«Inclina mi corazón a tus testimonios, y no a la avaricia.» (Salmo 119:36, RVR60)
Introducción: Una petición breve, profunda y peligrosa
Hay oraciones que se aprenden en la infancia y oraciones que se descubren en la madurez. Hay oraciones que se recitan de memoria y oraciones que se claman desde el abismo. Y hay oraciones que, una vez que las pronuncias con sinceridad, transforman por completo la dirección de tu vida.
El Salmo 119:36 pertenece a esta última categoría. Es una de las oraciones más breves y más profundas de toda la Escritura, y sin embargo, es también una de las más peligrosas, porque quien la ora en serio está pidiendo a Dios que haga una cirugía en lo más íntimo de su ser.
Consideremos el contexto. El Salmo 119 es el capítulo más largo de la Biblia: 176 versículos organizados en veintidós estrofas, cada una correspondiente a una letra del alfabeto hebreo. Es un poema acróstico, una obra de arte literaria y espiritual, dedicada por completo a un solo tema: la Palabra de Dios. El salmista habla de la ley, los mandamientos, los estatutos, los preceptos, las ordenanzas, los juicios, las promesas, la palabra. Y en cada versículo, el salmista expresa su amor, su dependencia, su deleite y su necesidad de las Escrituras.
Este salmo no fue escrito por alguien que vivía en la comodidad y la tranquilidad. Fue escrito por alguien que conocía la aflicción, la persecución, la burla de los poderosos, la tentación de desviarse, el desánimo del alma. Una y otra vez el salmista menciona a sus enemigos, sus sufrimientos, sus lágrimas, sus noches de insomnio. Y una y otra vez vuelve a la Palabra de Dios como su único consuelo, su única esperanza, su única dirección.
El versículo 36 se encuentra dentro de la estrofa correspondiente a la letra hebrea lamed (ל), que abarca los versículos 89 al 96. Es una estrofa que celebra la permanencia de la Palabra de Dios en los cielos (v. 89), su fidelidad a través de las generaciones (v. 90), la firmeza de la tierra por su ordenanza (v. 91). Pero en medio de esas grandes declaraciones cósmicas, el salmista baja a lo más íntimo de su corazón y ora: «Inclina mi corazón a tus testimonios, y no a la avaricia».
Es como si el salmista, después de contemplar la grandeza de la Palabra de Dios en el universo, se volviera hacia sí mismo y dijera: «Señor, todo eso está muy bien, pero hay un problema: mi corazón. Y mi corazón no se inclina naturalmente hacia Ti. Necesito que Tú lo inclines».
Este devocional quiere explorar cinco dimensiones de esta oración: la necesidad que revela (mi corazón), la acción que pide (inclina), la dirección que busca (a tus testimonios), la advertencia que contiene (y no a la avaricia) y la humildad que exige (una oración que solo Dios puede responder). Terminaremos con una oración, porque este versículo no puede ser meditado sin ser orado.
1. «Mi corazón» — El centro de la batalla
La primera palabra clave de este versículo es «corazón». En hebreo, es leb (לֵב), un término que aparece más de ochocientas veces en el Antiguo Testamento. Para el hebreo, el corazón no era simplemente el órgano que bombea sangre, ni siquiera el centro de las emociones como lo entendemos en Occidente. El corazón era el centro de la persona entera: la mente, la voluntad, las emociones, las decisiones, los deseos, los afectos, los pensamientos, los propósitos. Era el trono del alma, el timón del barco, la fuente de la que brota toda la vida.
Proverbios 4:23 lo expresa con claridad: «Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida». Jesús lo confirmó: «Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades...» (Marcos 7:21-22). Y también: «De la abundancia del corazón habla la boca» (Lucas 6:45).
El corazón es el centro de la batalla espiritual. Y aquí está la primera verdad que este versículo nos revela: el salmista sabe que su corazón tiene una inclinación natural hacia el mal. No dice «Señor, ya tengo el corazón inclinado hacia Ti; solo ayúdame a mantenerlo así». Dice: «Inclina mi corazón». Es una confesión implícita de que su corazón, por sí solo, no está inclinado hacia los testimonios de Dios.
Esto es radicalmente contracultural. El mundo nos dice: «Sigue tu corazón». La cultura popular repite el mantra: «Sé fiel a ti mismo», «escucha tus sentimientos», «haz lo que tu corazón te dicte». Pero la Biblia dice lo contrario: el corazón es engañoso y perverso (Jeremías 17:9). No es una guía confiable. No es un oráculo infalible. Es un campo de batalla, y si lo dejamos a sus propias inclinaciones, nos llevará por caminos de destrucción.
El salmista lo sabía. Sabía que su corazón podía inclinarse hacia la lujuria, hacia la codicia, hacia la amargura, hacia el orgullo, hacia la incredulidad. Sabía que no bastaba con conocer la verdad; era necesario amar la verdad. Y sabía que ese amor no se produce por esfuerzo propio, sino por obra de Dios.
Por eso ora. No intenta cambiar su corazón con sus propias fuerzas. No se dice a sí mismo: «Vamos, corazón, inclínate hacia Dios». Se dirige a Dios y le pide que haga lo que solo Dios puede hacer: inclinar el corazón.
Este es el primer paso de la vida espiritual: reconocer que no tenemos el poder de cambiar nuestro propio corazón. La voluntad humana, por sí sola, no puede transformar los afectos. Podemos obligarnos a hacer ciertas cosas, pero no podemos obligarnos a desearlas. Podemos cumplir con deberes externos, pero no podemos fabricar amor interno. Solo Dios puede hacer eso. Solo el Espíritu Santo puede derretir un corazón de piedra y darle un corazón de carne (Ezequiel 36:26).
2. «Inclina» — La acción soberana de Dios
La segunda palabra clave es «inclina». En hebreo, el verbo es natáh (נָטָה), que significa "extender", "inclinar", "desviar", "voltear". Es el mismo verbo que se usa para describir a Dios extendiendo su mano sobre Egipto (Éxodo 7:19), o a un pastor inclinando su cayado para guiar a la oveja. Es un verbo de dirección y control.
La imagen es poderosa. Imaginemos un corazón como una balanza. Por naturaleza, la balanza está inclinada hacia un lado: hacia el ego, hacia el pecado, hacia la avaricia. El salmista le pide a Dios que ponga su mano sobre esa balanza y la incline en la dirección opuesta. No le pide que la equilibre; le pide que la invierta. No le pide que le dé fuerzas para inclinarla él mismo; le pide que Dios la incline.
Esto nos enseña algo fundamental sobre la obra de la gracia. La santificación no es un proyecto de autosuperación; es una obra de Dios en nosotros. Pablo lo dijo con claridad: «Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad» (Filipenses 2:13). Dios no solo nos da el poder para actuar; Él produce el querer. Él obra en nuestros afectos, en nuestras inclinaciones, en nuestros deseos.
Y sin embargo, hay una tensión que no podemos ignorar. Si Dios es quien inclina el corazón, ¿por qué el salmista ora pidiéndolo? Si es obra de Dios, ¿por qué involucrarse? La respuesta es que la oración es el medio por el cual Dios obra. Dios ha decidido actuar en respuesta a la oración de su pueblo. Ora porque sabes que Dios es el que inclina; ora precisamente porque no puedes hacerlo tú. La oración no es un esfuerzo por manipular a Dios, sino una rendición a su obra.
Agustín de Hipona, en sus Confesiones, describió este proceso con una belleza inigualable. Hablando de su propia conversión, dijo: «Tú me lanzabas flechas de amor, y yo me retorcía. Me llamabas, y yo huía. Pero tu gracia me alcanzó, y me inclinaste hacia Ti. Y entonces, Señor, mi corazón, que tanto tiempo había estado inclinado hacia las cosas de abajo, se inclinó hacia las cosas de arriba. Y encontré en Ti lo que tanto había buscado en vano».
Inclinarse no es un movimiento natural. Es un movimiento forzado por la gracia. Es la mano de Dios doblando nuestra voluntad rebelde hasta que se rinde. Es la obra silenciosa del Espíritu Santo, que no violenta nuestra libertad, sino que la libera para querer lo que antes no quería.
3. «A tus testimonios» — La dirección del corazón
La tercera palabra clave es «testimonios». En hebreo, es edut (עֵדוּת), que significa "testimonio", "testimonio escrito", "declaración". Se refiere a la Palabra de Dios como el documento autoritativo que da testimonio de la voluntad de Dios. Es la misma palabra que se usa para las tablas de la ley, los diez mandamientos, guardados en el arca del testimonio.
Pero el salmista no usa un solo término para la Palabra de Dios. En el Salmo 119, usa al menos ocho sinónimos: toráh (ley, instrucción), dabar (palabra), mishpat (juicio, decisión), edut (testimonio), piqqud (precepto, mandato), jóq (estatuto, decreto), mitsváh (mandamiento) e imráh (dicho, promesa). Cada uno de estos términos añade un matiz de significado. Y aquí, el salmista escoge edut: testimonio.
¿Por qué escoge esta palabra? Porque el testimonio es algo que se recibe de otra persona. No es una invención propia, no es una opinión personal, no es una interpretación subjetiva. Es una declaración que viene de afuera, que se recibe, que se cree, que se obedece. El salmista no dice «Inclina mi corazón a mis ideas sobre Dios», sino «a tus testimonios». Es una rendición a la autoridad de la Palabra revelada.
Esto es crucial en nuestra época. Vivimos en una era de espiritualidad personalizada, donde cada uno construye su propia fe a la carta, donde la verdad se define por lo que "me funciona" o "me hace sentir bien". Pero el salmista no construye su fe; la recibe. No inventa sus creencias; las cree. No crea sus propios testimonios; los escucha.
Y aquí está la aplicación más importante de este versículo: el corazón no se inclina hacia lo que no ama. Nadie se inclina hacia algo que desprecia. Nadie ama lo que no conoce. Por eso, el camino para inclinar el corazón hacia los testimonios de Dios pasa por conocer esos testimonios. La lectura, el estudio, la meditación, la memorización de la Palabra de Dios no son disciplinas opcionales para el creyente; son el medio por el cual el corazón aprende a amar lo que Dios dice.
El salmista lo dice en otro versículo: «¡Cuánto amo yo tu ley! Todo el día es ella mi meditación» (Salmo 119:97). Y también: «Me anticipé al alba, y clamé; esperé en tu palabra» (Salmo 119:147). El amor a la Palabra no nace de la nada; nace de la exposición constante a esa Palabra. Cuanto más leemos, más conocemos. Cuanto más conocemos, más amamos. Cuanto más amamos, más nos inclinamos.
Es como el amor humano. No amamos a una persona la primera vez que la vemos; la amamos después de conocerla, de compartir con ella, de descubrir su belleza interior. Lo mismo ocurre con la Palabra de Dios. No la amamos de inmediato; la amamos después de leerla, meditarla, orarla, obedecerla. Y esa familiaridad es la que inclina el corazón.
4. «Y no a la avaricia» — El ídolo rival
La cuarta palabra clave es «avaricia». En hebreo, es betsa (בֶּצַע), que significa "ganancia injusta", "lucro", "codicia", "deseo de lucro deshonesto". Es un término que aparece repetidamente en los profetas como una de las principales acusaciones contra Israel: «Sus príncipes juzgan por cohecho, y sus sacerdotes enseñan por precio» (Miqueas 3:11). «Porque desde el más pequeño hasta el más grande, cada uno sigue la avaricia» (Jeremías 6:13).
El salmista no dice «y no al pecado» o «y no a la maldad», aunque esos serían términos válidos. Dice «y no a la avaricia». Es una elección específica y reveladora. Porque la avaricia no es un pecado cualquiera; es el pecado que rivaliza más directamente con el amor a Dios. Jesús lo dijo: «No podéis servir a Dios y a las riquezas» (Mateo 6:24). Y Pablo lo confirmó: «Porque el amor al dinero es la raíz de todos los males» (1 Timoteo 6:10). Y el escritor de Hebreos añadió: «Sean vuestras costumbres sin avaricia, contentos con lo que tenéis ahora» (Hebreos 13:5).
¿Por qué la avaricia? Porque la avaricia es la idolatría más sutil. No se presenta con ídolos de madera y piedra, sino con cuentas bancarias y metas de productividad. No se adora en templos paganos, sino en oficinas, mercados y centros comerciales. No se confiesa con fórmulas religiosas, sino con frases como "yo me lo gané", "es mi dinero", "yo decido en qué lo gasto".
La avaricia es el ídolo que compite directamente con la confianza en Dios. El avaro confía en sus riquezas, no en su Creador. El avaro asegura su futuro con ahorros, no con la providencia divina. El avaro busca la seguridad en lo que puede acumular, no en el Dios que promete proveer. Es la inversión exacta de la fe. La fe dice "Dios proveerá"; la avaricia dice "yo proveeré por mí mismo". La fe dice "mi tesoro está en el cielo"; la avaricia dice "mi tesoro está en la tierra". La fe dice "Dios es mi porción"; la avaricia dice "mis bienes son mi porción".
Pero aquí está el punto crucial: el corazón no puede estar inclinado en dos direcciones a la vez. No hay término medio. No hay corazón dividido que funcione. Jesús lo dijo: «Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro» (Mateo 6:24). El corazón inclinado hacia Dios es un corazón que se aparta de la avaricia. No hay manera de amar a Dios y amar al dinero al mismo tiempo. Son amores mutuamente excluyentes.
El salmista no ora: «Inclina mi corazón a tus testimonios, y un poquito a la avaricia». No ora: «Inclina mi corazón a tus testimonios el domingo, y a la avaricia el resto de la semana». Ora con una claridad radical: a tus testimonios, y no a la avaricia. Es una oración de exclusividad total. Es el primer mandamiento aplicado al corazón: «No tendrás dioses ajenos delante de mí» (Éxodo 20:3).
Pero esto plantea una pregunta incómoda: ¿realmente podemos ser liberados de la avaricia? ¿Es posible no amar el dinero en un mundo que lo adora? La respuesta es sí, pero solo por la gracia de Dios. Solo un corazón inclinado por Dios puede amar lo que Dios ama y despreciar lo que Dios desprecia. Solo un corazón tocado por el Espíritu puede ver el dinero como un siervo y no como un amo. Solo un corazón transformado puede decir con Pablo: «He aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación» (Filipenses 4:11).
5. La humildad de orar esta oración
Hay algo profundamente humilde en esta oración. El salmista no dice «he inclinado mi corazón»; dice «inclina mi corazón». No dice «voy a inclinar mi corazón»; dice «Señor, inclínalo». No dice «ya lo tengo inclinado, solo ayúdame a mantenerlo»; dice «inclínalo». Es una confesión de impotencia total.
Y aquí está el punto más importante de todo este devocional: el salmista ora esta oración porque sabe que no puede cambiar su propio corazón. No confía en su fuerza de voluntad. No confía en su disciplina. No confía en su conocimiento. Confía solo en la gracia de Dios. Su esperanza no está en su capacidad de amar la Palabra, sino en la capacidad de Dios de hacer que la ame.
Esto es radicalmente liberador. Porque muchos creyentes viven frustrados por su incapacidad de amar la Palabra de Dios. Leen la Biblia por deber, no por deleite. Cumplen con la lectura diaria porque "deben hacerlo", no porque la disfruten. Se sienten culpables por no tener el amor ardiente del salmista, y tratan de forzarlo con más disciplina, más esfuerzo, más compromiso. Pero el resultado es el mismo: un corazón frío, un deber cumplido, una relación sin pasión.
El salmista nos muestra otro camino. Nos muestra que el amor a la Palabra no se produce por esfuerzo propio, sino por obra de Dios. Y que la manera de obtenerlo es pidiéndolo. No luchando más fuerte, no esforzándose más, no disciplinándose más; orando. Pidiéndole a Dios que haga lo que solo Él puede hacer: inclinar el corazón.
Esto cambia todo. Cambia la lectura bíblica de un deber a una petición. Cambia el estudio de la Palabra de una obligación a una súplica. Cambia la vida cristiana de un proyecto de autosuperación a una dependencia diaria de la gracia. Ya no se trata de lo que yo puedo hacer por Dios, sino de lo que Dios puede hacer en mí.
Es la misma lección que Pablo aprendió cuando Dios le dijo: «Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad» (2 Corintios 12:9). Es la misma verdad que Jesús enseñó: «Separados de mí nada podéis hacer» (Juan 15:5). Es el mismo principio que el salmista ora: Señor, no puedo inclinar mi corazón; inclínalo Tú.
6. Cómo orar esta oración cada día
Este versículo no es solo para ser leído; es para ser orado. Cada día, cada mañana, cada noche, podemos hacer nuestra esta oración. ¿Cómo hacerlo de manera práctica?
Primero, reconociendo tu propia inclinación natural. Antes de orar, examina tu corazón. ¿Hacia dónde se inclina naturalmente? ¿Hacia el dinero? ¿Hacia el placer? ¿Hacia la comodidad? ¿Hacia el reconocimiento? ¿Hacia el control? Nombra tu ídolo. Confiesa tu tendencia. Sin honestidad, la oración es vacía.
Segundo, orando con palabras concretas. No ores en general: «Señor, inclina mi corazón a Ti». Ora específicamente: «Señor, inclina mi corazón a tu Palabra cuando me levanto, cuando trabajo, cuando descanso, cuando enfrento tentaciones, cuando estoy solo, cuando estoy con otros. Inclínalo cuando leo, cuando oro, cuando adoro. Inclínalo y no a la avaricia, a la lujuria, al orgullo, al enojo, a la pereza».
Tercero, orando con perseverancia. Esta no es una oración de una sola vez. Es una oración para toda la vida. El corazón es como una balanza que tiende constantemente a inclinarse hacia el mal. Cada día necesitamos volver a pedir que Dios lo incline. La vida cristiana no es un acto heroico, sino una dependencia diaria.
Cuarto, orando con fe. No ores con duda. No ores pensando «esto no va a funcionar». Ora creyendo que Dios quiere inclinar tu corazón, que Dios puede inclinar tu corazón, que Dios hará lo que le pides. «Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye» (1 Juan 5:14). Y esta oración es conforme a su voluntad. Dios quiere que ames su Palabra. Dios quiere que dejes la avaricia. Puedes orar con confianza.
Quinto, orando con acción. La oración no reemplaza la obediencia; la acompaña. Ora pidiendo que Dios incline tu corazón, y luego abre la Biblia. Lee. Medita. Memoriza. Obedece. La oración y la acción trabajan juntas. Dios inclina el corazón a través de la lectura constante de su Palabra. Si no lees, ¿cómo esperas que Dios te dé amor por lo que no conoces?
Sexto, orando con gratitud. Agradece a Dios por cada paso que das. Agradece cuando sientes deseos de leer la Biblia. Agradece cuando una verdad te conmueve. Agradece cuando resistes la tentación de la avaricia. Cada victoria es un regalo de la gracia.
7. El modelo supremo: Cristo
Este versículo también nos lleva a Cristo. Porque Cristo es el único que perfectamente tuvo su corazón inclinado a los testimonios de Dios y no a la avaricia. Él dijo: «Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra» (Juan 4:34). Él dijo: «Yo hago siempre lo que le agrada» (Juan 8:29). Él dijo: «No sea como yo quiero, sino como tú» (Mateo 26:39). Su corazón estuvo siempre, perfectamente, constantemente inclinado hacia la voluntad del Padre.
Y sin embargo, Cristo se hizo pobre para enriquecernos. «Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos» (2 Corintios 8:9). El que tenía todo lo renunció todo. El que era dueño de los cielos se hizo siervo de los hombres. El que no tenía donde recostar la cabeza enriqueció al mundo. En Cristo, la avaricia fue completamente vencida, porque Él no retuvo nada, no acumuló nada, no buscó nada para sí mismo. Y por su victoria, nosotros podemos vencer también.
Cuando oramos «inclina mi corazón a tus testimonios, y no a la avaricia», estamos orando para ser como Cristo. Estamos orando para tener su mente, su corazón, su actitud. Estamos orando para ser transformados a su imagen de gloria en gloria. Y esa oración, Dios la responde, porque es su propósito eterno para nosotros: «Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo» (Romanos 8:29).
Conclusión: Una oración que transforma la vida
El Salmo 119:36 es una oración pequeña, pero es una oración que cambia todo. Es la oración que reconoce nuestra impotencia y la gracia de Dios. Es la oración que pone el corazón en el centro y a Dios en el trono. Es la oración que declara la guerra a la avaricia y la paz a la Palabra. Es la oración que, orada con sinceridad, transforma cada área de nuestra vida.
Orar así es reconocer que no podemos amar a Dios por nosotros mismos. Orar así es confesar que nuestro corazón se inclina naturalmente hacia lo que perece. Orar así es entregar el control a Aquel que puede hacer lo que nosotros no podemos. Orar así es el primer paso de toda transformación real.
Que esta oración sea tu oración hoy. Que la repitas cada mañana. Que la escribas en la pared de tu cuarto, en el fondo de tu corazón, en la pantalla de tu teléfono. Que sea el latido de tu alma, la respiración de tu fe, el cimiento de tu vida. «Inclina mi corazón a tus testimonios, y no a la avaricia.»
Y cuando la ores, recuerda: no estás pidiendo algo que Dios no quiera darte. Estás pidiendo algo que Dios está deseando hacer en ti. Estás pidiendo algo que el Espíritu Santo ya está obrando. Estás pidiendo algo que Cristo ya ganó en la cruz. Estás pidiendo algo que el Padre está esperando concederte.
Así que ora. Ora con valentía. Ora con fe. Ora con perseverancia. Y verás cómo, poco a poco, el Dios que inclina los corazones inclinará el tuyo. Y descubrirás que lo que antes te parecía un deber, ahora es un deleite. Y lo que antes te parecía una carga, ahora es un gozo. Y lo que antes te parecía una obligación, ahora es un amor.
Porque mayor que tu inclinación al mal es la gracia de Dios para inclinarte al bien. Mayor que tu avaricia es su generosidad. Mayor que tu frialdad es su fuego. Mayor que tu corazón es su Espíritu. Y Él, que comenzó la buena obra en ti, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo (Filipenses 1:6).
Oración final
Padre celestial, Señor de la Palabra y del corazón, venimos ante Ti con honestidad. Tú conoces nuestras inclinaciones más profundas. Sabes hacia dónde tiende nuestro corazón cuando no lo estamos vigilando. Sabes cuántas veces hemos leído Tu Palabra por deber y no por amor. Sabes cuántas veces hemos preferido lo pasajero a lo eterno, lo tangible a lo invisible, lo nuestro a lo Tuyo. Sabes cuántas veces nos hemos inclinado hacia la avaricia, hacia el control, hacia la seguridad que da el dinero, hacia todo lo que no eres Tú.
Perdónanos, Señor. Perdónanos por nuestros corazones fríos. Perdónanos por nuestros amores mal dirigidos. Perdónanos por haber confiado en lo que perece y no en Ti, que eres eterno. Perdónanos por haber servido al dinero cuando Tú nos llamaste a servirte solo a Ti. Perdónanos por haber amado lo que tiene alas y no al que nos dio alas para volar hacia Él.
Y ahora, Señor, te pedimos lo que solo Tú puedes hacer. Inclina nuestro corazón a Tus testimonios. No a nuestras ideas sobre Ti, sino a Tus testimonios revelados. No a lo que queremos que digas, sino a lo que has dicho. No a interpretaciones cómodas, sino a la verdad que transforma. Inclina nuestro corazón a Tu Palabra escrita, a Tu Palabra encarnada, a Tu Palabra viva. Que la amemos con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, con toda nuestra mente, con todas nuestras fuerzas.
Y no a la avaricia. No al deseo de acumular. No a la ansiedad por el mañana. No a la confianza en las cuentas bancarias. No a la búsqueda del reconocimiento. No a la sed de tener más. No a los ídolos que se disfrazan de necesidades. No a lo que nos aleja de Ti. Líbranos, Señor, de servir a dos señores. Líbranos de la hipocresía de amar a Dios con los labios mientras nuestro corazón está en otra parte. Líbranos de la esclavitud de la avaricia y danos la libertad de los hijos.
Te pedimos por nuestro estudio de la Biblia. Que no sea una tarea, sino un deleite. Que no sea un deber, sino un deseo. Que no sea una rutina, sino una relación. Que cada vez que abramos Tu Palabra, sintamos que estamos abriendo un tesoro. Que cada vez que leamos Tus mandamientos, sintamos que estamos leyendo cartas de amor. Que cada vez que meditemos en Tus promesas, sintamos que estamos siendo sostenidos por la mano de Dios.
Te pedimos por nuestros afectos. Que amemos lo que Tú amas. Que odiemos lo que Tú odias. Que nos gocemos en lo que Tú te gozas. Que nos entristezcamos por lo que Tú te entristeces. Que nuestros corazones latan al ritmo de Tu corazón. Que nuestros deseos sean moldeados por Tus deseos. Que nuestras inclinaciones sean transformadas por Tu Espíritu.
Te pedimos por nuestra generosidad. Que seamos libres de la avaricia, libres para dar, libres para compartir, libres para soltar. Que no nos aferremos a nada, porque Tú eres nuestro todo. Que seamos como Cristo, que siendo rico se hizo pobre para enriquecernos. Que seamos canales de Tu bendición, no depósitos de Tu bendición.
Te pedimos por nuestra familia, por nuestros hijos, por nuestros hermanos en la fe. Que ellos también oren esta oración. Que ellos también experimenten la obra de Tu gracia en sus corazones. Que ellos también sean inclinados hacia Tus testimonios. Que ellos también sean libres de la avaricia. Que juntos caminemos en la libertad de los hijos de Dios.
Señor, sabemos que no podemos cambiar nuestros corazones. Sabemos que nuestros esfuerzos son inútiles sin Tu gracia. Sabemos que necesitamos Tu Espíritu obrando en lo más profundo de nuestro ser. Por eso oramos con confianza, porque Tú eres el Dios que responde. Tú eres el Dios que inclina. Tú eres el Dios que transforma. Tú eres el Dios que, cuando le pedimos lo que está conforme a Tu voluntad, nos escucha y nos concede.
Hazlo, Señor. Inclina nuestro corazón. Hazlo hoy. Hazlo mañana. Hazlo cada día de nuestra vida. Y cuando lleguemos al final de nuestro camino, que podamos decir con el salmista: «Tu palabra es lámpara a mis pies, y lumbre a mi camino» (Salmo 119:105). Y que nuestro corazón, inclinado por Ti, se haya mantenido inclinado hasta el final.
En el nombre de Jesucristo, nuestro Señor y Salvador, quien es el Verbo hecho carne, la Palabra eterna, el Testimonio fiel y verdadero.
Amén.
«Inclina mi corazón a tus testimonios, y no a la avaricia.»
Que esta oración te acompañe hoy. Que la ores en la mañana, en la tarde y en la noche. Que sea el latido secreto de tu alma. Y que Dios, que es fiel, incline tu corazón hacia Él, y lo mantenga inclinado hasta el día en que lo veas cara a cara.