"Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría." (Colosenses 3:5, RVR60)
Introducción: El Llamado a una Vida Diferente
Vivimos en una era que nos empuja constantemente a satisfacer nuestros impulsos. La publicidad, el entretenimiento y la cultura nos susurran al oído: "Si se siente bien, hazlo", "Mereces un descanso", "Tu felicidad es lo primero". En medio de este torrente de voces, la Palabra de Dios resuena con una claridad desafiante y contracultural: "Haced morir".
El apóstol Pablo, escribiendo a la iglesia en Colosas, no se dirige a personas que están tratando de ganarse la salvación, sino a aquellos que ya han resucitado con Cristo (Colosenses 3:1). Les recuerda que, puesto que su vida está escondida con Cristo en Dios, su forma de vivir debe reflejar esa nueva realidad. Y esa nueva realidad comienza con una orden tajante: una cirugía espiritual.
El Significado de "Haced Morir"
La palabra griega que Pablo usa aquí es nekrosate, que implica un acto violento y decisivo. No se trata de "disminuir un poco", "controlar ocasionalmente" o "negociar con" el pecado. La imagen es la de tomar algo y quitarle la vida. Es la acción de un cirujano que extirpa un tumor canceroso; no lo recorta, no lo adormece, lo elimina por completo.
En el contexto espiritual, esto significa tratar nuestro pecado con la máxima gravedad. No podemos permitirnos el lujo de acariciarlo, justificarlo o esconderlo. Debemos declararle la guerra. Como dijo John Owen, el gran teólogo puritano: "¿Estáis matando el pecado, o él os está matando a vosotros?".
La Lista de lo Terrenal
Pablo no deja el mandato en un concepto abstracto; él nombra los objetivos quirúrgicos. Analicemos esta lista, no como una simple enumeración de pecados, sino como una radiografía del corazón humano alejado de Dios:
Fornicación e Impureza: En un sentido amplio, se refiere a cualquier forma de inmoralidad sexual. En una cultura hipersexualizada, donde la pureza parece un concepto anticuado, el creyente es llamado a honrar a Dios con su cuerpo (1 Corintios 6:18-20). Mortificar la impureza implica huir de las tentaciones, guardar nuestros ojos y pensamientos, y valorar la santidad del diseño de Dios para la sexualidad.
Pasiones desordenadas y malos deseos: Esto va más allá de lo puramente sexual. Se refiere a las pasiones que nos controlan a nosotros, en lugar de nosotros controlarlas a ellas. Es la lujuria por el poder, la necesidad enfermiza de aprobación, la obsesión por la comida o el placer, la ira descontrolada. Son esos apetitos que, cuando no son satisfechos, nos llevan a la desesperación o a la manipulación. Mortificarlos significa poner freno a los impulsos y someter nuestras emociones y deseos al señorío de Cristo.
La Avaricia, que es idolatría: Este es el punto culminante y quizás el más engañoso. La avaricia no es solo querer más dinero; es el deseo insaciable de tener. Es la codicia que nos hace creer que nuestra seguridad, valor y felicidad dependen de posesiones, estatus o experiencias. Pablo la equipara directamente con la idolatría porque, en esencia, le estamos diciendo a lo material: "Tú eres mi fuente de vida; en ti confío". Un ídolo es cualquier cosa que amamos y buscamos más que a Dios. Mortificar la avaricia es practicar el contentamiento y la generosidad, reconociendo que todo lo tenemos en Cristo.
¿Por qué debemos hacerlo?
Podríamos preguntarnos: ¿No es esto una forma de legalismo o de negación de la vida? Para nada. La mortificación no es un fin en sí misma; es el medio para una vida abundante.
Porque ya hemos resucitado: El versículo 1 nos da la razón: "Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba". Mortificamos lo terrenal porque ya no pertenecemos a este mundo caído. Es una cuestión de coherencia con nuestra nueva identidad. Un pez no trata de "dejar de volar"; simplemente vive según su naturaleza acuática. De la misma manera, nosotros, que somos ciudadanos del cielo, vivimos según las leyes de ese reino.
Porque la gracia nos capacita: Note que la orden es para creyentes. Dios no nos pide que lo hagamos con nuestras propias fuerzas. Nos ha dado su Espíritu Santo (Romanos 8:13) para que, por el Espíritu, hagamos morir las obras de la carne. Es un esfuerzo, sí, pero un esfuerque que brota de la confianza en el poder de Dios que ya obra en nosotros.
Aplicación Práctica: El "Cómo" de la Mortificación
Examen honesto a la luz de la Palabra: Tómate un tiempo para meditar en la lista de Colosenses 3:5. Pídele al Espíritu Santo que te muestre dónde está vivo "lo terrenal" en ti. ¿Qué áreas de tu vida operan como si Dios no existiera?
No alimentes al "viejo hombre": Así como no le daríamos vitaminas a un tumor que queremos eliminar, no debemos alimentar nuestras pasiones pecaminosas. Esto significa evitar las situaciones, conversaciones, programas o amistades que encienden esos malos deseos.
Viste la nueva naturaleza: Pablo siempre equilibra el "no hacer" con el "hacer". Inmediatamente después (v.12), nos dice: "Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia..." La mejor manera de vencer un mal hábito es reemplazarlo con un hábito piadoso. En lugar de alimentar la avaricia, practica la generosidad. En lugar de alimentar la impureza, llena tu mente con lo que es puro (Filipenses 4:8).
Vive en comunidad: No estamos solos en esta batalla. Confiesa tus luchas a un hermano o hermana de confianza. La luz expone la oscuridad. La rendición de cuentas y la oración mutua son herramientas poderosas para matar el pecado.
Conclusión
"Haced morir lo terrenal" no es un versículo para desanimarnos, sino para liberarnos. Dios, en su amor, nos llama a una cirugía radical porque sabe que el pecado que acariciamos es lo que finalmente nos destruye. Al mortificar estas actitudes, no perdemos nuestra humanidad; la recuperamos en Cristo. Dejamos de ser esclavos de apetitos pasajeros para convertirnos en hijos e hijas libres, cuyo gozo y tesoro están en las cosas de arriba.
Que hoy tomemos en serio este mandato, no con miedo, sino con la confianza de que Aquel que comenzó en nosotros la buena obra la perfeccionará, y nos dará la victoria sobre todo lo terrenal.
Oración
Padre Santo y Amoroso,
Hoy vengo ante Ti reconociendo que en mi corazón todavía hay afectos y deseos que compiten por el trono que solo a Ti te pertenece. Te pido perdón por las veces que he alimentado la avaricia, la impureza y las pasiones desordenadas, tratándolas como si fueran inofensivas.
Espíritu Santo, dame la valentía y la fuerza para, por Tu poder, hacer morir lo terrenal en mí. Ayúdame a no negociar con el pecado, a no justificarlo ni esconderlo. Quiero ser radical en mi obediencia a Ti.
Señor, enséñame a vivir conforme a mi nueva identidad en Cristo. Que mis ojos miren con pureza, que mis manos se abran con generosidad, y que mi corazón encuentre su completo descanso y satisfacción solo en Ti.
Gracias porque en Cristo no soy condenado, sino amado. Gracias porque en medio de esta batalla, Tú peleas por mí. Hoy elijo, con Tu ayuda, vestirme de misericordia, humildad y amor.
En el nombre poderoso de Jesús, mi Señor y Salvador.
Amén.