LA SABIDURÍA QUE DESHACE NUESTRA PRESUNCIÓN

"Nadie se engañe a sí mismo; si alguno entre vosotros se cree sabio en este siglo, hágase ignorante, para que llegue a ser sabio."
1 Corintios 3:18 (RVR60)

Introducción: El engaño de la autosuficiencia
En un mundo que exalta el conocimiento, la astucia y la autoafirmación, el apóstol Pablo lanza una advertencia profunda y contraintuitiva a la iglesia de Corinto. Esta comunidad, inmersa en una cultura helenística que valoraba la retórica sofisticada y la sabiduría filosófica, corría el riesgo de medir la verdad espiritual con las mismas reglas del "siglo presente". Hoy, no somos muy distintos: vivimos en la era de la información, donde el acceso al conocimiento nos puede hacer sentir competentes, autosuficientes y, en el fondo, sabios según los estándares humanos. Pablo nos confronta: "Nadie se engañe a sí mismo". El primer paso hacia la verdadera sabiduría es reconocer la facilidad con la que nos autoengañamos.

1. La sabiduría de este siglo: un espejismo
La "sabiduría de este siglo" no se refiere necesariamente al conocimiento académico o técnico, que pueden ser dones de Dios para servir. Se trata más bien de una mentalidad, un sistema de valores que prescinde de Dios, que confía en la razón humana, en el éxito visible, en el poder y en el prestigio como máximos bienes. En Corinto, esto se manifestaba en las divisiones por seguir a distintos líderes (1 Corintios 1:12), en la arrogancia espiritual y en la tolerancia de pecados a cambio de una falsa libertad. Esta sabiduría es efímera ("de este siglo") y, en última instancia, es "necedad para con Dios" (1 Corintios 3:19). Nos engañamos cuando creemos que nuestras evaluaciones, nuestros logros y nuestra comprensión son la medida de todas las cosas.

2. El llamado radical: "hágase ignorante"
La solución de Pablo es chocante: "hágase ignorante". No es un elogio a la ignorancia voluntaria o al anti-intelectualismo. Es una invitación a un acto deliberado de humildad: renunciar a la pretensión de saberlo todo, a la necesidad de tener siempre la razón, al orgullo que nace de nuestro conocimiento. Es un "desaprender" para poder aprender de nuevo. Es como vaciar una vasija llena de agua estancada para poder llenarla con agua fresca. Dios no puede llenarnos de Su sabiduría si estamos ya llenos de la nuestra. Este "hacerse ignorante" es un acto de fe: confiar en que lo que Dios considera sabiduría (que con frecuencia parece locura al mundo, 1 Corintios 1:18-25) es infinitamente mejor.

3. La verdadera sabiduría: un don recibido en la humildad
El propósito final es "para que llegue a ser sabio". La verdadera sabiduría es una transformación, un "llegar a ser". Es el resultado de un proceso que comienza con la humillación. La sabiduría de Dios se revela en la cruz de Cristo: un mensaje de amor sacrificial, de perdón y de gracia que el mundo no puede comprender con sus propios parámetros. Ser sabio a los ojos de Dios significa vivir en la realidad del Reino: amar a los enemigos, servir en lo oculto, encontrar fuerza en la debilidad, y juzgarlo todo a la luz de la eternidad. Esta sabiduría se nutre de la Palabra, se manifiesta en una vida guiada por el Espíritu (Gálatas 5:22-23) y se expresa en un amor práctico y desinteresado.

4. Aplicación práctica: áreas donde "hacernos ignorantes"
En nuestra vida espiritual: ¿Confiamos más en nuestra experiencia religiosa que en la gracia de Cristo? ¿Nos creemos superiores a otros creyentes?

En nuestras relaciones: ¿Insistimos en tener la última palabra? ¿Nos cuesta pedir perdón porque creemos que tenemos la razón?

En nuestras decisiones: ¿Buscamos primero la aprobación humana y los criterios del éxito terrenal, o buscamos en oración la voluntad de Dios, aunque parezca ilógica?

En la iglesia: ¿Valoramos más el talento, los números y la elocuencia que la santidad, la unidad y la fidelidad a la Palabra?

Conclusión: El camino descendente hacia la altura
El camino del creyente es paradójico: para ser exaltado, debe humillarse; para ganar, debe perder; para vivir, debe morir; y para ser sabio, debe hacerse "ignorante". Este versículo nos llama a un examen de conciencia diario: ¿Dónde estoy confiando en mi propia sabiduría? ¿En qué áreas necesito despojarme de mis seguridades intelectuales, profesionales o espirituales para depender completamente de Dios? La cruz es el monumento definitivo a la sabiduría de Dios que desbarata la sabiduría humana. Acercarnos a ella con un corazón humilde es el comienzo de la verdadera comprensión.

Oración
Padre Celestial,

Te reconocemos como la fuente de toda sabiduría y conocimiento. Hoy venimos delante de Ti conscientes de cuán fácilmente nos engañamos, creyéndonos sabios según los parámetros de este mundo. Perdónanos por los momentos en que hemos confiado en nuestro propio entendimiento, en nuestras capacidades y en nuestra razón, marginando tu voz y tu voluntad.

Te pedimos el valor y la humildad para "hacernos ignorantes". Ayúdanos a soltar las riendas de nuestra autosuficiencia, a cuestionar las certezas que no se fundamentan en Ti, y a vaciarnos de todo orgullo espiritual e intelectual. Queremos que tu Espíritu nos llene con la verdadera sabiduría que viene de lo alto, que es primeramente pura, luego pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos.

Guíanos a medir todas las cosas con el patrón de la cruz, donde tu amor y tu sabiduría se manifestaron en forma de aparente debilidad y locura. Que nuestra vida refleje esa sabiduría divina: en nuestra humildad, en nuestro servicio y en nuestra dependencia total de Ti.

En el nombre de Jesús, quien se despojó a sí mismo para darnos el ejemplo supremo de humildad, oramos. Amén.

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