LAS PALMAS QUE PROCLAMAR LA GLORIA

"Y la gente que iba delante y la que iba detrás aclamaba, diciendo: ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!" (Mateo 21:9, RVR60)

Hay momentos en la Escritura donde el cielo y la tierra parecen rozarse, donde la realidad espiritual irrumpe en el plano físico con tal intensidad que la creación misma no puede contener el gozo. El relato de Mateo 21 es uno de esos momentos. Mientras Jesús cabalga hacia Jerusalén montado en un humilde pollino, no lo hace como un conquistador militar sobre un caballo blanco, sino como el Rey de Paz, cumpliendo la profecía de Zacarías. Sin embargo, la multitud que le rodea intuye algo que muchos líderes religiosos de la época no lograron ver: en medio de ellos está el Emanuel, Dios con nosotros.

El verso 9 captura una escena de caos santo. Mateo nos dice que tanto los que iban delante como los que venían detrás levantaban sus voces. No era un grupo pequeño ni un rumor aislado; era una procesión viva que anticipaba la coronación del Cordero. Pero, ¿qué es lo que realmente aclamaban? La palabra "Hosanna" es mucho más que un simple grito de alabanza. En su origen hebreo, Hoshia-na, significa "¡Sálvanos, te rogamos!" Era una súplica desesperada envuelta en alabanza. Era el pueblo reconociendo que, ante sus ojos, no había solo un profeta o un maestro, sino la única fuente de salvación.

Imagina la escena. Las calles estaban alfombradas no con alfombras rojas, sino con mantos y ramas de árboles. Aquellos judíos, que durante siglos habían esperado la liberación del yugo romano, proyectaban en Jesús sus expectativas terrenales. Querían un rey que derrocara imperios con espada. Sin embargo, el Espíritu Santo movía sus lenguas a declarar una verdad mayor de la que ellos mismos comprendían. Declaraban: "Bendito el que viene en el nombre del Señor". Esta es una confesión de legítima autoridad divina. Reconocían, aunque fuera por un instante, que Aquel que entraba por las puertas de la ciudad no era un invasor, sino el Heredero legítimo, el Enviado del Padre.

Para nosotros hoy, que vivimos del lado de la cruz y la resurrección, este pasaje es un espejo que revela el estado de nuestro corazón. Es fácil alzar la voz en los días de "multitud", cuando todo parece ir bien, cuando sentimos la emoción del mover de Dios en nuestra vida. Es fácil extender el manto de nuestra devoción cuando Jesús está entrando en nuestras circunstancias con poder manifiesto. Pero, ¿qué pasa cuando el mismo Jesús que entra en Jerusalén triunfante, días después, camina hacia el Gólgota en silencio? La misma multitud que gritaba "Hosanna" fue la que, manipulada por el miedo y la religiosidad, gritaría "¡Crucifícale!"

El devocional nos invita a examinar la consistencia de nuestra adoración. La verdadera alabanza no es solo un momento de éxtasis emocional en un culto dominical; es una postura de dependencia diaria. Decir "Hosanna" es admitir: Señor, si no intervienes, estoy perdido. Es reconocer que nuestra salvación no viene de los gobiernos, de las estrategias humanas ni de nuestras propias fuerzas, sino solo de Aquel que viene en el nombre del Señor.

Además, la frase "el que viene" nos recuerda la naturaleza continua de la obra de Cristo. No solo vino hace dos mil años; viene a nosotros cada mañana con misericordias renovadas. Viene en medio de la tormenta, viene a nuestras mesas de comunión, viene a nuestro dolor. Jesús siempre está "viniendo" a la Jerusalén de nuestra vida personal. La pregunta es: ¿Le reconocemos? ¿Le tendemos nuestras ramas de palma (nuestros logros, nuestros sueños, nuestro orgullo) para que Él pise sobre ellos, o le exigimos que se adapte a nuestro mapa político y personal?

Hoy, el Señor te invita a unirte a esa procesión celestial. No una procesión de hipocresía que se apaga en el jardín de Getsemaní, sino una procesión de discípulos genuinos que, aunque a veces no entienden todos los caminos del Rey, confiesan con sus labios y con su vida: "Bendito el que viene en el nombre del Señor". Alza tu "Hosanna" hoy. No solo por lo que esperas que Él haga, sino por lo que Él ya es: el Santo, el Salvador, el Rey que se humilló para que nosotros fuésemos exaltados.

Oración

Padre Santo, en el nombre de Jesús, mi Rey y mi Salvador, me uno hoy a la multitud celestial que te aclama. Reconozco que muchas veces mi alabanza es inconstante, que me dejo llevar por las circunstancias y que, al igual que la multitud de aquel día, no siempre entiendo tus caminos. Pero hoy quiero gritar desde lo profundo de mi ser: ¡Hosanna! Señor, sálvame, porque sin Ti nada puedo hacer. ¡Bendito el que viene en tu nombre!

Tomo mi manto de orgullo, mis ramas de autosuficiencia y las pongo a tus pies. Entra en mi vida, en mi hogar, en mis decisiones. Que no haya áreas de mi corazón cerradas para Ti. Dame la gracia de seguirte no solo en el monte de la aclamación, sino también en el valle de la obediencia. Que mi vida sea una prolongación de este versículo: una declaración constante de que Tú eres el Rey digno. En la seguridad de tu amor y en la potencia de tu nombre, amén.

Esta respuesta es generada por AI, solo como referencia.

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