Lucas 16:16 (RVR60): "La ley y los profetas eran hasta Juan; desde entonces el reino de Dios es anunciado, y todos se esfuerzan por entrar en él."
El versículo que meditamos hoy se sitúa en un punto crucial de la revelación divina. Jesús, dirigiéndose a sus discípulos y a los fariseos, traza una línea en la historia de la salvación: un "hasta" y un "desde entonces". No es una anulación, sino un cumplimiento; no un final abrupto, sino la gloriosa llegada de aquello a lo que todo apuntaba. "La ley y los profetas" representan toda la revelación del Antiguo Pacto: la Torá, con sus mandamientos y sacrificios, y la voz de los profetas, clamando por justicia, fidelidad y anunciando una esperanza futura. Este período sagrado y divino tenía un propósito pedagógico y preparatorio, como un ayo que nos lleva a Cristo (Gálatas 3:24).
Juan el Bautista es el umbral. Su ministerio marca el clímax de la era profética y el preludio inmediato del Reino. Él no es el fin de la Ley, sino su último y más potente eco, gritando en el desierto: "Preparad el camino del Señor". Es la voz que une la promesa con el cumplimiento. Hasta él, el pueblo de Dios vivía bajo la sombra y la promesa. A partir de él, la Luz misma comienza a brillar.
Y entonces llega la declaración transformadora: "desde entonces el reino de Dios es anunciado". Ya no es solo una promesa lejana en los salmos o los profetas; es una realidad presente que se proclama. El Rey ha llegado, y con Él, su Reino. Jesús es el anuncio encarnado. En sus palabras, sus sanidades, su autoridad sobre lo natural y lo demoníaco, el Reino se hace tangible. Es un Reino de gracia, de perdón, de restauración, de justicia más profunda que la legalista. La Ley condenaba al pecador; el Reino lo redime. Los Profetas vislumbraban la reconciliación; el Rey la ofrece en la cruz.
La segunda parte del versículo es profundamente dinámica: "y todos se esfuerzan por entrar en él". La palabra griega "biazetai" puede traducirse como "se esfuerza", "se fuerza", incluso "es asaltado" o "avanza con violencia". Pinta un cuadro de intensidad, de urgencia activa. No es una entrada pasiva. El Reino, aunque es un don gratuito de Dios, demanda una respuesta total: arrepentimiento, fe y una voluntad decidida que "se esfuerza" por entrar por la puerta estrecha (Lucas 13:24). Es un esfuerzo contra la propia comodidad, el pecado arraigado, las presiones del mundo y la religiosidad autojustificante. Es la lucha del corazón que, convencido por el Espíritu, abandona todo para ganar a Cristo.
Pero aquí hay una paradoja hermosa: ese "esfuerzo" no es para merecer el Reino, sino para apropiarse de él. Es el esfuerzo del mendigo que, sabiendo que hay pan gratis, corre contra su propia desesperanza para recibirlo. Es el esfuerzo del que, viendo la perla de gran precio, vende todo con gozo para adquirirla. La Ley decía: "Haz esto y vivirás". El Reino anuncia: "Vive por gracia, y entonces hazlo todo por amor".
Para nosotros hoy, este versículo es un recordatorio poderoso. Vivimos en el "desde entonces". El Reino se sigue anunciando, y Jesús sigue reinando. No estamos bajo el peso de la Ley como sistema de justificación, pero la amamos y la cumplimos en Cristo, quien es su fin (Romanos 10:4). No esperamos a los profetas que anuncien al Mesías, porque Él ya vino, murió y resucitó. Nuestra vida, por tanto, debe estar marcada por la urgencia gozosa del Reino. ¿Nos "esforzamos" por entrar y permanecer en él cada día? ¿Esa urgencia se traduce en sed de santidad, en pasión por la oración "venga tu reino", en anhelo de que su voluntad se haga aquí como en el cielo?
El Reino de Dios no es un concepto estático; es la realidad dinámica del gobierno de Cristo en los corazones. Y desde Juan hasta hoy, la llamada es la misma: arrepentíos y creed, porque el Reino de los cielos se ha acercado. Y una vez dentro, vivimos como ciudadanos de ese Reino, bajo la ley del amor y la libertad del Espíritu.
Oración:
Padre celestial, te damos gracias porque en tu sabiduría nos diste la Ley y los Profetas para prepararnos para el cumplimiento en Cristo. Gracias porque Juan señaló al Cordero, y porque Jesús inauguró tu Reino entre nosotros.
Hoy reconozco que ese Reino sigue siendo anunciado, y quiero ser parte de ese anuncio con mi vida. Perdóname cuando he sido pasivo, cuando he tratado el Evangelio como una mera herencia cultural y no como la puerta estrecha por la que debo esforzarme cada día.
Aviva en mí un corazón que "se esfuerce" por entrar más profundamente en tu Reino. Que me esfuerce en la oración, en la renuncia al pecado, en la búsqueda de tu justicia, y en el amor sacrificial. Que la gracia que me justificó sea también el poder que me santifica.
Ayúdame a vivir en la alegría del "desde entonces", sabiendo que el Rey reina, y que mi ciudadanía está en los cielos. Que mi vida proclame, aquí y ahora, la realidad de tu Reino de amor, verdad y paz. En el nombre de Jesús, el Rey y Salvador. Amén.
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