LA BRÚJULA DEL ALMA: FIJANDO LA MIRADA EN LO ETERNO

"Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra." (Colosenses 3:2)

Vivimos sumergidos en un océano de estímulos. Nuestros ojos parpadean ante pantallas que nos venden urgencias, nuestros oídos se saturan de noticias que nos alarman y nuestros corazones se ven constantemente arrastrados por la corriente de lo inmediato, lo tangible y lo pasajero. En medio de este bullicio existencial, la voz del apóstol Pablo irrumpe como un faro en la noche: "Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra." Esta palabra no es una sugerencia poética para mejorar nuestro estado de ánimo; es un mandato imperativo, una orden militar para la supervivencia espiritual del creyente.

Para comprender la profundidad de este versículo, debemos detenernos en la palabra clave que lo rige: "Poned la mira". En el griego original, el término utilizado es phroneō, que va mucho más allá del simple acto de "pensar" ocasionalmente. Implica un ejercicio continuo y deliberado de la mente, la voluntad y las afectividades. Es la dirección constante de la brújula interior; es el filtro a través del cual pasan todas nuestras decisiones, todas nuestras preocupaciones y todas nuestras alegrías. Pablo no nos pide que tengamos "pensamientos bonitos" sobre el cielo, sino que configuremos toda nuestra cosmovisión, toda nuestra lógica de vida, con la plomada del Reino de Dios.

Pero, ¿qué son exactamente "las cosas de arriba"? No se trata de una nebulosa mística ni de un escapismo religioso que nos haga despreciar la tierra. "Las cosas de arriba" son las realidades eternas que giran en torno al trono de Dios: la soberanía absoluta de Cristo, la intercesión incesante del Sumo Sacerdote, la comunión íntima del Espíritu Santo, la herencia incorruptible que nos espera, la belleza de la santidad y la certeza de un amor que ni la muerte pudo vencer. Son las cosas que los ojos físicos no pueden percibir, pero que el espíritu del creyente puede palpar mediante la fe. Como dice el versículo anterior (Colosenses 3:1), es "buscar" al Cristo que está sentado a la diestra de Dios; es vivir con la conciencia de que, aunque caminamos por el polvo de la tierra, nuestros pies están asentados sobre la Roca eterna.

Por otro lado, Pablo nos advierte que no pongamos la mira "en las de la tierra". Aquí es donde la exhortación se vuelve incómoda y desafiante. "Las cosas de la tierra" no son únicamente los pecados escandalosos o los vicios groseros; de hecho, estos suelen ser la punta del iceberg. Las "cosas de la tierra" son también las preocupaciones legítimas que se convierten en ansiedades paralizantes; son la búsqueda desmedida de estatus y reconocimiento; son la acumulación de riquezas que terminan poseyéndonos a nosotros; son los rencores que guardamos y que envenenan nuestras relaciones; es la dependencia excesiva de nuestros propios recursos intelectuales o económicos; y es, sobre todo, vivir como si este mundo fuera nuestra morada permanente y no el breve vestíbulo que nos conduce a la patria celestial. Son aquellas realidades que, aunque parecen sólidas, tienen fecha de caducidad y serán consumidas por el fuego purificador de Dios.

La teología que subyace a esta orden es asombrosa y transformadora. Pablo nos recuerda en el versículo 3 que "habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios". Si nuestra identidad más profunda ya no está anclada en el Adán terrenal, sino en el Cristo celestial, ¿cómo podríamos vivir como si la tierra fuera nuestro único horizonte? Es un acto de incoherencia espiritual. Poner la mira en lo alto no es un acto de negación de la realidad presente, sino un acto de alineación con nuestra verdadera naturaleza. Es reconocer que, aunque el invierno de la prueba nos azote, sabemos que la primavera de la gloria está asegurada. Es entender que el sufrimiento presente, comparado con la gloria venidera, no es digno de ser mencionado (Romanos 8:18). Cuando la brújula del alma apunta hacia arriba, nuestra perspectiva se magnifica; los problemas que antes nos aplastaban se ven pequeños desde la cima de la montaña de la gracia, y las ofensas que nos robaban la paz se disuelven al recordar la ofensa infinita que Cristo nos perdonó en la cruz.

Ahora bien, ¿cómo se aplica esto en el fragor del día a día? La vida cristiana no es un salto espiritual único, sino una caminata diaria, paso a paso. Poner la mira en lo alto significa comenzar cada mañana no mirando el teléfono para ver las noticias del mundo, sino mirando al Autor y Consumador de nuestra fe a través de la Palabra. Significa transformar nuestra oración de una simple lista de peticiones terrenales a un diálogo de adoración donde reconocemos la soberanía divina. Significa que, cuando la ansiedad toque a nuestra puerta por la cuenta bancaria o por la salud de un ser querido, respondemos con la promesa de que Dios suple todas nuestras necesidades conforme a sus riquezas en gloria (Filipenses 4:19). Significa tratar a nuestro cónyuge, a nuestros hijos, a nuestro jefe y a nuestro vecino no como meros recursos para nuestro beneficio personal, sino como almas eternas que llevan la imagen de Dios, merecedoras de respeto y amor sacrificial. Significa, en definitiva, tomar cautivo todo pensamiento y someterlo a la obediencia de Cristo (2 Corintios 10:5).

El mundo nos grita constantemente: "¡Mira abajo! ¡Mira lo que tienes, mira lo que necesitas, mira lo que te falta!". Pero el Espíritu Santo, a través de la Palabra, nos susurra (y a veces nos grita con ternura): "Mira arriba. Mira a Jesús. Él es tu vida, tu esperanza y tu futuro". Hoy, este devocional es una invitación a recalibrar tu brújula interior. Deja que el ancla del cielo sostenga tu barco en medio de la tormenta. No permitas que las zarzas de lo terrenal ahoguen la semilla de lo eterno en tu corazón. Eleva tu mirada, porque tu redención está cerca.

Oración Final

Padre Santo y Señor del cielo y de la tierra, venimos ante Ti con el corazón humilde y el espíritu atento. Reconocen que somos criaturas propensas a mirar el polvo, a enredarnos en las espinas de la ansiedad y a distraernos con el brillo engañoso de lo pasajero. Perdónanos, Señor, por haber puesto nuestra esperanza y nuestra paz en cosas que se oxidan, se desgastan y desaparecen.

Te pedimos, en el nombre de Jesús, que el Espíritu Santo recalibre la brújula de nuestra alma. Levanta nuestros ojos más allá del horizonte visible, para que contemplemos a Cristo sentado a tu diestra. Ayúdanos a vivir con la conciencia plena de que nuestra vida está escondida con Él en Ti. Que en cada decisión, en cada palabra y en cada pensamiento, el filtro de la eternidad purifique nuestras intenciones.

Danos gracia para soltar las cargas terrenales que nos agobian y tomar el yugo suave de Tu Reino. Que cuando el miedo intente apoderarse de nuestro corazón, recordemos que Tú ya has vencido al mundo. Ancla nuestras almas en la roca de Tu promesa y haz que nuestra mirada esté tan fija en Ti, que las tempestades de abajo pierdan su poder sobre nosotros.

Sea nuestra vida un reflejo de lo alto, y que al final del camino, podamos oír tu voz diciendo: "Bien, buen siervo y fiel". En el nombre poderoso y eterno de nuestro Señor Jesucristo, Amén.

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