Proverbios 4:24 (RVR60)
“Aparta de ti la perversidad de la boca, Y aleja de ti la iniquidad de los labios.”
Introducción: Una Orden que No Podemos Ignorar
Vivimos en una época en la que las palabras se han multiplicado como nunca antes. Redes sociales, mensajes instantáneos, correos electrónicos, comentarios, transmisiones en vivo, podcasts, conversaciones interminables. Nunca antes en la historia de la humanidad el ser humano había hablado tanto. Y, sin embargo, nunca antes había sido tan fácil hablar sin pensar, herir sin ver el rostro del otro, mentir sin consecuencias aparentes, murmurar sin ser descubierto.
En medio de este ruido ensordecedor, la Palabra de Dios se levanta con una claridad que corta como espada: “Aparta de ti la perversidad de la boca, y aleja de ti la iniquidad de los labios.” No es una sugerencia. No es un consejo opcional para personas especialmente piadosas. Es un mandato divino, una orden directa del Padre celestial a todos sus hijos.
El libro de Proverbios es, en gran medida, un manual de sabiduría práctica. Un padre sabio instruye a su hijo en el camino de la vida, contrastando constantemente el camino de los justos con el camino de los impíos. En el capítulo 4, el padre hace un llamado apasionado: “Hijo mío, está atento a mis palabras; inclina tu oído a mis razones” (v. 20). Le dice que esas palabras son vida para quienes las hallan (v. 22). Le ordena: “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida” (v. 23). Y luego, inmediatamente después, le dice: “Aparta de ti la perversidad de la boca, y aleja de ti la iniquidad de los labios” (v. 24).
La secuencia no es accidental. El corazón y la boca están íntimamente conectados. Lo que guardamos en el corazón determina lo que sale por nuestros labios. Pero también es cierto lo inverso: lo que permitimos que salga por nuestros labios revela lo que realmente hay en nuestro corazón. No podemos decir que amamos a Dios si nuestra lengua está llena de veneno. No podemos afirmar que caminamos en sabiduría si nuestras palabras siembran muerte.
Este devocional es una invitación a examinar nuestra vida a la luz de este versículo. Es un llamado a la cirugía espiritual: apartar, alejar, extirpar todo lo que deshonra a Dios en nuestra manera de hablar. No es una tarea fácil, pero es un mandato ineludible. Y, por la gracia de Dios, es posible.
I. El Contexto: Un Padre que Enseña Sabiduría
Para comprender plenamente Proverbios 4:24, debemos situarlo en su contexto literario y espiritual. El capítulo 4 pertenece a la sección de Proverbios que contiene las instrucciones de un padre a su hijo. Este padre no es un cualquiera; es un hombre que ha aprendido la sabiduría de Dios y desea transmitirla a la siguiente generación. Su enseñanza no es fría ni académica; es apasionada, urgente, llena de amor y preocupación.
A lo largo del capítulo, el padre presenta dos caminos: el camino de la sabiduría y el camino de la maldad. El camino de los impíos es descrito como oscuro, violento y destructivo. El camino de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto (v. 18). El padre no quiere que su hijo tome el camino equivocado. Por eso le da instrucciones específicas y prácticas.
En los versículos 23 al 27, encontramos una serie de mandatos que podríamos llamar “la disciplina del cuerpo consagrado”:
v. 23: Guarda tu corazón.
v. 24: Aparta la perversidad de la boca y la iniquidad de los labios.
v. 25: Tus ojos miren lo recto.
v. 26: Examina la senda de tus pies.
v. 27: No te desvíes a la derecha ni a la izquierda; aparta tu pie del mal.
Observa la progresión: corazón, boca, ojos, pies. La vida espiritual comienza en el interior, pero se manifiesta en el exterior. El corazón es la fuente; la boca, los ojos y los pies son los canales. Si el corazón está corrupto, la boca hablará perversidades, los ojos mirarán lo torcido y los pies caminarán hacia el mal. Pero si el corazón está guardado, la boca hablará verdad, los ojos mirarán lo recto y los pies seguirán el camino de la justicia.
El versículo 24 se encuentra justo después de la orden de guardar el corazón. Esto nos enseña que la lengua es el primer termómetro del corazón. Si queremos saber qué hay dentro de una persona, escuchemos cómo habla. Jesús lo dijo con claridad: “De la abundancia del corazón habla la boca” (Mateo 12:34). Y Santiago añade: “De una misma boca proceden bendición y maldición. Hermanos míos, esto no debe ser así” (Santiago 3:10).
El padre sabio sabe que no basta con tener buenos pensamientos; hay que gobernar la lengua. No basta con tener un corazón sincero; hay que expresarlo con labios santos. La santidad no es solo interior; también es verbal. Y es aquí donde muchos creyentes fallan. Somos cuidadosos con nuestras acciones, pero descuidados con nuestras palabras. Proverbios 4:24 nos llama a la coherencia.
II. El Significado de las Palabras: Perversidad e Iniquidad
Para entender la profundidad de este versículo, es necesario examinar los términos originales que se traducen como “perversidad” e “iniquidad”.
La palabra hebrea que se traduce como “perversidad” es ikkeshut, que proviene de una raíz que significa “torcido”, “perverso”, “desviado”. Se usa para describir algo que no es recto, que se ha torcido, que se ha salido del camino. En el contexto del habla, se refiere a un lenguaje que no es transparente, que tiene doble sentido, que busca engañar o manipular. Es el habla tortuosa del que no dice lo que piensa ni piensa lo que dice. Es la lengua que se desvía de la verdad y se complace en el engaño.
La palabra traducida como “iniquidad” es aven, que significa maldad, injusticia, transgresión. Es un término más amplio que abarca toda clase de pecado. Aplicado a los labios, se refiere a palabras que violan la ley de Dios, que ofenden su santidad, que dañan al prójimo. Incluye mentiras, calumnias, blasfemias, insultos, chismes, palabras obscenas, jactancias, murmuración y toda forma de lenguaje corrupto.
Los verbos son igualmente importantes: “aparta” y “aleja”. En hebreo, el primer verbo (sur) significa “apartarse”, “retirarse”, “desviarse de”. El segundo (rachaq) significa “alejar”, “distanciar”, “poner lejos”. Ambos implican una acción decisiva y continua. No se trata de una simple recomendación de “cuidar un poco nuestras palabras”. Se trata de una remoción radical. Es como si el padre dijera: “Toma esa lengua torcida y arrójala lejos de ti. No la dejes cerca. No la consientas. No convivas con ella. Destiérrala de tu vida.”
El uso de dos frases paralelas —“perversidad de la boca” e “iniquidad de los labios”— es una forma de énfasis. El escritor quiere que entendamos que Dios no tolera el pecado de la lengua. No es un pecado menor. No es una falta sin importancia. Es una abominación ante sus ojos. Proverbios 6:16-19 enumera siete cosas que Dios aborrece, y entre ellas están “la lengua mentirosa” y “el que siembra discordia entre hermanos”. La lengua está en la lista de las cosas que Dios detesta.
III. Por Qué Dios se Interesa por Nuestras Palabras
Algunos podrían pensar que Dios tiene cosas más importantes de las que preocuparse que nuestras palabras. “Al fin y al cabo, son solo palabras”, dicen. “No hieren físicamente. No roban. No matan.” Pero la Biblia nos muestra que las palabras son mucho más poderosas de lo que creemos. Dios se interesa por nuestras palabras por varias razones fundamentales.
1. Las palabras revelan el corazón
Jesús dijo: “De la abundancia del corazón habla la boca. El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca buenas cosas; y el hombre malo, del mal tesoro saca malas cosas” (Mateo 12:34-35). Nuestras palabras no son accidentes; son revelaciones. Revelan lo que realmente somos. Si nuestra boca está llena de perversidad, es porque nuestro corazón está lleno de perversidad. No podemos separar lo que decimos de lo que somos.
2. Las palabras tienen poder
Proverbios 18:21 declara: “La muerte y la vida están en poder de la lengua, y el que la ama comerá de sus frutos.” Nuestras palabras pueden dar vida o pueden matar. Pueden sanar o pueden herir. Pueden construir o pueden destruir. Una palabra de aliento puede levantar a alguien del abismo; una palabra de crítica puede hundirlo en la desesperación. Santiago compara la lengua con el timón de un barco: pequeña, pero capaz de dirigir toda la nave (Santiago 3:4-5). También la compara con un fuego: pequeña chispa, pero capaz de incendiar un bosque entero (v. 5-6).
3. Las palabras afectan nuestra relación con Dios
El salmista pregunta: “Jehová, ¿quién habitará en tu tabernáculo? ¿Quién morará en tu monte santo?” Y entre las respuestas está: “El que anda en integridad y hace justicia, y habla verdad en su corazón. El que no calumnia con su lengua, ni hace mal a su prójimo, ni admite reproche alguno contra su vecino” (Salmo 15:1-3). La comunión con Dios está condicionada, en parte, por la manera en que usamos nuestra lengua. No podemos tener intimidad con Dios si nuestra boca está llena de maldad.
4. Las palabras serán juzgadas
Jesús advirtió: “Mas yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio. Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado” (Mateo 12:36-37). Esto debería hacernos temblar. Cada palabra que pronunciamos está registrada en los libros del cielo. No hay palabra “al aire” que no tenga importancia eterna. Nuestras palabras son evidencia en el tribunal de Dios.
5. Las palabras edifican o destruyen la iglesia
Pablo exhorta: “Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes” (Efesios 4:29). La iglesia de Cristo se edifica o se destruye, en gran medida, por las palabras de sus miembros. El chisme, la murmuración, la crítica destructiva, la calumnia: estos pecados han dividido iglesias, han arruinado ministerios, han alejado a creyentes. La lengua es un arma de destrucción masiva en el cuerpo de Cristo.
IV. Manifestaciones de la Perversidad de la Boca
¿Cómo se manifiesta la perversidad de la boca? La Biblia nos da un catálogo extenso de pecados de la lengua. Examinemos algunos de los más comunes.
1. La mentira
Proverbios 12:22 dice: “Los labios mentirosos son abominación a Jehová; pero los que hacen verdad son su contentamiento.” La mentira es una de las manifestaciones más claras de la perversidad. Incluye no solo las mentiras descaradas, sino también las medias verdades, las exageraciones, las omisiones intencionadas, las promesas que no pensamos cumplir.
2. El chisme y la calumnia
Proverbios 11:13 declara: “El que anda en chismes descubre el secreto; mas el de espíritu fiel lo guarda todo.” El chisme es hablar de otros de manera innecesaria, revelando información que no nos corresponde compartir, muchas veces con el propósito de dañar su reputación. La calumnia es aún peor: es difundir información falsa para destruir a alguien.
3. La maledicencia
La maledicencia es hablar mal de otros, criticarlos constantemente, menospreciarlos. Efesios 4:31 dice: “Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia.” La maledicencia es un veneno que corroe las relaciones y entristece al Espíritu Santo.
4. Las palabras obscenas y groseras
Colosenses 3:8 ordena: “Pero ahora dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras deshonestas de vuestra boca.” El lenguaje vulgar, las bromas obscenas, las palabras soeces no deben tener lugar en la boca de un hijo de Dios. Nuestra lengua debe ser instrumento de pureza, no de corrupción.
5. La murmuración y la queja
Filipenses 2:14 dice: “Haced todo sin murmuraciones y contiendas.” La murmuración es una forma de perversidad que a menudo pasamos por alto. Nos quejamos de todo: del clima, del gobierno, de la iglesia, de nuestros cónyuges, de nuestros hijos, de nuestro trabajo. Pero la queja constante es una expresión de incredulidad y descontento con la providencia de Dios.
6. La jactancia y la soberbia
Santiago 4:16 advierte: “Pero ahora os jactáis en vuestras soberbias. Toda jactancia semejante es mala.” La jactancia es hablar de nosotros mismos de manera exagerada, buscando la admiración de los demás. Es una forma de idolatría verbal, porque pone el yo en el lugar que solo Dios merece.
7. La lisonja y la manipulación
Proverbios 29:5 dice: “El hombre que lisonjea a su prójimo, red tiende delante de sus pasos.” La lisonja es hablar bien de alguien con el propósito de manipularlo, de obtener algún beneficio. Es una forma de perversidad porque usa la palabra como instrumento de engaño.
8. Las contiendas y las palabras hirientes
Proverbios 15:1 dice: “La blanda respuesta quita la ira; mas la palabra áspera hace subir el furor.” Las palabras hirientes, los insultos, los sarcasmos crueles, las burlas: todo esto es perversidad de la boca. Y Santiago 3:6 nos advierte que la lengua es “un fuego, un mundo de maldad”.
V. La Raíz del Problema: El Corazón
Si queremos apartar la perversidad de nuestra boca, debemos comenzar por el corazón. Jesús dijo: “Lo que sale del hombre, eso contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez” (Marcos 7:20-22). La lengua no es más que el canal por donde sale lo que ya está en el corazón.
Jeremías 17:9 nos dice: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” Nuestro corazón, sin la gracia de Dios, es una fábrica de perversidad. De él brotan toda clase de malos pensamientos, y esos pensamientos se convierten en palabras. Por eso Proverbios 4:23 nos ordena guardar el corazón “sobre toda cosa guardada”.
Guardar el corazón significa vigilar lo que entra en él. Significa tener cuidado con lo que leemos, vemos, escuchamos, meditamos. Si llenamos nuestra mente de violencia, chismes, murmuraciones, vulgaridad, eso es lo que saldrá por nuestra boca. Pero si llenamos nuestra mente de la Palabra de Dios, de himnos, de oración, de cosas nobles y puras, nuestras palabras reflejarán esa realidad.
El apóstol Pablo lo expresó así: “Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad” (Filipenses 4:8). Lo que pensamos determina lo que hablamos. Si queremos labios santos, necesitamos mentes renovadas.
VI. Cómo Apartar la Perversidad y Alejar la Iniquidad
Proverbios 4:24 no solo nos dice qué evitar; también implica qué hacer. “Aparta” y “aleja” son verbos de acción. No basta con lamentar nuestras palabras; debemos tomar medidas concretas para cambiar. ¿Cómo podemos hacerlo?
1. Reconocer y confesar el pecado
El primer paso es admitir que tenemos un problema. Isaías, al ver la gloria de Dios, exclamó: “¡Ay de mí, que soy muerto! Porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos” (Isaías 6:5). Necesitamos reconocer que nuestros labios han pecado y confesarlo a Dios. 1 Juan 1:9 nos asegura que si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos.
2. Guardar el corazón
Como ya hemos visto, la boca habla de lo que abunda en el corazón. Si queremos cambiar nuestras palabras, debemos cambiar lo que alimentamos en nuestro interior. Lee la Biblia diariamente. Memoriza versículos. Pasa tiempo en oración. Rodéate de música que honre a Dios. Busca conversaciones que edifiquen. Huye de la pornografía, la violencia, el chisme y la murmuración.
3. Orar antes de hablar
El salmista oró: “Pon guarda a mi boca, oh Jehová; guarda la puerta de mis labios” (Salmo 141:3). Esta debería ser nuestra oración cada mañana. Antes de comenzar el día, pide a Dios que guarde tu lengua. Antes de responder a una provocación, respira y ora. Antes de opinar sobre alguien, pregúntate si lo que vas a decir es verdadero, necesario y edificante.
4. Ser pronto para oír, tardo para hablar
Santiago 1:19 nos da una regla práctica: “Todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse.” La mayoría de nuestros pecados de lengua provienen de hablar demasiado rápido, sin pensar. Si aprendemos a escuchar más y hablar menos, evitaremos muchas palabras perversas.
5. Hablar con gracia, sazonado con sal
Colosenses 4:6 dice: “Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno.” Nuestras palabras deben ser amables, pero también verdaderas. Deben ser sabrosas, pero también sanas. No se trata de ser cobardes y callar la verdad, sino de decirla con amor (Efesios 4:15).
6. Edificar, no destruir
Efesios 4:29 nos da el estándar: “Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes.” Antes de hablar, pregúntate: ¿Esto edifica? ¿Esto da gracia? ¿Esto ayuda? Si la respuesta es no, es mejor callar.
7. Evitar el chisme y las conversaciones corruptas
Proverbios 20:19 dice: “El que anda en chismes descubre el secreto; no te entremetas, pues, con el suelto de lengua.” Si quieres apartar la perversidad de tu boca, aléjate de las personas que constantemente hablan mal de otros. No participes en sus conversaciones. Cambia de tema. Y si es necesario, retírate.
8. Pedir perdón y reparar el daño
Si has hablado mal de alguien, si has mentido, si has herido con tus palabras, ve y pide perdón. Jesús dijo: “Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda” (Mateo 5:23-24). La reconciliación es parte de la santidad de la lengua.
9. Rendir la lengua al Espíritu Santo
No podemos cambiar nuestra lengua con nuestras propias fuerzas. Necesitamos el poder del Espíritu Santo. Gálatas 5:22-23 nos dice que el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza. Cuando el Espíritu Santo llena nuestra vida, nuestra lengua se vuelve instrumento de bendición, no de maldición. Pide al Espíritu que te llene y te capacite para hablar como Jesús hablaría.
10. Meditar en la Palabra de Dios
Josué 1:8 dice: “Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien.” La Palabra de Dios es el antídoto contra la perversidad. Cuanto más llenemos nuestra mente de ella, menos espacio habrá para palabras corruptas.
VII. El Ejemplo de Cristo: Labios sin Engaño
Si hay alguien cuyos labios fueron perfectos, ese es Jesucristo. El apóstol Pedro, citando a Isaías, dice de Él: “El cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca” (1 Pedro 2:22). Jesús nunca mintió. Nunca exageró. Nunca calumnió. Nunca murmuró. Nunca usó palabras obscenas. Nunca habló por hablar. Sus palabras eran siempre verdad, siempre amor, siempre oportunas.
Cuando fue insultado, no respondió con insultos. Cuando fue calumniado, no amenazó con venganza. “Quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente” (1 Pedro 2:23). Jesús es nuestro modelo perfecto de labios santos.
Pero Jesús no es solo nuestro ejemplo; es también nuestro Salvador. Nosotros hemos fallado innumerables veces con nuestras palabras. Hemos mentido, chismeado, herido, murmurado, blasfemado. Y Jesús llevó esos pecados en la cruz. Él pagó el precio por cada palabra perversa que hemos pronunciado. Su sangre nos limpia de todo pecado, incluyendo los pecados de la lengua. Y ahora, por su gracia, podemos ser transformados.
VIII. La Redención de Nuestros Labios
Isaías 6 nos da una imagen poderosa de lo que Dios puede hacer con labios pecadores. Cuando el profeta vio la gloria de Dios, se sintió perdido: “¡Ay de mí, que soy muerto! Porque siendo hombre inmundo de labios... han visto mis ojos al Rey” (v. 5). Pero entonces, uno de los serafines voló hacia él con un carbón encendido tomado del altar, y tocó su boca, diciendo: “He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado” (v. 7).
Ese carbón encendido del altar apunta a la cruz de Cristo. En la cruz, Jesús llevó el fuego del juicio que nosotros merecíamos. Su sacrificio quita nuestra culpa y limpia nuestro pecado. Y ahora, por medio del Espíritu Santo, nuestros labios pueden ser tocados con ese fuego purificador. Podemos ser limpiados. Podemos ser transformados. Podemos ofrecer nuestros labios como instrumento de justicia (Romanos 6:13).
Dios no solo perdona nuestros pecados de lengua; también nos capacita para hablar de manera que le honre. El mismo Dios que dijo: “Aparta de ti la perversidad de la boca”, también promete: “De tu boca quitaré lo torcido, y hablarás lo recto.” Su gracia es suficiente para transformar nuestra manera de hablar.
IX. Las Bendiciones de Labios Santos
Cuando obedecemos Proverbios 4:24 y apartamos la perversidad de nuestra boca, experimentamos bendiciones extraordinarias.
1. Comunión con Dios
Salmo 15:1-3 nos dice que quien habla verdad en su corazón y no calumnia con su lengua puede habitar en la presencia de Dios. La santidad de labios abre la puerta a una intimidad más profunda con el Señor.
2. Relaciones sanas
Proverbios 15:1 dice: “La blanda respuesta quita la ira.” Cuando hablamos con gracia, nuestras relaciones familiares, laborales y eclesiásticas se fortalecen. Las palabras amables sanan heridas y construyen puentes.
3. Testimonio creíble
Colosenses 4:6 nos dice que nuestra palabra debe ser con gracia, sazonada con sal, para que sepamos cómo responder a cada uno. Un creyente que habla con integridad y amor se convierte en un testimonio vivo del evangelio.
4. Paz interior
Proverbios 13:3 dice: “El que guarda su boca guarda su alma.” Cuando dejamos de hablar perversidades, experimentamos una paz profunda. Ya no tenemos que recordar mentiras ni temer que nuestras palabras nos traicionen.
5. Vida y salud
Proverbios 15:4 dice: “El árbol de vida es la lengua apacible.” Nuestras palabras pueden ser fuente de vida para nosotros y para los demás. Pueden sanar, restaurar, animar, fortalecer.
6. Iglesia edificada
Cuando cada miembro de la iglesia usa su lengua para edificar y no para destruir, el cuerpo de Cristo crece y se fortalece. Efesios 4:29 y Santiago 3:18 nos muestran que la santidad de lengua produce una comunidad de paz.
X. Conclusión: Un Llamado a la Cirugía Espiritual
Proverbios 4:24 nos confronta con una verdad incómoda pero liberadora: Dios se toma en serio nuestras palabras. No podemos decir que le amamos si nuestra lengua está llena de perversidad. No podemos decir que caminamos en sabiduría si nuestras palabras siembran necedad. No podemos decir que somos sus hijos si hablamos como hijos del diablo.
El llamado es claro: “Aparta de ti la perversidad de la boca, y aleja de ti la iniquidad de los labios.” No es una opción. No es un consejo para perfeccionistas. Es un mandato para todos los que han sido comprados por la sangre de Cristo.
Examina tu vida. ¿Hay mentira en tus labios? ¿Hay chisme? ¿Hay murmuraciones? ¿Hay palabras hirientes? ¿Hay vulgaridad? ¿Hay jactancia? ¿Hay lisonja? Aparta todo eso. Aleja todo eso. No lo consientas. No lo justifiques. No lo minimices. Destiérralo de tu vida.
Y si has fallado, no te desesperes. Hay perdón en Cristo. Hay limpieza en su sangre. Hay poder en el Espíritu Santo. Puedes comenzar de nuevo hoy. Puedes pedir a Dios que ponga guarda en tu boca y guarde la puerta de tus labios. Puedes determinar, con la ayuda de Dios, que tu lengua será instrumento de bendición y no de maldición.
Que nuestras palabras sean como las de Jesús: llenas de gracia y verdad. Que nuestra boca sea fuente de vida, no de muerte. Que nuestros labios honren a Dios en todo momento. Y que al final de nuestros días, podamos escuchar de labios de nuestro Salvador: “Bien, buen siervo y fiel”.
Oración
Padre celestial, Dios santo y misericordioso,
Me presento ante Ti con humildad y reconocimiento de mi pecado. Tus Escrituras me confrontan hoy con una verdad que no puedo ignorar: mi lengua ha pecado contra Ti y contra los demás. He hablado perversidades, he mentido, he chismeado, he murmurado, he herido con mis palabras, he usado mi boca para cosas que no te agradan. Perdóname, Señor. Lávame con la sangre de Cristo y purifica mis labios.
Tú has dicho: “Aparta de ti la perversidad de la boca, y aleja de ti la iniquidad de los labios.” Hoy decido obedecerte. Aparto de mí toda palabra torcida, todo engaño, toda calumnia, toda murmuración, toda vulgaridad, toda jactancia. Alejo de mi vida el chisme y la maledicencia. Renuncio a usar mi lengua como instrumento de muerte y la rindo a Ti como instrumento de vida.
Señor, guarda mi corazón, porque de él mana la vida. Llénalo de Tu Palabra, de Tu amor, de Tu verdad. Que lo que abunde en mi interior sea digno de salir por mis labios. Pon guarda en mi boca, oh Jehová; guarda la puerta de mis labios.
Espíritu Santo, haz en mí una obra profunda. Transforma mi manera de hablar. Enséñame a ser pronto para oír y tardo para hablar. Dame sabiduría para responder con gracia, sazonada con sal. Que mis palabras edifiquen, que den gracia a los oyentes, que reflejen el carácter de Cristo.
Padre, te pido que mi lengua sea un árbol de vida. Que mis labios sanen en lugar de herir, que animen en lugar de desanimar, que bendigan en lugar de maldecir. Que mi boca proclame Tu alabanza y no la necedad del mundo. Que cada palabra que pronuncie sea verdadera, necesaria y amorosa.
Gracias por el perdón que hay en Cristo Jesús. Gracias porque su sangre me limpia de todo pecado, incluyendo los pecados de mi lengua. Gracias porque no tengo que quedarme en mi falla, sino que puedo ser transformado por Tu gracia.
Hoy consagro mis labios a Ti. Úsalos para Tu gloria. Que mi hablar sea: sí, sí; no, no. Que mi lengua sea instrumento de justicia. Y que mi vida entera, incluyendo cada palabra que salga de mi boca, te honre y te glorifique.
En el nombre poderoso de Jesús, amén.