RECIBIRÉIS PODER

“Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.” (Hechos 1:8, RVR60)

Introducción: Las últimas palabras que resuenan
Hay palabras que se graban a
No les dijo “tendrán estrategias”, “tendrán recursos humanos”, “tendrán carisma” o “tendrán suerte”. Les prometió poder. Pero no cualquier poder: el poder del Espíritu Santo viniendo sobre ellos.

El poder que transforma debilidad en testimonio
Los discípulos, hasta ese momento, habían sido un grupo frágil. Uno lo había negado, otro dudó, todos huyeron en la hora decisiva. Eran pescadores, cobradores de impuestos, hombres comunes con miedos reales. Pero Jesús no les dijo: “Ustedes ya son suficientes”. Les dijo: “Recibirán poder cuando venga el Espíritu Santo”.

Ese verbo en griego, lēmpsesthe (recibirán), indica una acción pasiva. No es algo que ellos producen, sino algo que reciben. El poder del testimonio cristiano no nace del esfuerzo humano, sino de la llenura divina. No se fabrica, se recibe. No se estudia, se acoge.

Sin el Espíritu, el evangelismo es propaganda. Sin el Espíritu, la misión es agotamiento. Sin el Espíritu, predicar es solo hablar. Pero con el Espíritu, nuestras palabras llevan vida, nuestras debilidades muestran su gloria, y nuestro “sí” se convierte en instrumento de milagros.

Testigos, no abogados ni jueces
Jesús no dijo “serán mis fiscales”, “serán mis defensores” o “serán mis jueces sobre el mundo”. Dijo “me seréis testigos”. Un testigo no opina, no defiende una teoría, no condena al acusado. Un testigo dice: “Esto vi, esto oí, esto viví”.

¿De qué darían testimonio aquellos primeros discípulos? De haber visto al Resucitado, de haber comido con Él, de haber tocado sus manos traspasadas. Pero hoy, nosotros somos testigos de un evangelio vivo, de una transformación real, de un encuentro personal con Cristo. No necesitamos argumentos perfectos, necesitamos autenticidad. El mundo no cree por nuestra elocuencia, sino por nuestra realidad transformada.

Cuando el Espíritu viene sobre nosotros, nuestro testimonio no es forzado: brota. Hablamos de Jesús con naturalidad, como quien habla del aire que respira o del agua que bebe. No porque tengamos un discurso ensayado, sino porque tenemos una vida llena.

La geografía del Reino: desde adentro hacia afuera
Jesús traza un mapa: Jerusalén (lo cercano), Judea (lo regional), Samaria (lo difícil, lo diferente), y hasta lo último de la tierra (lo lejano, lo imposible para ellos). Es una expansión progresiva pero también provocadora. Samaria representaba el lugar del desprecio racial y religioso. “Hasta lo último” representaba todo lo que aún no conocían.

El Espíritu no nos capacita para quedarnos cómodos en nuestra Jerusalén, sino para cruzar fronteras. Fronteras geográficas, sí, pero también fronteras de orgullo, de prejuicio, de miedo al rechazo. El poder del Espíritu rompe barreras.

Tal vez tu “Samaria” es ese familiar con quien no hablas por una vieja herida, ese vecino de otra religión, ese compañero de trabajo con un estilo de vida diferente. Tal vez tu “lo último de la tierra” es ese sueño de misión que has aplazado, esa vocación que sientes pero no te atreves a abrazar.

Poder no es ausencia de problemas
Es importante aclarar: el poder del Espíritu no nos exime de dificultades. Los apóstoles, llenos del Espíritu, fueron encarcelados, azotados, perseguidos y martirizados. El poder no es una burbuja de protección, sino un manto de presencia. No nos hace invencibles al dolor, sino invencibles en el amor.

El poder del Espíritu nos permite perdonar cuando es humanamente imposible, permanecer firmes cuando todo nos empuja a huir, amar a los enemigos, hablar verdad ante el poder, y morir, si es necesario, con la esperanza intacta.

Ese poder se manifestó en Esteban mientras lo apedreaban, en Pablo mientras cantaba en la cárcel, en Pedro durmiendo tranquilo antes de su ejecución. No es poder para dominar, sino poder para servir, para resistir, para amar hasta el final.

Para reflexionar hoy
¿Dependes de tu propia fuerza para hablar de Jesús, o has aprendido a esperar en el poder del Espíritu?

¿Cuál es tu “Jerusalén” donde Dios ya te ha puesto para ser testigo? ¿Tu casa, tu trabajo, tu círculo de amigos?

¿Hay alguna “Samaria” en tu vida que evitas por miedo o prejuicio?

¿Estás dispuesto a llegar “hasta lo último de la tierra” aunque eso implique incomodidad y sacrificio?

Oración final
Padre Santo, gracias porque no nos dejaste solos. En la debilidad de tus discípulos, prometiste tu poder. En nuestro vacío, ofreces tu Espíritu. Hoy reconozco que sin Ti nada puedo, pero con tu poder, todo lo puedo en Cristo que me fortalece.

Espíritu Santo, ven sobre mí. No busco un espectáculo, busco tu presencia. No quiero fama ni reconocimiento, quiero ser un testigo fiel y verdadero de Jesús. Lléname de nuevo. Derriba mis miedos, rompe mis prejuicios, ensancha mis fronteras.

Toma mi Jerusalén cotidiana y hazla lugar de testimonio. Toma mis Samarias evitadas y hazme instrumento de reconciliación. Toma mis “últimos de la tierra” y conviértelos en destinos de esperanza.

Señor Jesús, que mi vida sea tu carta abierta, mi boca tu mensaje, mis pies tu camino. Que cuando otros me vean, no me vean a mí, sino el poder de tu Espíritu obrando en debilidad. Amén.

“No se trata de lo que tú puedes hacer por Dios, sino de lo que Dios puede hacer a través de ti cuando el Espíritu viene sobre ti.”

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Aclaración

Este Blog no tiene fines de lucro, ni propósitos comerciales, el único interés es compartir los gustos y las preferencias de su autor, con personas afines. Julio Carreto. Predicador