Juan 11:25-26 (RVR60)
Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?
El Contexto del Dolor
Estas palabras fueron pronunciadas en uno de los momentos más intensamente humanos del ministerio de Jesús: la muerte de Lázaro, su amigo querido. María y Marta, sumidas en el duelo, enfrentaban la aparente derrota final ante la muerte. Su queja contenía una verdad parcial: "Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto" (Juan 11:21). Reconocían el poder de Jesús sobre la enfermedad, pero aún no comprendían Su señoría sobre la muerte misma.
En medio de este escenario de lágrimas y desesperanza, Jesús pronuncia una declaración que trasciende toda comprensión humana limitada: "Yo soy la resurrección y la vida". No dice "Yo traigo" o "Yo causo", sino "Yo SOY". Esta es la misma fórmula divina usada en Éxodo 3:14 cuando Dios se revela a Moisés como "YO SOY". Jesús se identifica aquí no simplemente como un agente de resurrección, sino como la Resurrección misma personificada.
Las Dos Dimensiones de la Promesa
En estas palabras encontramos una promesa de dos dimensiones, que abarca el presente y el futuro, lo físico y lo espiritual:
"El que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá": Aquí hay una promesa escatológica. Jesús mira más allá de la tumba temporal hacia la resurrección final. En medio de nuestra mortalidad, Él ancla nuestra esperanza en algo más allá del sepulcro. La muerte física, aunque real y dolorosa, no es el final para quien está unido a Cristo. Pablo desarrollaría más tarde esta verdad: "Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados" (1 Corintios 15:22).
"Todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente": Esta es una promesa para el presente. Jesús habla de una vida que comienza ahora mismo, una vida que la muerte física no puede extinguir. Es la vida eterna que no solo se prolonga en duración, sino que se transforma en calidad. Es una participación en la misma vida de Dios, que por naturaleza es eterna. Juan explicaría después: "Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo" (1 Juan 5:11).
La Pregunta que Resuena a Través de los Siglos
Jesús concluye con una pregunta personal y directa: "¿Crees esto?" Esta pregunta no fue solo para Marta en aquel camino polvoriento de Betania. Resuena a través de los siglos hasta llegar a nosotros hoy.
Creer esto no es simplemente asentir intelectual a una doctrina. Es:
Confiar en la persona de Cristo cuando la evidencia circunstancial parece contradecir Sus promesas.
Aferrarse a Su carácter cuando el dolor nubla nuestra visión de Su bondad.
Descansar en Su poder cuando enfrentamos nuestras propias "muertes": pérdidas, enfermedades, sueños truncados, relaciones rotas.
La Resurrección como Realidad Presente
Aunque la resurrección final es futura, Jesús como "la resurrección y la vida" trae poder resucitador a nuestras realidades presentes. Él resucita:
Esperanzas que han muerto en el corazón desilusionado.
Relaciones que parecen sin vida.
Sueños que hemos dado por enterrados.
Fé que se ha debilitado hasta casi desaparecer.
La resurrección de Lázaro sería la demostración tangible de esta verdad, pero la resurrección más significativa sería la que Jesús experimentaría días después de Su propia muerte. Su victoria sobre la tumba valida todas Sus promesas y garantiza que nuestras resurrecciones—tanto las espirituales ahora como las físicas después—están seguras en Él.
Viviendo desde la Resurrección
Creer que Jesús es "la resurrección y la vida" transforma cómo vivimos hoy:
Nos libera del miedo a la muerte física y espiritual.
Nos da valor para enfrentar pérdidas sabiendo que no son definitivas.
Nos impulsa a vivir con propósito eterno en medio de realidades temporales.
Nos capacita para ser agentes de vida en un mundo marcado por la muerte en todas sus formas.
Oración
Señor Jesús, "Yo Soy la resurrección y la vida",
Ante Ti traigo mis muertes: las pequeñas muertes de decepciones diarias, y las grandes muertes que han dejado vacíos profundos en mi alma. Confieso que muchas veces, como Marta, he limitado Tu poder a intervenciones circunstanciales, sin comprender plenamente que Tú eres la Resurrección misma.
Hoy elijo creer—no solo como un concepto teológico, sino como un ancla para mi alma—que Tú tienes autoridad sobre toda muerte. Creo que tu victoria sobre la tumba garantiza que mi duelo no es el capítulo final. Creo que incluso ahora, en medio de lo que parece irreversible, Tu poder resucitador está actuando.
Ayúdame a vivir desde esta verdad. Que mi existencia refleje la certeza de que la muerte no tiene la última palabra. Que sea portador de Tu vida donde encuentre desesperanza, y testigo de Tu poder resucitador en los lugares más oscuros.
Gracias porque creer en Ti no solo me asegura un futuro más allá de la tumba, sino que me inunda de vida verdadera aquí y ahora. Afirmo nuevamente: Tú eres mi resurrección. Tú eres mi vida.
En el nombre de Jesús, el Vencedor de la muerte,
Amén.
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