EL LLAMADO AL ARREPENTIMIENTO Y LA PROMESA DEL ESPÍRITU

"Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo."
Hechos 2:38 (RVR60)

Este versículo, pronunciado por el apóstol Pedro el día de Pentecostés, es una respuesta directa a la pregunta angustiada de una multitud convencida de pecado: "Varones hermanos, ¿qué haremos?" (Hechos 2:37). Acababan de escuchar el primer sermón del cristianismo naciente, en el cual Pedro proclamó con valentía a Jesús crucificado y resucitado como Señor y Cristo. Sus corazones fueron traspasados por la convicción. Y en medio de esa conmoción espiritual, Pedro no ofrece consuelo barato ni fórmulas superficiales, sino el camino claro y transformador de la gracia: arrepentimiento, bautismo y recepción del Espíritu Santo.

1. Arrepentíos: El Giro Radical
El arrepentimiento (del griego metanoia) es mucho más que sentir remordimiento. Es un cambio de mente, una transformación en la perspectiva más profunda que resulta en un cambio de dirección en la vida. Es reconocer que nuestro camino nos ha alejado de Dios, y decidir, con Su ayuda, dar media vuelta. Pedro no comienza con una promesa de bienestar, sino con una llamada a la rendición. El arrepentimiento es la puerta. Sin él, no podemos entrar en el ámbito del perdón. Es la humilde admisión de que necesitamos un Salvador, y que no podemos salvarnos a nosotros mismos. Hoy, Dios sigue llamando a este giro radical—una rendición total de nuestra autonomía a Su señorío.

2. Bautícese: La Confesión Pública y la Identificación
El bautismo en el nombre de Jesucristo es el paso visible que sigue al arrepentimiento interno. En el contexto del primer siglo, bautizarse en el nombre de Jesús era una identificación audaz y a menudo costosa con Aquel a quien las autoridades habían crucificado. Era sellar públicamente la decisión interna. El bautismo simboliza la muerte al viejo yo y la resurrección a una nueva vida en Cristo (Romanos 6:3-4). Además, Pedro lo vincula específicamente al "perdón de los pecados". No es que el agua limpie mágicamente; más bien, el bautismo es el acto de fe y obediencia donde se recibe y se testifica públicamente el perdón que Dios otorga por gracia mediante la fe en Jesús. Es el "amén" visible a la promesa invisible de Dios.

3. Recibiréis el Don del Espíritu Santo: La Promesa Cumplida
Aquí está la gloriosa promesa: no se trata solo de ser perdonados, sino de ser empoderados. El Espíritu Santo no es un lujo opcional para algunos creyentes; es el don prometido para todos los que se arrepienten y creen. Este don, derramado en Pentecostés, es la presencia misma de Dios habitando en el creyente. Es el Consolador, el Maestro, el Santificador, el dador de dones para edificar la iglesia. El Espíritu Santo nos capacita para vivir la vida cristiana, nos da testimonio de que somos hijos de Dios (Romanos 8:16) y nos transforma a la imagen de Cristo. Pedro conecta el arrepentimiento con la recepción de este don maravilloso: Dios no nos deja solos en nuestro nuevo camino; Él mismo viene a morar en nosotros.

El mensaje de Hechos 2:38 sigue siendo el corazón del evangelio hoy. Es un llamado en tres partes que revela la esencia de la respuesta humana a la gracia divina: Girarnos del pecado (arrepentimiento), identificarnos con Cristo (bautismo), y ser llenos de Su presencia (Espíritu Santo). Es un proceso iniciado por la convicción de Dios, alimentado por Su gracia y consumado en una vida transformada.

¿Has respondido a este llamado? No es un ritual para cumplir una vez, sino una realidad para vivir. El arrepentimiento es diario, la identificación con Cristo es constante, y la dependencia del Espíritu es continua.

Oración
Padre celestial,
Gracias por Tu Palabra clara y transformadora. Te confieso que, como la multitud en Pentecostés, mi corazón a menudo se siente traspasado al reconocer mis pecados y mi necesidad de Ti. Hoy respondo nuevamente al llamado de Pedro.

Me arrepiento de mis caminos, de mi orgullo, y de todo lo que me ha alejado de Ti. Me vuelvo a Ti con todo mi corazón. Afirmo mi fe en Jesucristo como mi único Señor y Salvador. Agradezco el perdón de mis pecados, comprado con Su preciosa sangre en la cruz.

Te pido que me llenes nuevamente con Tu precioso don, el Espíritu Santo. Que Tu Espíritu me guíe, me santifique, me dé poder para testificar y me conforme cada día más a la imagen de Tu Hijo. Ayúdame a vivir en la realidad de mi bautismo: muerto al pecado y vivo para Ti en novedad de vida.

Que mi vida sea un testimonio fiel de Tu gracia transformadora. En el nombre poderoso de Jesucristo, amén.

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Aclaración

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