada mañana que eres un "rescatado". La gratitud por el rescate debe convertirse en generosidad para servir.

Conclusión: El Eco del Rescate

Hoy, deja de pelear por el asiento principal. Deja de compararte con los demás. Tu identidad no está en cuántas personas te sirven a ti, sino en el hecho de que el Rey del universo pagó por ti con su vida. Eres tan valioso que Él dio todo, y eres tan llamado que Él te invita a hacer lo mismo.

Cuando sirves sin esperar nada a cambio, estás predicando el evangelio con tu vida. Estás diciendo al mundo: "Hay un Rey que es diferente, y yo soy su siervo".

Oración

Señor Jesús, Rey de reyes y Señor de señores, hoy me postro ante Ti con asombro. Me maravilla que Tú, siendo el dueño de todo, hayas dejado tu gloria para tomar la forma de siervo. Perdóname por los innumerables días en que he buscado ser servido, por las veces que me he ofendido cuando otros no me honraron, y por la arrogancia de creer que merezco un trono.

Gracias, Dios mío, porque Tú no viniste a exigir, sino a dar. Gracias porque diste tu vida como el rescate perfecto por mí. Yo estaba cautivo en el mercado del pecado, sin esperanza ni posibilidad de pagar, pero Tú pagaste el precio más alto con tu propia sangre.

Ahora, por ese amor tan grande, te pido que transformes mi corazón. Dame la humildad de tomar la toalla del servicio. Dame la fuerza para lavar los pies de los difíciles, para dar sin esperar retorno, y para vaciarme como Tú te vaciaste. Ayúdame a recordar que la grandeza en tu Reino no se mide por cuántos me sirven, sino por cuánto sirvo.

Que mi vida sea un eco de tu vida. Que mi boca proclame tu rescate y mis manos demuestren tu servicio. Te lo pongo en tus manos, mi Siervo y mi Rey. Amén.

Aclaración

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