LA FIDELIDAD INQUEBRANTABLE DE DIOS

"Porque recta es la palabra de Jehová, y toda su obra es hecha con fidelidad." (Salmo 33:4 RVR60)
En el vasto océano de las Escrituras, encontramos perlas de sabiduría que brillan con luz propia, invitándonos a sumergirnos en su profundidad. El Salmo 33:4 es una de esas gemas preciosas que nos revela dos verdades fundamentales sobre el carácter de nuestro Dios: Su palabra es recta y Su obra es fiel.

Cuando el salmista declara que "recta es la palabra de Jehová", nos está recordando que la Palabra de Dios no es simplemente un conjunto de enseñanzas morales o un manual de buenas intenciones. La palabra de Dios es recta, es decir, perfecta, justa, verdadera y sin desviación alguna. No hay en ella doblez, no hay engaño, no hay error. Es una palabra que se mantiene firme a través de los siglos, que no se doblega ante las presiones culturales, que no se corrompe con el paso del tiempo, que no se adapta a las conveniencias humanas.

Pensemos por un momento en la naturaleza de esta palabra recta. Es la misma palabra que habló y los cielos fueron creados (Salmo 33:6). Es la misma palabra que pronunció y las estrellas se encendieron en la oscuridad del universo. Es la misma palabra que ordenó y los mares se detuvieron en su lugar. Es la misma palabra que se hizo carne y habitó entre nosotros (Juan 1:14). Esta palabra recta no es simplemente una declaración de principios, sino una fuerza viva, activa, poderosa, que transforma, restaura, salva y sostiene toda la creación.

Jesús mismo, el Verbo hecho carne, es la máxima expresión de esta palabra recta. Cuando Él dijo: "Yo soy el camino, la verdad y la vida" (Juan 14:6), estaba proclamando que Él mismo es la materialización de esa rectitud divina. No hay desviación en Cristo, no hay error en Sus enseñanzas, no hay falla en Su carácter. Él es la palabra recta personificada, el estándar perfecto contra el cual toda palabra humana debe ser medida y, inevitablemente, hallada deficiente.

Pero el versículo no se detiene ahí. Continúa diciendo: "y toda su obra es hecha con fidelidad". Aquí el salmista nos invita a contemplar no solo lo que Dios dice, sino lo que Dios hace. Y lo que hace, lo hace con fidelidad. La palabra hebrea utilizada aquí es "emunah", que transmite la idea de firmeza, estabilidad, constancia y confiabilidad. Cuando Dios obra, lo hace de manera fiel, sin fallar, sin abandonar, sin olvidar.

Esta fidelidad divina se manifiesta en cada una de las obras de Dios. Observemos la creación: el sol sale cada mañana con puntualidad astronómica, las estaciones se suceden en su orden establecido, las leyes de la naturaleza se mantienen constantes. Esta es la fidelidad de Dios en las obras de la creación. Pero su fidelidad se extiende mucho más allá.

La obra redentora de Dios es el más sublime testimonio de Su fidelidad. Cuando el pueblo de Israel estaba esclavizado en Egipto, Dios no olvidó Su pacto con Abraham. Cuando vagaron por el desierto, Dios no los abandonó, sino que los guió con columna de nube y de fuego. Cuando pecaron y se rebelaron, Dios no los rechazó completamente, sino que en Su fidelidad, envió profetas para llamarlos al arrepentimiento. Y en la plenitud de los tiempos, en el más grande acto de fidelidad, Dios envió a Su Hijo unigénito para ser la propiciación por nuestros pecados.

La fidelidad de Dios en Su obra se extiende también a nuestra vida personal. ¿No ha sido fiel contigo, querido lector? ¿No puedes mirar hacia atrás y ver Su mano sosteniéndote en los momentos difíciles? Cuando has estado en el valle de sombra de muerte, ¿no ha estado Él contigo? Cuando tus fuerzas han flaqueado, ¿no te ha dado nuevas fuerzas? Cuando otros te han abandonado, ¿no ha permanecido Él a tu lado?

El gran reformador Martín Lutero dijo una vez: "Dios ha escrito Su promesa no en tinta, sino en la sangre de Su Hijo; no en tablas de piedra, sino en el corazón humano; no en un libro cerrado, sino en el Evangelio abierto". Esta es la fidelidad de Dios: una fidelidad que nos sostiene no porque seamos dignos, sino porque Él es fiel. Una fidelidad que no depende de nuestra constancia, sino de Su carácter inmutable. Una fidelidad que nos asegura que aquel que comenzó la buena obra en nosotros, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo (Filipenses 1:6).

Qué contraste encontramos cuando comparamos la fidelidad de Dios con la infidelidad humana. Cuántas veces hemos prometido y no hemos cumplido. Cuántas veces hemos declarado nuestro amor a Dios y luego lo hemos negado con nuestras acciones. Cuántas veces hemos dicho "señor, señor" y no hemos hecho Su voluntad. Pero Dios, en Su infinita misericordia, permanece fiel, incluso cuando nosotros somos infieles, porque no puede negarse a Sí mismo (2 Timoteo 2:13).

La fidelidad de Dios en Su obra se manifiesta especialmente en Su paciencia con nosotros. Él no se cansa de nosotros, no se frustra con nuestras debilidades, no desiste de nuestro crecimiento. Como un alfarero paciente, continúa trabajando el barro de nuestra vida, aun cuando este se deforma, aun cuando presenta grietas, aun cuando parece que no tiene forma. Su fidelidad nos asegura que el proceso no se detendrá hasta que seamos transformados a la imagen de Su Hijo.

Pero hay un aspecto adicional de este versículo que merece nuestra atención. La conexión entre la palabra recta y la obra fiel de Dios. La palabra de Dios es recta precisamente porque Su obra es fiel. No hay desconexión entre lo que Dios dice y lo que Dios hace. Sus promesas son confiables porque Su obra demuestra Su fidelidad. Cuando Dios dice: "No te dejaré ni te desampararé", Su obra en la historia confirma esta promesa. Cuando dice: "Todas las cosas ayudan a bien a los que aman a Dios", Su obra en nuestra vida corrobora esta verdad. La palabra recta y la obra fiel se abrazan, se confirman mutuamente, creando un fundamento inquebrantable para nuestra fe.

¿Qué significa esto para nosotros en la vida práctica? Significa que podemos confiar plenamente en la Palabra de Dios. No es una palabra vacía, no es una promesa que se desvanece, no es una esperanza que defrauda. Es una palabra respaldada por las obras fieles de un Dios que nunca falla. Cuando leemos las Escrituras, no estamos leyendo cuentos de hadas o mitos antiguos, sino el registro fiel de un Dios que cumple lo que promete. Cuando nos aferramos a una promesa bíblica, no estamos aferrándonos a una ilusión, sino a una realidad tan sólida como el trono del mismo Dios.

El salmista David, autor de este salmo, conocía bien esta verdad. Había experimentado la fidelidad de Dios en su propia vida. Cuando era un joven pastor, Dios lo eligió y lo ungió como rey. Cuando enfrentó a Goliat, Dios le dio la victoria. Cuando Saúl lo perseguía implacablemente, Dios lo protegió. Cuando pecó con Betsabé, Dios lo perdonó y restauró. Cuando su propio hijo Absalón se rebeló contra él, Dios lo sostuvo. David podía testificar, con la autoridad de quien había caminado con Dios, que la palabra del Señor es recta y que toda Su obra es hecha con fidelidad.

Nosotros también podemos ser testigos de esta verdad. Podemos mirar nuestra propia vida y ver la mano fiel de Dios en cada capítulo. En las alegrías, Él ha estado presente celebrando con nosotros. En las tristezas, Él ha estado presente consolándonos. En las victorias, Él ha estado presente dándonos la fuerza. En las derrotas, Él ha estado presente levantándonos. En la salud y en la enfermedad, en la abundancia y en la escasez, en la luz y en la oscuridad, Su fidelidad nos ha acompañado cada paso del camino.

Y lo que es más maravilloso, esta fidelidad no es algo del pasado solamente, sino que se extiende hacia el futuro con la misma certeza. El Dios que ha sido fiel hasta ahora, lo seguirá siendo. El Dios que ha cumplido Sus promesas en el pasado, continuará cumpliéndolas. El Dios que ha sostenido Su obra hasta hoy, la completará hasta el final. Como escribió el apóstol Pablo: "El que es fiel en lo poco, también en lo mucho es fiel" (Lucas 16:10). Si Dios ha sido fiel en cada detalle de nuestra vida hasta ahora, podemos confiar en que lo será en todo lo que está por venir.

Esta certeza debería transformar nuestra manera de vivir. Si la palabra de Dios es recta y Su obra es fiel, entonces podemos vivir con valentía, con esperanza, con paz interior. No necesitamos temer al futuro, porque el futuro está en manos de Aquel que es fiel. No necesitamos angustiarnos por las incertidumbres de la vida, porque tenemos la palabra segura de Dios que nos guía. No necesitamos desesperarnos ante las dificultades, porque la fidelidad de Dios es nuestra fortaleza.

Hermanos y hermanas, en un mundo donde las palabras se devalúan constantemente, donde las promesas se rompen con facilidad, donde la infidelidad parece ser la norma, el Salmo 33:4 nos llama a levantar nuestra mirada hacia el Dios cuya palabra es recta y cuyas obras son fieles. Nos invita a encontrar en Él un ancla segura para nuestra alma. Nos recuerda que, aunque todo en este mundo cambie y perezca, la fidelidad de Dios permanece para siempre.

¡Qué privilegio es tener un Dios así! No un dios inventado por la imaginación humana, caprichoso e inconstante, sino el Dios vivo y verdadero, que se revela en las Escrituras como el mismo ayer, hoy y por los siglos. No un dios que promete y no cumple, sino el Dios que cumple toda palabra que ha pronunciado. No un dios que comienza una obra y la abandona, sino el Dios que lleva a término todo lo que emprende.

Por eso, hoy te invito a reflexionar sobre la fidelidad de Dios en tu vida. ¿Has visto Su mano fiel en el pasado? ¿Estás experimentando Su fidelidad en el presente? ¿Confías en Su fidelidad para el futuro? Si por alguna razón has dudado de Su fidelidad, si has sentido que te ha abandonado, si has pensado que Sus promesas no se cumplen en tu vida, vuelve a este versículo y medita en su verdad. La palabra de Dios es recta, no puede fallar. Su obra es fiel, no puede ser interrumpida. Puedes confiar en Él, aún cuando todo parezca estar en contra. Puedes aferrarte a Sus promesas, aún cuando las circunstancias parezcan contradecirlas.

Como escribió Charles Spurgeon: "La fidelidad de Dios es una joya más preciosa que todos los diamantes del mundo. Es el fundamento sobre el cual descansa toda nuestra esperanza. Si Dios no fuera fiel, nuestra fe sería vana, nuestras oraciones serían inútiles, y nuestra salvación sería incierta. Pero Dios es fiel, y por eso podemos descansar en Su palabra."

Termino con esta oración:

Padre Celestial, Dios de toda fidelidad,

Venimos ante Ti con corazones agradecidos, reconociendo que Tu palabra es recta y que toda Tu obra es hecha con fidelidad. Te damos gracias porque Tu fidelidad no depende de nuestra fidelidad, sino que permanece inmutable a través de las generaciones.

Perdónanos, Señor, por las veces que hemos dudado de Tu fidelidad, por los momentos en que hemos creído que nos habías abandonado, por las ocasiones en que hemos puesto nuestra confianza en cosas que pasan y no en Ti, que permaneces para siempre.

Ayúdanos a vivir cada día a la luz de esta verdad. Que Tu palabra recta sea lámpara a nuestros pies y lumbrera a nuestro camino. Que la certeza de Tu fidelidad nos sostenga en las pruebas y nos impulse a seguir adelante en la adversidad.

Danos fe para creer que estás obrando en todo, incluso cuando no podemos verlo. Danos paciencia para esperar en Tus tiempos perfectos, sabiendo que Tus promesas se cumplirán. Danos valentía para proclamar Tu fidelidad a otros, para que muchos también confíen en Ti.

Te pedimos especialmente por aquellos que hoy están pasando por momentos difíciles. Para los que están enfermos, sé su sanador. Para los que están solos, sé su compañero. Para los que están desanimados, sé su fortaleza. Para los que han perdido la esperanza, sé su restaurador.

Señor, confiamos en que aquel que comenzó la buena obra en nosotros, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo. Confiamos en que ninguna palabra Tuya caerá vacía, que ninguna obra Tuya quedará incompleta, que ningún propósito Tuo dejará de cumplirse.

Te alabamos porque eres fiel, porque no cambias, porque tus misericordias son nuevas cada mañana y tu fidelidad es tan grande como el cielo. Te glorificamos porque en Ti tenemos un fundamento seguro, una roca firme, un ancla eterna para nuestra alma.

En el nombre de Jesucristo, nuestro Señor y Salvador, cuya fidelidad nos redimió, cuya rectitud nos justificó, y cuya obra en la cruz fue el acto supremo de Tu fidelidad hacia nosotros.

Amén.

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