"Y andaré en libertad, porque busqué tus mandamientos."
Salmos 119:45 (RVR60)
En el corazón del extenso Salmo 119, un canto que exalta la Palabra de Dios con cada verso, encontramos esta declaración aparentemente paradójica: la búsqueda de los mandamientos divinos como camino hacia la verdadera libertad. En un mundo que entiende la libertad como la ausencia de límites, como la capacidad de hacer todo lo que nuestros deseos demanden, el salmista nos revela un principio espiritual profundo y transformador: la auténtica libertad no se encuentra en la autonomía absoluta, sino en la sumisión amorosa a Dios.
La palabra hebrea traducida como "libertad" (merjab) significa literalmente "espacio amplio", "lugar de expansión". No se refiere a una libertad sin dirección, sino a la experiencia de vivir sin las constricciones del pecado, la culpa, el temor y la desorientación. Es la libertad de quien ya no está aprisionado por sus propias pasiones desordenadas, por las expectativas aplastantes del mundo, ni por la tiranía de la autosuficiencia. Es caminar en un campo abierto donde el alma puede respirar, crecer y moverse sin las cadenas que antes la ataban.
El salmista conecta esta libertad con un verbo en pasado perfecto: "busqué". No dice "andar en libertad porque ignoro tus mandamientos" ni "porque los obedezco de mala gana". La búsqueda es activa, intencional, persistente. Es el anhelo del corazón que reconoce en los estatutos divinos no una cárcel, sino el mapa del territorio de libertad. En los mandamientos de Dios descubrimos los límites amorosos que nos protegen del precipicio, la brújula que nos orienta en el desierto, y los principios que nos permiten florecer en nuestra humanidad.
¿Por qué buscar los mandamientos produce libertad?
Primero, porque nos liberan de la tiranía de nuestras opiniones cambiantes. Cuando nuestra guía son nuestros sentimientos fluctuantes o la cultura variable, vivimos en constante incertidumbre. La Palabra de Dios es "lámpara a mis pies, y lumbrera a mi camino" (Salmo 119:105). Nos da un fundamento firme para tomar decisiones, liberándonos de la parálisis de la indecisión y de las consecuencias dolorosas de elegir basados solo en el impulso momentáneo.
Segundo, porque nos liberan de la esclavitud del pecado. Jesús dijo: "Todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado" (Juan 8:34). Los mandamientos de Dios nos revelan la santidad y, al mismo tiempo, nos señalan nuestra necesidad de un Salvador. Al buscarlos, reconocemos nuestros límites y nos volvemos a Aquel que puede liberarnos verdaderamente: Cristo, quien cumplió perfectamente la Ley y nos ofrece la gracia para caminar en novedad de vida.
Tercero, porque nos liberan para ser quienes fuimos creados para ser. Un pez es "libre" en el agua, no en el desierto; un pájaro es "libre" en el cielo, no en una jaula. Los mandamientos de Dios nos muestran el diseño original del Creador para la vida humana: relaciones sanas, integridad, compasión, justicia y comunión con Él. Al vivir dentro de estos parámetros, nuestra alma encuentra su hábitat natural, donde puede desplegar sus alas y nadar en las profundidades del propósito divino.
La libertad que experimenta el salmista no es estática; es un andar. Es un caminar diario, un progreso constante. Cada día tenemos la elección: buscar nuestros propios caminos, que finalmente nos constriñen, o buscar Sus mandamientos, que finalmente nos expanden. En la obediencia amorosa hay una sorprendente ligereza, porque ya no cargamos el peso de tener que inventar nuestra propia moralidad, ni sufrimos la ansiedad de vivir sin un rumbo eterno.
Hoy, quizá sientas que ciertas áreas de tu vida están en cautiverio: hábitos que te dominan, temores que te limitan, culpas que te encadenan al pasado. El salmista te señala el camino: comienza a buscar los mandamientos de Dios. Estúdialos, medita en ellos, abraza su sabiduría no como una carga, sino como la llave que abre las puertas de la verdadera libertad. Encontrarás que Sus preceptos no son cadenas, sino alas; no son muros, sino fronteras que protegen un reino de gozo y paz.
Oración
Padre celestial,
Te doy gracias porque en Tu sabiduría infinita diseñaste que la verdadera libertad se encuentre en buscar y seguir Tus mandamientos. Reconozco que muchas veces he entendido la libertad como hacer mi propia voluntad, y he terminado enredado en decepciones y ataduras.
Perdóname por las veces que he visto Tus preceptos como limitaciones en lugar de caminos de vida. Ayúdame a buscarlos con un corazón sincero y anhelante, confiando en que Tu Palabra es perfecta y que restaura el alma.
Guíame por Tus estatutos, para que ande en la libertad amplia que solo Tú puedes dar. Que mi alma encuentre espacio para respirar, para crecer, para adorarte sin reservas. Que cada paso que dé en obediencia sea un paso hacia la plenitud que tienes para mí.
Libertame de todo lo que me ata: del pecado, del temor, de la autosuficiencia. Que mi vida refleje la hermosa paradoja del Reino: que en someterme a Ti, encuentro mi verdadera libertad; en perder mi vida por Tu causa, la gano para siempre.
En el nombre de Jesús, quien me ha libertado para que sea verdaderamente libre, amén.