1 Corintios 13:3 (RVR60)
"Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve."
Habrá momentos en nuestra vida espiritual en los que enfrentaremos la tentación más sutil y peligrosa: la de confundir el ruido de nuestras obras con la voz del amor. El apóstol Pablo, en su primera carta a los corintios, no solo escribe un poema a la caridad; está practicando una cirugía de corazón. Y en el versículo 3, el bisturí penetra hasta lo más profundo del alma religiosa.
Pablo plantea dos hipótesis extremas, casi imposibles para el ser humano común. La primera: repartir todos los bienes propios para alimentar a los pobres. Imagínelo por un momento. No solo dar una ofrenda generosa, no solo vender una propiedad para ayudar en una crisis. Pablo habla de "repartir todos mis bienes". Es el gesto máximo de la filantropía humana. Es la persona que se queda sin nada para que otros tengan algo. El mundo aplaudiría; la historia lo recordaría; los beneficiados levantarían una estatua en su honor.
Y sin embargo, Dios mira esa montaña de sacrificio material y dice: "De nada me sirve".
La segunda hipótesis es aún más sobrecogedora: "y si entregase mi cuerpo para ser quemado". En el contexto del primer siglo, esta frase evocaba inmediatamente el martirio. Habla de aquel que no solo da lo que tiene, sino que se da a sí mismo. Es el que enfrenta las llamas por su fe, el que prefiere morir antes que negar a Cristo. La iglesia lo veneraría como santo; los ángeles quizás contuvieron el aliento al ver su valor. Y sin embargo, el Apóstol, inspirado por el Espíritu Santo, declara que si ese holocausto carece de amor, es fuego que no asciende a Dios, sino que se disipa en el vacío de la vanidad.
¿No es esto aterradoramente revelador? Significa que podemos hacer el bien más extremo y, sin embargo, estar radicalmente vacíos de Dios. Podemos alimentar a miles y morir de inanición espiritual. Podemos entregar el cuerpo al fuego y tener el alma congelada en el egoísmo. ¿Cómo es esto posible?
La respuesta está en la palabra griega que Pablo usa para "amor" en todo este capítulo: ágape. No es un sentimiento; no es emoción pasajera; no es afinidad natural. El ágape es la naturaleza misma de Dios derramada en el corazón humano. Es la decisión inquebrantable de buscar el bien supremo del otro, sin esperar nada a cambio, sin condición, sin límite. Y sin ese ágape, nuestras obras más heroicas no son más que metal que resuena o címbalo que retiñe.
Pero hay algo aún más profundo aquí. Pablo no está menospreciando la generosidad ni el martirio. Está desenmascarando la capacidad del corazón humano para usar lo más santo para propósitos egoístas. Es posible dar para ser visto. Es posible morir para ser recordado. Es posible vaciar las cuentas bancarias para llenar el expediente del ego. El corazón humano es tan engañoso que puede fabricar una crucifixión sin amor, puede construir un altar a Dios y adorarse a sí mismo en él.
Quizás usted nunca ha dado todos sus bienes, ni ha enfrentado la hoguera. Pero ¿ha dado una ofrenda esperando el reconocimiento público? ¿Ha servido en la iglesia esperando un cargo o una palmada? ¿Ha perdonado, pero en su interior lleva la contabilidad de la ofensa? ¿Ha dicho "te amo", pero ha sido un amor condicionado al comportamiento del otro? Entonces, hermano, hermana, hemos tocado la médula del versículo 3.
El amor verdadero es el único clima en el que las buenas obras maduran como fruto y no como oropel. El amor no es una obra más; es la sustancia que convierte el pan repartido en comunión, y el cuerpo entregado en ofrenda viva. Sin amor, la teología se convierte en arrogancia; la predicación, en ruido; la alabanza, en espectáculo; y el servicio, en agotamiento sin propósito.
Hoy el Espíritu Santo nos invita a una pausa quirúrgica. Antes de planear la próxima obra, antes de firmar el próximo cheque, antes de subir al próximo púlpito, antes de inscribirnos en el próximo proyecto, preguntemos: ¿Estoy haciendo esto porque Cristo habita en mí y su amor me constriñe? ¿O lo hago porque necesito demostrar algo, pagar una culpa, construir un nombre?
El Padre no necesita nuestras obras; necesita nuestro corazón. Cuando el corazón está rendido al amor de Dios, las obras fluyen como un río que no necesita esforzarse para llegar al mar, porque ya lleva el mar en cada gota. El amor no es una etapa superior del cristianismo; es la base. Sin él, todo lo demás es arquitectura sin cimiento, árbol sin raíz, cuerpo sin aliento.
Dios no quiere tus migajas; quiere tu ser. No busca tu sacrificio; busca tu confianza. No mira tus manos llenas de dones; mira tu corazón lleno de Él.
Oración
Padre Santo, Escudriñador de corazones, hoy me postro ante Ti no con mis obras en las manos, sino con mi vacío a cuestas. Reconozco que muchas veces he dado esperando recibir, he servido esperando ser visto, he amado esperando ser amado. Perdona la sutil idolatría de usar tus dones para edificarme a mí mismo.
Te pido que vacíes mis manos de todo orgullo y llenes mi corazón de tu ágape. Que no haya en mí otro motor para servir que el gozo de haberme encontrado con Cristo. Que cuando dé, sea porque Tú me has dado primero; que cuando perdone, sea porque he sido perdonado en la cruz; que cuando ame, sea porque Tú moras en mí.
Señor, que no necesite el aplauso de los hombres, porque tengo tu mirada. Que no busque recompensa terrenal, porque Tú eres mi galardón. Y si algún día me llamas a dar hasta quedar en nada, o a entregar mi vida por el evangelio, concédeme hacerlo no como un mártir estoico, sino como un hijo que ama.
Porque sin amor, de nada sirve. Y con Tu amor, todo lo que soy y tengo es tuyo para siempre.
En el nombre de Jesús, el único que entregó todos sus bienes y su cuerpo hasta la muerte, y en esa entrega nos amó hasta el extremo. Amén.