LA MORADA DEL AMOR Y LA OBEDIENCIA

Juan 14:23 (RVR60):
"Respondió Jesús y le dijo: El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él."

En el contexto íntimo y solemne de la última cena, Jesús pronuncia palabras que resuenan en el corazón de todo creyente. Sus discípulos están turbados: Él les ha hablado de su partida, de traición y de negaciones. En medio de esa angustia, Jesús ofrece consuelo y revela el secreto más profundo de la vida espiritual: la morada divina en el ser humano. Este versículo no es solo una promesa, es una revelación del deseo más íntimo de Dios: habitar en nosotros.

La declaración comienza con una condición clara y amorosa: "El que me ama, mi palabra guardará". El amor a Jesús no es un sentimiento abstracto o emocional pasajero. Es una realidad que se demuestra, que se encarna en la obediencia. Jesús vincula el amor con la acción, la devoción con la disciplina. Guardar su palabra significa atesorarla en el corazón, meditarla, y permitir que moldee nuestros pensamientos, decisiones y actitudes. Es un compromiso diario de alinear nuestra vida con sus enseñanzas, incluso cuando cuesta, incluso cuando el mundo ofrece caminos más fáciles. Este amor obediente es la llave que abre la puerta a una relación más profunda.

Luego viene la maravillosa reciprocidad divina: "y mi Padre le amará". No es que el Padre comience a amar a esa persona en ese momento; el amor del Padre es eterno y previo a nuestra respuesta (1 Juan 4:19). Más bien, se trata de una manifestación especial, íntima y experimentable de ese amor. Es el amor de aprobación, de complacencia, de cercanía paternal que se disfruta cuando un hijo camina en obediencia. El Padre ve en nosotros el reflejo de su Hijo amado y su corazón se regocija.

Y entonces, la promesa culminante, casi inimaginable en su profundidad: "y vendremos a él, y haremos morada con él". Note el plural majestuoso: "vendremos". El Padre y el Hijo, en la unidad del Espíritu (que Jesús ya ha prometido como Consolador), toman la iniciativa de venir. No es una visita ocasional, ni una inspración momentánea. Es hacer morada. La palabra en griego (monēn) implica una estancia permanente, un hogar, un residir. El Dios del universo, el Creador de todas las cosas, no solo quiere salvar tu alma, quiere establecerse, radicarse, hacer de tu ser su hogar permanente.

Esto transforma por completo nuestra concepción de la vida espiritual. No se trata de esforzarse por alcanzar a un Dios distante, sino de recibir y cultivar la presencia de Uno que ya ha venido a vivir dentro. Tu cuerpo, alma y espíritu son ahora el templo del Dios viviente (1 Corintios 6:19). En tus momentos de alegría, Él está allí para compartirla. En tus pruebas, Él está allí para sostenerte. En tu debilidad, Él es tu fortaleza interior. En tu soledad, Él es el compañero fiel que nunca se va.

¿Qué implica, entonces, para nuestra vida práctica esta morada divina?

Prioridad de la Palabra: Si guardar su palabra es la expresión de nuestro amor, entonces la lectura, meditación y aplicación de la Biblia deja de ser una obligación religiosa para convertirse en un diálogo de amor con el Amado que habita en nosotros.

Santidad consciente: Caminamos con un sentido reverente de quién vive dentro. No contaminamos ni descuidamos el templo de su Espíritu.

Comunión constante: La oración se convierte en un respirar espiritual, una conversación continua con el Padre y el Hijo que han hecho morada en nosotros.

Seguridad inquebrantable: Pase lo que pase externamente, hay una Fortaleza interior, una Paz que sobrepasa todo entendimiento, un Gozo que es fuerza, porque Dios mismo es nuestra porción y nuestra herencia en el lugar santísimo de nuestro corazón.

Hoy, Jesús te repite esta promesa. No es para unos pocos "superespirituales". Es para todo aquel que le ama y guarda su palabra. Examina tu corazón: ¿Estás guardando sus palabras? ¿Estás amándole a través de la obediencia gozosa? La puerta está abierta. La morada está disponible. El Padre y el Hijo anhelan establecer su hogar en lo más profundo de tu ser.

Oración

Amado Jesús, gracias por revelarme el secreto de tu morada. Confieso que a menudo he buscado tu presencia en lugares externos, sin recordar que tú deseas hacer tu hogar dentro de mí. Perdóname cuando he descuidado tu Palabra, la expresión de tu voluntad y tu corazón. Hoy, con fe y amor, elijo guardar tus palabras, atesorarlas y obedecerlas, no por obligación, sino por amor a Ti, que tanto me amaste.

Ven, Padre y Hijo, en la unidad del Espíritu Santo. Haced morada permanente en mí. Estableced vuestro trono en lo más íntimo de mi ser. Que mi vida sea un templo, amén.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Aclaración

Este Blog no tiene fines de lucro, ni propósitos comerciales, el único interés es compartir los gustos y las preferencias de su autor, con personas afines. Julio Carreto. Predicador