"Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él?" (1 Juan 3:17, RVR60)
Introducción: La Paradoja de la Fe y la Indiferencia
En un mundo saturado de información, rara vez hemos estado más conscientes de las necesidades ajenas. Vemos imágenes de hambre, escuchamos relatos de pobreza, conocemos las luchas silenciosas de nuestro prójimo. Sin embargo, existe una peligrosa brecha entre el ver y el actuar, entre el conocimiento y la compasión encarnada. El apóstol Juan, en su primera epístola, aborda esta tensión con una pregunta penetrante que atraviesa los siglos para interpelar nuestra comodidad espiritual.
I. La Posesión como Prueba: "El que tiene bienes de este mundo"
Juan comienza estableciendo una realidad inevitable: la posesión. No cuestiona aquí la legitimidad de tener bienes materiales, sino que reconoce que muchos en la comunidad cristiana tienen recursos. Estos "bienes de este mundo" son dones de Dios, herramientas para administrar, no ídolos para adorar. La pregunta radical no es si debemos tener, sino qué hacemos con lo que tenemos ante el rostro sufriente del otro.
El apóstol evita generalidades abstractas. No habla de "los ricos" como categoría distante, sino de "el que tiene" - cualquiera que posea más de lo esencial para vivir. Esto nos incluye a la mayoría que, en escala global, vivimos con abundancia relativa. Nuestros "bienes" pueden ser económicos, pero también de tiempo, habilidades, influencia o atención.
II. La Mirada que Compromete: "Y ve a su hermano tener necesidad"
El verbo "ver" aquí implica más que percepción ocular. Denota atención consciente, reconocimiento deliberado. En la parábola del Buen Samaritano, tanto el sacerdote como el levita "vieron" al hombre herido, pero su mirada fue superficial, rápida, defensiva. Solo el samaritano "viéndole, fue movido a misericordia" (Lucas 10:33).
Juan habla específicamente de "su hermano", estableciendo una relación dentro de la familia de fe, pero Jesús amplió este círculo al definir "prójimo" como cualquiera que encontramos en necesidad (Lucas 10:36-37). La necesidad presentada es concreta: hambre, desnudez, falta de refugio, soledad, enfermedad. No son abstracciones, sino realidades palpables que interrumpen nuestro camino ordenado.
III. El Corazón que se Cierra: "Y cierra contra él su corazón"
Aquí reside el núcleo del problema espiritual. La imagen es visceral: un corazón que se contrae, que se protege, que se blindea. El término "cierra" (κλείει en griego) sugiere acción deliberada, como cerrar una puerta o un cofre. No es solo ausencia de acción, sino activa resistencia a la compasión.
¿Cómo se manifiesta este cierre del corazón?
Justificando la necesidad del otro ("es su culpa", "no administró bien")
Espiritualizando la respuesta ("oraré por él" como sustituto de la acción tangible)
Postergando la ayuda ("cuando tenga más, entonces...")
Minimizando la necesidad ("no es tan grave", "otros están peor")
Culpando a sistemas impersonales ("así es el mundo")
Este endurecimiento cardíaco no ocurre en el vacío. Es el resultado de decisiones pequeñas repetidas: elegir no informarnos, evitar situaciones incómodas, rodearnos solo de quienes son como nosotros.
IV. La Pregunta que Desnuestra: "¿Cómo mora el amor de Dios en él?"
La pregunta final de Juan no es retórica sino diagnóstica. Es un examen espiritual del lugar que ocupa el amor de Dios en nuestra vida interior. El verbo "mora" (μένει) implica residencia permanente, habitación continua. Juan había establecido antes: "Dios es amor" (1 Juan 4:8). Por tanto, si Dios-amor habita en nosotros por su Espíritu, su naturaleza debe manifestarse a través de nosotros.
La lógica es inexorable: si el amor de Dios realmente vive en nosotros, entonces nuestro corazón debería latir al unísono con el suyo. Y el corazón de Dios se inclina constantemente hacia el que sufre, como revela toda la narrativa bíblica desde el Éxodo hasta el ministerio de Jesús.
La pregunta no sugiere que perdemos nuestra salvación por un acto de indiferencia, sino que revela una incongruencia espiritual potencialmente grave. Una fe que no se traduce en compasión activa hacia los necesitados es, como diría Santiago, "muerta en sí misma" (Santiago 2:17).
V. El Amor Encarnado: El Modelo de Cristo
Juan escribía desde la experiencia transformadora de haber caminado con Jesús, quien "anduvo haciendo bienes" (Hechos 10:38). El amor que Juan proclama no es sentimentalismo, sino el amor cruciforme que se vacía a sí mismo (Filipenses 2:5-8). Jesús no solo vio las multitudes y "tuvo compasión" (Mateo 9:36), sino que tocó al leproso, alimentó al hambriento, lloró con el doliente.
El versículo anterior (1 Juan 3:16) establece el estándar: "En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos". La entrega suprema de Cristo se convierte en el paradigma para nuestro uso de posesiones menores. Si estamos dispuestos (en principio) a dar la vida, ¿cómo nos negamos a dar de nuestros bienes?
Conclusión: De Espectadores a Participantes
La advertencia de Juan nos llama a examinar nuestras prioridades, presupuestos y patrones de vida. Cada encuentro con la necesidad es una oportunidad sacramental para encarnar el amor de Dios. No se nos pide resolver toda pobreza, sino responder fielmente a las necesidades específicas que Dios coloca en nuestro camino.
El amor en acción toma formas diversas:
Compartir recursos materiales directamente
Abogar por justicia para los oprimidos
Ofrecer tiempo y presencia al solitario
Usar nuestras habilidades para servir
Reordenar nuestro estilo de vida para tener más para dar
Al final, el versículo nos confronta con una verdad incómoda pero liberadora: nuestro manejo de las posesiones no es principalmente un tema financiero, sino un barómetro espiritual de la presencia y el poder del amor de Dios en nosotros.
Oración
Padre de misericordia,
tu Palabra hoy me confronta y me invita a la honestidad.
Reconozco que a menudo he visto necesidades y he cerrado mi corazón,
priorizando mi comodidad sobre la compasión,
mis acumulaciones sobre la generosidad.
Perdóname por las veces que he espiritualizado mi indiferencia,
y por haber permitido que la abundancia relativa que disfruto
endurezca mi sensibilidad hacia el sufrimiento ajeno.
Abre mis ojos, Señor, no solo para ver, sino para realmente contemplar
las necesidades de mis hermanos y hermanas a mi alrededor.
Abre mis manos, que tienden a aferrar, para soltar y compartir libremente.
Sobre todo, abre mi corazón, que se contrae por el miedo y el egoísmo,
para que se expanda con el amor que solo tú puedes derramar.
Que el amor con que me amaste hasta la cruz
no solo more en mí, sino que fluya a través de mí
en actos concretos de bondad, justicia y compasión.
Hazme un canal tangible de tu gracia,
un reflejo fiel de tu corazón para los necesitados.
En el nombre de Jesús, quien aunque era rico se hizo pobre
para enriquecernos con su amor. Amén.
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