Juan 13:16
"De cierto, de cierto os digo: El siervo no es mayor que su señor, ni el enviado es mayor que el que le envió." (Juan 13:16, RVR60)
Estas palabras de Jesús, pronunciadas en el contexto íntimo del aposento alto, resuenan con una profundidad que trasciende el momento histórico. El Maestro, el Señor del universo, acababa de realizar el acto más humilde imaginable: lavar los pies de sus discípulos. Este versículo emerge después de ese gesto revolucionario, como una enseñanza fundamental sobre la naturaleza del discipulado.
Jesús establece una verdad fundamental: en el reino de Dios, la jerarquía no se mide por privilegios sino por responsabilidad; no por honor recibido, sino por servicio entregado. Si el Señor de la gloria se inclinó para realizar la tarea más baja—reservada normalmente a los esclavos—¿qué tarea podría considerarse indigna para sus seguidores? Si el Hijo de Dios asumió la forma de siervo (Filipenses 2:7), ¿cómo podríamos nosotros aspirar a una posición de superioridad?
La Paradoja del Reino
Jesús invierte radicalmente nuestras nociones mundanas de grandeza. En el mundo, la grandeza se asocia con poder, control, reconocimiento y comodidad. En el reino de Cristo, la verdadera grandeza se encuentra en la humildad, el servicio, el amor sacrificial y la disposición a ocupar el último lugar. El "siervo no es mayor que su señor" significa que nuestro camino no puede ser diferente al de Cristo. Si Él sirvió, nosotros debemos servir. Si Él sufrió, nosotros debemos estar dispuestos a sufrir. Si Él fue rechazado, nosotros no podemos esperar una acogida universal.
Este principio desafía nuestro deseo natural de elevación. En nuestras iglesias, ministerios y vidas personales, ¿buscamos servir o ser servidos? ¿Anhelamos reconocimiento o estamos contentos con servir en la sombra? ¿Nos consideramos demasiado importantes para tareas humildes?
El Enviado y Su Misión
La segunda parte del versículo—"ni el enviado es mayor que el que le envió"—nos habla de nuestra identidad como mensajeros del Rey. Como enviados, representamos a quien nos envía. Nuestra autoridad deriva de Él, no de nosotros mismos. Nuestro mensaje es Su mensaje, no nuestras ideas. Nuestra misión es Su misión, no nuestros proyectos personales.
Este recordatorio nos protege tanto del orgullo como del desánimo. No somos mayores que Cristo, por lo tanto no debemos engreírnos cuando el ministerio florece. Pero tampoco debemos desalentarnos cuando encontramos dificultades, porque "si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán" (Juan 15:20). El enviado comparte no solo la autoridad del que lo envía, sino también su destino.
Aplicación Práctica
Hoy, este versículo nos cuestiona:
En nuestras actitudes: ¿Mantenemos un corazón de siervo en nuestras relaciones familiares, laborales y eclesiales?
En nuestro servicio: ¿Estamos dispuestos a realizar tareas invisibles y no reconocidas?
En nuestro sufrimiento: ¿Aceptamos que seguir a Cristo implica llevar nuestra cruz diariamente?
En nuestra misión: ¿Recordamos que somos embajadores de Cristo, no protagonistas de nuestra propia historia?
El camino del siervo es contrario a la sabiduría del mundo, pero es el camino que conduce a la verdadera vida. Jesús no solo nos dio un mandamiento; nos mostró el ejemplo. Al lavar los pies de sus discípulos—incluyendo a Judas, quien pronto lo traicionaría—nos demostró que el servicio cristiano no discrimina, no calcula el costo y no excluye a los indignos, porque ninguno de nosotros es digno del servicio que Cristo nos prestó en la cruz.
Oración
Señor Jesús, Maestro y Siervo,
Tú que siendo Dios te humillaste,
lavando los pies de tus discípulos,
lávame hoy de mi orgullo y ambición.
Enséñame el camino verdadero de la grandeza,
que no se encuentra en la elevación
sino en el servicio humilde;
no en ser servido sino en servir;
no en buscar mi gloria sino la tuya.
Recuérdame cada día que el siervo no es mayor que su señor,
que el enviado no es mayor que quien lo envió.
Cuando me tiente el deseo de reconocimiento,
llámame al anonimato del servicio fiel.
Cuando me desanime el rechazo o la incomprensión,
recuérdame que comparto el camino que Tú anduviste.
Que mi vida refleje Tu corazón de siervo,
que mis manos se ocupen en las tareas que me asignes,
que mi corazón se alegre en seguir Tu ejemplo,
hasta que un día escuche esas palabras anheladas:
"Bien, buen siervo y fiel".
En Tu nombre, que es sobre todo nombre,
y por Tu gracia, que me capacita para servir,
Amén.
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