"Respondió Jesús: Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí."
Juan 18:36 (RVR60)
Estas palabras fueron pronunciadas por Jesús en uno de los momentos más tensos y críticos de su vida: ante Poncio Pilato, el gobernador romano, en un juicio injusto que llevaría a su crucifixión. En medio de la acusación política de que se proclamaba "Rey de los judíos" –una acusación que podía interpretarse como rebelión contra el César–, Jesús define la naturaleza esencial de su autoridad y misión. No viene defendiéndose con ejércitos, ni apelando a la violencia, ni buscando el poder terrenal. Su declaración revela una realidad espiritual profunda que desafía toda lógica humana.
La Naturaleza del Reino de Cristo
Cuando Jesús dice: "Mi reino no es de este mundo", no está diciendo que su reino no interactúe con este mundo o que no tenga implicaciones en él. Más bien, está declarando que el origen, la naturaleza y los medios de su reino son radicalmente diferentes. Los reinos de este mundo se establecen y mantienen mediante la fuerza política, el poder militar, la coerción y la ambición. Se miden por fronteras geográficas, economía y dominación. El Reino de Jesús, en cambio, tiene su fuente en el corazón mismo de Dios. Es un reino de verdad, de gracia, de justicia eterna y de amor redentor. Se establece en los corazones de quienes lo reciben, y se expande mediante la proclamación del Evangelio, el servicio sacrificial y la transformación interior por el Espíritu Santo.
La Evidencia de un Reino Distinto
Jesús ofrece una prueba contundente: "Si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían". En el Huerto de Getsemaní, Pedro intentó defenderlo con una espada, y Jesús lo reprendió y sanó a la víctima (Mateo 26:52-53). El Mesías rechazó el camino de la revolución violenta que muchos esperaban. Su reino no avanza por la espada, sino por la cruz. No se impone desde fuera, sino que convoca desde dentro. El poder de este reino se manifiesta en la debilidad aparente: en la entrega voluntaria, en el perdón ofrecido a sus verdugos, en la resistencia pacífica al mal. La cruz, símbolo de derrota para Roma, se convirtió en el trono desde donde el Rey eterno reinó salvando a la humanidad.
Un Reino "No de Aquí", pero para Aquí
Que su reino "no sea de aquí" no implica indiferencia ante la injusticia, el dolor o las necesidades del mundo. Al contrario. Precisamente porque su reino es de origen celestial, posee los recursos y la perspectiva para redimir la realidad terrenal. Los ciudadanos de este reino somos llamados a vivir como "extranjeros y peregrinos" (1 Pedro 2:11), con nuestra ciudadanía en los cielos (Filipenses 3:20), pero siendo sal y luz en la tierra (Mateo 5:13-16). Vivimos bajo la autoridad de Cristo en medio de los reinos de este mundo, aplicando sus principios de justicia, misericordia, verdad y paz en nuestras relaciones, trabajos y comunidades.
Implicaciones para Nuestra Vida
Lealtad Primaria: Nuestra lealtad suprema es a Cristo y a su reino. Esto puede ponernos en tensión con leyes, culturas o presiones sociales que contradicen sus mandamientos. Como Jesús ante Pilato, debemos obedecer a Dios antes que a los hombres (Hechos 5:29).
Medios Congruentes: No podemos promover el reino de Dios con los métodos del mundo—engaño, manipulación, poder abusivo, división. Nuestras herramientas son la oración, la Palabra, el amor genuino, el servicio humilde y el testimonio fiel.
Perspectiva en la Aflicción: Cuando somos malentendidos, perseguidos o nos sentimos sin poder terrenal, recordamos que nuestro Rey triunfó a través de la aparente derrota. Nuestro valor no lo da el reconocimiento del mundo, sino nuestra pertenencia a un reino eterno.
Una Esperanza Activa: Anhelamos la consumación final de su reino, cuando "el reino del mundo ha venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo" (Apocalipsis 11:15). Esta esperanza no nos hace evadir nuestras responsabilidades presentes; nos impulsa a trabajar, orar y vivir de manera que revelemos, aquí y ahora, los valores de aquel reino venidero.
Hoy, Cristo sigue reinando. Su trono no está en un palacio de mármol, sino en el corazón de cada creyente que se somete a su señorío. Su corona no es de oro, sino de gloria eterna. Y su llamamiento es para que, en medio de un mundo confundido acerca de dónde está el verdadero poder, vivamos como embajadores fieles de un reino que no se sacudirá, porque no es de este mundo.
Oración
Señor Jesús, Rey Eterno y Salvador nuestro,
Te adoramos porque tu reino no es como los reinos de este mundo, fundados en la ambición y sostenidos por la fuerza. Gracias porque tu reino es de verdad, de gracia, de justicia y de paz eterna. Reconocemos hoy, delante de ti, que a menudo buscamos poder, seguridad y reconocimiento según los parámetros del mundo, olvidando que nuestra ciudadanía está en los cielos.
Perdónanos cuando hemos intentado avanzar tu obra con métodos carnales, confiando en nuestra propia fuerza y no en tu Espíritu. Ayúdanos a comprender más profundamente lo que significa que tu reino "no es de aquí". Que esta verdad moldee nuestras prioridades, nuestras decisiones y nuestras reacciones ante las pruebas.
Coloca en nuestros corazones la lealtad inquebrantable que te debemos a ti, nuestro Rey. Enséñanos a vivir como tus siervos fieles en medio de un mundo confundido, mostrando con nuestras vidas los valores de tu reino: amor, humildad, integridad y servicio. Que seamos instrumentos de tu paz y portadores de tu verdad, aún cuando ello nos cueste el favor del mundo.
Mantén viva en nosotros la esperanza del día en que proclames ante toda la creación: "¡Hecho está!". Hasta entonces, que nuestro anhelo y nuestra labor sean para que tu voluntad se haga, como en el cielo, también en la tierra.
En el nombre poderoso de Jesús, el Rey de reyes,
Amén.
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