«Oh Jehová, tú me has examinado y conocido. Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme; has entendido desde lejos mis pensamientos.» (Salmo 139:1-2, RVR60)
Introducción: El anhelo más profundo y el temor más grande
Hay dos realidades que conviven en el corazón humano con una tensión casi insoportable: el anhelo de ser conocido y el temor de ser descubierto. Todos queremos, en lo más profundo de nuestro ser, que alguien nos conozca de verdad: que vea detrás de la máscara, que entienda nuestras luchas, que comprenda nuestros silencios, que ame no solo lo que mostramos sino también lo que escondemos. Pero al mismo tiempo, todos tememos ese conocimiento. Porque si alguien nos conociera de verdad —si viera nuestros pensamientos más oscuros, nuestras motivaciones más mezquinas, nuestras contradicciones más vergonzosas— ¿nos seguiría amando? ¿No huiría? ¿No nos rechazaría?
El salmo 139 es la respuesta divina a esa tensión. Es uno de los salmos más profundos, más íntimos y más sobrecogedores de toda la Escritura. David, su autor, no escribe desde la distancia teológica ni desde la especulación filosófica. Escribe desde la experiencia, desde el asombro, desde la adoración. Y comienza con una declaración que, si la meditamos de verdad, debería transformar nuestra manera de vivir: «Oh Jehová, tú me has examinado y conocido».
No dice «tú me conoces un poco», ni «tú sabes algunas cosas de mí». Dice «tú me has examinado y conocido». Es un conocimiento total, exhaustivo, penetrante. Es el conocimiento del Creador sobre su criatura, del Alfarero sobre su vasija, del Padre sobre su hijo. Y lejos de ser una amenaza, es el fundamento de nuestra seguridad, de nuestra identidad y de nuestro consuelo.
El teólogo alemán Helmut Thielicke escribió: «El hombre moderno teme ser conocido porque sospecha que, si es conocido de verdad, será rechazado. Pero el salmo 139 nos dice que Dios nos conoce por completo y aun así nos ama». Esa es la revolución del evangelio: somos conocidos en su totalidad y amados sin condiciones.
1. El contexto: Un salmo de asombro y rendición
El salmo 139 pertenece a la colección de los salmos de David, y la tradición lo ha considerado uno de los más personales. Algunos estudiosos lo clasifican como un salmo de sabiduría o de meditación, pero en realidad trasciende las categorías. Es una oración, una confesión, una adoración y una rendición. David contempla cuatro grandes atributos de Dios:
Su omnisciencia (vv. 1-6): Dios lo conoce todo, incluso lo que no se dice.
Su omnipresencia (vv. 7-12): Dios está en todas partes; no hay lugar donde podamos escapar de su presencia.
Su poder creador (vv. 13-18): Dios lo formó en el vientre materno con asombrosa perfección.
Su santidad y justicia (vv. 19-24): David se somete al escrutinio divino y pide ser examinado.
El salmo termina con una de las peticiones más valientes de toda la Biblia: «Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno» (vv. 23-24). David no huye del conocimiento divino; lo busca. No teme ser examinado; lo pide. Porque ha entendido que el conocimiento de Dios no es para condenarlo, sino para sanarlo.
Los primeros dos versículos que nos ocupan son la puerta de entrada a todo el salmo. En ellos David establece la base de todo lo que sigue: Dios lo conoce. Y ese conocimiento es la razón de su asombro, de su confianza y de su rendición.
2. «Tú me has examinado» — El escrutinio divino que no deja nada oculto
La primera palabra clave es «examinado». En el hebreo original, el verbo es חָקַר (chaqar), que significa escudriñar, investigar, penetrar, buscar a fondo. Es el mismo verbo que se usa para describir la búsqueda de minerales preciosos en las profundidades de la tierra (Job 28:3) o la investigación diligente de un asunto (Proverbios 25:2). No es un conocimiento superficial; es un escrutinio exhaustivo, minucioso, que va hasta el fondo.
Cuando David dice «tú me has examinado», está reconociendo que Dios no se queda en la superficie. No se conforma con lo que mostramos. No se deja engañar por las apariencias. Dios escudriña, investiga, penetra. Ve lo que nadie más ve. Conoce las motivaciones detrás de nuestras acciones, las intenciones detrás de nuestras palabras, los deseos detrás de nuestros gestos.
Este escrutinio podría aterrarnos si no fuera porque va acompañado del segundo verbo: «y conocido». El hebreo es יָדַע (yadaʿ), un verbo riquísimo que significa conocer de manera íntima, personal, experimental. Es el mismo verbo que se usa para describir la relación conyugal (Génesis 4:1) y el conocimiento profundo de Dios (Jeremías 1:5). No es un conocimiento frío, de datos; es un conocimiento relacional, amoroso, comprometido.
Aquí está la clave: Dios no nos examina como un juez examina a un criminal, sino como un médico examina a un paciente, como un padre examina a su hijo, como un orfebre examina el metal precioso. El escrutinio divino no tiene como propósito condenarnos, sino conocernos, sanarnos, refinarnos y amarnos con un amor informado y específico.
Pensemos en la diferencia. Un juez examina para sentenciar. Un médico examina para sanar. Un orfebre examina el oro para purificarlo. Dios nos examina para sanar nuestras heridas más profundas, para purificar nuestras impurezas más escondidas, para conocernos en la intimidad de nuestra alma y amarnos con un amor que no se basa en la ignorancia sino en el conocimiento perfecto.
El escritor de Hebreos lo expresa así: «Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta» (Hebreos 4:13). Pero inmediatamente después añade: «Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión» (Hebreos 4:14). El que nos conoce por completo es el mismo que se compadece de nuestras debilidades (Hebreos 4:15). El escrutinio divino no nos aleja de Dios; nos acerca a su misericordia.
Agustín de Hipona, en sus Confesiones, escribió: «Señor, tú me conoces a mí; que yo te conozca a ti». La oración de Agustín invierte el orden: primero reconoce que Dios lo conoce, y desde ese conocimiento busca conocer a Dios. Porque solo cuando sabemos que somos conocidos podemos atrevernos a conocer.
3. «Mi sentarme y mi levantarme» — El conocimiento de lo cotidiano
La segunda frase del versículo es asombrosa por su sencillez: «Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme». En el hebreo, «sentarse» y «levantarse» forman lo que los expertos llaman un merismo: una figura literaria que usa dos extremos para abarcar la totalidad. Es como decir «de la mañana a la noche» o «de principio a fin». David está diciendo: «Dios conoce cada momento de mi día, cada actividad, cada movimiento, cada rutina».
Esta verdad es más profunda de lo que parece a primera vista. Porque nosotros tendemos a pensar que Dios se interesa por las cosas grandes: los cultos, las oraciones solemnes, los actos heroicos de fe, los momentos de crisis. Pero David nos dice que Dios también conoce lo ordinario, lo rutinario, lo que hacemos sin pensar: el momento en que nos sentamos a la mesa, el instante en que nos levantamos de la cama, el trayecto al trabajo, la conversación trivial, el silencio de la tarde.
El Dios de la Biblia no es un Dios distante que solo interviene en los grandes acontecimientos de la historia. Es el Dios que cuenta los cabellos de nuestra cabeza (Lucas 12:7), que ve el gorrión que cae al suelo (Mateo 10:29), que se interesa por las flores del campo y las aves del cielo (Mateo 6:26-28). Es el Dios que conoce el detalle más pequeño de nuestra existencia.
Esta verdad tiene dos implicaciones poderosas:
Primera: Nada de nuestra vida es insignificante para Dios. A veces pensamos que nuestras rutinas diarias son demasiado banales para interesarle al Creador del universo. Pero David nos dice lo contrario. Dios conoce tu sentarte y tu levantarte. Le importa el momento en que te sientas a llorar en silencio, el instante en que te levantas cansado para enfrentar otro día, la taza de café que tomas sola, el suspiro que nadie escucha. Para Dios, nada de ti es trivial.
Segunda: No podemos escondernos de Dios en lo cotidiano. Si Dios conoce cada movimiento, entonces no hay zona de nuestra vida que esté fuera de su alcance. No podemos tener un compartimento secreto donde Dios no entre. No podemos vivir una vida en la iglesia y otra en casa, una fe dominical y una práctica mundana el resto de la semana. Dios lo ve todo. Pero no nos ve para juzgarnos, sino para acompañarnos.
Jesús mismo dijo: «Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público» (Mateo 6:6). El Dios que ve en lo secreto es el mismo que conoce nuestro sentarnos y nuestro levantarnos. Su mirada no es invasiva; es amorosa. No es vigilancia policial; es cuidado paternal.
John Owen, el gran teólogo puritano, escribió: «El creyente puede descansar sabiendo que cada paso que da, cada lugar donde se sienta, cada mañana en que se levanta, está bajo la mirada amorosa de un Padre que no se cansa ni se distrae». Esa es la seguridad del salmo 139.
4. «Has entendido desde lejos mis pensamientos» — El conocimiento de lo invisible
La tercera frase es quizás la más asombrosa: «Has entendido desde lejos mis pensamientos». Aquí David va un paso más allá. No solo Dios conoce sus acciones externas (sentarse, levantarse), sino también sus pensamientos internos. Y no solo los conoce; los «entiende». En el hebreo, el verbo es בִּין (bin), que significa comprender, discernir, captar el sentido profundo. Dios no solo sabe lo que pensamos; entiende por qué lo pensamos. Capta la raíz, la intención, el trasfondo.
La frase «desde lejos» (en hebreo מֵרָחוֹק, mērāḥôq) añade una dimensión adicional. Puede significar «desde la distancia» en el sentido de que Dios, aunque está en los cielos, desde allí escudriña nuestros pensamientos. Pero también puede significar «de antemano», «mucho antes de que pensemos». En cualquier caso, la idea es clara: Dios conoce nuestros pensamientos antes de que los formulemos, los entiende mejor de lo que nosotros mismos los entendemos, y los discierne desde una perspectiva que nosotros no tenemos.
Esto es sobrecogedor. Porque nuestros pensamientos son lo más íntimo, lo más privado, lo más escondido de nuestro ser. Podemos controlar nuestras palabras, nuestras acciones, nuestras expresiones faciales. Pero no podemos controlar completamente nuestros pensamientos. A veces nos sorprendemos a nosotros mismos con lo que pensamos. Nos escandalizamos de nuestras propias imaginaciones. Nos avergonzamos de nuestros deseos ocultos. Y sin embargo, Dios los conoce todos. No solo los conoce; los entiende.
Aquí está el consuelo más profundo. Porque si Dios conoce nuestros pensamientos y aun así nos ama, entonces somos verdaderamente amados. No somos amados por lo que mostramos, sino por lo que somos. No somos amados a pesar de lo que pensamos, sino con un amor que conoce cada pensamiento y aun así se entrega por nosotros en la cruz.
David lo expresa más adelante en el mismo salmo: «Si digo: Ciertamente las tinieblas me encubrirán; aun la noche resplandecerá alrededor de mí. Aun las tinieblas no encubren de ti, y la noche resplandece como el día; lo mismo te son las tinieblas que la luz» (Salmo 139:11-12). No hay oscuridad que esconda nuestros pensamientos de Dios. Y esa transparencia total no nos destruye; nos libera. Porque por fin podemos dejar de fingir, dejar de escondernos, dejar de actuar. Podemos ser auténticos ante Aquel que ya nos conoce por completo y nos ama sin reservas.
El pastor y escritor Frederick Buechner dijo: «En el fondo, todos somos como icebergs: la mayor parte de lo que somos está sumergida. Pero Dios conoce la totalidad del iceberg, y aun así lo ama». Esa es la gracia. No somos amados por lo que mostramos, sino por lo que somos ante los ojos de Dios, que todo lo ve.
5. La tensión: conocimiento que confronta y conocimiento que consuela
Aquí llegamos al corazón del devocional. El conocimiento que Dios tiene de nosotros produce dos reacciones opuestas, dependiendo de nuestra postura espiritual.
Para el alma orgullosa, este conocimiento es una amenaza. El que vive de apariencias, el que construye una imagen, el que se esconde detrás de máscaras, se aterroriza ante la idea de un Dios que lo conoce todo. Porque sabe que su fachada se desmoronaría. Sabe que sus secretos quedarían expuestos. Sabe que sus motivaciones ocultas serían reveladas. Para ese corazón, el salmo 139 es una advertencia: «No puedes engañar a Dios. No puedes esconderte de Él. No puedes fingir para siempre».
Para el alma humilde, este conocimiento es un consuelo inmenso. El que ha dejado de fingir, el que ha reconocido su necesidad, el que se ha cansado de esconderse, encuentra en este salmo un refugio. Porque por fin hay alguien que lo conoce tal como es y no lo rechaza. Por fin hay alguien que ve sus heridas, sus miedos, sus dudas, sus pecados, y aun así lo ama. Por fin hay alguien que no se escandaliza por sus pensamientos más oscuros, sino que los entiende y los sana.
La pregunta es: ¿desde dónde leemos este versículo? ¿Desde el orgullo o desde la humildad? ¿Desde la máscara o desde la transparencia? ¿Desde el temor al juicio o desde la confianza en la gracia?
Jesús nos revela el corazón del Padre en la parábola del hijo pródigo (Lucas 15:11-32). El hijo menor huye, malgasta, cae hasta lo más bajo. Cuando decide volver, prepara un discurso: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo». Pero el padre, cuando lo ve de lejos, corre, se echa sobre su cuello y lo besa. No espera a que el hijo termine el discurso. No lo examina con desconfianza. Lo abraza. Lo restaura. Porque el padre lo conocía; sabía por qué había huido, sabía qué había hecho, pero lo amaba con un amor que no dependía del comportamiento del hijo, sino de su identidad como padre.
Así es el Dios del salmo 139. Nos ha examinado y conocido. Y aun así corre hacia nosotros cuando volvemos. No nos examina para condenarnos, sino para conocernos más allá de nuestras máscaras. No escudriña para juzgarnos, sino para abrazarnos con un amor que conoce cada rincón de nuestro ser.
Charles Spurgeon predicó sobre este salmo con una imagen poderosa: «El ojo de Dios no es un ojo de verdugo que busca faltas; es un ojo de Padre que busca hijos». Esa es la diferencia entre el conocimiento que destruye y el conocimiento que sana. El Dios del salmo 139 nos conoce para salvarnos, no para condenarnos.
6. El fundamento de nuestra identidad y seguridad
Vivimos en una época en la que la identidad es un problema. La gente busca desesperadamente saberse alguien, ser reconocido, tener un lugar. Las redes sociales han creado una cultura de la apariencia, donde las personas construyen versiones editadas de sí mismas y compiten por la aprobación de los demás. Pero en el fondo, la ansiedad es la misma: ¿Soy conocido? ¿Soy amado? ¿Tengo valor?
El salmo 139 responde a esa ansiedad en su raíz. Nuestra identidad no depende de cuántos nos conozcan, sino de Quién nos conoce. No depende de cuántos nos amen, sino de Quién nos ama. No depende de cuántos «likes» recibimos, sino de la mirada de Aquel que nos ha examinado y conocido desde antes de que naciéramos.
David lo dice con claridad: «Oh Jehová, tú me has examinado y conocido». Es decir: mi valor no se mide por la opinión de los demás, sino por el conocimiento de Dios. Si el Creador del universo me ha examinado, me ha conocido y me ama, entonces soy alguien. Entonces tengo valor. Entonces tengo identidad. No necesito la aprobación de nadie más.
La socióloga y autora Brené Brown ha investigado cómo la vergüenza y el miedo al rechazo son las emociones más universales del ser humano. Y la única cura que propone es la vulnerabilidad y la aceptación. Pero el evangelio va más allá: no solo propone aceptación, sino que la fundamenta en el conocimiento de Dios. Somos aceptados no porque seamos perfectos, sino porque somos conocidos y amados por el Dios perfecto.
El Salmo 139 nos invita a descansar en esta verdad. Dejar de fingir. Dejar de escondernos. Dejar de gastar energías construyendo una imagen que nos proteja. Porque el Dios que nos examina y nos conoce ya nos ha visto en nuestros momentos más oscuros, y aun así nos ama. Nos ama con un amor eterno, con un amor que no cambia, con un amor que no depende de nuestro rendimiento.
7. Aplicación práctica: Vivir como quienes somos conocidos
¿Cómo cambia esta verdad nuestra vida diaria? Permíteme sugerir algunas aplicaciones concretas:
Vivir con transparencia: Si Dios ya lo conoce todo, ¿por qué seguir fingiendo? Podemos dejar de actuar en su presencia. Podemos orar con honestidad, admitiendo nuestras dudas, nuestros pecados, nuestras confusiones. Dios no se escandaliza. Ya lo sabe todo. Y aun así nos ama.
Confiar en su cuidado: El Dios que conoce tu sentarte y tu levantarte conoce tus necesidades antes de que las expreses (Mateo 6:8). Puedes confiar en que Él proveerá, porque su conocimiento de ti es completo y su amor es eterno.
Liberarse de la aprobación ajena: Si el Creador del universo te ha examinado y te ha conocido, ¿qué importa la opinión de los demás? Su conocimiento de ti es más importante que cualquier comentario, cualquier crítica, cualquier rechazo. Vive para agradar a Aquel que te conoce de verdad.
Buscar el escrutinio divino: Al final del salmo, David ora: «Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón» (v. 23). Deberíamos orar de la misma manera. No tener miedo a que Dios nos muestre lo que hay en nuestro interior, sino desearlo. Porque el escrutinio divino es el camino de la sanidad.
Descansar en el conocimiento de Dios en medio de la soledad: A veces nos sentimos solos, incomprendidos, invisibles. Pero el Dios del salmo 139 nos conoce. Nos ve. Nos entiende. Aunque nadie más lo haga. Esa es una compañía que no depende de las circunstancias.
Enseñar a otros a vivir sin máscaras: En un mundo que premia la apariencia, seamos comunidades donde las personas puedan ser auténticas. Donde puedan decir «estoy luchando», «tengo dudas», «he pecado», sin miedo a ser rechazadas. Porque así como Dios nos conoce y nos ama, estamos llamados a conocernos y amarnos los unos a los otros.
Conclusión: Conocido por completo, amado sin medida
El salmo 139 comienza con una declaración que debería cambiar nuestra vida: «Oh Jehová, tú me has examinado y conocido». No es una amenaza; es una promesa. No es una condena; es un abrazo. No es una invasión de privacidad; es un regalo de amor.
El Dios que nos examina es el mismo que nos conoce. El Dios que escudriña es el mismo que entiende. El Dios que ve todo es el mismo que ama todo. Y ese conocimiento total es la base de nuestra seguridad, de nuestra identidad y de nuestra libertad.
Podemos dejar de escondernos. Podemos dejar de fingir. Podemos dejar de vivir con miedo al juicio. Porque el que nos conoce por completo nos ama por completo. No hay nada que podamos revelarle que Él no sepa ya. No hay pecado que podamos confesar que Él no haya visto. No hay duda que podamos expresar que Él no haya entendido. Y aun así, nos ama con un amor eterno, incondicional, infinito.
San Agustín oró: «Señor, tú me conoces; que yo te conozca a ti». Que esa sea también nuestra oración. Que el conocimiento de Dios sobre nosotros nos impulse a conocerle a Él. Que el escrutinio divino nos humille y nos consuele al mismo tiempo. Que la mirada de Dios sobre nuestra vida no nos aterre, sino que nos libere. Porque en el fondo, todos queremos ser conocidos. Y la buena noticia es que ya lo somos. Por el Dios que nos ha examinado y conocido.
Oración final
Oh Jehová, Dios eterno, omnisciente y amoroso, vengo ante Ti con asombro y humildad. Tú me has examinado y conocido. No hay nada en mí que esté oculto a tus ojos. Conoces mis pensamientos antes de que los formule, mis palabras antes de que las pronuncie, mis acciones antes de que las realice. Me conoces por completo.
Y esa verdad, Señor, a veces me aterra. Porque veo mis pecados, mis contradicciones, mis motivaciones mezquinas, mis pensamientos oscuros. Y me pregunto cómo puedes seguir amándome. Pero luego recuerdo que tu conocimiento no es el de un juez que busca condenarme, sino el de un Padre que busca salvarme. Tu escrutinio no es para exponerme, sino para sanarme. Tu mirada no es de reproche, sino de amor.
Gracias, Padre, porque me conoces tal como soy y aun así me amas. Gracias porque no tengo que fingir delante de Ti. Gracias porque puedo venir con mis heridas, mis dudas, mis fracasos, mis secretos más vergonzosos, y Tú no me rechazas. Al contrario, me abrazas, me consuelas, me restauras.
Te pido, Señor, que me ayudes a vivir con transparencia. Que deje de construir máscaras y fachadas. Que pueda ser auténtico en tu presencia y en la presencia de los demás. Que no tema ser conocido, porque Tú ya me conoces y me amas.
Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón. Pruébame y conoce mis pensamientos. Ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno. No me dejes vivir en el engaño de mí mismo. Muéstrame lo que necesito ver, aunque duela. Sáname lo que necesito sanar, aunque sea profundo. Purifícame como el oro en el fuego, para que brille tu gloria en mí.
Gracias porque conoces mi sentarme y mi levantarme. Gracias porque te interesas por lo ordinario de mi vida: mis rutinas, mis silencios, mis cansancios, mis alegrías pequeñas. Gracias porque nada de mí es insignificante para Ti. Gracias porque estás presente en cada momento, aunque yo no te vea.
Gracias porque has entendido desde lejos mis pensamientos. Gracias porque no te escandalizas de mis dudas, no te sorprenden mis pecados, no te cansan mis preguntas. Gracias porque tu comprensión de mí es más profunda que la mía propia. Gracias porque me conoces mejor de lo que yo me conozco, y aun así me amas más de lo que yo me amo.
Te pido, Señor, que esta verdad transforme mi vida. Que el saber que soy conocido por Ti me libre de la ansiedad de ser aprobado por los demás. Que me libre de la esclavitud de la apariencia. Que me libre del miedo al rechazo. Que pueda descansar en tu amor, sabiendo que soy tuyo y que Tú eres mío.
Ayúdame a vivir como un hijo que sabe que su Padre lo conoce y lo ama. Ayúdame a caminar en humildad, reconociendo que no soy perfecto, pero que soy amado. Ayúdame a caminar en valentía, sabiendo que aunque el mundo entero me rechace, Tú me has aceptado. Ayúdame a caminar en santidad, no para ganar tu amor, sino porque ya lo tengo y quiero agradarte.
Padre, te pido por aquellos que hoy se sienten invisibles, incomprendidos, solos. Aquellos que creen que nadie los conoce, que nadie los ve, que nadie se interesa por ellos. Recuérdales que Tú los conoces. Que Tú los ves. Que Tú los entiendes. Que Tú los amas. Que su valor no depende de la opinión de los demás, sino de tu mirada de amor.
Te pido por aquellos que viven escondidos detrás de máscaras, que tienen miedo de ser conocidos, que han construido una imagen para protegerse. Libéralos, Señor. Muéstrales que pueden ser auténticos contigo, que Tú ya lo sabes todo y aun así los amas. Que puedan experimentar la libertad de ser conocidos y amados al mismo tiempo.
Te pido por aquellos que hoy sienten que sus pensamientos son demasiado oscuros, que sus dudas son demasiado grandes, que sus pecados son demasiado graves. Recuérdales que Tú has entendido desde lejos sus pensamientos. Que no hay nada que te sorprenda. Que tu gracia es más grande que su pecado. Que tu amor es más profundo que su vergüenza.
Señor, gracias por este salmo. Gracias por recordarme que soy conocido por Ti. Gracias porque en un mundo donde todos buscan ser vistos, Tú ya me has visto. En un mundo donde todos buscan ser amados, Tú ya me amas. En un mundo donde todos buscan ser conocidos, Tú ya me conoces. Y eso es suficiente.
Que mi vida sea una respuesta de gratitud a este conocimiento. Que viva con transparencia, con humildad, con confianza. Que no tema ser examinado, porque sé que el examen divino es el camino de la sanidad. Que no tema ser conocido, porque sé que el conocimiento divino es el fundamento del amor.
Te lo pido en el nombre de Jesucristo, tu Hijo, quien me conoce, me ama y se entregó por mí. Él es el que me revela tu corazón de Padre. Él es el que me muestra que tu conocimiento no es una amenaza, sino un regalo. Él es el que me asegura que nada me separará de tu amor.
Amén.
«Oh Jehová, tú me has examinado y conocido. Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme; has entendido desde lejos mis pensamientos.»
Que esta verdad te acompañe hoy y siempre. No importa lo que enfrentes, no importa lo que sientas, no importa lo que pienses: Dios te conoce. Te conoce por completo. Y te ama con un amor que no depende de tu rendimiento, sino de su gracia. Descansa en ese conocimiento. Vive en ese amor. Y camina con la libertad de quien sabe que es conocido y amado por el Dios del universo.
¡A Él sea la gloria por siempre!