LA LUZ QUE DEFINE LA SOMBRA

"El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios." — Juan 3:18 (RVR60)

En el corazón del evangelio, el apóstol Juan nos presenta la realidad más solemne y esperanzadora de la existencia humana: la vida y la eternidad se definen por nuestra relación con Jesucristo. Este versículo, situado inmediatamente después del conocido Juan 3:16, no es una mera continuación, sino una revelación del juicio y la gracia en su más cruda y gloriosa expresión.

La primera parte del versículo es una declaración de absoluta seguridad: "El que en él cree, no es condenado". Observa la negación rotunda: "no es condenado". No dice "podría no ser condenado" o "será perdonado después de un proceso". El creyente está, en el mismo momento de la fe genuina, liberado del veredicto de condenación. Esto no se basa en nuestros méritos, ni en nuestra perfección moral, ni en nuestros esfuerzos religiosos. Se basa únicamente en la persona y la obra de Cristo. La fe es el puente que nos une a Su justicia. Es como si el juicio eterno ya hubiera pasado sobre nosotros, pero en lugar de caer sobre nuestras cabezas, cayó sobre Cristo en la cruz. Por eso, quien cree, vive bajo el manto de una justicia ajena, perfecta y divina.

Pero luego viene la segunda parte, que puede resultar incómoda en nuestra era relativista: "pero el que no cree, ya ha sido condenado". La Palabra utiliza un tiempo verbal revelador: "ya ha sido". La condenación no es solo una amenaza futura; es un estado presente. No es que Dios esté esperando con un martillo listo para golpear; es que la separación de Dios, que es la esencia de la condenación, ya es una realidad para quien rechaza la Luz. La incredulidad no es una opción neutral; es un rechazo activo a la única provisión de salvación. Como un hombre que se niega a salir de una casa en llamas porque no "cree" en el fuego, su incredulidad no cambia la realidad de su peligro.

Juan aclara el porqué de esta condenación: "porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios". El pecado fundamental, la raíz de todos los demás, es este: la desconfianza hacia Dios manifestada en Su Hijo. No es principalmente una cuestión de maldad moral (aunque esta es consecuencia), sino de rechazo a la bondad y verdad reveladas en Cristo. "El nombre" representa todo Su ser, Su autoridad, Su misión y Su amor. Rechazar ese nombre es preferir las tinieblas a la Luz, la autonomía a la comunión, el yo al Creador.

Esto nos confronta con una verdad profunda: Dios respeta nuestra libertad hasta el punto de permitir que nuestra decisión tenga consecuencias eternas. La cruz no hizo a Dios un juez severo; ¡lo reveló como un Salvador amoroso que asumió el juicio sobre Sí mismo! La condenación, entonces, no es la imposición de un déspota, sino la ratificación de una elección humana: vivir sin Él, para siempre.

Hoy, este versículo nos invita a un autoexamen:

¿Descansa mi seguridad eterna en la promesa de "no es condenado", o aún busco méritos propios?

¿Comprendo la urgencia de la fe, no como un asentimiento intelectual, sino como una entrega total a la persona de Cristo?

¿Vivo con la conciencia de que fuera de Cristo, la humanidad ya está en un estado de pérdida, lo que aviva mi compasión y testimonio?

Que esta verdad no nos lleve a un juicio farisaico hacia otros, sino a una profunda humildad y gratitud. Nosotros, los creyentes, no somos "mejores"; somos receptores de una gracia que no merecíamos. Y esa gracia recibida debe convertirse en compasión activa hacia un mundo que "ya ha sido condenado", pero que todavía está bajo el llamado resonante del amor divino: "Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo".

Oración
Padre eterno y misericordioso,

Te acercamos nuestros corazones hoy, humillados ante la solemnidad y la gracia de Tu Palabra. Reconocemos que, sin Cristo, estamos perdidos y bajo condenación, no porque Tú desees condenarnos, sino porque hemos preferido nuestras tinieblas a Tu luz.

Gracias, porque en Tu amor infinito, proporcionaste a Tu Hijo unigénito, Jesucristo, para llevar sobre Sí nuestro juicio. Te alabamos porque hoy podemos declarar con asombro: "El que cree, no es condenado". Afirmamos nuestra fe en Él, no como un simple concepto, sino como el ancla de nuestra alma, nuestra única esperanza y justicia.

Rompe en nosotros toda complacencia. Que la verdad de que muchos viven aún en estado de condenación nos impulse a ser portadores fieles de Tu evangelio, con palabras llenas de verdad y actos llenos de amor.

Ayúdanos a vivir cada día bajo la seguridad de Tu salvación, con gratitud y santidad, reflejando la Luz que nos rescató de las tinieblas.

En el nombre poderoso de Jesús, el Unigénito Hijo de Dios, amén.

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