Salmo 34:22 (RVR60): "Jehová redime el alma de sus siervos, y no serán condenados cuantos en él confían."
El Salmo 34 es un canto nacido en la fragua de la experiencia. David, huyendo de la locura del rey Saúl, se encuentra en una cueva, asustado y vulnerable. Sin embargo, desde ese lugar de oscuridad, brota este salmo luminoso, un himno a la bondad de Dios en medio del peligro. Al llegar al último versículo, David no solo termina con una declaración, sino con una proclamación poderosa y eterna que encapsula la esencia de la esperanza del creyente.
El verbo central es "redime". En el hebreo original, esta palabra (פָּדָה, padah) evoca la imagen de un rescate pagado, de una liberación lograda mediante un precio. No se trata de un simple perdón o una ayuda ocasional; es una acción decisiva y costosa que traslada a alguien de la posesión del enemigo a la posesión de Dios. Nuestra alma —nuestro ser más íntimo, nuestra vida— estaba cautiva, esclavizada por el pecado, la culpa y la condenación eterna. Dios no negoció; intervino pagando el precio.
¿Y cuál fue ese precio? El Nuevo Testamento ilumina la sombra de esta promesa del Antiguo Testamento. Pedro, citando este mismo salmo, nos dice: "Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero" (1 Pedro 2:24). El precio de nuestra redención fue la vida preciosa del Hijo de Dios, Jesucristo. Él fue el rescate ofrecido una vez y para siempre. Por eso, David puede declarar con absoluta confianza: "y no serán condenados cuantos en él confían."
La palabra "condenados" aquí es fuerte. Significa ser declarado culpable y sufrir el castigo correspondiente. Pero hay una promesa de inmunidad divina para un grupo específico: "sus siervos" que son descritos como aquellos "que en él confían". La confianza (batach) no es un asentimiento intelectual pasivo; es una entrega total, un refugiarse, un apoyarse con todo el peso de nuestra necesidad sobre Dios. No confiamos en nuestros méritos, en nuestra moralidad o en nuestra fuerza. Confiamos en Él, en Su carácter fiel y en Su obra redentora consumada.
La belleza de este versículo está en su contundente secuencia divina: Él redime, por tanto, nosotros no somos condenados. La redención es Su obra completa. La seguridad es nuestra posesión. No hay espacio para el "quizás" o el "ojalá". Es una declaración absoluta: "no serán condenados". La justicia que exigía nuestra condena fue satisfecha en la cruz. Ahora, para el que confía, la justicia de Cristo le es acreditada. Somos, como dijo el apóstol Pablo, "más que vencedores por medio de aquel que nos amó" (Romanos 8:37).
Quizás hoy cargas con la sombra de la condenación. El enemigo te acusa, tus propios errores te gritan, el mundo te señala. Pero este versículo es un muro de contención contra toda acusación. Si has confiado en Cristo, tú perteneces a la categoría de "sus siervos". Tu alma ha sido redimida, comprada, y puesta a salvo. El Juez supremo ha emitido Su veredicto: "No condenado". Eres libre. Eres de Él.
Que esta verdad no solo te consuele, sino que te impulse a vivir como un redimido. Un siervo que sirve por gratitud, no por obligación. Un confiado que descansa, no que se desespera. Tu futuro está asegurado por la fidelidad de Aquel que pagó el precio más alto para llamarte Suyo.
Oración
Señor Jehová, Dios de toda gracia y Padre de misericordia,
Te doy gracias hoy por la palabra viva y poderosa de tu Salmo. Gracias porque en medio de mi propio desamparo y debilidad, tú eres mi redentor. Reconozco que mi alma, sin ti, estaba perdida y condenada. Pero hoy proclamo con fe y humildad que confío en ti.
Creo en la obra perfecta de Jesús en la cruz, el precio completo de mi rescate. Acepto tu veredicto de "no condenado" sobre mi vida, no por mis méritos, sino por los de Cristo. Perdona los momentos en que he dudado de tu redención y he vivido como si aún estuviera bajo acusación.
Fortalece mi confianza en ti cada día. Que el hecho de haber sido redimido por tan alto costo moldee mis pensamientos, mis palabras y mis acciones. Ayúdame a vivir como un siervo agradecido, reflejando tu amor y tu liberación a un mundo que aún vive en cautiverio.
Guárdame en tu paz, bajo la sombra de tu protección, sabiendo que soy tuyo para siempre. En el nombre poderoso y redentor de Jesucristo, tu Hijo, Amén.
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