LA SABIDURÍA QUE DESHACE NUESTRA PRESUNCIÓN

"Nadie se engañe a sí mismo; si alguno entre vosotros se cree sabio en este siglo, hágase ignorante, para que llegue a ser sabio."
1 Corintios 3:18 (RVR60)

Introducción: El engaño de la autosuficiencia
En un mundo que exalta el conocimiento, la astucia y la autoafirmación, el apóstol Pablo lanza una advertencia profunda y contraintuitiva a la iglesia de Corinto. Esta comunidad, inmersa en una cultura helenística que valoraba la retórica sofisticada y la sabiduría filosófica, corría el riesgo de medir la verdad espiritual con las mismas reglas del "siglo presente". Hoy, no somos muy distintos: vivimos en la era de la información, donde el acceso al conocimiento nos puede hacer sentir competentes, autosuficientes y, en el fondo, sabios según los estándares humanos. Pablo nos confronta: "Nadie se engañe a sí mismo". El primer paso hacia la verdadera sabiduría es reconocer la facilidad con la que nos autoengañamos.

1. La sabiduría de este siglo: un espejismo
La "sabiduría de este siglo" no se refiere necesariamente al conocimiento académico o técnico, que pueden ser dones de Dios para servir. Se trata más bien de una mentalidad, un sistema de valores que prescinde de Dios, que confía en la razón humana, en el éxito visible, en el poder y en el prestigio como máximos bienes. En Corinto, esto se manifestaba en las divisiones por seguir a distintos líderes (1 Corintios 1:12), en la arrogancia espiritual y en la tolerancia de pecados a cambio de una falsa libertad. Esta sabiduría es efímera ("de este siglo") y, en última instancia, es "necedad para con Dios" (1 Corintios 3:19). Nos engañamos cuando creemos que nuestras evaluaciones, nuestros logros y nuestra comprensión son la medida de todas las cosas.

2. El llamado radical: "hágase ignorante"
La solución de Pablo es chocante: "hágase ignorante". No es un elogio a la ignorancia voluntaria o al anti-intelectualismo. Es una invitación a un acto deliberado de humildad: renunciar a la pretensión de saberlo todo, a la necesidad de tener siempre la razón, al orgullo que nace de nuestro conocimiento. Es un "desaprender" para poder aprender de nuevo. Es como vaciar una vasija llena de agua estancada para poder llenarla con agua fresca. Dios no puede llenarnos de Su sabiduría si estamos ya llenos de la nuestra. Este "hacerse ignorante" es un acto de fe: confiar en que lo que Dios considera sabiduría (que con frecuencia parece locura al mundo, 1 Corintios 1:18-25) es infinitamente mejor.

3. La verdadera sabiduría: un don recibido en la humildad
El propósito final es "para que llegue a ser sabio". La verdadera sabiduría es una transformación, un "llegar a ser". Es el resultado de un proceso que comienza con la humillación. La sabiduría de Dios se revela en la cruz de Cristo: un mensaje de amor sacrificial, de perdón y de gracia que el mundo no puede comprender con sus propios parámetros. Ser sabio a los ojos de Dios significa vivir en la realidad del Reino: amar a los enemigos, servir en lo oculto, encontrar fuerza en la debilidad, y juzgarlo todo a la luz de la eternidad. Esta sabiduría se nutre de la Palabra, se manifiesta en una vida guiada por el Espíritu (Gálatas 5:22-23) y se expresa en un amor práctico y desinteresado.

4. Aplicación práctica: áreas donde "hacernos ignorantes"
En nuestra vida espiritual: ¿Confiamos más en nuestra experiencia religiosa que en la gracia de Cristo? ¿Nos creemos superiores a otros creyentes?

En nuestras relaciones: ¿Insistimos en tener la última palabra? ¿Nos cuesta pedir perdón porque creemos que tenemos la razón?

En nuestras decisiones: ¿Buscamos primero la aprobación humana y los criterios del éxito terrenal, o buscamos en oración la voluntad de Dios, aunque parezca ilógica?

En la iglesia: ¿Valoramos más el talento, los números y la elocuencia que la santidad, la unidad y la fidelidad a la Palabra?

Conclusión: El camino descendente hacia la altura
El camino del creyente es paradójico: para ser exaltado, debe humillarse; para ganar, debe perder; para vivir, debe morir; y para ser sabio, debe hacerse "ignorante". Este versículo nos llama a un examen de conciencia diario: ¿Dónde estoy confiando en mi propia sabiduría? ¿En qué áreas necesito despojarme de mis seguridades intelectuales, profesionales o espirituales para depender completamente de Dios? La cruz es el monumento definitivo a la sabiduría de Dios que desbarata la sabiduría humana. Acercarnos a ella con un corazón humilde es el comienzo de la verdadera comprensión.

Oración
Padre Celestial,

Te reconocemos como la fuente de toda sabiduría y conocimiento. Hoy venimos delante de Ti conscientes de cuán fácilmente nos engañamos, creyéndonos sabios según los parámetros de este mundo. Perdónanos por los momentos en que hemos confiado en nuestro propio entendimiento, en nuestras capacidades y en nuestra razón, marginando tu voz y tu voluntad.

Te pedimos el valor y la humildad para "hacernos ignorantes". Ayúdanos a soltar las riendas de nuestra autosuficiencia, a cuestionar las certezas que no se fundamentan en Ti, y a vaciarnos de todo orgullo espiritual e intelectual. Queremos que tu Espíritu nos llene con la verdadera sabiduría que viene de lo alto, que es primeramente pura, luego pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos.

Guíanos a medir todas las cosas con el patrón de la cruz, donde tu amor y tu sabiduría se manifestaron en forma de aparente debilidad y locura. Que nuestra vida refleje esa sabiduría divina: en nuestra humildad, en nuestro servicio y en nuestra dependencia total de Ti.

En el nombre de Jesús, quien se despojó a sí mismo para darnos el ejemplo supremo de humildad, oramos. Amén.

LA ALEGRÍA DE UN CORAZÓN SABIO

"Hijo mío, si tu corazón fuere sabio, también se alegrará el mío corazón, el mío."
(Proverbios 23:15, RVR60)

Este verso, situado en el corazón de la colección de dichos sabios atribuidos al rey Salomón, no es simplemente un consejo aislado. Es una tierna y poderosa revelación del corazón paterno de Dios hacia nosotros, sus hijos. Aquí, la voz de la sabiduría adopta el tono íntimo de un padre hablando a su hijo. No es un mandato frío, sino una confesión emotiva: tu crecimiento en sabiduría es la fuente de mi más profundo gozo.

La sabiduría en la cosmovisión bíblica no es mero conocimiento intelectual o astucia callejera. Es, ante todo, "el temor de Jehová" (Proverbios 1:7). Es la capacidad de ver la vida desde la perspectiva de Dios, de alinear nuestras decisiones, palabras y acciones con Sus principios eternos. Es saber vivir bien. Cuando el texto dice "si tu corazón fuere sabio", apunta al centro mismo de nuestro ser, al lugar desde donde "mana la vida" (Proverbios 4:23). Un corazón sabio es aquel que ha sido moldeado por la verdad divina, que discierne entre lo bueno y lo malo, y que elige el camino de la integridad, la justicia y la prudencia.

La reacción del padre a esta sabiduría es notable: "también se alegrará el mío corazón". Hay una conexión emocional directa entre la conducta del hijo y el estado anímico del padre. Esta es una imagen palpable del corazón de Dios por nosotros. Nuestro Padre Celestial no es un ser distante e impasible. Se deleita en nuestro crecimiento. Cada vez que, guiados por Su Espíritu, elegimos la honestidad en lugar del engaño, la paz en lugar del conflicto insensato, la pureza en lugar de la contaminación, o la fe en lugar del miedo, Su corazón paternal experimenta un gozo genuino. Nuestra búsqueda de sabiduría no es para ganarnos Su amor; es la respuesta que brota de sabernos amados, y esa respuesta se convierte en Su deleite.

Contrastemos esto con la tristeza que debe causarle al Padre un corazón necio. La necedad, en Proverbios, es la terquedad de vivir ignorando a Dios, siguiendo los impulsos del ego y el camino ancho que conduce a la ruina. Cada elección necia no solo nos lastima a nosotros y a otros, sino que apena el corazón de Aquel que nos creó para algo mejor.

Además, el énfasis final —"el mío"— es enfático y personal en el hebreo. No es solo una alegría genérica; es su alegría, una alegría íntima y profunda. Nos recuerda que nuestra relación con Dios es personal. No somos un número en una multitud. Somos hijos individuales cuyo caminar diario impacta el corazón de nuestro Padre.

En un mundo que busca desesperadamente la felicidad en el placer instantáneo, el éxito material o la aprobación de los demás, este versículo redirige nuestra brújula. La meta más elevada no es solo nuestra propia felicidad, sino producir alegría en el corazón de Dios. Y, paradójicamente, es en esa búsqueda donde encontramos la satisfacción más profunda y duradera. Cultivar un corazón sabio, mediante la meditación en Su Palabra, la oración constante y la obediencia amorosa, se convierte en un acto de adoración y amor filial.

Hoy, podemos preguntarnos: ¿Mis decisiones, mis palabras, la dirección de mis pensamientos, están contribuyendo a esa alegría celestial? ¿Estoy nutriendo mi corazón con la sabiduría que viene de lo alto, que es "primeramente pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos" (Santiago 3:17)?

Oración

Padre amoroso y sabio,
Te agradezco porque me llamas tu hijo/a y porque tu corazón se conecta con el mío de una manera tan íntima. Reconozco que muchas veces he buscado sabiduría en fuentes vanas y he tomado decisiones necias que, en lugar de alegrarte, deben haberte apenado.

Hoy, con humildad, te pido: crea en mí un corazón sabio. Que el temor reverente a Ti sea el fundamento de todo mi ser. Ilumina mi entendimiento con tu Palabra, para que pueda discernir tu voluntad buena y perfecta. Que cada paso que dé, cada palabra que hable y cada pensamiento que abrigue, sean guiados por tu Espíritu Santo.

Que mi vida sea una fuente de gozo para tu corazón, no por mi propia fuerza, sino porque refleja a Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento. Que al buscarte a Ti, la Fuente de toda sabiduría, pueda escuchar tu dulce susurro diciendo: "Mi corazón se alegra".
En el nombre de Jesús, el Hijo Sabio en quien tú te deleitas,
Amén.

LIBERTAD EN SUJECIÓN

Reflexión sobre 1 Pedro 2:16 (RVR60)
"Como libres, pero no como los que tienen la libertad como pretexto para hacer lo malo, sino como siervos de Dios."

En este versículo aparentemente paradójico, el apóstol Pedro toca el corazón mismo de la experiencia cristiana: la verdadera libertad se encuentra dentro de los límites del señorío de Cristo. En una época donde la libertad se entiende comúnmente como autonomía absoluta—el derecho a hacer todo lo que deseamos sin restricciones—Pedro ofrece una perspectiva radicalmente distinta.

La libertad que no es libertinaje
Pedro comienza reconociendo nuestra condición: "como libres". Los creyentes hemos sido liberados del pecado, de la condenación, de la ley como sistema de justificación, e incluso del temor a la muerte. Cristo nos ha otorgado una libertad costosa, comprada con su sangre. Sin embargo, inmediatamente establece un límite crucial: esta libertad nunca debe convertirse en "pretexto para hacer lo malo". La palabra griega traducida como "pretexto" (ἐπικάλυμμα) significa literalmente "cubierta" o "velo". ¡Qué advertencia más necesaria! Cuántas veces, a lo largo de la historia de la iglesia y en nuestras vidas personales, hemos tomado la preciosa libertad cristiana y la hemos convertido en una coartada para la indulgencia egoísta.

La paradoja del servicio
La segunda parte del versículo presenta la aparente contradicción: somos libres, pero simultáneamente "siervos de Dios". En la mentalidad grecorromana del primer siglo—y aún en nuestra cultura actual—la libertad y la esclavitud eran conceptos mutuamente excluyentes. Pero el reino de Dios opera con una lógica diferente. Pedro nos revela que nuestra máxima libertad se realiza no en la autonomía ilimitada, sino en la sumisión amorosa a Aquel que es perfectamente bueno, sabio y amoroso.

Al considerarnos "siervos de Dios", reconocemos que pertenecemos completamente a Él. Un siervo no tiene derechos propios; su tiempo, sus recursos y su voluntad están sometidos a su amo. Pero cuando nuestro Amo es el Dios de amor que se entregó por nosotros, esta sujeción se convierte en el contexto donde florece la verdadera libertad. Como dijo Agustín de Hipona: "Ama y haz lo que quieras", porque cuando amamos verdaderamente a Dios, nuestros deseos se alinean con los suyos.

Aplicación práctica
En nuestra vida diaria, este principio se manifiesta en nuestras decisiones:

En lugar de preguntar "¿Tengo derecho a hacer esto?", el creyente pregunta "¿Esto me hará mejor siervo de Cristo?"

En lugar de usar nuestra libertad para insistir en nuestros propios caminos, la usamos para servir amorosamente a otros.

En lugar de buscar la autogratificación, buscamos la glorificación de Dios.

La libertad cristiana no es la ausencia de restricciones, sino la presencia de la dirección correcta. Como un río que es más libre cuando fluye dentro de sus riberas que cuando se desborda caóticamente, nuestra alma encuentra su verdadero curso cuando se somete al diseño del Creador.

El ejemplo supremo
Jesucristo mismo encarnó esta paradoja. Siendo completamente libre—de hecho, siendo Dios—se hizo siervo (Filipenses 2:5-7). Su sumisión total al Padre y su servicio sacrificial a la humanidad fueron la expresión máxima de su libertad divina. En la cruz, donde parecía más oprimido, estaba ejerciendo su libertad soberana para salvarnos.

Conclusión
Hoy, examina tu comprensión de la libertad. ¿La estás usando como pretexto para áreas de desobediencia, o como plataforma para un servicio más consagrado? La verdadera libertad no se encuentra en romper todos los límites, sino en elegir el Amo correcto. Cuando nos sometemos a Dios, descubrimos que Sus límites son espaciosos (Salmo 18:19) y Su yugo es fácil (Mateo 11:30).

Oración
Padre celestial,
Gracias por el don precioso de la libertad que tenemos en Cristo.
Reconocemos que a menudo hemos malinterpretado esta libertad,
usándola como excusa para seguir nuestros propios deseos
en lugar de como una oportunidad para servirte más plenamente.

Perdónanos cuando hemos convertido tu gracia en libertinaje,
y tu misericordia en pretexto para la desobediencia.
Hoy, renovamos nuestra consagración como tus siervos.

Ayúdanos a comprender la paradoja gloriosa
de que al someternos a Ti encontramos la verdadera libertad,
y al perder nuestra vida por amor a Ti, la ganamos.

Que nuestra libertad no sea nunca piedra de tropiezo para otros,
sino testimonio del poder transformador de tu Espíritu.
Que cada decisión, cada palabra, cada acto
manifieste que somos siervos del Dios vivo,
no por obligación, sino por amor.

En el nombre de Jesús, nuestro Libertador y Señor,
Amén.

LOS TRES ENGAÑOS DEL MUNDO

“Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo.”
(1 Juan 2:16, RVR60)

El apóstol Juan, en su sabiduría inspirada, no solo nos señala el camino del amor y la luz, sino que también nos advierte claramente sobre los peligros que acechan en nuestro andar. Este versículo es una radiografía espiritual de las fuerzas que se oponen a la vida en comunión con Dios. No se trata de un simple inventario de prohibiciones, sino de un diagnóstico profundo de las tres grandes corrientes que arrastran al ser humano lejos de su Creador.

1. Los deseos de la carne. Esto va más allá del apetito sexual. La “carne” representa aquí la naturaleza humana caída, aquella parte de nosotros que clama por la satisfacción inmediata, egoísta y sensual. Es el impulso que prioriza el placer físico, la comodidad extrema y la gratificación personal por encima de la voluntad de Dios. Es cuando el “quiero” y el “me gusta” se convierten en la ley suprema de nuestra vida, desplazando al “hágase tu voluntad”. Es alimentar la lujuria, la gula, la pereza y cualquier apetito que nos domine en lugar de ser dominados por el Espíritu.

2. Los deseos de los ojos. Este engaño es más sutil. Tiene que ver con la codicia, la envidia y el anhelo por lo que vemos y no poseemos. En un mundo saturado de imágenes publicitarias, redes sociales y posesiones materiales en exhibición, esta tentación es constante. Los ojos son ventanas que, si no están custodiadas, permiten la entrada de la insatisfacción y el descontento. Nos hacen creer que la felicidad está en el próximo objeto que adquiriremos, en la experiencia que publicaremos o en el estilo de vida ajeno que anhelamos. Es la ilusión de que lo visible y tangible puede llenar el vacío que solo Dios puede satisfacer.

3. La vanagloria de la vida. Quizás el engaño más orgulloso. Se refiere a la jactancia, al afán por la reputación, el estatus, el poder y la admiración de los demás. Es el deseo de ser importante, alabado y reconocido. Es construir nuestra identidad sobre logros, títulos, seguidores o posesiones que impresionen. La palabra griega aquí traducida como “vanagloria” (alazonía) implica una arrogancia vacía, una ostentación que no refleja la realidad. Es vivir para la apariencia, buscando la gloria que pertenece solo a Dios.

Juan es categórico: “no proviene del Padre, sino del mundo”. El “mundo” aquí no es la creación de Dios (que es buena), sino el sistema de valores organizado en rebelión contra Él, gobernado por el “príncipe de este mundo”. Es un sistema pasajero, temporal y en oposición constante a los principios del Reino.

La advertencia es solemne, pero el contexto es esperanzador. Juan escribe esto a creyentes (1 Jn 2:12-14) para recordarles que la victoria ya es suya porque conocen al Padre y han vencido al maligno (1 Jn 2:13-14). La clave no está en aislarnos del mundo, sino en no permitir que el mundo se arraigue en nosotros. Frente a estos tres engaños, Juan presenta el antídoto en el versículo anterior: “el amor del Padre” (1 Jn 2:15). Cuando nuestro corazón está lleno del amor de Dios y le amamos a Él con todo nuestro ser, los atractivos del mundo pierden su poder de seducción. Descubrimos que en Su presencia hay plenitud de gozo, y a Su diestra, deleites para siempre (Salmo 16:11).

¿Dónde está enfocado tu deseo hoy? ¿En qué estás buscando satisfacción, seguridad o significado? Que el Espíritu Santo nos examine y nos revele si alguno de estos tres engaños está encontrando cabida en nuestros afectos.

Oración final:

Padre Eterno y amante de nuestras almas,

Te damos gracias por tu Palabra, que es luz en nuestro camino y verdad que nos libera. Hoy reconocemos delante de Ti la poderosa atracción que ejercen sobre nosotros los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida. Confesamos que, a menudo, nuestro corazón se ha desviado, buscando satisfacción en lo pasajero y gloria en lo efímero.

Perdónanos, Señor. Límpianos de toda codicia, orgullo y egoísmo. Inunda nuestro ser con tu amor santo, hasta que amar-te a Ti sea el deseo supremo y gozoso de nuestro corazón. Fortalécenos con tu Espíritu para discernir los engaños del mundo y rechazarlos con firmeza. Ayúdanos a fijar nuestros ojos no en lo que se ve, sino en lo que no se ve, porque lo que se ve es temporal, pero lo que no se ve es eterno.

Que nuestra vida glorifique solo a Ti, encuentre plenitud solo en Ti y proclame que solo Tú eres digno de toda honra. En el nombre poderoso de Jesús, el Vencedor del mundo, oramos.

Amén.

SED DEL ALMA EN EL DESIERTO

"Dios, Dios mío eres tú; de madrugada te buscaré; mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, en tierra seca y árida donde no hay aguas". – Salmo 63:1 (RVR60)

Introducción al Contexto

El Salmo 63 fue escrito por David cuando se encontraba en el desierto de Judá, huyendo de su hijo Absalón. Esta no era una sequía geográfica únicamente, sino un desierto emocional, familiar y espiritual. En medio de la traición, el peligro y la incertidumbre, David no clama primero por seguridad, ni por venganza, ni por soluciones prácticas. Su primer grito brota de una necesidad más profunda: la sed de Dios. En nuestra vida, también enfrentamos "desiertos": temporadas de enfermedad, pérdida, soledad, crisis o sequedad espiritual. Y es allí donde este verso se convierte en un faro de luz para nosotros.

1. La Confesión Personal: “Dios, Dios mío eres tú”

David comienza con una afirmación poderosa y doble: "Dios, Dios mío". No es una declaración teológica abstracta, sino una posesión íntima. En hebreo, la repetición ("Elohim, Eli") enfatiza urgencia y cercanía. A pesar de estar lejos del tabernáculo, de la ciudad, y de toda comodidad religiosa, David sostiene su relación personal con Dios. Su fe no dependía de circunstancias favorables. Antes de presentar su necesidad, afirma la identidad y pertenencia de Dios en su vida. Nos pregunta: ¿Podemos llamar "mío" a Dios cuando todo parece desmoronarse?

2. La Disciplina de la Búsqueda: “De madrugada te buscaré”

La "madrugada" habla de prioridad, intencionalidad y esperanza. En la cultura hebrea, la madrugada era el primer turno del día, un tiempo fresco y tranquilo para la oración. David decide buscar a Dios al romper el alba, no como último recurso, sino como primera respuesta. Esta búsqueda matutina simboliza fe en que, a pesar de la oscuridad de la noche, un nuevo día trae nuevas misericordias. En nuestros desiertos, ¿esperamos pasivamente, o nos levantamos con determinación a buscar Su rostro?

3. La Profundidad del Anhelo: “Mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela”

David describe una necesidad total, integral. El "alma" (hebreo nephesh) representa su ser interior, sus emociones, su vida consciente. La "carne" representa su humanidad frágil, su cuerpo cansado por la huida. Ambas dimensiones claman por Dios. No es un deseo superficial, sino un anhelo vital, como la sed en un cuerpo deshidratado. En un mundo que ofrece fuentes rotas de satisfacción (placeres, logros, posesiones), el salmista recuerda que solo Dios apaga la sed más honda del ser humano. Nuestra insatisfacción crónica puede ser, en realidad, la voz de un alma sedienta de su Creador.

4. La Realidad del Entorno: “En tierra seca y árida donde no hay aguas”

David no niega su realidad. La describe con crudeza: sequedad, aridez, ausencia de aguas. Sin embargo, su confesión es reveladora: no dice "mi alma tiene sed de agua", sino "de ti". Reconoce que ni el oasis más frondoso del desierto podría saciar lo que solo Dios puede satisfacer. Nuestros "desiertos" exponen dónde hemos depositado nuestra esperanza. A veces, Dios permite la sequía para redirigir nuestra sed hacia Él, la Fuente de aguas vivas (Jeremías 2:13).

Aplicación para Nuestra Vida

Este versículo nos invita a un examen espiritual:

¿Reconocemos a Dios como nuestro Dios personal en medio de la crisis?

¿Le damos prioridad en nuestro tiempo y atención diaria?

¿Somos conscientes de nuestra sed espiritual, o la enmascaramos con sustitutos?

¿Vemos el desierto como un lugar de encuentro con Dios, no solo de desolación?

David, en el desierto, no encontró agua, pero encontró a Dios. Y eso fue suficiente. Más adelante en el salmo, declara: "Mi alma quedará satisfecha" (v. 5). La satisfacción no vino por un cambio de circunstancias, sino por la presencia de Dios en medio de ellas.

Oración

Dios, Dios mío eres tú.

En este momento, reconozco que tú eres mi dueño y mi Padre, incluso cuando mi camino atraviesa tierras áridas. Perdóname cuando he intentado saciar mi sed en pozos vacíos, cuando he buscado soluciones antes de buscarte a ti.

Hoy, de madrugada en mi espíritu, te busco. Mi alma tiene sed de ti; mi ser entero anhela tu presencia. En medio de mi desierto personal, donde las emociones son secas y las respuestas escasean, clamo a ti. No te pido primero el oasis; te pido tu rostro. No te pido solo el alivio; te pido a ti.

Como el ciervo anhela las corrientes de las aguas, así te anhela mi alma. Lléname con tu Espíritu, sacia esta sed que solo tú puedes apagar. Que incluso en el lugar más seco, tu gracia sea el rocío que renueva mi esperanza.

En el nombre de Jesús, el agua viva, amén.

LA VERDADERA SEGURIDAD EN LA INCERTIDUMBRE

"A los ricos de este siglo manda que no sean altivos, ni pongan la esperanza en la incertidumbre de las riquezas, sino en el Dios vivo, que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos." (1 Timoteo 6:17, RVR60)

El apóstol Pablo, escribiendo a su discípulo Timoteo, dirige una advertencia sorprendentemente específica a un grupo particular dentro de la iglesia: "los ricos de este siglo". Esta instrucción no es un rechazo a la posesión de bienes materiales, sino una guía sabia para el corazón que los posee. En un mundo que valora la acumulación y el éxito económico como indicadores supremos de seguridad y valor, la Palabra nos redirige con claridad y amor.

La primera advertencia es contra la altivez o el orgullo: "que no sean altivos". La riqueza, cuando no es vista desde la perspectiva de la mayordomía, tiende a inflar el ego. Puede generar la ilusión de autosuficiencia, la idea de que nuestros logros, inteligencia o esfuerzo son la fuente última de nuestro bienestar. Nos hace mirar a los demás desde un pedestal, olvidando que todo lo que somos y tenemos es un don de la gracia. La altivez espiritual es especialmente peligrosa, pues puede hacer que creamos que nuestra prosperidad es un signo inequívoco del favor divino especial, cerrando nuestros ojos a las necesidades ajenas y a nuestra propia dependencia diaria de Dios.

La segunda advertencia es aún más profunda: "ni pongan la esperanza en la incertidumbre de las riquezas". Aquí Pablo expone una verdad cruda: las riquezas son inciertas. Los mercados fluctúan, las economías se desestabilizan, las empresas quiebran, las propiedades se deprecian y los tesoros terrenales son vulnerables al hurto y la corrosión (Mateo 6:19). Poner nuestra esperanza en ellas es construir nuestra casa sobre la arena. Es confiar en lo que por naturaleza es volátil y temporal. Cuánta ansiedad, estrés y miedo provienen precisamente de haber anclado nuestra sensación de seguridad a algo tan cambiante. La crisis financiera, una factura inesperada o una pérdida nos desmoronan porque hemos confiado en el fundamento equivocado.

Frente a esta prohibición, Pablo presenta el mandato positivo, el antídoto divino: "sino en el Dios vivo". Nuestra esperanza debe ser transferida, trasladada deliberadamente. No a un concepto abstracto, sino al Dios vivo. Él es eterno, inmutable, fiel y todopoderoso. Él no fluctúa con la bolsa de valores ni depende de las condiciones económicas globales. Su carácter es firme, su palabra permanente y su provisión segura. Poner la esperanza en Él es construir sobre la Roca que no se moverá, aunque vengan tormentas (Mateo 7:24-25).

Pero el versículo no termina con una simple transferencia de confianza. Revela la naturaleza generosa de nuestro Dios: "que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos". ¡Qué contraste con la visión de un Dios austero y tacaño! El Dios vivo es un Dios dadivoso. Él creó un mundo lleno de belleza, sabores, colores y experiencias. Las riquezas materiales, cuando son recibidas como un don de Sus manos y no como un ídolo, adquieren su verdadero sentido: son para disfrutarlas con gratitud. Este disfrute no es hedonismo desenfrenado, sino un recibir con acción de gracias lo que Él da, saboreando Sus bendiciones como un hijo que recibe un regalo de un Padre amoroso.

Este pasaje nos llama a un examen de corazón:

¿Dónde está anclada mi seguridad? ¿En mi cuenta bancaria, mi empleo, mi patrimonio? ¿O en la fidelidad y el carácter de Dios?

¿Hay altivez en mí? ¿Me siento superior por lo que tengo o logro? ¿Olvido que soy un administrador, no un dueño absoluto?

¿Recibo y disfruto los bienes con gratitud? ¿Veo las bendiciones materiales como oportunidades para glorificar a Dios, bendecir a otros y disfrutar responsablemente de Su bondad?

El llamado es a una gran transferencia de confianza. Debemos desenganchar nuestra esperanza de lo visible y perecedero, y anclarla en lo invisible y eterno. Nuestra seguridad no está en la volatilidad de los mercados, sino en la inmutabilidad de Dios. Nuestro valor no está determinado por nuestras posesiones, sino por ser hijos amados del Rey del universo. Cuando esta verdad cala en nuestro corazón, somos libres: libres de la ansiedad por lo material, libres para ser generosos, libres para disfrutar sin idolatrar, y libres para vivir con una esperanza inquebrantable.

Oración

Padre Eterno y Dios Vivo,

Te acercamos nuestros corazones en este momento. Reconocemos con humildad que, muchas veces, hemos puesto nuestra esperanza en la incertidumbre de las riquezas, confiando más en lo que tenemos que en Ti, el Dador de todo. Perdónanos por la altivez que nace de la autosuficiencia y por buscar seguridad en lo que es pasajero.

Hoy, deliberadamente, trasladamos nuestra esperanza a Ti. Afirmamos que Tú eres nuestra Roca, nuestra Provisión y nuestra Seguridad verdadera. Que nuestra alma descanse en Tu carácter fiel y en Tu amor inmutable.

Gracias por Tu generosidad increíble, por darnos todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos. Enséñanos a recibir Tus dones con manos abiertas y corazones agradecidos, a ser mayordomos sabios y generosos, usando lo que nos confías para Tu gloria y para el bien de los demás.

Que nuestra vida refleje que nuestra confianza está puesta, no en lo que poseemos, sino en Ti, el Dios vivo, nuestro tesoro eterno.

En el nombre de Jesús, Amén.

Aclaración

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