Salmo 116:1-2 (RVR60)
"Amo a Jehová, pues ha oído mi voz y mis súplicas; porque ha inclinado a mí su oído; por tanto, le invocaré en todos mis días."
Introducción: El Dios que se inclina
En la inmensidad de la creación, en el estruendo de las tormentas y en el silencio de los vastos desiertos, podríamos imaginar a un Dios lejano, sentado en un trono de gloria tan alto que nuestras voces, por más que griten, nunca podrían alcanzarlo. Sin embargo, el salmista nos revela una verdad que estremece el alma: nuestro Dios no es un monarca distante y sordo. Es un Padre que se inclina.
El Salmo 116 es un cántico de liberación. Aunque no sabemos con exactitud cuál era la aflicción específica del salmista (algunos estudiosos sugieren una enfermedad grave, otros una traición o un peligro de muerte), sabemos que "los ligamentos de la muerte" lo rodearon y que la angustia se apoderó de su corazón. Y es en ese contexto de dolor extremo donde encontramos una de las declaraciones de amor más puras de toda la Escritura.
I. "Amo a Jehová": Un Amor que Responde
El salmo comienza con una declaración radical: "Amo a Jehová". Es importante notar que este amor no es un sentimiento abstracto nacido de la comodidad, sino una respuesta concreta a una acción divina previa. El salmista no dice: "Amo a Jehová porque me ha dado prosperidad" o "porque mi vida es fácil". Dice: "Amo a Jehová, pues ha oído mi voz y mis súplicas".
Este es el fundamento de una relación genuina con Dios: el amor que nace de la gratitud. En medio del valle de sombra, cuando la voz del salmista era probablemente un gemido ahogado por las lágrimas, o un grito desgarrado por el miedo, Dios escuchó. No hubo un "espera tu turno" ni un "esto no es lo suficientemente importante". Hubo una respuesta inmediata de parte del Cielo. ¿Has experimentado tú ese amor? Ese momento en el que, en tu desesperación, supiste que no estabas solo porque alguien al otro lado de la línea divina había tomado tu llamado?
II. "Porque ha inclinado a mí su oído": La Postura de la Gracia
Esta es, quizás, la imagen más hermosa del salmo. La palabra hebrea aquí implica un movimiento deliberado y personal. Dios no se quedó en su trono, con el oído atento pero distante. El texto nos dice que inclinó su oído.
Imaginemos a un padre o una madre escuchando a su hijo pequeño. El niño tartamudea, no encuentra las palabras, su voz es débil. El padre, para entenderlo, no se queda erguido, mirando desde arriba. Se agacha, se arrodilla, inclina su rostro hasta quedar a la altura del niño. Esa es la imagen de nuestro Dios.
El Dios altísimo, cuyo trono está en los cielos, se inclina hacia ti. Cuando oras, no estás lanzando una botella con un mensaje al mar cósmico con la esperanza de que alguien la recoja. Estás hablando al oído de un Dios que baja su cabeza para escuchar cada sílaba de tu ruego. Esto es un acto de humildad divina y de amor inmerecido. Es la esencia del evangelio: el Rey se rebaja para rescatar al súbdito. El Buen Pastor deja las noventa y nueve ovejas para buscar a la única perdida.
III. "Por tanto, le invocaré en todos mis días": La Confianza Forjada en la Prueba
La consecuencia lógica de haber experimentado la fidelidad de Dios es una vida de oración persistente y confiada. El salmista no dice: "Le invocaré solo cuando vuelva a estar en problemas". Tampoco dice: "Le invocaré los domingos por la mañana". Dice: "en todos mis días".
Esta es la madurez espiritual. Cuando hemos visto que Dios responde en el valle, aprendemos a confiar en la cumbre. Cuando hemos sentido su oído inclinado en la oscuridad, sabemos que su rostro no se ha apartado en la luz. La oración deja de ser un último recurso desesperado y se convierte en el primer reflejo de nuestra alma. Se transforma en un diálogo continuo, en una respiración constante del espíritu.
La experiencia pasada de la fidelidad de Dios es el ancla que sostiene nuestra fe en las tormentas futuras. Recordar cómo Dios "inclinó su oído" ayer, nos da la valentía para levantar nuestra voz hoy.
Conclusión: El Eco de un Oído Atento
Hoy, tal vez te sientas pequeño, insignificante o abrumado. Tal vez pienses que tu problema es demasiado mundano para merecer la atención divina, o que tu pecado te ha hecho invisible a sus ojos. Permíteme recordarte las palabras de este salmo: Dios se inclina.
Él no escucha desde la altura con desdén; escucha desde la cercanía con amor. Así como inclinó su oído al salmista, lo inclina hacia ti en este mismo momento. No importa si tu voz es un susurro o un llanto, Él está prestando atención. Y porque sabemos que Él nos escucha, porque hemos experimentado su gracia al atender nuestras súplicas, nuestra vida entera puede convertirse en una constante invocación.
Que tu amor por Él crezca hoy, no por lo que puedas obtener de su mano, sino por el asombroso privilegio de saber que el Dios del universo inclina su oído para escuchar tu corazón.
Oración
Padre amado, que estás en los cielos,
Hoy vengo a ti con el corazón lleno de gratitud, porque tu Palabra me recuerda que no soy un extraño para ti. Gracias, Señor, porque no te quedas en las alturas de tu gloria inalcanzable, sino que, en tu inmensa misericordia, inclinas tu oído hacia mí.
Perdona las veces que he dudado de tu amor, pensando que mi voz se perdía en el vacío. Perdona las veces que he orado como un último recurso, olvidando que eres mi primer y más fiel amigo.
Hoy quiero amarte, no solo con palabras, sino con la confianza de quien sabe que es escuchado. Ayúdame a invocarte en todos mis días: en la alegría y en la tristeza, en la calma y en la tormenta. Que mi vida sea una oración continua, un diálogo ininterrumpido contigo.
Gracias porque cuando clamo a ti, tú me respondes. Gracias porque cuando mi voz es débil, tú te inclinas para escucharla.
En el nombre de Jesús, quien intercede por mí a tu diestra, Amén.