EL PAN DE CADA DÍA: CONFIANZA PARA VEINTICUATRO HORAS

Mateo 6:11 (RVR60)
"El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy."

Hay una extraña contradicción en el corazón humano: podemos creer en un Dios que creó el universo, que partedió el Mar Rojo y que resucitó a los muertos, y sin embargo, despertarnos con una ansiedad profunda preguntándonos: "¿Tendré suficiente para este mes?" "¿Qué pasará si enfermo?" "¿Y si pierdo mi trabajo?" "¿Cómo pagaré esta deuda?" Nuestra fe se siente sólida para los milagros del pasado y del futuro, pero tambalea frágilmente frente a la nevera vacía de hoy.

Es precisamente en esa fragilidad cotidiana donde Jesús nos coloca con esta petición asombrosamente sencilla, inserta en el centro del Padrenuestro. No es una oración para grandes ocasiones ni para momentos de éxtasis espiritual; es la oración para las 7:00 de la mañana de un martes cualquiera, cuando el café se está enfriando y la lista de pendientes pesa más que la noche anterior.

Jesús no nos enseña a pedir un año de provisiones, ni una herencia asegurada, ni una despensa que dure décadas. Nos enseña a pedir "el pan nuestro de cada día, dánoslo hoy". Hay una razón divina en esa brevedad. Al limitar la petición al día presente, Jesús nos está liberando de la tiranía del mañana. El "mañana" es el territorio fértil donde crecen las malas hierbas de la ansiedad, la avaricia y la falta de confianza. Pero el "hoy" es el único territorio donde Dios ha prometido actuar con certeza. Su misericordia es nueva cada mañana (Lamentaciones 3:22-23), y su maná siempre caía con la frescura del rocío matutino, pero no se podía almacenar para el día siguiente (Éxodo 16:19-20). Quien acaparaba el maná, lo veía pudrirse. Esa es la economía del Reino: la confianza se renueva diariamente, no se acumula.

Ahora bien, ¿qué es este "pan"? En primer lugar, es la provisión material más básica y necesaria para la supervivencia. En un mundo donde el hambre es una realidad dolorosa y donde muchos no tienen garantizado ni un plato de comida, esta oración es un clamor legítimo y humano. Pero para aquellos de nosotros que tenemos la nevera llena, esta petición se convierte en un antídoto contra la soberbia y la autosuficiencia. Nos recuerda que el salario que ganamos, el suelo que cultivamos y el pan que amasamos no son fruto exclusivo de nuestro esfuerzo, sino un don que mana de la mano providente del Padre. Cada bocado que llevamos a nuestra boca debería ser un sacramento de dependencia.

Sin embargo, el "pan" en la Escritura trasciende lo material. Cuando Jesús fue tentado en el desierto, respondió al diablo: "No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios" (Mateo 4:4). Así que, al pedir este pan diario, estamos suplicando también el alimento espiritual que sostiene nuestra alma: la Palabra de Dios, la comunión con Cristo, la gracia santificante. Jesús mismo se declaró "el pan de vida" (Juan 6:35). Quien come de él, jamás tendrá hambre espiritual. Por eso, esta oración matutina debe incluir el ruego: "Señor, alimenta mi espíritu hoy con tu Palabra, porque si mi alma no come, aunque tenga banquetes en la mesa, moriré de inanición interior."

Fíjate también en el posesivo: "nuestro". No dice "mi pan". La oración cristiana es radicalmente comunitaria. Cuando pido el pan de cada día, lo pido para mí, pero también para mi hermano que está pasando necesidad. Es una oración que nos compromete a ser canales de la provisión de Dios. No podemos clamar por pan para nosotros y cerrar nuestro corazón y nuestra despensa al necesitado que está al lado. El "padre nuestro" nos hermana en una mesa compartida. Si Dios nos da hoy, es para que compartamos hoy. El "pan nuestro" nos convierte en administradores, no en acumuladores, y nos hace responsables de la comunidad de fe.

Y luego está la palabra más humilde y poderosa de toda la frase: "dánoslo". Es un verbo en imperativo, pero no es una exigencia altanera. Es la confianza filial de un niño que tira de la manga de su padre y dice: "Papá, tengo hambre". No necesita adornar su petición con grandilocuencias. No necesita hacer un contrato de méritos. Solo necesita saber que su Padre es bueno. Un niño no se preocupa por la cosecha del próximo año; confía en que cuando abra los ojos mañana, su padre estará ahí para darle el desayuno. Esa es la fe que Jesús busca en nosotros: la sencillez de saber que nuestro Padre celestial sabe de qué tenemos necesidad antes de que se lo pidamos (Mateo 6:8), y aun así, quiere que se lo pidamos, porque la petición nos humilla, nos conecta y nos mantiene en una relación viva con él.

El gran enemigo de esta oración es la ansiedad. La ansiedad es una profecía del mañana que roba la gracia del hoy. Jesús justo antes de enseñar esta oración, dijo: "No os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su propio afán. Basta a cada día su propio mal" (Mateo 6:34). Esta oración es el escudo contra el afán. Cuando pones el día de hoy en las manos de Dios, le estás diciendo a tu corazón: "Dios es lo suficientemente grande para mis necesidades de hoy, y será lo suficientemente grande para las de mañana... cuando mañana sea hoy". Dios no da gracia para el año 2030 hoy; la da para este instante. Y cuando llegue el 2030, si el Señor no ha vuelto, la gracia estará allí puntual, como el maná al amanecer.

¿Qué significa vivir esta oración en tu vida práctica? Significa revisar tu lista de preocupaciones y tacharla, dejando solo la de hoy. Significa trabajar con diligencia, porque el que no trabaja no come (2 Tesalonicenses 3:10), pero descansar con la certeza de que el resultado no depende solo de tu esfuerzo, sino de la bendición de Dios. Significa agradecer por el pan que tienes, aunque sea escaso, y bendecir el que te falta, porque mañana el Padre proveerá. Significa abrir tu Biblia cada mañana y decir: "Espíritu Santo, sé mi pan espiritual hoy, porque sin ti mi alma desfallece".

Al final del día, cuando te acuestes, puedes mirar hacia atrás y dar gracias, porque el pan llegó. Quizás no fue el banquete que soñaste, pero fue suficiente para ese día. Y eso te dará la confianza para cerrar los ojos y descansar, sabiendo que el Padre que proveyó el pan de hoy, ya está preparando el pan de mañana. Así es la vida de fe: una secuencia de "hoy" enlazados por la fidelidad inquebrantable de un Padre que nunca deja de dar.

Oración final
Padre nuestro, que estás en los cielos, hoy me acerco a ti con la sencillez de un niño que sabe que en tu casa no falta el pan. Perdona mis ansiedades que proyectan sombras de escasez sobre un futuro que solo tú conoces. Hoy, en este momento, pongo en tus manos mi necesidad real: el sustento para mi cuerpo y el alimento para mi alma. Dame el pan material que necesito para trabajar y vivir, pero sobre todo, dame a Cristo, el Pan Vivo que descendió del cielo, para que mi espíritu sea saciado con tu presencia. Ayúdame a no acumular preocupaciones ni bienes con avaricia, sino a compartir generosamente el pan que me has dado con aquellos que hoy tienen hambre a mi alrededor. Que mi boca se abra para alabarte por cada bocado, y que mi corazón se abra para confiar en ti aunque el panorama se vea incierto. Enséñame a vivir un día a la vez, sabiendo que tu misericordia es nueva cada mañana y que tu fidelidad es mi escudo. En el nombre de Jesús, el verdadero Pan de Vida, te lo pido. Amén.

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