Romanos 8:5 (RVR60)
"Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu."
Introducción: El Timón Invisible
Imaginemos por un momento que nuestra vida es un gran barco navegando en el océano de la existencia. El casco es nuestro cuerpo, las velas son nuestras emociones y la carga son nuestras experiencias. Pero, ¿qué es lo que realmente dirige el barco? En un barco, por grande que sea, el elemento más crucial para la dirección es algo relativamente pequeño: el timón. Un giro sutil del timón puede cambiar por completo el rumbo de la embarcación.
En la vida cristiana, ese timón es nuestra mente. Es el centro de mando, el lugar donde se fraguan las decisiones, se alimentan las pasiones y se forjan los pensamientos. Romanos 8:5 nos presenta una verdad profunda y transformadora: la condición de nuestro espíritu determina la dirección de nuestros pensamientos, y la dirección de nuestros pensamientos determina nuestro destino eterno.
I. El Pensamiento de la Carne: Una Órbita Alrededor del Yo
El apóstol Pablo, con la precisión de un cirujano espiritual, nos presenta dos tipos de mentalidad. La primera es la de "los que son de la carne". Es importante aclarar que aquí "carne" no se refiere simplemente al cuerpo físico de huesos y músculos. El cuerpo no es malo en sí mismo; es el templo del Espíritu Santo. Pablo se refiere a la "carne" como la naturaleza humana caída, esa inclinación inherente al egoísmo, la rebeldía y la autonomía de Dios que todos heredamos.
Cuando una persona "es de la carne", es decir, cuando su identidad y su vida están gobernadas por esta naturaleza caída, su mente orbita naturalmente alrededor de las "cosas de la carne". ¿Qué son esas cosas? No son solo los placeres "prohibidos" obvios. Son todo aquello que satisface al "yo" sin depender de Dios:
La ambición desmedida: Soñar con el éxito, pero sin preguntarle a Dios para qué.
La preocupación ansiosa: Enfocarse en los problemas como si no hubiera un Dios en el cielo que cuida de nosotros.
El resentimiento: Darle vueltas a una ofensa, alimentando la amargura como si el perdón de Dios no fuera suficiente para liberarnos.
La búsqueda de validación: Vivir pendientes de la opinión de los demás, como si nuestra identidad en Cristo no fuera nuestra corona.
El problema de "pensar en las cosas de la carne" es que es un pozo sin fondo. Por más que la mente carnal logre sus objetivos, siempre queda un vacío, porque fue diseñada para un propósito mayor: conocer y amar a Dios.
II. El Pensamiento del Espíritu: Sintonía con el Cielo
En contraste radical, Pablo describe a "los que son del Espíritu". Estos no son los perfectos, sino aquellos que han sido hechos nuevas criaturas en Cristo. Han recibido el Espíritu Santo y su nueva identidad no se define por la carne, sino por la adopción como hijos de Dios.
Para estas personas, el centro de gravedad de su mente ha cambiado. Ya no orbitan alrededor del yo, sino alrededor de Dios. "Piensan en las cosas del Espíritu". Esto no significa que anden todo el día con una nube flotando sobre sus cabezas, ajenos a la realidad. Significa que, desde la realidad terrenal, han aprendido a sintonizar su mente con la frecuencia del cielo.
Pensar en las cosas del Espíritu es:
Filtrar las decisiones diarias por la Palabra de Dios: Ante una oportunidad de negocio, preguntar: "¿Esto glorifica a Dios?".
Cultivar una conversación constante con Dios: La oración deja de ser un evento en la agenda y se convierte en el aire que se respira.
Ver a las personas con los ojos de Cristo: Detrás del compañero de trabajo difícil, ver a un alma por la cual Cristo murió.
Buscar el fruto del Espíritu: Valorar más la paz en el hogar que tener la razón, preferir la mansedumbre a imponerse con fuerza, escoger el gozo en la tormenta en lugar de la depresión.
Pensar en las cosas del Espíritu es llenar la mente de propósito eterno. Es leer la Biblia no por obligación, sino porque es la carta de amor y el manual de vida de nuestro Padre. Es alabar no solo cuando todo va bien, sino como un acto de fe en medio de la prueba.
III. La Conexión Inevitable: Ser y Pensar
Lo más poderoso de este versículo es que nos revela una verdad inescapable: nuestros pensamientos revelan nuestra identidad. No podemos pretender ser del Espíritu y tener la mente permanentemente estacionada en la carne. Es una incongruencia.
El "ser" determina el "pensar". Si soy hijo de Dios, sellado por el Espíritu, mi mente anhelará las cosas de mi Padre. Y aquí hay un círculo virtuoso maravilloso: cuanto más pienso en las cosas del Espíritu, más me transformo a la imagen de Cristo, y más se fortalece mi identidad como "del Espíritu".
Por eso Pablo nos insta en otros lugares a "renovar nuestro entendimiento" (Romanos 12:2). No es algo que sucede automáticamente sin nuestra participación. Debemos tomar la decisión activa de apartar nuestra mente de las cosas de la carne (la murmuración, la lujuria, la envidia, el miedo) y dirigirla deliberadamente hacia las cosas del Espíritu (la gratitud, la pureza, la fe, el amor).
Conclusión: ¿Dónde está tu mente ahora?
Hoy, en este preciso momento, podemos hacernos un examen sincero. No se trata de un juicio condenatorio, porque "ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús" (Romanos 8:1). Se trata de un diagnóstico de amor.
¿Dónde ha estado vagando tu mente últimamente?
¿Está construyendo castillos de arena en la playa de la carne, que la marea de la vida se llevará?
¿O está explorando las riquezas insondables de la gracia, la paz y el propósito que se encuentran en el Espíritu?
Recordemos que el timón es pequeño, pero dirige el barco. Hoy tenemos la oportunidad de enderezar el timón. Podemos clamar al Espíritu Santo que nos ayude a fijar nuestra mente en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque al final, el destino de quienes piensan en la carne es la muerte y la frustración, pero el destino de quienes piensan en el Espíritu es "vida y paz".
Que nuestra mente sea el jardín donde el Espíritu Santo plante sus semillas de verdad, y que demos abundante fruto para la gloria de Dios.
Oración
Amado Padre celestial,
Venimos ante Ti en el nombre de Jesús, reconociendo que nuestra mente es un campo de batalla. Te confesamos que muchas veces permitimos que nuestros pensamientos se enreden en las cosas de la carne: en las preocupaciones, en los deseos egoístas, en los rencores y en las ambiciones vacías que no nos llevan a ninguna parte.
Te damos gracias porque en Cristo ya no somos de la carne, sino del Espíritu. Gracias porque nos has dado una nueva identidad y con ella, una nueva mente. Hoy te pedimos que, por el poder de tu Santo Espíritu, tomes el control de nuestro timón. Ayúdanos a fijar nuestra mente en las cosas del Espíritu.
Concédenos, Señor, un corazón sabio que busque tus pensamientos por encima de los nuestros. Que cuando despertemos, nuestro primer pensamiento sea para Ti. Que en nuestras decisiones diarias, nuestra mente consulte tu Palabra. Que en medio de las pruebas, nuestra mente se aferre a tu fidelidad. Y que en los momentos de alegría, nuestra mente te dé la gloria.
Renueva nuestro entendimiento, oh Dios, y haznos cada día más sensibles a la voz de tu Espíritu. Que la paz que sobrepasa todo entendimiento guarde nuestros corazones y nuestros pensamientos en Cristo Jesús.
Te lo pedimos en el nombre poderoso de Jesús,
Amén.
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