SENTADO A LA DIESTRA DEL PODER

“Y el Señor, después que les habló, fue recibido arriba en el cielo, y se sentó a la diestra de Dios.” (Marcos 16:19, RVR60)

Introducción: Un final que es un comienzo
El evangelio de Marcos es conocido por su ritmo acelerado, su urgencia y su crudeza. Termina de manera abrupta, pero con una imagen que resume toda la obra redentora de Cristo: Jesús, habiendo resucitado de entre los muertos, habla por última vez a sus discípulos en la tierra y luego es elevado al cielo. No se queda en la tumba, no vaga como un fantasma, ni se despide con tristeza. Más bien, asciende y se sienta. Cada palabra de este versículo está cargada de teología, esperanza y autoridad.

1. “Fue recibido arriba en el cielo” – La exaltación pública
La ascensión no fue un evento privado. Marcos nos dice que “fue recibido”. Implica una ceremonia celestial: los ángeles, las huestes gloriosas, el Padre mismo reciben al Hijo victorioso. Lucas amplía este detalle en Hechos 1:9-11, donde una nube lo oculta de la vista de los discípulos. Esa nube no es una tormenta cualquiera; es la Shekinah, la gloria visible de Dios que había llenado el tabernáculo y el templo. Jesús, el Verbo hecho carne, regresa a la dimensión de la gloria pura de la que había salido voluntariamente (Juan 17:5).

Imagínate la escena: los discípulos, todavía con las marcas de la duda y el temor, ven a su Maestro elevarse lentamente, bendiciéndolos (Lucas 24:50-51). Sus pies, que caminaron sobre el polvo de Galilea y que fueron traspasados en el Calvario, ahora se elevan sobre la atmósfera. Sus manos, que sanaron al leproso y sostuvieron el pan partido, ahora se alzan en señal de victoria. La ascensión es el certificado divino de que el sacrificio fue aceptado. El Padre no podía recibir a un Hijo manchado por el pecado; pero Cristo, resucitado e inmaculado, entra al cielo como nuestro Precursor (Hebreos 6:20).

2. “Se sentó a la diestra de Dios” – La autoridad consumada
No leemos que Jesús se haya quedado de pie, como un siervo que espera órdenes. Tampoco está arrodillado, como un suplicante. Está sentado. En la cultura bíblica, sentarse es el gesto de quien ha terminado una obra y ahora reina. El sumo sacerdote en el Antiguo Testamento nunca se sentaba en el templo, porque su trabajo nunca terminaba; siempre había más sacrificios que ofrecer (Hebreos 10:11-12). Pero Cristo, después de ofrecer un solo sacrificio por los pecados para siempre, se sentó.

La “diestra de Dios” es el lugar de máximo poder, honor y autoridad activa. El salmo 110, el más citado en el Nuevo Testamento, había profetizado: “Dijo Jehová a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga tus enemigos por estrado de tus pies” (Salmo 110:1). Jesús aplica este salmo a sí mismo (Mateo 22:44). Por lo tanto, estar sentado a la diestra no es una jubilación divina; es el comienzo de su reinado intercesor y soberano.

Desde allí, Cristo gobierna sobre toda principado y potestad (Efesios 1:20-22). Desde allí, derrama el Espíritu Santo (Hechos 2:33). Desde allí, intercede por nosotros (Romanos 8:34). Desde allí, espera hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies. Y un día, desde allí vendrá (Hechos 1:11). El que ascendió, descenderá. El que se sentó, se levantará como Juez.

3. Implicaciones prácticas para tu vida hoy
Ya no tienes un Salvador ausente. A veces sentimos que Jesús se fue y nos dejó solos. Pero la ascensión no es una ausencia; es un cambio de modalidad de presencia. Él está contigo por el Espíritu, y a la vez está sentado en el trono intercediendo por ti. Nunca estás huérfano.

Tu lucha tiene un Comandante victorioso. El pecado, la culpa y la muerte fueron derrotados en la cruz, pero la ascensión es el desfile de la victoria. Cuando Satanás te acusa, recuerda que tu Abogado está sentado a la diestra del Juez. Cuando sientes que el mal prospera, recuerda que el que tiene toda autoridad en cielo y tierra está en el trono.

Tu vida tiene un propósito celestial. Si Cristo ascendió, nosotros, sus discípulos, tenemos una vocación de ascenso espiritual: “Buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios” (Colosenses 3:1). Tus decisiones, tu trabajo, tu familia, tus finanzas, todo debe estar orientado hacia ese trono. No vives para acumular tierra; vives para reflejar el cielo.

La esperanza no es un tal vez, sino un hecho. La ascensión garantiza que un día tú también serás recibido arriba. Jesús fue el precursor; nosotros lo seguiremos. La muerte ya no es un abismo, sino un pasillo hacia la presencia del Rey.

Conclusión: Mirando hacia arriba mientras caminamos en la tierra
Marcos 16:19 no es un simple dato histórico. Es el fundamento de nuestra fe activa. Porque Cristo está sentado a la diestra de Dios, el evangelio no es un recuerdo bonito, sino una realidad presente con futuro asegurado. Cada vez que dudes, mira al cielo. Cada vez que peques, mira al trono de la gracia. Cada vez que sufras, recuerda que tu Rey ya venció.

Hoy, el mismo Jesús que habló con sus discípulos en Galilea, que murió en el Gólgota, que resucitó al amanecer, y que ascendió desde Betania, te invita a confiar en Él. No está lejos. Está más cerca de lo que imaginas: sentado en el poder, pero atento a tu oración.

Oración final
Señor Jesús, Rey de gloria, te adoro y te agradezco porque no te quedaste en la tumba ni te alejaste de nosotros para siempre. Te alabo porque ascendiste a lo alto, llevaste cautiva la cautividad y te sentaste a la diestra del Padre. Hoy confieso con mi boca que Tú eres el Señor, y creo en mi corazón que Dios te resucitó de los muertos. Ayúdame a vivir cada día bajo tu autoridad, con la mirada puesta en el cielo, pero los pies firmes en la tierra sirviendo a los demás. Cuando el miedo quiera dominarme, recuérdame que Tú gobiernas. Cuando la tentación me asalte, recuérdame que intercedes por mí. Y cuando me llegue la hora del último aliento, recíbeme arriba, donde ya has preparado un lugar para mí. Por tu nombre glorioso, Amén y Amén.

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