LA COMPASIÓN DEL PADRE: NUESTRO MODELO DE VIDA

"Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso."
(Lucas 6:36, RVR60)

En medio del Sermón del Llano, Jesús presenta una verdad revolucionaria que toca el corazón mismo de la identidad cristiana. Este versículo no es una sugerencia, sino un imperativo que brota de la naturaleza misma de Dios. La palabra "misericordioso" (en griego, oiktirmones) implica mucho más que un sentimiento pasivo de lástima; denota una compasión activa, visceral, que se conmueve ante el sufrimiento ajeno y se mueve a aliviarlo. Jesús nos llama a una compasión que no se queda en la emoción, sino que se traduce en acción.

El contexto de este mandato es revelador. Jesús acaba de hablar sobre amar a los enemigos, hacer bien a quienes nos odian, bendecir a quienes nos maldicen, y orar por quienes nos maltratan (Lucas 6:27-28). En un mundo que predicaba "ojo por ojo", Jesús presenta un nuevo estándar: el del amor que trasciende la justicia retributiva y se inclina hacia la gracia restauradora. La misericordia, entonces, no es solo para los que la merecen, sino especialmente para los que, según los criterios humanos, no la merecen.

La clave del mandato está en la frase "como también vuestro Padre es misericordioso". Jesús no nos pide algo que Él mismo no haya modelado. La misericordia de Dios no es una cualidad abstracta; se encarnó en Cristo. Mientras colgaba en la cruz, Jesús oró: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Lucas 23:34). En ese momento de injusticia suprema, Él personificó la misericordia que nos pide. Dios no nos trata según nuestros pecados, sino según Su compasión (Salmo 103:10). Él es paciente, lento para la ira, y rico en misericordia (Salmo 145:8).

Ser misericordioso "como" el Padre implica que nuestra compasión debe ser:

Incondicional: Así como Dios nos amó siendo aún pecadores (Romanos 5:8).

Activa: No solo sintiendo lástima, sino haciendo algo al respecto (como el buen samaritano en Lucas 10).

Costoza: La misericordia genuina siempre implica un costo personal, un "derramarse" por el otro.

Transformadora: Busca no solo aliviar el dolor momentáneo, sino restaurar la dignidad y acercar a la persona a Dios.

En la vida práctica, esto se manifiesta cuando perdonamos a quien nos ha ofendido, cuando extendemos ayuda al que ha fracasado, cuando mostramos gracia en lugar de juicio, cuando nos acercamos al marginado, y cuando respondemos con bondad ante la hostilidad. La misericordia es el sello distintivo del ciudadano del reino de Dios, porque revela al mundo cómo es nuestro Padre.

¿Por qué nos cuesta tanto vivir así? Porque la misericordia requiere que muera nuestro orgullo, que silenciemos nuestro deseo de justicia propia, y que reconozcamos que toda la misericordia que extendemos es, en primer lugar, la que hemos recibido. No podemos dar lo que no hemos experimentado. Cuanto más conscientes seamos de la inmensa misericordia que Dios nos ha mostrado en Cristo, más natural será derramarla sobre los demás.

Hoy, Jesús te invita a examinar tu corazón: ¿Dónde estás reteniendo juicio donde podrías extender misericordia? ¿Hacia qué persona o grupo te cuesta sentir compasión? Recuerda que la medida con la que das, será la medida con la que recibirás (Lucas 6:38). Y la mayor recompensa de vivir misericordiosamente es que nos asemejamos más a nuestro Padre, revelamos Su corazón al mundo, y experimentamos la profunda alegría de ser conductos de Su gracia.

Oración

Padre misericordioso y compasivo,
Te adoramos porque en Ti encontramos la fuente de toda gracia y perdón. Gracias por no tratarnos conforme a nuestras faltas, sino según Tu inmenso amor en Cristo Jesús. Hoy reconocemos que, sin Tu ejemplo y Tu Espíritu, no podemos ser verdaderamente misericordiosos.

Perdónanos cuando hemos sido rápidos para juzgar y lentos para compadecernos. Cuando hemos guardado registros de ofensas en lugar de perdonar como Tú nos perdonaste. Purifica nuestros corazones de toda amargura y autosuficiencia.

Te pedimos que, por Tu Espíritu Santo, nos transformes a la imagen de Tu Hijo. Que nuestra compasión sea activa, valiente y reflejo de la Tuya. Ayúdanos a ver a los demás con Tus ojos: a los heridos, para sanarlos; a los caídos, para restaurarlos; a los enemigos, para amarlos; a los marginados, para acogerlos.

Que nuestra vida sea un testimonio vivo de Tu misericordia, para que muchos lleguen a conocerte como Padre amoroso. En el nombre de Jesús, el máximo ejemplo de Tu compasión, oramos. Amén.

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