"Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; Y tú perdonaste la maldad de mi pecado. Selah" (Salmo 32:5, RVR60)
Introducción: El peso del silencio
Hay un momento en la vida del creyente en el que el silencio se convierte en nuestra peor prisión. No el silencio exterior de un lugar tranquilo, sino el silencio interior que guardamos a cal y canto para esconder aquello que sabemos que está mal. El Salmo 32 es una de las joyas más preciosas de la literatura penitencial. Escrito por David, probablemente después de su terrible caída con Betsabé y el asesinato de Urías, este salmo es un mapa que guía al alma desde la culpa paralizante hasta la alegría restauradora del perdón.
El versículo 5 es el clímax de ese viaje. En él, David nos describe la transición del más profundo sufrimiento emocional y espiritual a la más dulce de las liberaciones: el perdón de Dios.
I. El contexto del dolor: El verano del alma (Versos 3-4)
Para entender la grandeza del versículo 5, debemos comprender lo que vino antes. David describe los días en los que calló: "Mientras callé, se envejecieron mis huesos". El pecado no confesado no es un asunto menor que simplemente "Dios olvida mientras nosotros seguimos felices". Es un veneno que corroe desde adentro. David habla de un gemir durante todo el día, de una mano que pesaba sobre él, y de su vitalidad que se secó "como en sequía de verano".
El "verano" en Israel era una época de calor abrasador, donde la tierra se agrietaba y todo anhelaba la lluvia. Así es el alma que guarda pecado: un desierto interior. El "Selah" (pausa) en medio del versículo 5 nos invita a detenernos y sentir el contraste: el silencio mata, la confesión da vida.
II. Las tres palabras del arrepentimiento
En hebreo, el idioma original del Antiguo Testamento, la riqueza del lenguaje nos ayuda a entender la profundidad de la confesión de David. En este solo versículo, David usa tres palabras diferentes para describir su mal, y tres verbos que muestran su acción:
Mi pecado (Jattah): Esta palabra significa "errar al blanco". Es como un arquero que dispara su flecha y no da en el centro de la diana. David reconoce que su vida no dio en el blanco de la santidad de Dios.
Mi iniquidad (Avon): Esta palabra va más allá del acto; implica la culpa y la perversidad interna que lleva al acto. Es la raíz torcida que produce el fruto podrido.
Mis transgresiones (Pesha): Esta es la palabra más fuerte. Significa "rebelión", romper la relación, levantarse contra una autoridad legítima. Es el siervo que se rebela contra su Rey.
David no minimiza su mal. No lo llama "un error", "un desliz" o "algo que pasó". Lo llama por su nombre: pecado, iniquidad y rebelión.
III. El proceso de la confesión: "Dije, confesaré"
Observa la secuencia divina:
La Decisión Interna ("Dije"). Todo comenzó en la mente y la voluntad de David. Antes de abrir la boca, hubo un momento de quiebre en su espíritu. Decidió dejar de esconder, justificar o culpar a otros. Decidió dejar de ponerle hojas de parra a su desnudez espiritual. "Dije: Confesaré..." es el momento del nacimiento del arrepentimiento genuino.
La Dirección Correcta ("a Jehová"). David no fue a contárselo a un amigo (aunque eso también es saludable), ni fue a un templo a hacer un ritual vacío. Fue directamente a la persona a quien había ofendido principalmente. El pecado, aunque dañe a otros y a uno mismo, es primero una ofensa contra un Dios santo y amoroso. La confesión vertical es la que restaura la relación rota.
La Acción Verbal ("Declaré... no encubrí... confesaré"). La confesión no es un sentimiento vago; es un acto concreto. Es traer a la luz lo que se escondía en la oscuridad. Es ponerle nombre a lo que hicimos. Es dejar de llamarlo "debilidad" y llamarlo "pecado", dejar de llamarlo "mala suerte" y llamarlo "iniquidad".
IV. La respuesta de Dios: La lluvia después de la sequía
La segunda parte del versículo es el "Selah" (pausa) de la gracia: "Y tú perdonaste la maldad de mi pecado".
Aquí está el asombroso evangelio escondido en el Antiguo Testamento. David esperaba quizás un castigo, un rayo, o al menos un silencio prolongado. En lugar de eso, recibió un perdón inmediato y completo. La palabra para "perdonaste" implica "levantar" o "llevar". Es la imagen de Dios mismo cargando con ese peso que a David se le había hecho insoportable.
Dios no solo borra el pecado, sino que quita su culpa. No solo limpia el acta, sino que restaura la relación. Cuando David confesó, la sequía del verano terminó y vino la lluvia de la misericordia. El Rey del Universo, en lugar de aplastar al rebelde, corre a abrazar al hijo pródigo.
Conclusión: ¿Sigues en la sequía?
Quizás hoy llevas semanas, meses o incluso años en la sequía del verano. Tus huesos se han envejecido. El gemir ha sido tu pan de cada día. La mano de Dios, en lugar de sentirla como consuelo, la has sentido como un peso. Has intentado llenar el vacío con trabajo, distracciones o incluso con más religiosidad, pero el alma sigue agrietada.
La salida no es complicada, aunque sí humillante. La salida es el "Dije: Confesaré". No necesitas poner en orden toda tu vida antes de ir a Él. No necesitas prometer que nunca volverás a caer. Solo necesitas ir tal como estás, con tu rebelión, tu iniquidad y tu pecado, y ponerlo sobre la mesa.
Él no te rechazará. La historia de David y la historia de cada pecador arrepentido lo confirman. En el mismo momento en que dices "confesaré", Él ya está diciendo "perdono". Ese es el carácter de nuestro Dios. No es un juez ansioso por condenar, sino un Padre ansioso por restaurar.
Deja el silencio. Abre tu boca. La confesión puede sonar en tus oídos como la admisión de una derrota, pero en los oídos de Dios, es el sonido de la victoria de la gracia en tu vida. Es el sonido de un hijo que vuelve a casa.
Oración
Padre Santo y Misericordioso,
Vengo hoy ante Ti, no con excusas, sino con el corazón abierto. Reconozco que he callado por demasiado tiempo. He cargado con el peso de mi pecado, de mi iniquidad y de mi rebelión, pensando erróneamente que podía ocultarlo o manejarlo yo mismo. Mi vida se ha secado como tierra en verano, y mi espíritu ha gemido en silencio.
Pero hoy, Señor, digo: Confesaré. No quiero encubrir más mi maldad. Te declaro mi pecado sin reservas. Te entrego esa área que he escondido, ese pensamiento que he alimentado, esa palabra que dije, esa acción que cometí. Me arrodillo ante Ti, no como alguien que merece perdón, sino como alguien que necesita desesperadamente de Tu gracia.
Gracias, porque en el momento en que confieso, Tú perdonas. Gracias porque no me devuelves el peso que he soltado, sino que lo llevas Tú en Tu misericordia. Restaura mi gozo, lléname de Tu paz y que el manantial de Tu perdón quite para siempre la sequía de mi alma.
En el nombre de Jesús, quien pagó el precio de cada uno de mis pecados en la cruz, Amén.
No hay comentarios:
Publicar un comentario