En el corazón del Sermón del Monte, Jesús ofrece a sus discípulos—y a nosotros—un modelo de oración que trasciende el mero ritual para convertirse en una declaración revolucionaria de prioridades. Mateo 6:9-10 (RVR60) dice:
"Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra."
Estas palabras no son solo un prefacio a nuestras peticiones; son el fundamento sobre el cual toda oración genuina se construye. Nos enseñan a reorientar nuestra perspectiva, a alinear nuestro corazón con la realidad eterna del Reino de Dios.
1. "Padre nuestro que estás en los cielos"
Jesús comienza estableciendo la relación fundamental. No invocamos a un Dios distante, indiferente o meramente abstracto, sino a un Padre. Esta es una intimidad asombrosa: el Creador del universo se revela como "Abba", un término de cariño y confianza familiar. Sin embargo, este Padre "está en los cielos", lo que nos recuerda Su trascendencia, Su soberanía y Su santidad absoluta. La oración cristiana navega en esta tensión hermosa: la cercanía del amor paternal y la reverencia ante la Majestad celestial. Nos acerca, pero no nos permite ser casuales; nos invita a confiar, pero también a postrarnos.
2. "Santificado sea tu nombre"
La primera petición no es para nosotros; es para Él. "Santificado" significa ser reconocido como santo, apartado, único y glorioso. Orar esto es desear que el carácter de Dios—Su nombre representa Su esencia y reputación—sea honrado, venerado y tratado con la suprema reverencia que merece en toda la tierra, y primero en nuestro propio corazón. Es un clamor para que nuestras vidas, nuestras decisiones y nuestras palabras reflejen Su santidad, de modo que otros puedan ver a través de nosotros la belleza de Su nombre. Es poner Su gloria por encima de nuestra comodidad o fama.
3. "Venga tu reino"
Aquí está el clamor central del corazón de Dios y debe ser el anhelo central del nuestro. El "Reino de Dios" es el gobierno activo, la soberanía redentora de Cristo manifestándose. Donde el Rey reina, hay justicia, paz, verdad, sanidad y libertad. Orar "Venga tu reino" es, en primer lugar, un acto de sumisión personal: "Reina en mí, Señor. Gobierna mis pasiones, mis pensamientos, mi voluntad". Es también un anhelo por la transformación de nuestro mundo: que la oscuridad retroceda, que los cautivos sean libres, que la esperanza brille en la desesperanza. Y es, finalmente, una esperanza escatológica: el clamor de "¡Ven, Señor Jesús!" (Apocalipsis 22:20), anhelando el día en que Su reino se manifieste en plenitud y para siempre.
4. "Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra"
Esta petición es el puente práctico entre el anhelo del Reino y nuestra realidad diaria. En el cielo, la voluntad de Dios se cumple instantánea y gozosamente. La oración busca que esa misma realidad se replique en la esfera terrenal, comenzando por nuestra propia obediencia. Decir "Hágase tu voluntad" es el antídoto contra la oración egoísta que busca que Dios firme nuestros planes. Es rendir nuestra autonomía, nuestros sueños e incluso nuestros temores al diseño sabio y bueno del Padre. Es confiar que, aunque no entendamos Sus caminos, Su voluntad es "buena, agradable y perfecta" (Romanos 12:2). Es el "sí" previo a Sus instrucciones, el "amén" de fe a lo que Él disponga.
Conclusión: Un Orden que Transforma
Jesús coloca estas prioridades al inicio de la oración por una razón profunda: moldean nuestro corazón antes de que presentemos nuestras necesidades. Cuando primero nos centramos en la gloria de Dios, en el avance de Su Reino y en el cumplimiento de Su voluntad, nuestras propias peticiones (el pan, el perdón, la protección que vienen después) son puestas en su justa perspectiva. Dejamos de orar desde la ansiedad y empezamos a orar desde la confianza filial. Nuestras necesidades no desaparecen, pero dejan de ser el centro. El centro es Él.
Este modelo de oración no es un formulario mágico, sino un mapa para realinear nuestra existencia. Nos invita a vivir cada día como ciudadanos conscientes de un Reino que ya está aquí, pero que aún no se ha consumado, trabajando y orando para que la realidad celestial impregne nuestra realidad terrenal.
Oración Final
Padre nuestro que estás en los cielos,
Te acercamos hoy con corazones reverentes y agradecidos, porque Tú nos permites llamarte Padre. Queremos, ante todo, que Tu nombre sea santificado en nuestra vida. Que cada pensamiento, palabra y acción sirva para honrarte y no para empañar Tu gloriosa reputación.
Señor, anhelamos ver Tu Reino viniendo. Ven y reina en el trono de nuestro corazón. Derriba todo ídolo y pretensión de autogobierno. Extiende Tu gobierno de justicia y gracia en nuestras familias, nuestras comunidades y en las naciones. Que Tu luz brille a través de nosotros en cada rincón de oscuridad.
Hágase Tu voluntad, no la nuestra. Danos la humildad para someternos, la sabiduría para discernir y el valor para obedecer, incluso cuando el camino sea difícil. Que nuestra máxima alegría sea cumplir Tus propósitos, confiando plenamente en que Tu plan es perfecto.
Enséñanos a orar así, a vivir así: con Tu gloria como nuestra pasión, Tu Reino como nuestra meta y Tu voluntad como nuestro pan de cada día. En el nombre de Jesús, el Rey, amén.