PAGAD A TODOS LO QUE DEBÉIS

Romanos 13:7
«Pagad a todos lo que debéis: al que tributo, tributo; al que impuesto, impuesto; al que respeto, respeto; al que honra, honra.» (Romanos 13:7, RVR60)

Introducción: Una deuda que nunca termina
Hay versículos que leemos con comodidad porque hablan de consuelo, de promesas, de bendición. Y hay otros que leemos con incomodidad porque tocan nuestras obligaciones, nuestras responsabilidades, esas áreas de la vida que preferiríamos ignorar. Romanos 13:7 pertenece a esta segunda categoría. Es un versículo que no nos pide sentir algo, sino hacer algo. No nos invita a contemplar, sino a actuar. No nos dice lo que Dios hará por nosotros, sino lo que nosotros debemos hacer delante de Dios.

El apóstol Pablo, en el contexto de Romanos 13, está instruyendo a los creyentes romanos sobre su relación con las autoridades civiles. Los primeros versículos del capítulo establecen que toda autoridad ha sido instituida por Dios (v. 1), que quien resiste a la autoridad resiste a la ordenación divina (v. 2), y que los gobernantes son ministros de Dios para nuestro bien (v. 3-4). Es un pasaje que ha generado mucha discusión teológica a lo largo de la historia, especialmente en contextos de gobiernos injustos o persecución. Pero aquí no vamos a entrar en esas discusiones. Vamos a detenernos en la conclusión práctica que Pablo extrae: «Pagad a todos lo que debéis».

La palabra «pagad» en el griego es apodote, un imperativo presente que significa «entregad», «devolved», «restituid lo que se debe». No es una sugerencia opcional; es un mandato continuo. Es la misma raíz que se usa para el pago de una deuda financiera. Pablo está diciendo: la obligación del creyente con el mundo que lo rodea no es opcional. Es una deuda que debemos asumir y saldar.

Y luego Pablo enumera cuatro deudas específicas: tributo, impuesto, respeto y honra. Estas cuatro categorías cubren el espectro de nuestras obligaciones hacia las autoridades y hacia las personas en general. Pero van más allá de un simple cumplimiento cívico. Nos hablan de un estilo de vida cristiano marcado por la integridad, la responsabilidad y el reconocimiento del valor de los demás.

Vamos a considerar cada una de estas deudas y lo que significan para nosotros hoy.

1. «Al que tributo, tributo» — La obligación cívica del creyente
La primera deuda que Pablo menciona es el «tributo» (phóros en griego), que se refiere a los impuestos directos que se pagaban al gobierno romano, especialmente sobre las personas y las propiedades. En el contexto del primer siglo, esto era un tema sumamente delicado. Roma había sometido a Judea y a muchas otras naciones, y los impuestos representaban no solo una carga económica sino también un símbolo de opresión. Los judíos nacionalistas se resistían ferozmente a pagar tributo a un gobierno pagano, considerándolo una traición a Dios y a la patria.

Sin embargo, Pablo no titubea. Dice con claridad: «al que tributo, tributo». El creyente debe pagar sus impuestos. No hay excepciones ni excusas. La fe cristiana no nos exime de nuestras responsabilidades civiles; por el contrario, nos obliga a cumplirlas con mayor razón, porque sabemos que estamos rindiendo cuentas a un Dios que ve todo.

Esto nos lleva a una pregunta incómoda: ¿Somos ciudadanos íntegros? ¿Pagamos nuestros impuestos con honestidad, sin buscar artimañas ni evasiones indebidas? ¿Respetamos las leyes de tránsito, los reglamentos municipales, las normas laborales? ¿O somos de los que piensan que «el cristiano no tiene por qué cumplir con esas cosas del mundo»?

Jesús mismo estableció el principio cuando dijo: «Dad a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios» (Mateo 22:21). Y lo estableció en un contexto donde César era un emperador pagano que eventualmente sería responsable de su crucifixión. Si Jesús, el Hijo de Dios, reconoció la legitimidad del pago de impuestos a un gobierno injusto, ¿cómo podemos nosotros, sus seguidores, excusarnos de cumplir con nuestras obligaciones?

Pero hay algo más profundo aquí. Cuando Pablo dice «pagad», está implicando que la deuda existe. No estamos haciendo un favor al gobierno cuando pagamos impuestos; estamos saldando una deuda que hemos contraído por el simple hecho de vivir en una sociedad organizada. Los impuestos financian las carreteras que transitamos, los sistemas de salud que nos atienden, la seguridad que nos protege, las escuelas que educan a nuestros hijos. Vivimos de los beneficios de la civilización; es justo y necesario contribuir a su sostenimiento.

El cristiano que evade impuestos, que engaña al fisco, que se aprovecha del sistema sin contribuir a él, está dando un mal testimonio del Evangelio. Está diciendo con su conducta que la fe en Cristo no transforma la manera en que uno se relaciona con la sociedad. Pero el Evangelio transforma todo. Si realmente creemos que Dios es justo, también nosotros seremos justos en nuestras obligaciones cívicas.

2. «Al que impuesto, impuesto» — La justicia en lo económico
La segunda deuda que Pablo menciona es el «impuesto» (télos en griego), que se refiere a los impuestos indirectos, como los aranceles aduaneros, los peajes, los impuestos sobre las mercancías. Es una categoría más amplia que el tributo, y abarca todas esas contribuciones que hacemos al comerciar, al viajar, al adquirir bienes.

Al mencionar tanto el tributo como el impuesto, Pablo está siendo exhaustivo. No quiere que el creyente piense que hay algún tipo de obligación fiscal que pueda evadir sin consecuencias morales. Todas las deudas económicas deben ser saldadas. No hay una categoría de «impuesto aceptable» y otra de «impuesto evitable».

Pero más allá de lo estrictamente fiscal, esta expresión nos habla de la justicia en todas nuestras transacciones económicas. ¿Pagamos lo que debemos a nuestros proveedores? ¿Honramos los contratos que firmamos? ¿Devolvemos los préstamos en los plazos acordados? ¿Pagamos salarios justos a nuestros empleados? ¿Cumplimos con nuestras obligaciones fiscales sin necesidad de ser auditados?

El mundo empresarial y comercial está lleno de prácticas deshonestas que se han normalizado: facturas sin IVA, pagos en efectivo sin declarar, contratos verbales que se rompen sin consecuencias, salarios retenidos innecesariamente. Y tristemente, muchos creyentes participan de estas prácticas sin siquiera cuestionarlas, pensando que «así se hacen las cosas» o que «no es tan grave».

Pero Pablo dice: «Pagad a todos lo que debéis». Sin excepciones. Sin excusas. Sin medias verdades. La integridad económica del creyente es un testimonio poderoso del Evangelio. Cuando un cristiano es conocido por pagar sus deudas a tiempo, por ser honesto en sus negocios, por no aprovecharse de la ignorancia o la necesidad del prójimo, está reflejando el carácter de Dios.

Proverbios 3:27-28 dice: «No te niegues a hacer el bien a quien es debido, cuando tuvieres poder para hacerlo. No digas a tu prójimo: Anda, y vuelve, y mañana te daré, cuando tienes contigo qué darle». La Escritura es clara: si tienes con qué pagar, paga. No postergues, no evadas, no busques excusas. La deuda que puedes saldar hoy, sáldala hoy.

3. «Al que respeto, respeto» — El reconocimiento de la autoridad
La tercera deuda que Pablo menciona es el «respeto» (phóbos en griego, literalmente «temor» o «reverencia»). Aquí la palabra no se refiere al temor servil, sino a ese respeto profundo que se debe a quienes ocupan posiciones de autoridad. Es el reconocimiento de que hay un orden establecido por Dios, y que quienes están en autoridad merecen un trato digno.

En la cultura actual, el respeto a la autoridad está en crisis. Vivimos en una época de sospecha sistemática hacia toda forma de autoridad: padres, maestros, pastores, jueces, policías, gobernantes. La cultura de la confrontación y la irreverencia se ha normalizado. Se aplaude la rebeldía, se ridiculiza la sumisión, se desprecia la autoridad.

Pero Pablo dice: «al que respeto, respeto». El creyente está llamado a ser un ejemplo de respeto, no de rebeldía. Esto no significa sumisión ciega ni obediencia absoluta a cualquier mandato humano, porque la Escritura es clara en que «es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hechos 5:29). Pero significa que, en lo ordinario de la vida, tratamos a quienes tienen autoridad con deferencia y honor.

¿Cómo se ve esto en la práctica?

En el hogar: Los hijos respetan a sus padres, no solo por obligación sino por amor. Los esposos se respetan mutuamente. Los nietos honran a sus abuelos.

En el trabajo: Los empleados respetan a sus jefes, no solo cuando están presentes, sino también cuando no lo están. No murmuran, no critican destructivamente, no socavan su autoridad.

En la iglesia: Los creyentes respetan a sus pastores y líderes, no porque sean perfectos, sino porque han sido puestos por Dios para cuidar de sus almas (Hebreos 13:17).

En la sociedad: Respetamos a las autoridades civiles, a los agentes del orden, a los jueces, incluso cuando no estamos de acuerdo con sus decisiones. No insultamos, no difamamos, no incitamos a la rebelión.

Respetar a alguien no significa estar de acuerdo con todo lo que hace o dice. Significa reconocer su posición y tratarle con la dignidad que corresponde. Significa no rebajarnos a la burla, al insulto o al desprecio. Significa que nuestro testimonio cristiano se mantiene intacto incluso cuando disentimos.

Pedro lo expresó con claridad: «Honrad a todos. Amad a los hermanos. Temed a Dios. Honrad al rey» (1 Pedro 2:17). Y Pablo, en otro lugar, nos recuerda que debemos orar por los gobernantes, para que vivamos «quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad» (1 Timoteo 2:2). La actitud del creyente hacia la autoridad no es de rebelión sino de respeto, no de confrontación sino de oración.

4. «Al que honra, honra» — El reconocimiento del valor de las personas
La cuarta deuda que Pablo menciona es la «honra» (timé en griego), una palabra que implica valor, dignidad, aprecio. Si el respeto se refiere a la posición que alguien ocupa, la honra se refiere al valor inherente de la persona. Es el reconocimiento de que cada ser humano, por el simple hecho de ser creado a imagen de Dios, merece un trato digno.

Pero la honra va más allá del simple reconocimiento. Implica acción concreta: honramos a alguien cuando le damos un lugar de preeminencia, cuando le rendimos homenaje, cuando reconocemos públicamente su valor. En el contexto de Romanos 13, Pablo probablemente se refiere a honrar a las autoridades con el reconocimiento público que merecen. Pero el principio se extiende a todas las relaciones humanas.

¿A quién debemos honrar?

A nuestros padres: El quinto mandamiento es claro: «Honra a tu padre y a tu madre» (Éxodo 20:12). Esto no termina cuando somos niños. Continúa durante toda la vida. Honramos a nuestros padres cuidándolos en su vejez, escuchando sus consejos, reconociendo su sacrificio, hablando bien de ellos.

A nuestros cónyuges: Pedro nos dice que el esposo debe honrar a su esposa como a vaso más frágil (1 Pedro 3:7). Y Proverbios 31 describe a la mujer virtuosa como alguien que merece alabanza pública. La honra mutua es el aceite que lubrica el matrimonio.

A los ancianos y líderes: Pablo dice: «Los ancianos que gobiernan bien, sean tenidos por dignos de doble honor» (1 Timoteo 5:17). Y Levítico 19:32 dice: «Delante de las canas te levantarás, y honrarás el rostro del anciano». La cultura del descarte, que desecha a los mayores, no tiene lugar en el pueblo de Dios.

A los hermanos en la fe: Romanos 12:10 dice: «Amaos los unos a los otros con amor fraternal; en cuanto a honra, prefiriéndoos los unos a los otros». La honra mutua es una marca de la comunidad cristiana. Nos honramos unos a otros, no compitiendo por el primer lugar, sino buscando el bien del otro.

A los extraños y necesitados: La parábola del buen samaritano nos enseña que todo ser humano es nuestro prójimo. Honramos a los pobres, a los enfermos, a los migrantes, a los marginados, cuando los tratamos con dignidad, cuando les damos un lugar en nuestra mesa y en nuestro corazón.

Honrar a alguien no siempre significa aplaudirle o elogiarle. A veces significa corregirle con respeto, aconsejarle con humildad, confrontarle con amor. Pero siempre significa tratarle como alguien de valor, no como un objeto o un obstáculo.

La deuda que nunca podemos terminar de pagar
Pablo concluye su exhortación en el versículo siguiente con una frase asombrosa: «No debáis a nadie nada, sino el amaros unos a otros» (Romanos 13:8). Es como si dijera: después de pagar todas vuestras deudas, queda una que nunca podréis saldar del todo: la deuda del amor. Porque el amor no es una transacción que se completa, sino una relación que se profundiza. Siempre hay más que dar, más que perdonar, más que servir.

Esto nos ayuda a entender el corazón de Romanos 13:7. No estamos hablando de un mero cumplimiento legalista, de pagar impuestos y respetar a las autoridades por miedo al castigo. Estamos hablando de una vida transformada por el amor de Dios, que se traduce en integridad cívica, honestidad económica, respeto hacia la autoridad y honra hacia las personas.

Cuando amamos de verdad, pagamos nuestras deudas. Cuando amamos de verdad, respetamos a quienes no nos caen bien. Cuando amamos de verdad, honramos a quienes el mundo desprecia. El amor es la motivación detrás de cada una de estas deudas. Sin amor, el pago se convierte en resentimiento; con amor, se convierte en adoración.

Aplicación práctica: Un examen de conciencia
Permíteme hacerte algunas preguntas para examinar tu corazón a la luz de este versículo:

¿Estás al día con tus obligaciones fiscales? ¿Has declarado todos tus ingresos con honestidad? ¿Has pagado los impuestos que te corresponden? Si no, es tiempo de arreglarlo. No esperes a que te auditen; hazlo por amor a Dios y por testimonio al mundo.

¿Tienes deudas pendientes con alguien? ¿Debes dinero a un amigo, a un familiar, a un proveedor? ¿Has postergado el pago con excusas? Paga lo que debes. Si no puedes pagar todo de una vez, haz un plan y cumple con él.

¿Respetas a las autoridades aunque no estés de acuerdo con ellas? ¿Cómo hablas del presidente, del alcalde, del pastor, del jefe? ¿Con respeto o con desdén? Recuerda que tu testimonio cristiano se refleja en cómo tratas a quienes tienen autoridad sobre ti.

¿Honras a las personas que te rodean? ¿Reconoces el valor de tu cónyuge, de tus hijos, de tus padres, de tus hermanos en la fe? ¿Los tratas con dignidad o los das por sentado? ¿Buscas oportunidades para honrarlos públicamente?

¿Vives con un sentido de deuda hacia los demás? No me refiero a la culpa paralizante, sino a la conciencia de que, como receptores de la gracia de Dios, estamos en deuda con el mundo. Debemos amor, respeto, honra, integridad, servicio. No porque seamos mejores, sino porque hemos recibido mucho.

Conclusión: La dignidad del creyente en un mundo caótico
Vivimos en un mundo que ha perdido el sentido de la responsabilidad. Un mundo donde muchos creen que los derechos son absolutos y las obligaciones son opcionales. Un mundo que exige respeto sin darlo, que reclama honra sin merecerla, que evade impuestos sin remordimiento.

En medio de ese mundo, el creyente está llamado a ser diferente. No conformado, sino transformado (Romanos 12:2). No siguiendo la corriente, sino nadando contra ella. No reclamando derechos, sino cumpliendo deberes. No exigiendo, sino dando.

Romanos 13:7 es una llamada a la madurez cristiana. Es una invitación a vivir con integridad en todas las áreas de la vida: en lo económico, en lo cívico, en lo social, en lo interpersonal. Es un recordatorio de que la fe no es un asunto privado que se vive solo los domingos, sino una realidad que transforma cada aspecto de nuestra existencia.

Que este versículo nos desafíe y nos impulse a vivir de manera digna del Evangelio. Que nuestras vidas sean un testimonio vivo de que Cristo ha transformado nuestro corazón, y que esa transformación se refleja en cómo nos relacionamos con las autoridades, con la sociedad y con cada persona que cruza nuestro camino.

Oración final
Padre celestial, Dios de orden y de justicia, venimos ante ti reconociendo que muchas veces hemos fallado en cumplir con nuestras obligaciones. Perdónanos por las veces que hemos evadido responsabilidades, por las deudas que hemos postergado, por el respeto que hemos negado y la honra que hemos retenido.

Señor, ayúdanos a ser ciudadanos íntegros. Enséñanos a pagar lo que debemos, no solo porque la ley lo exige, sino porque tú nos has llamado a vivir en honestidad y justicia. Que nuestras finanzas sean un reflejo de tu fidelidad. Que no debamos a nadie nada, excepto el amor que nunca termina.

Ayúdanos a respetar a quienes has puesto en autoridad sobre nosotros. Aunque no estemos de acuerdo con todas sus decisiones, danos un corazón humilde y una lengua respetuosa. Que no caigamos en la murmuración ni en la rebeldía, sino que seamos ejemplo de sumisión gozosa y de oración intercesora.

Enséñanos a honrar a las personas que nos rodean: a nuestros padres, a nuestros cónyuges, a nuestros hijos, a nuestros hermanos en la fe, a los ancianos, a los pobres, a los extraños. Que reconozcamos en cada ser humano la imagen de Dios, y que nuestro trato refleje el valor que tú les has dado.

Padre, sabemos que no podemos cumplir estas cosas con nuestras propias fuerzas. Por eso te pedimos que tu Espíritu Santo obre en nosotros, transformando nuestro carácter, renovando nuestra mente, capacitándonos para amar como tú amas.

Que en este mundo caótico y rebelde, nosotros seamos luz y sal. Que nuestra integridad hable más fuerte que nuestras palabras. Que cuando el mundo vea cómo pagamos nuestras deudas, cómo respetamos a las autoridades, cómo honramos a las personas, glorifiquen a ti, nuestro Padre que está en los cielos.

Te lo pedimos en el nombre de Jesucristo, nuestro Señor, quien pagó la deuda que nosotros no podíamos pagar, y nos dio el ejemplo perfecto de respeto y honra al Padre.

Amén.

«Pagad a todos lo que debéis: al que tributo, tributo; al que impuesto, impuesto; al que respeto, respeto; al que honra, honra.»

Que esta verdad gobierne tu vida hoy. No vivas como deudor moroso, sino como hijo agradecido. Paga lo que debes, respeta a quien debes respetar, honra a quien debes honrar. Y sobre todo, ama sin medida, porque el amor es la deuda que nunca termina y la marca de quienes pertenecen a Cristo.

¡A Dios sea la gloria en tu vida, ahora y siempre!

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