“Y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien reprendedlas; porque vergonzoso es aun el hablar de lo que ellos hacen en secreto.” (Efesios 5:11-12, RVR60)
Introducción: El contexto de un creyente en un mundo oscuro
El apóstol Pablo escribió la carta a los Efesios desde una prisión romana, no como un teólogo distante, sino como un pastor que conocía bien las presiones de la cultura pagana. La ciudad de Éfeso era un centro de culto a la diosa Artemisa, un hervidero de magia, inmoralidad sexual y comercio religioso. En medio de esa atmósfera densa, Pablo llama a los cristianos a algo contracultural: ser hijos de luz en un mundo de tinieblas.
Hoy, aunque las formas han cambiado, el fondo es el mismo. Vivimos en una sociedad que, en gran medida, glorifica lo que Dios condena. Las “obras infructuosas de las tinieblas” no son solo crímenes evidentes, sino también actitudes egoístas, envidia, codicia, chismes, fornicación, y todo aquello que se esconde por vergüenza. El mandato de Pablo no es opcional para el creyente; es una cuestión de identidad.
I. “No participéis” – La pureza pasiva (V. 11a)
La primera orden es negativa pero necesaria: no tener comunión, no compartir, no unirse a esas obras. Participar significa colaborar, dar el visto bueno, financiar, aplaudir o incluso callar cómplice.
Imagina que alguien te ofrece un trago de una copa de plata hermosa, pero dentro hay veneno. Participar sería tomar ese trago. Del mismo modo, el entretenimiento que se burla de la fe, el chiste obsceno en la comida familiar, el “negocio redondo” que explota a otros, o esa relación que sabes que deshonra a Dios... son vasos hermosos con veneno dentro. Pablo dice: no tomes ni un sorbo.
No participar requiere vigilancia. No puedes vivir en la luz si sigues paseándote por las callejuelas oscuras por curiosidad. Significa poner límites: a tus ojos, a tus oídos, a tus amistades, a tus hábitos digitales. No es legalismo; es amor propio espiritual. La primera batalla contra el pecado es negarse a sentarse a su mesa.
II. “Sino más bien reprendedlas” – La pureza activa (V. 11b)
Aquí está el desafío. La palabra griega para “reprender” (elegcho) no significa necesariamente sermón público o confrontación agresiva. En el Nuevo Testamento tiene tres matices: 1) convencer de error, 2) corregir, 3) exponer a la luz.
Pablo no nos llama a ser policías de la moral, sino a ser reflectores de la verdad. Reprender las tinieblas no es andar señalando con dedo acusador: “¡pecador, te quemarás!”. Eso sería fariseísmo. Reprender es, ante todo, vivir de tal manera que, por contraste, la oscuridad quede revelada como lo que es.
¿Cómo se expone un error en un cuarto oscuro? No gritándole al cuarto, sino encendiendo una vela. La oscuridad no se va discutiendo con ella; la oscuridad huye cuando llega la luz. Tu vida santa, tu honestidad en el trabajo, tu pureza en la era de la pornografía, tu lengua limpia en medio de murmuraciones... eso reprende. Cuando alguien te pregunta: “¿Por qué no te unes a este chiste?”, y respondes con ternura: “No me siento cómodo, eso deshonra a las personas”, ahí estás reprendiendo.
También puede ser una corrección amorosa con un hermano que yerra (Mateo 18:15-17), pero siempre con lágrimas, no con orgullo. Reprender sin amar es crueldad; amar sin reprender es cobardía.
III. “Vergonzoso es aun el hablar” – La dignidad del silencio santo (V. 12)
Aquí Pablo toca una verdad incómoda. Él mismo se niega a detallar las prácticas secretas de los que viven en tinieblas. ¿Por qué? Porque a veces, hasta hablar del pecado con morbo puede contaminarnos.
Hoy vivimos en la era de la sobreexposición. Series, podcasts, redes sociales y noticias nos bombardean con narrativas detalladas de perversión, violencia y escándalo. Muchos cristianos, supuestamente “para estar informados” o “para reprender”, terminan intoxicando su mente con imágenes y relatos que la Escritura dice que ni siquiera merecen ser mencionados.
La regla de oro: si no puedes hablar de algo sin sentir vergüenza delante de Dios y sin darle gloria al pecado, es mejor callar. No necesitas conocer todos los detalles de la inmoralidad ajena para reprenderla. Tampoco necesitas revictimizar contando historias sórdidas. Tu lucha contra el pecado no requiere que te bañes en él para entenderlo. La luz no estudia las tinieblas conviviendo con ellas; las disipa con su presencia.
Aplicación práctica: ¿Cómo vivir esto hoy?
En tu privacidad digital: Revisa tu historial, tus suscripciones, tus “me gusta”. Lo que consumes en secreto moldea tu alma. Si algo que ves te avergonzaría que Cristo lo viera contigo (y Él lo ve todo), es una obra de tinieblas. No participes, elimínalo.
En tus conversaciones: Cuando un amigo inicie un chiste verde o un chisme destructivo, no rías para quedar bien. Un suave: “Amigo, mejor hablemos de otra cosa” puede ser la chispa que encienda una conciencia. No necesitas sermonear; tu desacuerdo respetuoso ya es reprensión.
En tu testimonio público: La gente a tu alrededor (familia, compañeros de trabajo) debe notar que tú no celebras lo que ellos celebran. No eres amargado, sino libre. Cuando todos se ríen de la infidelidad o de la mentira, tu silencio o tu cambio de tema habla más que un discurso.
En la iglesia: No normalices el pecado encubierto. Si sabes de un hermano atrapado en algo destructivo, ve a él con amor (no con condena) y ayúdale a traer su pecado a la luz para recibir perdón y restauración (Santiago 5:19-20).
Conclusión: La recompensa de la luz
Cada vez que eliges no participar en las obras de tinieblas, estás construyendo carácter eterno. Cada vez que vives con integridad en un mundo corrupto, tus obras siguen tu luz (Apocalipsis 14:13). Pero la mayor recompensa no es un aplauso humano; es que tú te pareces más a Cristo, que es la Luz del mundo.
Recuerda: no podemos luchar contra las tinieblas odiando a los que están en ellas, sino amándolos lo suficiente como para no unirnos a su ceguera, y viviendo de modo que ellos anhelen la luz que llevas dentro.
Oración final:
Padre Santo, Luz que no admite sombra alguna, te doy gracias porque me has sacado de las tinieblas y me has traído al reino de tu Hijo amado. Hoy reconozco que soy débil y que a menudo me he acercado a las obras infructuosas de la oscuridad por curiosidad, por dejarme llevar o por miedo al rechazo. Perdóname, Señor. Lávame con la sangre de Cristo y dame una conciencia limpia y sensible.
Te pido valor sobrenatural para no participar en lo que te ofende. Pon un filtro en mis ojos y un cerrojo en mi lengua. Dame discernimiento para saber cuándo callar y cuándo hablar con amor. Ayúdame a reprender las tinieblas no con arrogancia, sino con una vida que refleje tu bondad. Que mi hogar, mi trabajo, mis relaciones y hasta mi tiempo a solas sean territorios de luz.
Y cuando vea la maldad tan normalizada a mi alrededor, que no me desespere, sino que recuerde que Tú ya venciste al mundo. Usa mi vida, aunque imperfecta, como un pequeño faro que apunte hacia Ti. Hasta que Cristo vuelva, y ya no haya más noche, te ruego: hazme un hijo de luz radical y lleno de gracia. En el nombre poderoso de Jesús, Amén.
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