Romanos 6:15 (RVR60)
«¿Qué, pues? ¿Pecaremos, porque no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia? En ninguna manera.»
Reflexión
Pocas preguntas han sido tan mal entendidas a lo largo de la historia cristiana como esta que Pablo lanza con fuerza retórica. El apóstol anticipa un razonamiento peligroso, uno que aún hoy resuena en muchos corazones: «Si Dios me ha perdonado gratuitamente por la gracia, y ya no estoy bajo el riguroso tribunal de la ley, entonces puedo pecar tranquilamente. Total, la gracia abundará.»
Pablo responde con la expresión más enfática que existe en el griego original: ¡me genoito! — «¡De ninguna manera!», «¡Ni pensarlo!», «¡Dios me libre de tal conclusión!». Es un rechazo visceral, absoluto. No hay un término medio. La gracia no es un permiso para pecar; es precisamente el poder que nos libera del pecado.
Imaginemos a un enfermo grave que recibe un costoso tratamiento gratuito. El médico le dice: «Este medicamento te curará; no tienes que pagar nada, es por pura gracia.» ¿Acaso el paciente, en su sano juicio, pensaría: «Ya que es gratis, seguiré exponiéndome al virus a propósito»? Por supuesto que no. La gracia no desata una vida de autodestrucción; al contrario, genera gratitud, responsabilidad y deseo de vivir conforme a la nueva salud recibida.
La confusión surge cuando olvidamos qué significa estar «bajo la ley» y «bajo la gracia». Estar bajo la ley significa intentar alcanzar la justificación por obras propias, viviendo en condenación y fracaso. Estar bajo la gracia significa ser justificado gratuitamente por la fe en Cristo, y ahora, por amor y gratitud, vivir una nueva vida impulsada por el Espíritu. La ley mostraba el pecado, pero no daba poder para vencerlo. La gracia no solo perdona, sino que transforma.
Pablo ya había dejado claro en Romanos 6:1-2: «¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?» El creyente auténtico ha experimentado una muerte real al pecado en Cristo. No se trata de una teoría, sino de un hecho espiritual. El viejo hombre fue crucificado con Cristo (Romanos 6:6). Por tanto, el pecado ya no es nuestro amo.
Un error teológico devastador es creer que la gracia elimina la santidad. Al contrario, la gracia es la única fuente de santidad genuina. Cuando alguien usa la gracia como excusa para pecar, demuestra que no ha entendido la gracia en absoluto. La gracia no es un cheque en blanco para el desenfreno; es el abrazo restaurador que nos levanta del lodo y nos pone en el camino de la justicia.
John Owen, el teólogo puritano, dijo célebremente: «Matad el pecado, o el pecado os matará a vosotros.» Pablo no es menos severo: los que están bajo la gracia no pueden vivir en pecado habitual y deliberado. No porque pierdan la salvación por un tropiezo ocasional, sino porque la nueva naturaleza que han recibido aborrece el pecado. Un hijo de Dios puede caer, pero no puede vivir cómodamente en el basurero del pecado.
Pensemos en un matrimonio. Un esposo le dice a su esposa: «Te amo incondicionalmente. No necesitas ganarte mi amor con obras.» ¿Respondería ella: «Entonces puedo serte infiel, total, tu amor es gratis»? Eso sería una monstruosidad moral. El amor gratuito no destruye la fidelidad; la fundamenta y la hace más hermosa. Así es la gracia: el amor de Dios en Cristo nos hace volvernos a Él con todo nuestro corazón, no para ser salvos, sino porque ya lo somos.
¿De dónde nace entonces el deseo de pecar bajo el pretexto de la gracia? Nace de un corazón que aún ama el pecado más que a Cristo. Tal persona puede tener una falsa seguridad, una «gracia barata» como la llamó Dietrich Bonhoeffer: el perdón sin arrepentimiento, la bendición sin obediencia. Pero la Escritura advierte: «Cualquiera que permanece en él, no peca; cualquiera que peca, no le ha visto, ni le ha conocido» (1 Juan 3:6).
No se trata de perfección sin pecado en esta vida —Juan mismo dice que si afirmamos no tener pecado nos engañamos (1 Juan 1:8)— sino de una dirección, una inclinación fundamental, una postura del corazón. El que está bajo la gracia, cuando peca, sufre, se duele, se arrepiente y vuelve al Padre. El que usa la gracia como licencia, peca con indiferencia o con cinismo, y eso revela que nunca conoció la gracia salvadora.
Hoy, examinemos nuestros corazones: ¿Hay algún rincón donde estemos justificando un pecado pequeño, un hábito secreto, una complacencia deliberada, pensando que «Dios entiende, es por gracia»? Ese pensamiento es veneno. La verdadera gracia nos lleva a clamar como David: «Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio» (Salmo 51:10). La gracia nos hace correr hacia la santidad, no hacia el pecado.
Terminemos con las propias palabras de Pablo, escritas más adelante en Tito 2:11-12: «Porque la gracia de Dios se ha manifestado, trayendo salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente.» La gracia es maestra de santidad, no facilitadora de pecado.
Oración
Padre santo y justo, te damos gracias por tu inmerecida gracia en Cristo Jesús. Gracias porque no estamos bajo la condenación de la ley, sino bajo el perdón abundante de tu amor. Pero Señor, líbranos de la tentación de torcer tu gracia en licencia. Perdona los pensamientos secretos donde hemos creído que pecar nos sale gratis. Renueva nuestra mente y haz que entendamos que la gracia nos libera del pecado, no para pecar. Danos un corazón que ame tu santidad, que tema ofenderte, que corra tras la justicia. Que el Espíritu Santo produzca en nosotros el fruto de dominio propio y pureza. Que nuestra libertad sea para servirte con gozo, no para complacer la carne. Te pedimos en el nombre de Jesús, que murió para librarnos del pecado y vive para presentarnos sin mancha delante de ti. Amén.