APROVECHANDO BIEN EL TIEMPO: UNA LLAMADA A LA FAMILIA DE LA FE

"Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe."
— Gálatas 6:10 (RVR60)

Introducción: El Tic-Tac del Reloj Divino
Vivimos en una era obsesionada con el tiempo. Medimos nuestra vida en segundos, minutos, horas y años. Hablamos de "ganar tiempo", "perder tiempo" e "invertir tiempo". Sin embargo, pocas veces nos detenemos a considerar el tiempo desde la perspectiva de Dios. El apóstol Pablo, al final de su carta a los Gálatas, nos entrega un mandamiento que es a la vez una filosofía de vida: ser intencionales con el tiempo que se nos ha dado.

Gálatas 6:10 no es solo un versículo bonito para memorizar; es una brújula que nos orienta en medio del caos de la vida diaria. Nos recuerda que la vida cristiana no se vive en una burbuja de espiritualidad abstracta, sino en el camino polvoriento de las relaciones humanas, las necesidades tangibles y las decisiones cotidianas.

I. El Contexto: Sembrar y Cosechar
Para entender la profundidad de este versículo, debemos mirar los versículos que lo preceden. Pablo ha estado hablando de la ley de la siembra y la cosecha: "No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará" (Gálatas 6:7). Inmediatamente después, contrasta dos tipos de siembra: sembrar para la carne (que lleva a corrupción) y sembrar para el Espíritu (que lleva a vida eterna).

Es en este contexto agrícola y espiritual donde Pablo inserta nuestro versículo. La "oportunidad" de la que habla es el campo. El "hacer bien" es la semilla. Y la cosecha es la bendición de Dios y la edificación de su reino. No se trata de activismo sin sentido, sino de una vida que, consciente de su destino eterno, siembra diligentemente en el presente.

II. "Según tengamos oportunidad": La Mayordomía del Presente
La frase "según tengamos oportunidad" es crucial. La palabra griega usada aquí implica un tiempo señalado, un momento favorable, una ventana de posibilidad. Pablo nos está enseñando que las oportunidades para hacer el bien no son eternas. Son como ventanas que se abren y, si no actuamos, eventualmente se cierran.

Piense en esto:

La oportunidad de consolar a un amigo que sufre no durará para siempre; quizás mañana ese amigo haya endurecido su corazón o la situación haya cambiado.

La oportunidad de testificar a un familiar escéptico puede presentarse en una conversación casual que no volverá a repetirse.

La oportunidad de ayudar económicamente a alguien en apuros puede ser hoy; mañana, esa persona podría haber encontrado otra solución, o nosotros podríamos haber perdido los recursos.

La mayordomía del tiempo es, por lo tanto, una mayordomía de las oportunidades. Implica vivir con los ojos abiertos espiritual y físicamente. Es fácil estar tan absorto en nuestro propio mundo (nuestras pantallas, nuestras preocupaciones, nuestros planes) que no vemos las "coincidencias divinas" que Dios pone en nuestro camino. La vida cristiana es una vida de disponibilidad. Es decirle a Dios cada mañana: "Señor, abre mis ojos para ver las oportunidades que hoy me das para ser un canal de tu bendición".

III. "Hagamos bien a todos": El Alcance Universal de la Gracia
Pablo es claro: nuestro bien debe extenderse a todos. Esto es un eco de las enseñanzas de Jesús, quien dijo que nuestro Padre celestial "hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos" (Mateo 5:45). El amor de Dios no es sectario ni excluyente, y nuestro servicio tampoco debe serlo.

"Hacer bien a todos" significa:

Ser un buen vecino, sin importar la religión del vecino.

Ser un empleado íntegro, aunque el jefe sea injusto.

Ser amable con el cajero del supermercado, el conductor grosero y la persona que nos pide direcciones en la calle.

Practicar la justicia social, alzar la voz por los que no tienen voz, y preocuparnos por los pobres, los marginados y los olvidados de nuestra sociedad.

Nuestra fe no es un club privado; es una fuente de agua viva que debe fluir y bendecir todo el terreno por donde pasa. Cuando hacemos bien a todos, reflejamos el carácter genérico de la gracia de Dios, que invita a todos al arrepentimiento.

IV. "Y mayormente a los de la familia de la fe": La Prioridad del Compromiso
Aquí llegamos al corazón del versículo. Después de ampliar el horizonte a "todos", Pablo establece una prioridad: "mayormente a los de la familia de la fe". Esto no es una contradicción, es una estrategia. Es el principio de la responsabilidad circular.

Así como un hombre tiene la responsabilidad de proveer para su propia familia antes que para la del vecino (1 Timoteo 5:8), el creyente tiene una responsabilidad especial para con sus hermanos en Cristo. La iglesia no es una organización a la que asistimos los domingos; es una familia. Y en una familia, el amor se demuestra de manera tangible.

¿Por qué "mayormente" a ellos?

Por Identidad: Son nuestros hermanos y hermanas, nacidos de nuevo por la misma sangre de Cristo. El vínculo que nos une es más fuerte que cualquier vínculo sanguíneo terrenal.

Por Testimonio: Jesús dijo: "En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros" (Juan 13:35). Un amor práctico y sacrificial dentro de la iglesia es el evangelio en acción, un cartel de neón que atrae al mundo a preguntar: "¿Qué es esto?".

Por Solidaridad: La iglesia primitiva compartía sus bienes (Hechos 2:44-45). Entendían que si un miembro padecía, todos padecían con él (1 Corintios 12:26). En un mundo hostil, los creyentes necesitan saberse respaldados por una comunidad que los sostiene en medio de la tormenta.

Este "mayormente" no nos exime de hacer bien a los de afuera, sino que nos recuerda que la caridad bien ordenada empieza por casa. Nuestra primera responsabilidad, después de nuestra relación con Dios, es para con nuestra familia espiritual.

V. Aplicación Práctica: ¿Cómo Vivimos Esto Hoy?
Es fácil asentir con la cabeza y decir "Amén" a un devocional. Pero la pregunta de la obediencia es incómoda: ¿Cómo se ve esto en mi vida esta semana?

Examine su agenda: Mire su calendario. ¿Cuánto espacio hay para "hacer bien"? ¿Está tan ocupado con lo urgente que no tiene tiempo para lo importante (las personas)?

Mire a su alrededor en la iglesia: ¿Hay alguien en su congregación que está pasando por una necesidad? Un desempleado, una madre soltera agotada, un anciano solitario, un joven confundido. "Hacer bien" puede ser una comida, una hora de conversación, una ofrenda discreta, o simplemente una presencia silenciosa.

Salga de su burbuja: Al salir de su casa, pídale a Dios: "Señor, muéstrame a quién puedo bendecir hoy". Podría ser el guardia de seguridad, la compañera de trabajo que está triste, o ese familiar con quien tiene una relación tensa. Una palabra amable a tiempo es "hacer bien".

La vida es un suspiro. Las oportunidades son flores que se marchitan. No esperemos a tener "más tiempo" o "más recursos" para amar. Empecemos hoy, con lo que tenemos, donde estamos.

Conclusión
Gálatas 6:10 es un llamado a la acción redimida. Nos libera de la pasividad de una fe que solo cree pero no obra (Santiago 2:17). Nos protege del egoísmo de un amor que solo mira hacia adentro. Y nos desafía a vivir con intencionalidad, sabiendo que cada encuentro, cada conversación y cada necesidad a nuestro alrededor es una oportunidad divina para sembrar una semilla de bien.

Que seamos conocidos no solo por nuestra teología ortodoxa, sino por nuestro amor ortopráctico (correcto en la práctica). Que al final del día, al repasar nuestras horas, podamos ver las huellas del Espíritu guiándonos a hacer el bien, empezando por casa, pero sin olvidar al mundo.

Oración
Amado Padre celestial,

Te damos gracias porque en tu infinito amor nos has adoptado en tu familia. Hoy reconocemos que muchas veces pasamos por alto las oportunidades que pones delante de nosotros. Perdónanos por estar demasiado ocupados, demasiado distraídos o demasiado centrados en nosotros mismos para ver las necesidades de los que nos rodean.

Te pedimos que nos concedas un espíritu de discernimiento para reconocer cada "hoy" como una ventana de gracia. Abre nuestros ojos para ver a los que sufren, nuestros oídos para escuchar los gritos silenciosos de auxilio, y nuestras manos para estar listos a servir.

Ayúdanos a ser generosos con todos, reflejando tu sol y tu lluvia sobre justos e injustos. Pero aviva también nuestro amor por nuestra familia de fe, la iglesia. Haznos instrumentos de consuelo, provisión y ánimo para nuestros hermanos. Que en nuestra comunidad se vea un amor tan tangible que el mundo no pueda negar que somos tus discípulos.

Señor, no nos dejes desperdiciar el tiempo precioso que nos has dado. Que cada oportunidad sea aprovechada para sembrar semillas de bien que, por tu gracia, produzcan una cosecha abundante para tu reino.

Te lo pedimos en el nombre poderoso de Jesús, quien "hizo bien a todos", sanando a los enfermos, alimentando a las multitudes y dando su vida en rescate por muchos. Amén.

ROMPIENDO LAS CADENAS DE LA INDIFERENCIA

Isaías 58:1-12 (Reina-Valera 1960)
Versículo Clave: "¿No es más bien el ayuno que yo escogí: desatar las ligaduras de impiedad, soltar las cargas de opresión, y dejar ir libres a los quebrantados, y que rompáis todo yugo?" (Isaías 58:6)

Introducción: La Reliquia de un Ritual Vacío
En la vida espiritual, a menudo caemos en la trampa de confundir la forma con el fondo. Nos aferramos a las prácticas religiosas como si fueran talismanes que obligan a Dios a bendecirnos, sin permitir que esas mismas prácticas nos transformen. El pueblo de Israel, en los días del profeta Isaías, era experto en esto. Ayunaban, se afligían y buscaban a Dios aparentemente con celo, pero sus vidas estaban marcadas por la contienda, la opresión y la indiferencia hacia el necesitado.

Dios, a través del profeta, lanza un desafío radical. Les dice, en esencia: "Ustedes ayunan, pero ¿han notado que yo no respondo? ¿Se han preguntado por qué?" (Isaías 58:3). La respuesta divina no se hace esperar. Dios no está interesado en un espectáculo de piedad que deja intacto el corazón de piedra. Él anhela un ayuno que no solo doble las rodillas, sino que extienda las manos para levantar al caído. El versículo 6 es el manifiesto de este principio: la verdadera adoración se mide por nuestra obediencia en el área de la justicia y la compasión.

Desglosando el Versículo: La Anatomía del Verdadero Ayuno
1. "Desatar las ligaduras de impiedad"
La palabra "impiedad" aquí se refiere a la maldad, a aquello que está torcido o perverso. Las "ligaduras de impiedad" son esos sistemas, estructuras o hábitos que atan a las personas bajo el peso del pecado y la injusticia. ¿Cuántas veces nuestras acciones (o nuestra pasividad) contribuyen a mantener esas cadenas? El verdadero ayuno comienza por examinar nuestras propias vidas: ¿Hay algo en mí—prejuicio, codicia, orgullo—que está atando a otros? Romper estas ligaduras es un acto de valentía espiritual que desactiva el poder del mal en nuestra esfera de influencia.

2. "Soltar las cargas de opresión"
La opresión puede ser física, emocional o económica. Puede manifestarse en un jefe que explota a sus empleados, en un sistema que margina al pobre, o simplemente en el silencio cómplice ante la injusticia. Dios nos llama a "soltar" esas cargas. No se trata solo de no oprimir, sino de activamente aliviar el peso que otros llevan. Es pagar un salario justo, es defender al que no tiene voz, es usar nuestros recursos para aligerar la vida de los agobiados.

3. "Dejar ir libres a los quebrantados"
La palabra hebrea para "quebrantados" evoca la imagen de algo que ha sido roto en pedazos, aplastado por las circunstancias o por la maldad de otros. Son aquellos que han perdido la esperanza, los que viven al margen de la sociedad. El llamado de Dios es a ser agentes de liberación. No podemos "dejar ir libres" a quienes mantenemos atados con nuestra indiferencia. La libertad del quebrantado comienza cuando nosotros, el pueblo de Dios, decidimos verlo, amarlo y restaurarlo.

4. "Que rompáis todo yugo"
El yugo es un instrumento de dominio y control. Puede ser una adicción, una deuda impagable, una mentira que esclaviza o una tradición cultural que deshumaniza. El mandato es contundente: "rompáis". No basta con aflojarlo o criticarlo; hay que destruirlo. Este es un llamado a una acción profética que transforma realidades. Cuando la iglesia se levanta para romper yugos—ya sea a través del discipulado, la ayuda social, o el activismo justo—está participando de la misma obra redentora de Cristo.

La Aplicación: De la Piedad Personal a la Misión Profética
A menudo reducimos el ayuno a una transacción privada entre Dios y nosotros: "Yo me privo de comida, Tú me bendices". Pero Isaías 58 nos muestra que el ayuno que Dios escoge tiene una dimensión horizontal ineludible. No podemos decir que amamos a Dios, a quien no vemos, si no amamos a nuestro prójimo, a quien vemos (1 Juan 4:20).

Este pasaje nos confronta con una pregunta incómoda: ¿Es mi vida espiritual un refugio para evadir las necesidades del mundo, o es una plataforma de lanzamiento para involucrarme en ellas?

Dios busca adoradores que entiendan que la alabanza más pura es aquella que se traduce en acciones de justicia. El ayuno que Él escoge nos saca de nuestra zona de confort y nos lleva a los márgenes de la sociedad, donde habitan los quebrantados. Allí, en ese lugar de servicio humilde, no solo ayudamos a otros, sino que nos encontramos con el corazón mismo de Dios.

Conclusión
Hoy, Dios te invita a reconsiderar tus prácticas espirituales. No las abandones, sino transfórmalas. Cuando ayunes, deja un espacio en tu corazón para preguntarle a Dios: "Señor, ¿a quién quieres que libre hoy? ¿Qué cadena quieres que ayude a romper? ¿Qué carga puedo aliviar?". Ese es el ayuno que realmente mueve el corazón de Dios y transforma el mundo.

Oración
Amado Padre celestial,

Hoy me presento ante Ti, no solo con un corazón agradecido, sino con un corazón dispuesto a ser examinado. Perdóname por las veces que he reducido mi fe a rituales vacíos, por los momentos en que he buscado tu rostro sin querer ver las necesidades de mis hermanos.

Señor, enséñame a vivir el ayuno que Tú escoges. Átame a Ti con lazos de amor, pero suelta mis manos para que puedan desatar las ligaduras de impiedad a mi alrededor. Dame valor para soltar las cargas de los oprimidos, para ser voz de los que no tienen voz y apoyo para los que se sienten aplastados por la vida.

Rompé, oh Dios, con tu poder, todo yugo de injusticia, adicción y desesperanza en mi vida y en mi comunidad. Hazme un instrumento de tu paz y de tu justicia. Que mi adoración no se quede en palabras bonitas, sino que se convierta en pan para el hambriento, refugio para el necesitado y libertad para el cautivo.

Te lo pido en el nombre poderoso de Jesús, quien vino a proclamar libertad a los cautivos y a poner en libertad a los oprimidos.

Amén.

EL TESORO ESCONDIDO: ENCONTRANDO LA VERDADERA FELICIDAD

"Bienaventurado el hombre que halla la sabiduría, y que obtiene la inteligencia." (Proverbios 3:13, RVR60)

El Concepto de la "Bienaventuranza"
En un mundo que grita constantemente dónde encontrar la felicidad, vivimos en una búsqueda perpetua. Nos dicen que la felicidad se encuentra en el próximo logro, en la adquisición de la última tecnología, en la meta financiera alcanzada, o en la relación perfecta. Sin embargo, a menudo, cuando alcanzamos esas metas, la sensación de plenitud es tan efímera como un suspiro. Nos quedamos preguntándonos: "¿Solo es esto?"

El Rey Salomón, el autor de la mayor parte del libro de Proverbios, era un hombre que lo tuvo todo. Tuvo riquezas incalculables, poder sin precedentes, éxito militar, y un harén de mujeres hermosas. Probó todos los placeres que la vida bajo el sol podía ofrecer. Sin embargo, al final de su libro de Eclesiastés, concluye que todo eso era "vanidad y aflicción de espíritu". Pero en Proverbios, nos lega el mapa del tesoro que él mismo encontró después de tantas búsquedas vanas. Y ese mapa comienza con una palabra poderosa: Bienaventurado.

La palabra hebrea original es esher, que significa felicidad, dicha, o la bondad de una vida vivida correctamente. No es una felicidad superficial que depende de las circunstancias, sino un estado profundo del ser, una satisfacción interior que perdura a pesar de las tormentas externas. Y Salomón, con la autoridad de quien lo buscó todo, declara que esa felicidad profunda y duradera no se encuentra en las cosas, sino en una persona: la Sabiduría.

¿Quién es esta Sabiduría?
Para el creyente del Nuevo Pacto, esta sabiduría no es un concepto abstracto o un simple conjunto de conocimientos. Es una persona. El apóstol Pablo revela este misterio en 1 Corintios 1:24: "Cristo, poder de Dios, y sabiduría de Dios". Por lo tanto, hallar la sabiduría es hallar a Cristo. Obtener inteligencia es tener la mente de Cristo (1 Corintios 2:16).

Cuando Salomón escribió este proverbio, inspirado por el Espíritu Santo, estaba profetizando acerca de la verdadera fuente de la bienaventuranza. Nos estaba diciendo que el hombre o la mujer que encuentra a Jesús, y en Él encuentra el perdón, el propósito y el camino a Dios, ha encontrado el tesoro escondido y la perla de gran precio (Mateo 13:44-46).

El Acto de "Hallar"
El versículo dice: "Bienaventurado el hombre que halla la sabiduría". La palabra "hallar" implica una búsqueda, un esfuerzo, un acto intencional. No es algo que nos tropiece por accidente mientras vivimos nuestra vida distraídos. Es como el que busca un tesoro escondido: excava, busca, y no descansa hasta encontrarlo.

Proverbios 2:4-5 lo describe de manera similar: "Si como a la plata la buscares, y la escudriñares como a tesoros escondidos, entonces entenderás el temor de Jehová, y hallarás el conocimiento de Dios".

Dios promete que si lo buscamos de todo corazón, lo encontraremos (Jeremías 29:13). Pero esta búsqueda requiere que dejemos de lado nuestras propias definiciones de felicidad y nos sumerjamos en Su Palabra, en la oración, y en una comunión íntima con Él. Es en esa búsqueda constante donde "hallamos" la sabiduría que transforma nuestras vidas.

La Recompensa de la Inteligencia
La segunda parte del versículo habla de "obtener la inteligencia". Esta inteligencia (tebunah en hebreo) no es un coeficiente intelectual alto. Es la capacidad de ver la vida desde la perspectiva de Dios. Es el discernimiento para tomar decisiones sabias, para entender los tiempos, y para caminar por caminos de rectitud.

Cuando tenemos a Cristo (la Sabiduría), recibimos Su mente (la inteligencia). De repente:

El sufrimiento tiene un propósito (Romanos 5:3-5).

La prueba es una oportunidad para desarrollar paciencia (Santiago 1:2-4).

El enemigo puede ser amado (Mateo 5:44).

La debilidad se convierte en un canal para el poder de Dios (2 Corintios 12:9-10).

Esta inteligencia divina nos permite navegar por las complejidades de la vida con una paz que sobrepasa todo entendimiento. Nos libra de las decisiones necias que traen dolor y nos guía a las decisiones justas que traen vida.

Conclusión
La invitación de Proverbios 3:13 es clara: la verdadera felicidad, la bienaventuranza que todos anhelamos, no está en lo que el mundo ofrece, sino en una relación viva y profunda con Jesucristo, la sabiduría de Dios. Hoy, el Espíritu Santo nos llama a ser como el comerciante que, habiendo encontrado una perla de gran precio, fue y vendió todo lo que tenía para comprarla. Vale la pena dejar todo lo demás para obtener a Cristo. Porque en Él, y solo en Él, encontramos la verdadera felicidad, el verdadero descanso y la verdadera vida.

Oración
Padre celestial, gracias por revelarnos que la verdadera bienaventuranza no se encuentra en las cosas pasajeras de este mundo, sino en una relación viva con Cristo, quien es nuestra Sabiduría.

Te pedimos que nos concedas un espíritu de búsqueda incansable. Aparta nuestros ojos de las vanidades y concéntralos en la belleza y la suficiencia de Tu Hijo. Ayúdanos a escudriñar las Escrituras como quien busca un tesoro escondido, para que podamos conocer Tu corazón y Tu voluntad para nuestras vidas.

Danos la inteligencia espiritual para discernir Tu verdad en medio de un mundo de mentiras. Que nuestra mente sea renovada día a día para pensar Tus pensamientos y andar en Tus caminos. Que la paz de Cristo gobierne en nuestros corazones y que la sabiduría que viene de lo alto se manifieste en nuestras decisiones, nuestras palabras y nuestras acciones.

Hoy declaramos que Tú eres nuestro mayor tesoro. En Ti somos verdaderamente bienaventurados.

En el nombre de Jesús, nuestra Sabiduría, Amén.

EL SEGUNDO MANDAMIENTO: EL REFLEJO INEVITABLE DEL AMOR A DIOS

Mateo 22:34-40 (RVR60)
Versículo clave: "Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo." (Mateo 22:39)

En el fragor del debate, un intérprete de la ley, buscando poner a prueba a Jesús, le pregunta: "Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley?" (v.36). La respuesta del Maestro es un torbellino de sabiduría divina que simplifica toda la complejidad de la ley y los profetas en dos ejes fundamentales: el amor vertical a Dios y el amor horizontal al prójimo.

A menudo, en nuestro caminar espiritual, nos detenemos con reverencia en el primer mandamiento: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente" (v.37). Es el fundamento, la fuente, la prioridad innegociable. Sin embargo, Jesús añade algo crucial, algo que no deja espacio para una espiritualidad aislada o egoísta: "Y el segundo es semejante".

La palabra "semejante" es un tesoro teológico. No significa que sea de igual importancia en rango, pues el primer mandamiento es la causa y el segundo, la consecuencia. Más bien, significa que es de igual naturaleza, del mismo origen. Es como el flujo de un río que nace en lo alto de la montaña (el amor a Dios) y que, inevitablemente, desciende para regar y fecundar el valle (el amor al prójimo). No se puede tener el agua de la vida en el corazón sin que esta fluya hacia los demás.

El "Como a ti mismo" que nos confronta
La segunda parte del versículo es un espejo: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo." Esta frase presupone algo que damos por sentado, pero que es profundamente significativo: el amor propio. Jesús no está fomentando el egoísmo; está partiendo de una realidad innegable. Todos, por instinto natural, nos cuidamos, nos alimentamos, buscamos nuestro bienestar y perdonamos nuestros propios errores. Ese es el estándar.

Amar al prójimo como a ti mismo significa:

Desear su bien con la misma intensidad con la que deseamos el nuestro.

Celebrar sus éxitos sin sombra de envidia.

Compadecernos de su dolor con la misma empatía con la que nos compadecemos de nosotros mismos.

Perdonar sus ofensas con la misma rapidez y plenitud con la que Dios nos perdona a nosotros (y con la que nosotros nos perdonamos a nosotros mismos).

Este mandamiento nos saca de nuestra burbuja de comodidad. Es fácil amar al prójimo ideal, al que piensa como nosotros, al que nos cae bien. Pero el contexto del sermón de Jesús y de toda la Escritura nos muestra que el "prójimo" incluye al que es diferente, al que nos ha fallado, al necesitado, al que yace herido al borde del camino, como en la parábola del buen samaritano.

La Prueba de Fuego de Nuestro Amor a Dios
El apóstol Juan, el mismo que recostó su cabeza sobre el pecho de Jesús, entendió esta conexión de manera profunda. En su primera carta escribe: "Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?" (1 Juan 4:20). ¡Qué declaración tan poderosa! El amor a Dios, que es invisible, se demuestra y se valida en el amor visible y tangible a las personas que Él ha puesto a nuestro alrededor.

Nuestra relación con los demás es el termómetro que mide la temperatura de nuestra relación con Dios. Un corazón que realmente ha sido transformado por el amor de Dios no puede permanecer indiferente ante las necesidades, fracasos o alegrías de su prójimo. Amar a Dios "con todo" necesariamente nos lleva a amar a los demás. Es imposible escalar la montaña de la presencia de Dios y, al mismo tiempo, despreciar a aquellos por quienes Él entregó a Su Hijo.

Aplicación para el Día de Hoy
Hoy, mientras caminas por tus espacios cotidianos —el hogar, el trabajo, la universidad, el vecindario—, pregúntate: ¿Cómo estoy reflejando mi amor a Dios en mi trato con los demás?

En casa: ¿El amor con el que hablo a mi cónyuge, a mis hijos o a mis padres refleja la paciencia y la gracia que Dios tiene conmigo? ¿Los veo como mi "prójimo" más cercano?

En el trabajo/estudio: ¿Cómo reacciono ante el compañero difícil, ante el que se lleva el crédito o ante el que siempre llega con una queja? ¿Mi actitud es un puente o una barrera?

En la iglesia: ¿Miro a mi hermano en la fe con los ojos del amor de Cristo, o con ojos críticos y juiciosos?

Con el desconocido: ¿Estoy dispuesto a hacer una pausa en mi apretada agenda para ayudar a alguien que lo necesita, sin esperar nada a cambio?

Amar al prójimo no es un sentimiento vago; es una decisión concreta que se traduce en acciones de servicio, palabras de aliento, una escucha atenta y un perdón genuino. Es en ese amor tangible donde el mundo verá la realidad de nuestro Dios y donde nosotros mismos creceremos a la estatura de la plenitud de Cristo.

Que este segundo mandamiento, "semejante" al primero, no sea una carga, sino la gozosa oportunidad de ser canales del amor inmenso que hemos recibido.

Oración
Padre Amado, que moras en luz inaccesible y, sin embargo, te has revelado a nosotros en Cristo.

Te damos gracias porque nos has amado primero. Gracias porque tu amor no es un concepto abstracto, sino una realidad viva que se manifestó en la cruz y que, por tu Espíritu, has derramado en nuestros corazones.

Hoy reconocemos que muchas veces fallamos en el segundo mandamiento. Te pedimos perdón por las veces que hemos sido indiferentes, orgullosos, duros de corazón o egoístas con nuestro prójimo. Perdónanos por las veces que hemos dicho amarte, pero hemos descuidado, herido o juzgado a aquellos que están a nuestro lado.

Te rogamos que tu Santo Espíritu nos capacite para amar como tú amas. Ayúdanos a ver a cada persona que cruce nuestro camino hoy con tus ojos de misericordia y compasión. Que nuestras palabras edifiquen, que nuestras acciones sirvan y que nuestro corazón se conmueva ante la necesidad del otro.

Que el amor que te profesamos no sea solo un susurro en la intimidad de nuestro cuarto, sino un grito elocuente en la manera en que tratamos a nuestro cónyuge, a nuestros hijos, a nuestros compañeros, a nuestros vecinos, y hasta a nuestros enemigos. Haz del amor a nuestro prójimo el espejo fiel de nuestro amor por ti.

En el nombre de Jesús, quien se hizo nuestro prójimo y dio su vida por nosotros. Amén.

PORQUE HA INCLINADO A MÍ SU OÍDO

Salmo 116:1-2 (RVR60)

"Amo a Jehová, pues ha oído mi voz y mis súplicas; porque ha inclinado a mí su oído; por tanto, le invocaré en todos mis días."

Introducción: El Dios que se inclina

En la inmensidad de la creación, en el estruendo de las tormentas y en el silencio de los vastos desiertos, podríamos imaginar a un Dios lejano, sentado en un trono de gloria tan alto que nuestras voces, por más que griten, nunca podrían alcanzarlo. Sin embargo, el salmista nos revela una verdad que estremece el alma: nuestro Dios no es un monarca distante y sordo. Es un Padre que se inclina.

El Salmo 116 es un cántico de liberación. Aunque no sabemos con exactitud cuál era la aflicción específica del salmista (algunos estudiosos sugieren una enfermedad grave, otros una traición o un peligro de muerte), sabemos que "los ligamentos de la muerte" lo rodearon y que la angustia se apoderó de su corazón. Y es en ese contexto de dolor extremo donde encontramos una de las declaraciones de amor más puras de toda la Escritura.

I. "Amo a Jehová": Un Amor que Responde

El salmo comienza con una declaración radical: "Amo a Jehová". Es importante notar que este amor no es un sentimiento abstracto nacido de la comodidad, sino una respuesta concreta a una acción divina previa. El salmista no dice: "Amo a Jehová porque me ha dado prosperidad" o "porque mi vida es fácil". Dice: "Amo a Jehová, pues ha oído mi voz y mis súplicas".

Este es el fundamento de una relación genuina con Dios: el amor que nace de la gratitud. En medio del valle de sombra, cuando la voz del salmista era probablemente un gemido ahogado por las lágrimas, o un grito desgarrado por el miedo, Dios escuchó. No hubo un "espera tu turno" ni un "esto no es lo suficientemente importante". Hubo una respuesta inmediata de parte del Cielo. ¿Has experimentado tú ese amor? Ese momento en el que, en tu desesperación, supiste que no estabas solo porque alguien al otro lado de la línea divina había tomado tu llamado?

II. "Porque ha inclinado a mí su oído": La Postura de la Gracia

Esta es, quizás, la imagen más hermosa del salmo. La palabra hebrea aquí implica un movimiento deliberado y personal. Dios no se quedó en su trono, con el oído atento pero distante. El texto nos dice que inclinó su oído.

Imaginemos a un padre o una madre escuchando a su hijo pequeño. El niño tartamudea, no encuentra las palabras, su voz es débil. El padre, para entenderlo, no se queda erguido, mirando desde arriba. Se agacha, se arrodilla, inclina su rostro hasta quedar a la altura del niño. Esa es la imagen de nuestro Dios.

El Dios altísimo, cuyo trono está en los cielos, se inclina hacia ti. Cuando oras, no estás lanzando una botella con un mensaje al mar cósmico con la esperanza de que alguien la recoja. Estás hablando al oído de un Dios que baja su cabeza para escuchar cada sílaba de tu ruego. Esto es un acto de humildad divina y de amor inmerecido. Es la esencia del evangelio: el Rey se rebaja para rescatar al súbdito. El Buen Pastor deja las noventa y nueve ovejas para buscar a la única perdida.

III. "Por tanto, le invocaré en todos mis días": La Confianza Forjada en la Prueba

La consecuencia lógica de haber experimentado la fidelidad de Dios es una vida de oración persistente y confiada. El salmista no dice: "Le invocaré solo cuando vuelva a estar en problemas". Tampoco dice: "Le invocaré los domingos por la mañana". Dice: "en todos mis días".

Esta es la madurez espiritual. Cuando hemos visto que Dios responde en el valle, aprendemos a confiar en la cumbre. Cuando hemos sentido su oído inclinado en la oscuridad, sabemos que su rostro no se ha apartado en la luz. La oración deja de ser un último recurso desesperado y se convierte en el primer reflejo de nuestra alma. Se transforma en un diálogo continuo, en una respiración constante del espíritu.

La experiencia pasada de la fidelidad de Dios es el ancla que sostiene nuestra fe en las tormentas futuras. Recordar cómo Dios "inclinó su oído" ayer, nos da la valentía para levantar nuestra voz hoy.

Conclusión: El Eco de un Oído Atento

Hoy, tal vez te sientas pequeño, insignificante o abrumado. Tal vez pienses que tu problema es demasiado mundano para merecer la atención divina, o que tu pecado te ha hecho invisible a sus ojos. Permíteme recordarte las palabras de este salmo: Dios se inclina.

Él no escucha desde la altura con desdén; escucha desde la cercanía con amor. Así como inclinó su oído al salmista, lo inclina hacia ti en este mismo momento. No importa si tu voz es un susurro o un llanto, Él está prestando atención. Y porque sabemos que Él nos escucha, porque hemos experimentado su gracia al atender nuestras súplicas, nuestra vida entera puede convertirse en una constante invocación.

Que tu amor por Él crezca hoy, no por lo que puedas obtener de su mano, sino por el asombroso privilegio de saber que el Dios del universo inclina su oído para escuchar tu corazón.

Oración

Padre amado, que estás en los cielos,
Hoy vengo a ti con el corazón lleno de gratitud, porque tu Palabra me recuerda que no soy un extraño para ti. Gracias, Señor, porque no te quedas en las alturas de tu gloria inalcanzable, sino que, en tu inmensa misericordia, inclinas tu oído hacia mí.

Perdona las veces que he dudado de tu amor, pensando que mi voz se perdía en el vacío. Perdona las veces que he orado como un último recurso, olvidando que eres mi primer y más fiel amigo.

Hoy quiero amarte, no solo con palabras, sino con la confianza de quien sabe que es escuchado. Ayúdame a invocarte en todos mis días: en la alegría y en la tristeza, en la calma y en la tormenta. Que mi vida sea una oración continua, un diálogo ininterrumpido contigo.

Gracias porque cuando clamo a ti, tú me respondes. Gracias porque cuando mi voz es débil, tú te inclinas para escucharla.

En el nombre de Jesús, quien intercede por mí a tu diestra, Amén.

EL PRIMER MANDAMIENTO: UN CORAZÓN SIN DIVISIONES

“Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente.”
— Mateo 22:37 (RVR60)

Cuando el fariseo experto en la ley se acercó a Jesús para ponerlo a prueba, difícilmente imaginaba que recibiría una respuesta que atravesaría los siglos para llegar hasta nosotros hoy. No pidió un milagro ni una señal; preguntó por lo esencial: “Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley?” (v. 36). Y Jesús, con la autoridad de quien es la misma Palabra hecha carne, no citó un precepto ceremonial ni una norma externa. Fue directamente al corazón del pacto: el Shemá, la confesión diaria de Israel (Deuteronomio 6:5).

Pero Jesús añadió algo. Donde el texto original decía “corazón, alma y fuerzas”, el Mesías dijo “corazón, alma y mente”. No estaba cambiando la Escritura, sino revelando su profundidad. Estaba declarando que el amor a Dios no es un asunto parcial, ni un departamento más de la vida. Es el centro que gobierna todo lo demás.

Amar con TODO el corazón
El corazón, en la antropología bíblica, no es solo el asiento de las emociones. Es el núcleo de la voluntad, el lugar donde se toman las decisiones, donde se fraguan los deseos más profundos. Amar a Dios con todo el corazón significa que nuestros afectos no están divididos. No podemos amar la seguridad que da el dinero y al mismo tiempo depender enteramente de Él. No podemos aferrarnos a una herida y al mismo tiempo beber de la fuente del perdón.

El corazón es como una brújula: si no apunta al norte verdadero, todo el caminar se desvía. Amar con todo el corazón es alinear cada deseo —el anhelo de ser amados, de tener propósito, de sentir seguridad— con la verdad de que solo Dios puede saciarlos plenamente.

Amar con TODA el alma
El alma es nuestra vida misma, nuestra identidad. Amar a Dios con toda el alma significa poner nuestra existencia entera en sus manos. Es la entrega de nuestro pasado, presente y futuro. Es la disposición a decir: “Aunque me quite la salud, aunque no entienda sus caminos, aunque otros me abandonen, tú eres mi herencia y mi copa”.

El alma es también el asiento de nuestro aliento. Amar con toda el alma es vivir cada respiración como un acto de adoración. Es levantarse sabiendo que no merecemos el nuevo día, y acostarse confiando que aunque no despertemos, estaremos con Él.

Amar con TODA la mente
Jesús incluyó la mente —algo que los oyentes judíos no esperaban— para enseñarnos que el amor a Dios no es un sentimiento ciego. La fe no es un salto al vacío intelectual. Es razonada, meditada, estudiada. Amar a Dios con toda la mente es llevar cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo. Es no avergonzarse de la doctrina, sino deleitarse en ella. Es leer, preguntar, memorizar, cuestionar, y sobre todo, conocer a quien hemos creído.

No podemos amar verdaderamente a quien no conocemos. Por eso el estudio de la Palabra no es un mero ejercicio académico: es un acto de amor. Cuando meditamos en sus atributos, cuando examinamos sus promesas, cuando confrontamos nuestras ideas con la verdad revelada, estamos amando a Dios con la mente.

La tragedia del amor dividido
Si observamos con honestidad nuestras vidas, descubriremos que el pecado no es tanto un rechazo abierto a Dios, sino una división de nuestro amor. Queremos a Dios, pero también queremos nuestro reino. Queremos su gloria, pero también nuestro reconocimiento. Queremos su voluntad, pero solo cuando coincide con la nuestra.

El mayor enemigo del amor total no es el odio, sino los amores pequeños que compiten por el trono. No necesitamos que nos digan que Dios es importante; necesitamos que nos recuerden que Él debe ser todo. Como dijo Agustín: “Señor, nos hiciste para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que repose en ti”.

Un llamado a la integridad
La palabra “todo” es incómoda porque nos confronta con nuestras grietas. Pero no es una exigencia cruel; es una invitación a la libertad. Dios no nos pide amor total porque sea un tirano insaciable, sino porque sabe que un corazón dividido es un corazón en agonía. La integridad no es perfección sin fallos, es totalidad sin reservas.

Amar a Dios con todo nuestro ser no significa que nunca dudaremos, que nunca fallaremos, que nunca sentiremos sequedad. Significa que, en medio de la duda, el fracaso y la aridez, seguimos volviendo a Él porque sabemos que solo en Él hay vida eterna. Es el hijo pródigo que regresa no con un discurso ensayado, sino con el corazón roto y vacío, pero con los ojos puestos en el padre.

Cristo: el perfecto amador
Aquí está el consuelo más profundo: nosotros no hemos amado a Dios con todo nuestro ser, pero Cristo sí. Él amó al Padre con cada latido de su corazón, con cada pensamiento de su mente, con cada entrega de su alma. Y ese amor perfecto no lo guardó para sí mismo; lo puso a nuestro favor. Por fe, su amor perfecto es imputado a nosotros, y el Espíritu Santo comienza a moldear en nosotros esa misma integridad de amor.

No amamos para ser aceptados; amamos porque ya fuimos aceptados en el Amado. El mandamiento no es la puerta de entrada a la gracia; es el camino de salida de una vida que ya ha sido alcanzada por ella.

Conclusión: El gran Mandamiento es el gran Regalo
Al final, amar a Dios con todo el corazón, el alma y la mente no es una carga, sino una liberación. Es dejar caer todas las piedras que atamos a nuestra espalda esperando que nos sostengan. Es reconocer que solo Dios merece el lugar central, y que cuando Él ocupa ese lugar, todo lo demás encuentra su sitio.

Hoy, el Señor no te pide que fabriques un amor perfecto. Te pide que le entregues el amor que tienes, aunque sea pequeño, aunque esté dividido, aunque esté cansado. Ponlo en sus manos. Él es especialista en multiplicar panes y peces, y también en multiplicar amores sinceros.

Oración
Señor Jesús,

Tú que respondiste al experto en la ley con la palabra exacta, responde hoy a mi corazón necesitado. Confieso que mi amor por ti es con frecuencia pequeño, distraído, dividido. Amo tu presencia, pero también amo mi comodidad. Amo tu voluntad, pero también amo mis planes. Amo tu reino, pero también me aferro a mis pequeños reinos.

Te pido que, por tu Espíritu, unifiques mi corazón para temer tu nombre. Toma mi corazón frío y enciéndelo con el fuego de tu amor. Toma mi alma ansiosa y hazla reposar en tus promesas. Toma mi mente errante y concéntrala en la belleza de tu verdad.

No confío en la intensidad de mi amor, sino en la fidelidad del tuyo. Tú me amaste primero; tú me amaste hasta el extremo. Que ese amor sea la fuente y el modelo de todo mi afecto. Y un día, cuando te vea cara a cara, te amaré como siempre anhelé amarte: sin sombra, sin interrupción, sin fin.

Amén.

Aclaración

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