EN QUIEN TENGO COMPLACENCIA: ESCUCHAD A ÉL

Mateo 17:5 (RVR60)
"Mientras él aún hablaba, una nube de luz los cubrió; y he aquí una voz desde la nube, que dijo: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd."

Introducción: Un momento de gloria revelada
El capítulo 17 de Mateo nos sitúa en uno de los episodios más asombrosos del ministerio terrenal de Jesucristo: la transfiguración. Pedro, Santiago y Juan son testigos privilegiados de una manifestación celestial que rasga el velo de la humanidad de Jesús para mostrar su gloria divina. Allí, junto a Moisés y Elías, el rostro de Jesús resplandece como el sol y sus vestiduras se vuelven blancas como la luz.

Pero en medio de ese asombro, cuando Pedro —con su característico impulso— propone hacer tres tabernáculos, el Padre interrumpe. No para reprender bruscamente, sino para poner el foco en lo único que realmente importa. Desde una nube de luz, la misma voz que resonó en el bautismo de Jesús (Mateo 3:17) habla de nuevo, pero esta vez añade una instrucción directa y urgente: "A él oíd".

1. "Este es mi Hijo amado" — Identidad revelada
Dios Padre declara algo fundamental: Jesús no es un profeta más, ni un maestro moral, ni un ángel encarnado. Es su Hijo. La palabra griega agapetos denota un amor único, exclusivo, de íntima relación eterna. No es un adoptado, sino el Unigénito.

En un mundo lleno de voces que compiten por nuestra atención, donde cada filosofía, religión o corriente espiritual ofrece su propio camino, el Padre nos recuerda que solo Jesús tiene la posición de Hijo. Nadie más puede decir: "Yo y el Padre uno somos" (Juan 10:30). Por lo tanto, escuchar a Jesús no es una opción entre muchas; es el mandato del cielo.

Reflexiona: ¿A quién escuchas con más frecuencia? ¿A las noticias, a las redes sociales, a tus miedos, a tus propios razonamientos? El Padre te invita hoy a sintonizar tu oído con la frecuencia del Hijo.

2. "En quien tengo complacencia" — Aprobación perfecta
Dios no solo ama a Jesús, sino que se complace en Él. ¿Por qué? Porque Jesús vivió en perfecta obediencia, reflejando exactamente el carácter del Padre. En cada palabra, cada silencio, cada milagro, cada oración, el Padre miraba a su Hijo y decía: "Eso es. Eso soy yo. Eso es bueno."

Esto es profundamente alentador para nosotros. La complacencia del Padre hacia Jesús significa que, cuando estamos en Cristo, esa misma complacencia nos alcanza por fe. No porque merezcamos, sino porque Él nos ha cubierto con su Hijo amado. La nube de luz que cubrió a los discípulos es imagen de la gracia que nos envuelve en Cristo.

Pero también nos confronta: ¿Buscamos la complacencia de Dios o la de los hombres? ¿Vivimos para oír términos como "bien hecho" del mundo, o anhelamos que el Padre sonría sobre nuestra obediencia?

3. "A él oíd" — El mandato decisivo
Esta es la parte más práctica y exigente del versículo. El Padre no dice: "A él considerad", "a él admirad", o "a él analizad". Dice: Oíd. Escuchar en la Escritura implica obedecer. Es la misma palabra usada en Deuteronomio 18:15, donde Moisés profetiza: "Jehová tu Dios te levantará un profeta... a él oiréis".

Jesús es ese Profeta final. Lo que Él dice tiene autoridad definitiva. Sus palabras son espíritu y vida (Juan 6:63). Cuando Jesús habla de perdonar, no es un consejo; es mandato. Cuando habla de amar a los enemigos, no es una sugerencia; es ley del Reino. Cuando dice "Yo soy el camino, la verdad y la vida", no es una opción más; es la única puerta.

Observa que el mandato viene después de la revelación de su identidad. Primero sabemos quién es Él (Hijo amado), luego sabemos lo que debemos hacer (oírle). Muchos quieren la bendición de la nube de luz sin la responsabilidad de la obediencia. Pero el orden divino es claro: la gloria revelada exige una respuesta.

Aplicación: ¿Cómo "oír a Jesús" hoy?
En las Escrituras: La voz de Jesús resuena en los evangelios y en toda la Biblia. Leer la Biblia no es un ejercicio religioso; es escuchar a tu Señor.

En el silencio: Vivimos aturdidos por el ruido. Oír a Jesús requiere detenerse, apagar el celular, cerrar la puerta y esperar en quietud.

En obediencia práctica: No hay verdadera audición sin acción. Jesús dijo: "El que tiene mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama" (Juan 14:21).

En la comunidad: Jesús habla a través de hermanos maduros que enseñan, corrigen y animan. La iglesia es un taller de audición activa.

Una advertencia y una promesa
Pedro quería quedarse en la montaña. Era cómodo, glorioso, emocionante. Pero la voz del Padre bajó a los discípulos de la nube y los envió al valle, donde había un niño endemoniado esperando ser liberado (Mateo 17:14-18). Oír a Jesús nos envía a servir, a sufrir si es necesario, a amar en lo cotidiano. La promesa es que, aunque bajemos del monte, su voz nos acompaña. Y un día, en la nueva creación, no necesitaremos nubes de luz porque veremos su rostro cara a cara.

Conclusión
Hoy, en medio de tu rutina, tus luchas, tus preguntas, la nube de luz ya no está visible, pero la voz del Padre sigue sonando a través de su Palabra: "Este es mi Hijo amado; a él oíd". No desplaces esa voz. No la ahogues con entretenimiento vacío ni con ansiedades ruidosas. Inclina tu oído interior y di, como el joven Samuel: "Habla, Señor, que tu siervo escucha".

Oración final
Padre Santo, Dios de gloria y de luz, te adoramos porque no nos has dejado a oscuras, sino que has hablado por medio de tu Hijo amado, Jesucristo. Gracias porque en Él te complaces, y por fe somos incluidos en ese amor. Perdónanos por las veces que hemos escuchado otras voces más que la suya. Perdónanos por preferir nuestros propios caminos antes que su Palabra.

Hoy, voluntariamente, inclinamos nuestro corazón. Te pedimos: danos oídos para oír a Jesús en las Escrituras, en la oración, en la comunidad de fe. Que su voz sea más fuerte que nuestro miedo, más dulce que nuestras consolaciones falsas, más firme que nuestras dudas. Ayúdanos a bajar del monte de las experiencias emocionantes y a caminar en el valle de la obediencia cotidiana.

Que cuando hable Jesús, nosotros respondamos con fe y acción. Porque Él es tu Hijo amado, y nosotros le amamos. En el nombre de Jesús, que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo, por siempre. Amén.

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