“Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente.”
— Mateo 22:37 (RVR60)
Cuando el fariseo experto en la ley se acercó a Jesús para ponerlo a prueba, difícilmente imaginaba que recibiría una respuesta que atravesaría los siglos para llegar hasta nosotros hoy. No pidió un milagro ni una señal; preguntó por lo esencial: “Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley?” (v. 36). Y Jesús, con la autoridad de quien es la misma Palabra hecha carne, no citó un precepto ceremonial ni una norma externa. Fue directamente al corazón del pacto: el Shemá, la confesión diaria de Israel (Deuteronomio 6:5).
Pero Jesús añadió algo. Donde el texto original decía “corazón, alma y fuerzas”, el Mesías dijo “corazón, alma y mente”. No estaba cambiando la Escritura, sino revelando su profundidad. Estaba declarando que el amor a Dios no es un asunto parcial, ni un departamento más de la vida. Es el centro que gobierna todo lo demás.
Amar con TODO el corazón
El corazón, en la antropología bíblica, no es solo el asiento de las emociones. Es el núcleo de la voluntad, el lugar donde se toman las decisiones, donde se fraguan los deseos más profundos. Amar a Dios con todo el corazón significa que nuestros afectos no están divididos. No podemos amar la seguridad que da el dinero y al mismo tiempo depender enteramente de Él. No podemos aferrarnos a una herida y al mismo tiempo beber de la fuente del perdón.
El corazón es como una brújula: si no apunta al norte verdadero, todo el caminar se desvía. Amar con todo el corazón es alinear cada deseo —el anhelo de ser amados, de tener propósito, de sentir seguridad— con la verdad de que solo Dios puede saciarlos plenamente.
Amar con TODA el alma
El alma es nuestra vida misma, nuestra identidad. Amar a Dios con toda el alma significa poner nuestra existencia entera en sus manos. Es la entrega de nuestro pasado, presente y futuro. Es la disposición a decir: “Aunque me quite la salud, aunque no entienda sus caminos, aunque otros me abandonen, tú eres mi herencia y mi copa”.
El alma es también el asiento de nuestro aliento. Amar con toda el alma es vivir cada respiración como un acto de adoración. Es levantarse sabiendo que no merecemos el nuevo día, y acostarse confiando que aunque no despertemos, estaremos con Él.
Amar con TODA la mente
Jesús incluyó la mente —algo que los oyentes judíos no esperaban— para enseñarnos que el amor a Dios no es un sentimiento ciego. La fe no es un salto al vacío intelectual. Es razonada, meditada, estudiada. Amar a Dios con toda la mente es llevar cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo. Es no avergonzarse de la doctrina, sino deleitarse en ella. Es leer, preguntar, memorizar, cuestionar, y sobre todo, conocer a quien hemos creído.
No podemos amar verdaderamente a quien no conocemos. Por eso el estudio de la Palabra no es un mero ejercicio académico: es un acto de amor. Cuando meditamos en sus atributos, cuando examinamos sus promesas, cuando confrontamos nuestras ideas con la verdad revelada, estamos amando a Dios con la mente.
La tragedia del amor dividido
Si observamos con honestidad nuestras vidas, descubriremos que el pecado no es tanto un rechazo abierto a Dios, sino una división de nuestro amor. Queremos a Dios, pero también queremos nuestro reino. Queremos su gloria, pero también nuestro reconocimiento. Queremos su voluntad, pero solo cuando coincide con la nuestra.
El mayor enemigo del amor total no es el odio, sino los amores pequeños que compiten por el trono. No necesitamos que nos digan que Dios es importante; necesitamos que nos recuerden que Él debe ser todo. Como dijo Agustín: “Señor, nos hiciste para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que repose en ti”.
Un llamado a la integridad
La palabra “todo” es incómoda porque nos confronta con nuestras grietas. Pero no es una exigencia cruel; es una invitación a la libertad. Dios no nos pide amor total porque sea un tirano insaciable, sino porque sabe que un corazón dividido es un corazón en agonía. La integridad no es perfección sin fallos, es totalidad sin reservas.
Amar a Dios con todo nuestro ser no significa que nunca dudaremos, que nunca fallaremos, que nunca sentiremos sequedad. Significa que, en medio de la duda, el fracaso y la aridez, seguimos volviendo a Él porque sabemos que solo en Él hay vida eterna. Es el hijo pródigo que regresa no con un discurso ensayado, sino con el corazón roto y vacío, pero con los ojos puestos en el padre.
Cristo: el perfecto amador
Aquí está el consuelo más profundo: nosotros no hemos amado a Dios con todo nuestro ser, pero Cristo sí. Él amó al Padre con cada latido de su corazón, con cada pensamiento de su mente, con cada entrega de su alma. Y ese amor perfecto no lo guardó para sí mismo; lo puso a nuestro favor. Por fe, su amor perfecto es imputado a nosotros, y el Espíritu Santo comienza a moldear en nosotros esa misma integridad de amor.
No amamos para ser aceptados; amamos porque ya fuimos aceptados en el Amado. El mandamiento no es la puerta de entrada a la gracia; es el camino de salida de una vida que ya ha sido alcanzada por ella.
Conclusión: El gran Mandamiento es el gran Regalo
Al final, amar a Dios con todo el corazón, el alma y la mente no es una carga, sino una liberación. Es dejar caer todas las piedras que atamos a nuestra espalda esperando que nos sostengan. Es reconocer que solo Dios merece el lugar central, y que cuando Él ocupa ese lugar, todo lo demás encuentra su sitio.
Hoy, el Señor no te pide que fabriques un amor perfecto. Te pide que le entregues el amor que tienes, aunque sea pequeño, aunque esté dividido, aunque esté cansado. Ponlo en sus manos. Él es especialista en multiplicar panes y peces, y también en multiplicar amores sinceros.
Oración
Señor Jesús,
Tú que respondiste al experto en la ley con la palabra exacta, responde hoy a mi corazón necesitado. Confieso que mi amor por ti es con frecuencia pequeño, distraído, dividido. Amo tu presencia, pero también amo mi comodidad. Amo tu voluntad, pero también amo mis planes. Amo tu reino, pero también me aferro a mis pequeños reinos.
Te pido que, por tu Espíritu, unifiques mi corazón para temer tu nombre. Toma mi corazón frío y enciéndelo con el fuego de tu amor. Toma mi alma ansiosa y hazla reposar en tus promesas. Toma mi mente errante y concéntrala en la belleza de tu verdad.
No confío en la intensidad de mi amor, sino en la fidelidad del tuyo. Tú me amaste primero; tú me amaste hasta el extremo. Que ese amor sea la fuente y el modelo de todo mi afecto. Y un día, cuando te vea cara a cara, te amaré como siempre anhelé amarte: sin sombra, sin interrupción, sin fin.
Amén.
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