"A los ricos de este siglo manda que no sean altivos, ni pongan la esperanza en la incertidumbre de las riquezas, sino en el Dios vivo, que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos." (1 Timoteo 6:17, RVR60)
El apóstol Pablo, escribiendo a su discípulo Timoteo, dirige una advertencia sorprendentemente específica a un grupo particular dentro de la iglesia: "los ricos de este siglo". Esta instrucción no es un rechazo a la posesión de bienes materiales, sino una guía sabia para el corazón que los posee. En un mundo que valora la acumulación y el éxito económico como indicadores supremos de seguridad y valor, la Palabra nos redirige con claridad y amor.
La primera advertencia es contra la altivez o el orgullo: "que no sean altivos". La riqueza, cuando no es vista desde la perspectiva de la mayordomía, tiende a inflar el ego. Puede generar la ilusión de autosuficiencia, la idea de que nuestros logros, inteligencia o esfuerzo son la fuente última de nuestro bienestar. Nos hace mirar a los demás desde un pedestal, olvidando que todo lo que somos y tenemos es un don de la gracia. La altivez espiritual es especialmente peligrosa, pues puede hacer que creamos que nuestra prosperidad es un signo inequívoco del favor divino especial, cerrando nuestros ojos a las necesidades ajenas y a nuestra propia dependencia diaria de Dios.
La segunda advertencia es aún más profunda: "ni pongan la esperanza en la incertidumbre de las riquezas". Aquí Pablo expone una verdad cruda: las riquezas son inciertas. Los mercados fluctúan, las economías se desestabilizan, las empresas quiebran, las propiedades se deprecian y los tesoros terrenales son vulnerables al hurto y la corrosión (Mateo 6:19). Poner nuestra esperanza en ellas es construir nuestra casa sobre la arena. Es confiar en lo que por naturaleza es volátil y temporal. Cuánta ansiedad, estrés y miedo provienen precisamente de haber anclado nuestra sensación de seguridad a algo tan cambiante. La crisis financiera, una factura inesperada o una pérdida nos desmoronan porque hemos confiado en el fundamento equivocado.
Frente a esta prohibición, Pablo presenta el mandato positivo, el antídoto divino: "sino en el Dios vivo". Nuestra esperanza debe ser transferida, trasladada deliberadamente. No a un concepto abstracto, sino al Dios vivo. Él es eterno, inmutable, fiel y todopoderoso. Él no fluctúa con la bolsa de valores ni depende de las condiciones económicas globales. Su carácter es firme, su palabra permanente y su provisión segura. Poner la esperanza en Él es construir sobre la Roca que no se moverá, aunque vengan tormentas (Mateo 7:24-25).
Pero el versículo no termina con una simple transferencia de confianza. Revela la naturaleza generosa de nuestro Dios: "que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos". ¡Qué contraste con la visión de un Dios austero y tacaño! El Dios vivo es un Dios dadivoso. Él creó un mundo lleno de belleza, sabores, colores y experiencias. Las riquezas materiales, cuando son recibidas como un don de Sus manos y no como un ídolo, adquieren su verdadero sentido: son para disfrutarlas con gratitud. Este disfrute no es hedonismo desenfrenado, sino un recibir con acción de gracias lo que Él da, saboreando Sus bendiciones como un hijo que recibe un regalo de un Padre amoroso.
Este pasaje nos llama a un examen de corazón:
¿Dónde está anclada mi seguridad? ¿En mi cuenta bancaria, mi empleo, mi patrimonio? ¿O en la fidelidad y el carácter de Dios?
¿Hay altivez en mí? ¿Me siento superior por lo que tengo o logro? ¿Olvido que soy un administrador, no un dueño absoluto?
¿Recibo y disfruto los bienes con gratitud? ¿Veo las bendiciones materiales como oportunidades para glorificar a Dios, bendecir a otros y disfrutar responsablemente de Su bondad?
El llamado es a una gran transferencia de confianza. Debemos desenganchar nuestra esperanza de lo visible y perecedero, y anclarla en lo invisible y eterno. Nuestra seguridad no está en la volatilidad de los mercados, sino en la inmutabilidad de Dios. Nuestro valor no está determinado por nuestras posesiones, sino por ser hijos amados del Rey del universo. Cuando esta verdad cala en nuestro corazón, somos libres: libres de la ansiedad por lo material, libres para ser generosos, libres para disfrutar sin idolatrar, y libres para vivir con una esperanza inquebrantable.
Oración
Padre Eterno y Dios Vivo,
Te acercamos nuestros corazones en este momento. Reconocemos con humildad que, muchas veces, hemos puesto nuestra esperanza en la incertidumbre de las riquezas, confiando más en lo que tenemos que en Ti, el Dador de todo. Perdónanos por la altivez que nace de la autosuficiencia y por buscar seguridad en lo que es pasajero.
Hoy, deliberadamente, trasladamos nuestra esperanza a Ti. Afirmamos que Tú eres nuestra Roca, nuestra Provisión y nuestra Seguridad verdadera. Que nuestra alma descanse en Tu carácter fiel y en Tu amor inmutable.
Gracias por Tu generosidad increíble, por darnos todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos. Enséñanos a recibir Tus dones con manos abiertas y corazones agradecidos, a ser mayordomos sabios y generosos, usando lo que nos confías para Tu gloria y para el bien de los demás.
Que nuestra vida refleje que nuestra confianza está puesta, no en lo que poseemos, sino en Ti, el Dios vivo, nuestro tesoro eterno.
En el nombre de Jesús, Amén.