"Las riquezas no aprovechan en el día de la ira; Mas la justicia libra de muerte." (Proverbios 11:4, RVR60)
En un mundo que mide el éxito por la cuenta bancaria, el tamaño de la casa o el modelo del automóvil, el sabio proverbio de Salomón resuena como una campana de advertencia y a la vez como una promesa de inmenso consuelo. Este versículo establece un contraste radical y eterno entre dos tipos de "capital": el que acumulamos en la tierra y el que depositamos en el cielo.
La primera parte del versículo es un recordatorio solemne: "Las riquezas no aprovechan en el día de la ira." Imagina ese "día". No se refiere meramente a un día de dificultad financiera o crisis personal, aunque en esos momentos las riquezas materiales a menudo muestran su deslumbrante inutilidad para calmar el alma. Se refiere al día del juicio final, al momento de rendir cuentas ante un Dios santo. En ese día trascendental, tus acciones de bolsa, tus propiedades, tu cartera de inversiones y todos los símbolos de éxito terrenal se desvanecerán como humo. No servirán como moneda de rescate. No podrás sobornar al Juez de toda la tierra. La ira, esa santa y justa respuesta de Dios ante el pecado, no se detendrá ante un portafolio impresionante. La historia está llena de hombres y mujeres poderosamente ricos que enfrentaron la muerte en total igualdad con el más pobre: absolutamente desnudos de todo recurso espiritual. Las riquezas pueden comprar comodidad temporal, influencia e incluso adulación, pero son completamente impotentes para comprar la redención del alma, el perdón de los pecados o un lugar en la eternidad.
Pero el versículo no termina con esta advertencia. Brilla con la esperanza de un antídoto divino: "Mas la justicia libra de muerte." Aquí radica la esperanza del creyente. Esta "justicia" no es la que nosotros producimos con nuestros esfuerzos imperfectos, esa justicia propia que, como trapo de inmundicia, nunca podría satisfacer la santidad de Dios (Isaías 64:6). Es, en el contexto mayor de las Escrituras, la justicia que nos es imputada por gracia mediante la fe en Jesucristo (Romanos 3:22). Es el estado de ser declarados "justos" ante Dios porque hemos sido revestidos de la justicia perfecta de Cristo. Él, que no conoció pecado, fue hecho pecado por nosotros, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él (2 Corintios 5:21).
Esta justicia, que es un don recibido por fe, es lo único que tiene poder en "el día de la ira." Es nuestro escudo, nuestro rescate y nuestro título de propiedad de la vida eterna. Nos libra de muerte—no necesariamente de la muerte física, que todos enfrentaremos, sino de la muerte segunda, la separación eterna de Dios (Apocalipsis 21:8). Nos libra del juicio condenatorio. Cuando la ira de Dios, que debía caer sobre nosotros por nuestro pecado, cayó sobre Cristo en la cruz, la justicia que Él nos ofrece se convierte en nuestro pasaporte a la salvación.
La aplicación para nuestra vida diaria es profunda y práctica. Nos llama a un reajuste radical de nuestras prioridades y de lo que consideramos nuestra verdadera seguridad. ¿Dónde estamos invirtiendo nuestra energía, nuestro tiempo, nuestra pasión? ¿Estamos acumulando febrilmente tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, o estamos atesorando en el cielo (Mateo 6:19-20) mediante una vida de fe, obediencia, amor y servicio que fluye de la justicia que hemos recibido? La justicia que salva también se manifiesta en una vida de integridad, honestidad, compasión y santidad práctica. Es una justicia que se vive, porque ha sido primero recibida.
Hoy, podemos descansar. Nuestro valor, nuestra seguridad y nuestro destino eterno no dependen de la volatilidad de los mercados, de la solidez de nuestra jubilación o de la apreciación de nuestros activos. Dependen de una justicia inquebrantable, perfecta y eterna: la de Cristo, puesta a nuestra cuenta. Ésa es la única riqueza que nunca se devalúa y que triunfa gloriosamente en el Día Final.
Oración
Padre Celestial,
En la quietud de este momento, reconozco ante Ti la tentación constante de buscar seguridad en lo visible y acumulable. Perdóname por las veces que he actuado como si mis posesiones, mis ahorros o mi estatus pudieran protegerme de lo que realmente importa.
Te doy gracias, con un corazón lleno de asombro y gratitud, por el don inefable de Tu justicia. Gracias porque, a través de la obra perfecta de Tu Hijo Jesucristo en la cruz, me has vestido con un manto de justicia que nada en este mundo puede comprar y que ninguna circunstancia puede arrebatar. Esa es mi verdadera riqueza, mi herencia segura.
Ayúdame, Espíritu Santo, a vivir a la luz de esta verdad. Que mi corazón esté anclado en la realidad de que soy justificado por fe, y que desde ese lugar de seguridad eterna, pueda vivir una vida de justicia práctica. Que mi generosidad, mi integridad en los negocios, mi compasión por el necesitado y mi búsqueda de Tu reino, sean la evidencia de dónde está realmente mi tesoro.
Cuando la ansiedad por lo material quiera apoderarse de mí, recuérdame el valor incalculable que ya poseo en Cristo. Que mi alma descanse, no en la solvencia de mi cuenta, sino en la suficiencia de Tu gracia.
En el nombre poderoso de Jesús, el único Salvador y nuestro Justificador, Amén.
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