Mateo 7:21 (RVR60)
"No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos."
En el cierre del Sermón del Monte, Jesús pronuncia estas palabras solemnes que resuenan como un eco urgente a través de los siglos. No son dirigidas a los escépticos o los abiertamente rebeldes, sino a quienes se acercan a Él con una confesión en los labios: "Señor, Señor". Este doble vocativo denota un reconocimiento aparente de Su autoridad, incluso un fervor religioso. Sin embargo, Cristo revela una verdad desconcertante: la mera profesión verbal, por ferviente que sea, no es garantía de entrada en Su reino.
El peligro que Jesús señala es el de una fe nominal, reducida a fórmulas, rituales o emociones momentáneas, pero desvinculada de una transformación radical del corazón y la voluntad. Decir "Señor" implica sometimiento; llamarlo dos veces puede sugerir un énfasis, una apariencia de devoción. Pero Jesús mira más allá de las palabras hacia el territorio del carácter y la obediencia. La verdadera discipulación no se mide por lo que decimos en momentos de inspiración, sino por la alineación constante de nuestra vida con la voluntad revelada del Padre.
¿Y cuál es esa voluntad? En el contexto del Sermón del Monte, es una vida caracterizada por la pobreza de espíritu, la pureza de corazón, la misericordia, la búsqueda de la justicia, y un amor que se extiende incluso a los enemigos. Es construir la casa de la vida sobre la roca de Sus palabras, poniéndolas en práctica (Mateo 7:24). La voluntad del Padre culmina en creer en Aquel que Él ha enviado (Juan 6:29) y en una relación viva con Cristo que da frutos de justicia. Es una fe que obra por amor (Gálatas 5:6).
Esta advertencia nos confronta personalmente. En una cultura religiosa donde a menudo se valora la elocuencia, las experiencias emotivas o la ortodoxia verbal, Jesús nos recuerda que el criterio final es la obediencia práctica y amorosa. No se trata de una salvación por obras, sino de una salvación que inevitablemente produce obras. La fe genuina no es solo un asentimiento intelectual o un grito en un momento de necesidad; es una entrega total de la vida, donde Cristo es realmente Señor de nuestras decisiones, relaciones, recursos y sueños.
Hoy, examinemos nuestro corazón: ¿Nuestra devoción se expresa principalmente en palabras y actividades religiosas, o está cimentada en una sumisión diaria a la voluntad de Dios? ¿Buscamos Su rostro solo cuando nos conviene, o le seguimos en el camino de la cruz? Que el "Señor, Señor" de nuestros labios sea el eco fiel de un corazón que ha dicho "sí" a Su señorío en todo.
Oración
Padre celestial, ante Tu Palabra solemne nos humillamos. Reconocemos la facilidad con que decimos "Señor, Señor" mientras nuestras vidas a veces toman caminos propios. Perdónanos por reducir la fe a meras palabras, ritos o emociones pasajeras. Anhelamos una fe auténtica, arraigada en una relación viva con Tu Hijo Jesucristo. Transforma nuestro corazón para que nuestro mayor deseo sea hacer Tu voluntad. Ayúdanos a construir cada día sobre la roca de Tu verdad, obedeciendo en amor y dependiendo de Tu Espíritu. Que nuestras vidas, y no solo nuestras palabras, proclamen que Jesús es verdaderamente el Señor de todo. En el nombre de Aquel que cumplió perfectamente Tu voluntad, Jesús, amén.
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